Un padre encuentra a su hijo en el salón

 

Es fría la madrugada, hijo. Tengo la sensación de que el frío me recubriese los huesos por debajo de la carne, aislándolos, enfriándolos para siempre. Siempre es fría la madrugada, hijo, siempre lo será, y estaremos enfundados ya para siempre en esa gelidez viscosa que está más allá de las estaciones, como si hubiese otras estaciones que no fuesen la estación del frío, estaciones sin cambio porque en todas la sangre va corriendo por encima de los huesos sin llegar a calentar ninguno. Por eso, hijo, te pido que no sigas aquí. Vuelve a la cama; aún es de noche y aún la noche no ha acabado su trabajo. No hay sitio en las casas pobres para insomnios, así que vuelve. Vuelve al calor, pues no hay ningún otro calor verdadero, créeme, cree a tu padre más allá del desprecio que por edad puedas sentir por mí, sin entender que cierto servilismo es una consecuencia del tiempo; cree a tu padre que aún es capaz de recordar y de mirar un poco hacia adelante y que se preocupa de los suyos. Regresa a la cama, dejando que el cuerpo inmóvil bajo el embozo genere de nuevo su calor; ¿no tienes en esos momentos la sensación maravillosa de habitar un mundo para ti solo? Hazlo, disfruta de esos momentos, déjate vencer por el sueño. Déjate vencer. Pero no sigas aquí. Vuelve a la cama, no te demores; piensa en nosotros. Regresa al sueño y déjate despertar por su final, sin forzar la luz en esta oscuridad horadada. Nunca te lo dije, hijo, pero eres mi única posibilidad: cuando yo no esté nadie sabrá de mí, de nosotros, y sólo ahora es posible, sólo ahora, más allá del polvo barrido que seremos, que se nos recuerde; que alguien me recuerde a través tuya. Sabes que no soy un hombre sentimental sino recio y parco en afectos, pero ahora podría llorar delante tuya, hijo. La madrugada es fría, por favor regresa a la cama, y que el destino se cumpla al acabar la noche; hazlo, Gregor, hazlo; no permitas que se olvide mi apellido.

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Blue in Green

Ha arrojado una colilla al suelo nada más salir y vuelve a hacerlo tras llegar a la esquina de la Segunda, sin saber muy bien mientras chupa para encender el siguiente hacia dónde va o irá: sólo que está enfadado. Pisa y extingue la brasa humeante con ganas y se mete la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta para guardar el mechero. El sol de abril dora los ladrillos rojos y los metales de las barandillas, pero el hombre no levanta los ojos del suelo sucio para verlo. Hay ruido, mucho ruido, a su alrededor, aunque ande ya de nuevo sin oírlo. Siente frío en las manos y en el cuerpo, frío y enojo, y camina bajando la Segunda pero si saber bien hacia dónde; caminar sólo es alejarse.

La sonrisa leve de Kelly se refugia en las sombras de su cuello. Miles ha dejado de dar voces y ahora camina alrededor de una silla; a la cuarta vuelta la golpea con el pie y la silla queda a tres patas en el aire; oscila, y finalmente regresan las cuatro patas al suelo. Entonces vuelve a gritar, Cuatro, le había dicho en cuatro, ¿era tan difícil? ¡Puto loco! Todos los demás aguardan en silencio; durante largos minutos el aire del estudio era eléctrico y crujía y quemaba mientras las voces de los dos crecían y crecían ya sin oír al otro, sólo pretendiendo imponerse a golpes de insulto, y hasta que Evans se ha levantado lanzando el taburete hacia atrás y se ha dado con la esquina del teclado y trastabillado a una pierna ha llegado a su chaqueta; casi como la silla tras la patada de Miles, sin al final caer. Ha lanzado un par de insultos más y ha salido de la sala, desoyendo a Chambers que llamándole, Bill, Bill, intentaba mediar. Miles se ha sentado en la silla, y sólo cuando Coltrane ha dicho, ¿Qué hacemos, vamos a seguir?, ha mirado a Kelly y ha vuelto a hablar, ¿Vamos, Wynton?, y éste ha asentido y ha salido del rincón, y ha caminado hacia el taburete para llevarlo junto al piano, y se ha sentado.

Llega a una zona de parque. Busca un banco, se sienta. Se limpia las gafas. Sigue el frío recorriéndole arterias y venas, vaciando sus pulmones, encogiendo su piel. Esa es la sensación que tiene; una tirantez como si le encogiese por momentos la piel y lo encerrase. Intenta recordar por qué han discutido y casi no puede; había llegado ya algo alterado y tenso, ya de mal humor; ahora está sentado en un banco en algún lugar cerca de la Segunda y se mira las manos y se las frota, y le llega el olor del río, y se encoge algo más dentro de la ropa. Duda unos momentos pero no; no va a volver, que se joda el puto disco, que lo haga él como quiera pero no con él. Ya está fuera, ya se ha ido. Levanta la vista y los restos del día están tumbados sobre las copas amarillentas, y ya más calmado a Evans se le ocurre: ¿qué árboles serán esos?

Se oyen voces de fondo desde los altavoces mientras mira hacia afuera por la gran ventana; los restos del día están tumbados sobre las copas amarillentas de los árboles. El ingeniero dice, Toma cinco; entonces es como un milagro, un sostenido milagro, un irrepetible milagro: un milagro, sin adjetivos. Miles se está mirando las manos y se las frota mientras oye la música de una pista grabada treinta dos años antes, abandonada al olvido o más bien a salvo del olvido hasta que él la haga olvidar. Algunas tardes cuando se va el calor rebusca en los muebles hasta dar con las etiquetas amarillas y casi borradas donde apenas se leen ya las fechas, y pone la del 2 de marzo de 1959, y vuelve a escuchar Blue in Green, la grabación de un milagro sin adjetivos que apenas casi nadie ha oído desde 1959; la última nota abandona el salón, lo vacía como encogiéndolo, y se oye a Townsend decir, cuando todo acaba, cuando el aire ha dejado vibrar y el silencio echa de menos el lugar en el que estaba escondido, sobrecogido: Qué hermoso, qué hermoso. Y en la voz alta de 1991 dice Miles, Puto loco, y se sonríe preguntándose qué hubiese podido ser ese disco que decidió dejar a medias, y mirando cómo son agitados por la tarde ventosa de primeros de septiembre se pregunta qué árboles serán esos.

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Dos hombres tienen el mismo sueño una noche de abril de 1958 en una llanura de Goiás

Los dos hombres se saludan en una esquina del gran barracón. Oscar ha llegado primero y tiene ya una taza en las manos cuando oye a Lúcio saludarle a la espalda. Asiente y gruñe o musita algo de espaldas en señal de reconocimiento, y sale sin mirar al otro al exterior. Instantes después, los justos para que el café le haya llenado la taza, se le une Lúcio. Ambos hombres contemplan la explanada turbia en la mañana, que para cualquier ojo no habituado al espacio parecía casi infinita meses atrás, y con un leve desfase de gestos se llevan a la boca la loza. El falso bosque de grúas y estructuras araña el cielo gris acero. Si ambos hombres volasen ahora -pero no les hace falta para tener esa visión- sobre la llanura horadada ahora fértil en hormigón cuando era casi yerma meses atrás, si pudiesen planear sobre esa llanura subidos al avión descomunal dibujado en los grandes planos -pero no les hace falta para tener esa visión- podrían ver a miles de hormigas humanas agitándose en todas direcciones alrededor de grandes plantas blancas que vibran mientras crecen. Ambos hombres han soñado esa noche lo mismo: han visto surgir de entre las aguas de un lago una mano que después trazaba una cruz sobre la tierra, y junto a la cruz una curva, alta en los bordes, y ambas figuras se multiplicaban y ocupaban la meseta infinita. Colgados sobre el espacio amarillo del sueño los dos hombres veían cambiar de color y oscurecerse el horizonte a toda velocidad, como si todos los días fuesen el mismo día. Colgados sobre el espacio amarillo del sueño ambos hombres sabían que el otro estaba a la vez soñando el mismo sueño y que ese conocimiento permanecería en el despertar del día siguiente. Ha llegado la mañana, y los dos hombres se saludan sin apenas palabras en una esquina del gran barracón, y salen separados por unos instantes a la mañana turbia. Miran ambos la llanura y lo que hacen brotar de ella como si todas las manos de todos los hombres que se afanan en ella estuvieran a la vez exprimiendo el suelo removido. Una garza de sensacional envergadura recorre el cielo de oeste a este. Sólo uno de los hombres la mira. Apenas queda nada ya en las tazas. Bueno, a trabajar, dice uno; el otro asiente. Ambos hombres han soñado el mismo sueño, pero no les sorprende; al fin y al cabo han soñado también la misma ciudad.

Brasilia en construcción

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Mi madre también va al mercado

Es molesto el ruido de fondo. El exceso de ruido no deja pensar. Desde hace muchos días no hay más que ruido. Yo intento taparme los oídos y aún persiste el zumbido fuera, como de frigorífico viejo; uno puede acostumbrarse a ello y creer que ya es así siempre, que siempre fue así, que ya será siempre así: exceso de ruido, zumbando en mitad de la noche, en mitad de la mañana fría, sin parar nunca. Pero mejor que acostumbrarse a ello es intentar que pare.

La semana pasada cuando comencé a leer las primeras contraidioteces tras los asesinatos de los dibujantes de Charlie Hebdo comencé a revisar mi agenda: tras haber examinado los últimos 45 años puedo afirmar que en ninguno de sus días he sometido a vejaciones o masacrado a ninguna población civil. En quinto vi como mi compañero Miguel París mataba varias lagartijas en pro de la ciencia, y en casa soy el encargado de matar las cucarachas y los mosquitos, pero nada contra la población civil de ningún lugar del mundo. Si un hombre puede ser una literatura y si la historia de un hombre puede ser la historia del mundo y si contar lo local como universal es la mayor aspiración de un narrador, y si un hombre incluso puede ser el reflejo de una sociedad, su metonimia, entonces yo, sociedad occidental europea, no soy culpable de ningún crimen que justifique -esto es, que pueda ofrecer una suficiente y convincente razón justificativa- que se cometa contra mí un asesinato. Yo puedo ser Charlie Hebdo, pese a que el nombre me suene tan ridículo, y puedo ser una víctima, pero no puedo ser, en ningún caso, un verdugo. Quien afirme lo contrario podría ser, sencillamente, algo tan peligroso como un ignorante.

Guillermo Busutil hablaba el domingo en su columna de la lectura como esperanza y salvavidas -ambas palabras son hermosas, tanto como leer-. El problema, claro, es evitar leer idioteces, porque eso no es sino ruido. He leído estos días sobre racismo e islamismo, religión, libertad y seguridad, todo ello con el disfraz de la justificación: las palabras corrían de un lado a otro y siguen corriendo, y ese ruido, ese frufrú molesto, es también como otras veces ocasión para que en un falso silencio se maniobre contra la causa del hombre. Leía a Guillermo como prolongación de haber leído, aún más, estos días a Camus -sé que agradará a Guillermo esa herencia-. Hay autores que siempre tengo a mano y Camus es uno de ellos, y me centraba estos días de ruido y furia por ejemplo en sus crónicas de Combat, y le leía entonces decir: “las personas como yo querrían un mundo, no ya donde no se mate (¡no estamos tan locos!), sino donde el asesinato no esté legitimado. Y aquí estamos, en efecto, en la utopía y la contradicción. Pues vivimos precisamente en un mundo donde el asesinato es legal y debemos cambiarlo si no lo queremos así. (…) Con excepción de algunos tramposos, todos, de la derecha a la izquierda, consideran que su verdad es la adecuada para conseguir la felicidad de los hombres. Y, sin embargo, la conjunción de estas buenas voluntades desemboca en este mundo infernal donde todavía se mata, se amenaza y se deporta a los hombres, donde se prepara la guerra y donde es imposible decir una palabra sin ser de inmediato insultado o traicionado.” Estas palabras son de noviembre de 1946.

Los asesinatos de París los han cometido franceses contra franceses: pura sociedad europea occidental. Su confesión religiosa debiese ser indiferente para la condena de esa acción. No hay razón alguna que justifique ni explique que dos tipos entren armados con sendos AK y señalen y disparen y maten. Porque Francia, en primer lugar, no es culpable. Francia es un Estado de Derecho al igual que España. Francia consolidó el Código. Y he leído tonterías sin cuento -esto ofende al cuento como género supremo- sobre que fuese de esperar esto, y que Francia es racista y Francia es asesina y lo es Occidente y ruido ruido ruido. Afirmar eso supone que la culpa, y entonces estoy acudiendo aquí al concepto judeocristiano de culpa al igual que lo hacen quienes sostienen tales afirmaciones, puede ser colectiva y puede recaer sobre todo un país, un continente, y es más, creo que se afirma eso pensando en la imposibilidad de redención de tal culpa, se afirma desde la creencia de un pecado aun cuando se pretenda disfrazar de pecado laico y en que no es posible su redención -salvo que se piense como yo, suele deslizarse en tales banales intentos de argumento-, y entonces se dice, Qué esperabais si antes los hemos masacrado. Como el argumento no es de izquierdas o derechas sino incumbe por igual a ambas concepciones tradicionales de izquierda y derecha, entonces alguien también dice, Qué esperabais si los muertos eran blasfemos, si se burlaban de dios y de sus mensajeros. Ambos lados, que son para mí uno solo en su carencia de armazón razonador, dicen así: Eran culpables, las víctimas eran culpables. Trasladan el concepto verdugo desde el tipo que apretó el gatillo a la nación, y entonces a todos, porque si Francia es el Código y nuestro Código viene de allí y esto es Occidente y sus raíces son las religiones del Libro pero también la Razón, entonces alguien me está diciendo, Eres culpable, Erre, eres culpable. Y no, no lo soy. No soy un verdugo.

El ruido genera confusión. Se usa en las torturas el ruido. No está bien que todos hablen a la vez; resulta complicado que si uno mezcla razonamientos salga bien el experimento y ofrezca un resultado convincente. Utilizando como símil un rompecabezas, que todas las piezas sean de la misma caja no significa que encajen en cualquier sitio del diseño. El problema a la hora de componerlo puede ser desconocer cuál sea el diseño, el modelo constructivo. Pero no creo que sea ese el caso. El modelo es el Estado de Derecho, un modelo de Estado laico; las instrucciones son las Cartas de Derechos. El modelo es bien sencillo, el modelo del pacto. Aún suponiendo casos de mala praxis, ello no invalida el modelo, es sólo, nada menos, que eso, mala praxis: hay mecanismos de corrección. Si la mala praxis es el modelo entonces también hay mecanismos de corrección, más contundentes, más tristes y dolorosos, y no digo que no necesarios. Todo ello tiene que ver con los conceptos de validez, eficacia y justicia, que no sólo son asequibles para un estudiante de primer año de Derecho: lo son para cualquiera que aspire a la denominación de ciudadano -algo que por cierto había que ganar en la polis-. Pero sigo sin creer que el problema, cuando está basado en la Carta de Derecho y en el Pacto de Derechos Civiles, y en la separación de poderes y en la laicidad del Estado, sea el modelo.

El primero de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando el asesinato- es el de la blasfemia. Se lo merecen por ofender a dios o a sus intermediarios. Por hacerlo desde la sátira, desde la parodia, desde el espejo deformante: desde el humor. La risa ofende. Si uno mira la cara de un fanático siempre está seria, hay músculos de su cara que no activa jamás. Sin embargo, y por citar ahora a Marcel Schwob, reír es sentirse superior. Sólo el hombre se ríe, no se sabe de animales que lo hagan, que sean capaces de humillar su propia figura para contemplarse desde fuera, ridículos y pequeños. La risa genera comprensión. Más allá de eso, además, están los mecanismos de corrección: existen tipos delictivos que protegen la ofensa de ciertos sentimientos, siempre que ello no entre en contradicción con otros derechos. También para ese caso uno cuenta con una herramienta de resolución y correctora: si como es el caso ello entra en conflicto con la libertad de expresión optamos por ésta porque ésta salvaguarda a un mayor número de hombres y de sus actos. La blasfemia, y ello es una opinión personal, es una figura pequeña y ridícula que hace aún más pequeños y ridículos a quienes la sostienen. Dios, hasta el momento, no se ha quejado porque lo saquen con el culo al aire, y ello no es una blasfemia. Sus mensajeros, hasta ahora, no han acreditado su representación, y sin acreditarse ésta uno no puede accionar en nombre de otro, ni jurídica ni físicamente. Estaría dispuesto a aceptar que alguien me asesinase si fuese capaz de demostrar no sólo la existencia de dios sino también su mandato. Mi fe es el Derecho cuando se trata de relacionarme con otros hombres, y el Derecho, simplificando con pudor y modestia el argumento para hacerlo peligrosamente asequible, es tan aparentemente infinito como la idea de dios. Si el Código Penal, por el pacto de convivencia, castiga la blasfemia, y si quienes tienen atribuida su interpretación, por el pacto de convivencia, son los tribunales, y estos deciden que entre aparente blasfemia y libertad de expresión debe protegerse a ésta última -y yo así lo creo-, no puede en ningún caso deslizarse sombra alguna que pueda oscurecernos hasta el punto de justificar por ello un asesinato. Esto no tiene nada que ver con la religión, con el islam, pues he leído a cristianos quejarse de lo mismo: tiene que ver con el puro fanatismo.

El segundo de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando el asesinato- es el de la maldad occidental. Se lo merecen porque Occidente es malo y asesino, porque es laico y capitalista, porque bombardea a civiles y cambia gobiernos y la CIA y la Coca Cola y las hamburguesas malas y los Levis 501 dominan el mundo. Ya he anticipado que también resulta falso, más allá de todas las dudas sobre mala praxis occidental que quieran alumbrarse. El problema no sería de modelo sino de correcciones. En Occidente, en Francia, el ciudadano es un voto. Quita y pone. Quéjense si quieren del sistema electoral y de partidos, de los lobbys, de los yogures azucarados: pese a todo ello, pese a la posible total razón de su queja, es así. El voto de un hombre puede cambiar el signo de un país, su destino, sus normas. Para lo bueno y para lo malo. La queja sobre la blasfemia o sobre la maldad de la economía capitalista o sobre el terrorismo de estado o los complots en las cloacas está protegida por ese mismo sistema, por el Estado de Derecho. Eso es, pese a todo, Occidente: dios en la casa de quien quiera albergarlo y la Razón en el palacio presidencial. Occidente no masacra. Lo hace un hombre, y si se pone en marcha el mecanismo correcto, ese hombre es castigado. Los asesinos, tengo que recordarlo, eran franceses: ciudadanos. Entre la denuncia y la batalla de ideas y el AK 47 eligieron disparar. Si justifico en la maldad del Estado el asesinato estoy justificando también la respuesta de éste, una posible respuesta idéntica que sólo perpetúa el problema, lo consolidad y cronifica y no lo resuelve. Citaba a Camus y volveré a hacerlo, pero quiero traer también a Jacques Verges, otra de mis debilidades. Cuando Verges hablaba de los procesos de ruptura lo hacía sobre la existencia de un Estado que abiertamente utilizaba el asesinato, la tortura, para sus fines. ¿Alguien puede, más allá de posible mala praxis, sostener con sentido y razón que eso es hoy Francia, que su condición es violenta e injusta? ¿Que lo es lo que llaman Occidente? ¿Que cada uno de sus ciudadanos es por ello culpable? ¿Que merece la muerte por ello?

Siendo los dos anteriores sonidos estruendosos, me preocupa más el tercero: es sordo, corre de fondo siempre. No es ajeno a ambos, participa de ambos, juega con ambos, se impregna con ambos para pervivir. De los dos primeros uno puede acertar a defenderse si los ve venir de cara. Pero el tercero de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando también el asesinato- es el de la seguridad a cambio de la Razón y el Derecho, de la libertad. Se insulta a la inteligencia cuando la seguridad se hace preponderante y se convierte en categoría y no en consecuencia, se insulta a la historia y se insulta a la inteligencia. De nuevo sacrificando con modestia la argumentación, la seguridad no es un derecho sino una conquista desde el Derecho, y su mantenimiento no puede suponer debilitar la libertad. Traigo el título aquí de las XXª Jornadas de la Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Política, celebradas en Málaga en 2005: Libertad y seguridad. La fragilidad de los derechos. Se trata de eso, de nuestra extrema fragilidad ante las presiones violentas, de nuestras tentaciones, de una sociedad futura cimentada en el miedo más que en los riesgos y equilibrios de la libertad. Tras cada gran catástrofe violenta quienes quizás deben callar han hablado de control; no se han sentado a analizar las malas prácticas y sus posibles consecuencias sino a definir nuevas -en realidad muy viejas- formas de control sin resultado, pues el nivel de conflicto no ha descendido. No estoy renunciando con ello a la defensa, no soy tan ingenuo -pese a este viaje por una posible cartografía del ruido generado por mi necesidad de involucrarme y evitar que al menos en mí pueda detectar la práctica risible de compartir en un red social mi aparente dolor por una muerte y tras ello y sin hilo ni ruptura de éste la foto de mi gato, de mi sobrino y de una cerveza a medias-: me sitúo ante un paisaje, el de la renuncia a la libertad por miedo o cansancio o desidia, que genera tanta violencia como los dos anteriores, que detesto tanto como los dos anteriores, que ya generó fosas de cadáveres, por citar una vez más a Camus, pues no sino eso fueron el fascismo, el nazismo y el comunismo que asolaron la malvada Europa. Preferir la seguridad es atomizar de nuevo de nuevo el mundo en vez de internacionalizar la preponderancia de la razón, preferir el muro al argumento, e incluso dar un nuevo argumento al que pone la bomba o aprieta el gatillo.

Todos estos ruidos empezaron a sonar a la vez que el aire dejaba de sonar en los pulmones de los asesinados. Franceses asesinados por franceses por ejercer la libertad de expresión en vez de plegarse al fanatismo. Leí la noticia y pensé, No podrá uno permanecer al margen cuando todos se pongan -y era seguro que pasaría- a hablar a la vez: lo contrario del ruido no es el silencio. Yo he echado mucho de más tanto silencio en tanta gente, no sólo con esto, pues en esto era sencillo manifestarse y compartir un lema, una foto, una chapa, sino en la larga crisis de valores cívicos que asola la malvada Europa, el arruinado Occidente. Del silencio de los intelectuales, doloroso y largo, hablaba también con Guillermo hace poco. Leí la noticia y antes de que comenzase el ruido ya sabía que habría ruido, que no cesaría el ruido, que harían mucho ruido para evitar pensar; gritar un lema es más sencillo que generarlo. Me acordé de Camus en mitad de la guerra de Argelia, exigido por ambos bandos, por Francia y por quienes luchaban por la libertad de su tierra, situado contra las torturas y ejecuciones del ejército jaleadas por parte de la sociedad francesa y contra las bombas del terrorismo argelino como respuesta a aquellas. Camus acordándose de su madre en el mercado de Belcourt ante la posibilidad de que un terrorista arrojase en él una granada: Amo la justicia, pero amo también a mi madre. Creo que cuando cito a Camus y prefiero a Camus por encima de al resto ya estoy dejando muy claro cuál sería mi posible bando en cada uno de los debates: el del desgarro que produce optar siempre por la razón. Y ésta en este caso, franceses asesinados por franceses por ejercer su libertad, es Francia, es Europa, más allá de cualquier fallo o falla, por encima de tanto ruido, es Europa: la Europa que optó por las Luces y el sonido de la Razón.

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Colimbo

Para Marta Aponte y Paul Viejo

Ayer por la mañana mientras la gente no paraba de hablar de tornados -como si fuese un tornado algo excepcional, como si no hubiese tornados cada día y de pronto alguien extrajese de la tierra o del mar una oscura espina dorsal que de pronto gira enloquecida y sale corriendo y arranca el techo de las cosas y de las personas y lo araña y pulveriza todo, como si eso no sucediese cada día y algo que parece surgir no se sabe bien de dónde no arrancase de cuajo algo de nosotros; un tornado, menuda cosa habitual para tener que hablar de ella- yo estaba mirando la mañana y no podía dejar de pensar en el colimbo. Pero no en un colimbo cualquiera, no; en “ese” colimbo. El colimbo que en una tarde otoñal fanfarronea y juega con H.D. Thoreau en las páginas de Walden.

Yo no tenía ni puñetera idea de qué fuese un colimbo ni a qué se dedica hasta que lo leí en Walden, pero quizás sea uno de los animales que más amo del mundo, el colimbo. No he visto un colimbo en mi vida, ni quiero. Cada poco, muy poco, yo abro Walden por esa página que tiene la esquina marcada de tanto doblez de años y vuelvo a ver al colimbo arriba y abajo junto al bote de Henry D y me digo, ostia, qué listo y cabrón el colimbo. No quiero buscar una imagen de un colimbo de verdad porque ningún colimbo es más verdad para mí que ese colimbo risueño y burlón tan enamorado de la laguna de Walden como Henry D y como yo. Casi ninguna persona, casi ninguna cosa, es más verdad para mí que ese colimbo contado.

Desde hace años siempre tengo Walden a mano. Voy de acá para allá por la casa y siempre procuro dejar Walden cerca de la mano. Las aguas tersas y frías de la laguna de Walden, el bosque asomado a su espejo oscuro. Leo en él las cuentas de una plantación de judías, y acabo llorando -pero yo lloro por todo-. Henry D hace navegable el pensamiento y el aprendizaje de las hechos esenciales de la vida, y dice eso de “no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir nada que no fuera la vida, pues vivir es algo muy valioso”, y acabo llorando -pero yo soy un puto gilipollas, lloro ya por todo-. Yo releo sin parar Walden a trozos, por las hojas marcadas y por las que no, paseo por la orilla de la laguna escrita de Walden, y miro por mi ventana entre párrafo y párrafo, y acabo llorando o casi llorando -lo que es aún peor- las más de las veces. Pero yo lloro por todo de modo idiota y emocionado: antes no decía estas cosas ni quería que se supieran estas cosas, pero ahora como que me parto de risa conmigo mismo, porque vivir es algo muy valioso.

Thoreau cuando yo lo conocí había dejado de pagar impuestos en su país por la guerra contra México y por la esclavitud con soporte democrático; se avergonzaba de su país, como yo del mío. Ya veremos quién es el más fuerte, se dijo. Luego se fue a la laguna de Walden, y empezó a pasear por sus orillas, acompañando a las estaciones, censando nubes y tierra, abriendo sendas al sol entre los árboles. Yo no soy ningún amante de la naturaleza, pero sí de Walden, del concepto Walden. Uno se harta y asquea y se va, o debiera irse, no sea que le dé por morirse sin haber vivido, sin haber aprovechado algo tan esencial y valioso como vivir. Se va y el agua está fría casi siempre, como debe estar el agua, estirada como un tambor a veces, una superficie que nos soporte si nuestro peso fuese tan leve como debe ser. No pesar, esa es una gran aspiración, no una aspiración física, sino moral. No pesar no es estar tan delgado como la hoja que se balancea junto a la orilla cerca del camino de Wayland, sino no ser un peso muerto para otros y para uno mismo. Uno se cansa y se va, se busca una laguna y se va. Y camina sin parar. Da igual que el tiempo sea algo frío porque camina sin parar: vivir es algo cálido si uno camina junto a la orilla de la laguna de Walden.

Yo leí Walden y cada vez que releo un trozo de Walden, en todos estos años furiosos, acabo pensando que querría eso, localizar una laguna como la de Walden, irme allí, a un casa junto a ella, una casa que respira como bosque, que respira tierra junto al agua. No pueden mezclarse ambas cosas: se llama barro. En las mañanas nubladas y de tornado diario de los inviernos que no son Walden miro el mar desde mi ventana -en realidad desde mi terraza, pero no me gusta el concepto terraza sino el concepto ventana, amo las ventanas, no podría vivir sin ventanas- y hay un manto de barro sobre el mar de entre cuyas dobleces y arrugas surge de pronto una mano blanca de espuma -esto es una horterada y una cursilería pero voy a dejarlo así porque me da la gana-. Agua y tierra no pueden mezclarse. Yo me sentaría en esa casa desde la que veo entre los árboles el horizonte de la laguna y sería tierra allí sentado, asomado, y después caminaría hasta la orilla, y me agacharía, y rozaría el agua, se me pegaría a las puntas de los dedos el tacto frío del agua, y seguiría paseando después mientras pienso en si algún alce se va a cruzar conmigo y a ignorarme de lejos y el viento que sólo parece soplar a media altura, sin alborotar el espejo frágil de la laguna, me iría secando las yemas de los dedos. Cultivar la tierra -o comprar las verduras y la fruta cerca, a algún vecino con el que construir un nexo sobre frases intrascendentes, mejor eso-, contar a veces hacia atrás a veces hacia adelante los días de cada estación, y pasear mucho de todo el tiempo restante.

Pero no, Erre, me digo, no. No hay lagunas cerca. No puedes retirarte a ningún lado, no puedes huir. El tiempo, pensé una vez al inicio de los años furiosos, no debiese cambiar nunca. Pacté de modo falsamente faústico que nada cambiase, como quien compra un producto de lujo a un precio insultantemente barato: queriendo ignorar que está siendo engañado. Eso no hubiese sucedido junto a Walden porque el bosque cambia de color y los colimbos se refugian del frío y la fragancia del pino tea recién cortado llena el aire. La laguna parece permanecer salvo que el viento arrecie -he visto que dicen por ahí que el viento arrecia, supongo que debe ser cuando se cansa de soplar-, o la lluvia se haga de pronto con el cielo. Si la lluvia es muy fuerte junto a Walden no salgo de la casa, no puedo huir tanto de mis orígenes de ciudad seca: sólo imagino la laguna espolvoreada mientras acaricio la taza llena a medias de té.

Alguien poco atento o poco leído o sencillamente idiota podría pensar que la laguna siempre es igual -de la misma manera que la gente piensa que es el mismo sol, el mismo amanecer, el mismo mar-. No es malo eso, pensé una vez. Si todo el mundo pensase que hay una belleza insoportable en la soledad verde de Walden, Walden se llenaría de gente y yo tendría que huir de allí porque odio a la gente tanto como amo a la soledad de Walden. Por eso es bueno que la gente piense que un día es igual a otro, una vista igual a otra, un amor igual a otro. Aun así el imperio de los inútiles ha construido tantas urbanizaciones en las que Cheever pueda emborracharse mientras fantasea con chupársela al jardinero que apenas hay orilla que no esté manchada de cemento. Los fines de semana corro unas decenas de kilómetros hasta llegar a la laguna que tengo más cerca, varias lagunas pequeñas en realidad. Corro por los senderos entre sombras que se aclaran, algunos pájaros planean -pero ningún colimbo, aunque ni sepa cómo es-, huele a resina y salitre, mi respiración y mis pasos no harían huir a ningún alce que quisiera ignorarme de lejos. Pero no. Entonces aparece alguien en bici o también corriendo, o caminado mientras arrastra equipo de observación de aves, y se me escapa la soledad verde nacarado de Walden, o la soledad ocre y crujiente, o la dorada y dulce soledad, o una soledad blanca y mullida que restalla a lo lejos y que hace de Walden el único lugar en el que yo quisiese estar siempre.

No es el mismo mar. No hay permanencia. Las aguas que se fingen inmóviles de la laguna se agitan sin parar, flotan las plantas subacuáticas, largas, oscuras y viscosas, y se despiden de los grandes peces insomnes. Lejos de Walden recorro las autovías que en esos ratos de sucia cinta oscura finjo que son una orilla llena de agujas que van perdiendo verdor entre sombras y se me ocurre que necesito esa noción de permanencia para a su vez permanecer, soportar permanecer, lejos de la laguna. Mi única certeza ahora, ahora que rompí el pacto de que todo permaneciese igual -un falso pacto que me condenaba tanto como creía un día entender que lo hacía el continuo vaivén, ese vaivén valioso de la vida- es ese cambio continuo. Un colimbo juega conmigo y sale acá y allá sin que pueda prever dónde lanzará su próximo chillido, y amo ese otoño que leo sin cesar y construyo sin cesar mientras leo sin cesar Walden y envidio a Henry D y sentarme en silencio junto a él como lo haría un cazador o un leñador o un poeta y que por unos instantes la soledad se abra de modo amable y fragante como una chirimoya madura -una fruta muy poco Walden, por cierto-.

Un hombre perdido mientras busca una laguna y lee compulsivamente Walden; el mayoritario descontento de los hombres exige el tributo de creerse único al menos unos minutos al día, el tributo a nuestra insobornable y afortunada capacidad de adaptación a la desgracia. La soledad agrietada por las visitas. En la noche del día de los tornados, cuando la gente hablaba de tornados y yo pensaba en el colimbo, cuando ya no leía a Walden y miraba una pantalla, me encontré unos comentario de Marta Aponte y Paul Viejo sobre el mar. Compartís la mirada, dijo Paul. El mar nunca es el mismo, dijo Paul. Marta me miraba desde el otro lado de la inmensa laguna como si los ojos de los insomnes pudiesen encontrarse en la negrura. Yo casi lloré el leerles hablar así, como cuando leo sobre los paseos alrededor de la laguna de Walden, y casi llorar es peor que llorar, es una soga que aprieta despacio y sin pausa hasta que te devasta. Algo infinito es tolerable y hasta impone cierta paz; algo casi infinito es insoportable. Atravesé la noche como si lloviese con furia sobre el bosque de Walden y el zarandeo de las copas arañase el silencio del lado interior de la ventana, sin poder salir a ningún lado.

No hay laguna, no llegaré nunca a Walden. La mañana se anuncia con un tornado en cualquier lugar, arrancando cualquier cosa. Las nubes se rebozan en sal y hay un rugido que golpea la ventana: no llegaré a Walden. Intento traerme el sol de otra estación y entro en el coche, y pongo un disco que ya es antiguo y una voz dice, Todas las vidas cayeron al mar, y luego la voz dice, Creo que morir es una sensación/ creo que vivir/ podría serlo pero ahora es algo mucho más real. Se enciende la luz de la reserva, la que anuncia que si sigues así todo se detendrá, sin remedio. Entro en la gasolinera y lleno el tanque -el tanque, eso es un término bélico- y me regalan una barra de pan, y no sé si es una metáfora del alimento todo ello: no llegaré a Walden. Pero no he desayunado aún. Conduzco atento a los carteles por si en vez de Algeciras o Barcelona junto a tres números cambiantes alguna vez leo: Walden. Tengo hambre, y comienzo a pellizcar compulsivo la barra de pan, y el pan está seco, y llueve, llueve fuera sobre la voz de un disco antiguo y la añoranza de un hombre por un pato idiota y una laguna sobre la que quizás ahora también llueve y que no verá nunca. El pan seco, y el cristal empapado.

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Los falsos antólogos

Sostiene Navarro que no recuerda la primera vez que vio el mar pero sí la primera vez que vio esas olas, en la segunda planta de una librería. Que recuerda haberlas visto algo escéptico y después bastante sorprendido, y que cuando vio que reiteraban sus embates contra los estantes hizo al parecer una llamada.

-Compinche, ¿eso de Páginas de Espuma qué es?

Sostiene Navarro que su interlocutor le dio algunos datos sobre aquella aventura editorial que entonces se iniciaba, y eso dio pie, claro, a la habitual bilocación de tales frecuentes conversaciones, de las cuales nunca sabremos en realidad y con cierta certeza ni el sobre qué ni el hacia dónde y acaso que además pues nos da igual, al menos hasta que se publiquen esas obras completas telefónicas con estudio introductorio. Sostiene que cuando asombrado le preguntó por dos nombres que se repetían volumen a volumen a cargo de aquellas antologías temáticas, pues no entendía que alguien pudiese conocer tantos cuentos de tantos autores y agruparlos de ese modo, Poli, la voz del otro lado del auricular, dijo, Sí, Javi y Vivi, sí, son pareja, ella es argentina.

Sostiene Navarro que a él le ponen un chiste a tiro y le vacía como poco dos cargadores al objetivo, por una anomalía genética de hace al menos cuatro generaciones.

Y sostiene Navarro entonces que pudo ser que fuese algo así su respuesta vuelta chiste y es resto de conversación; algo como, Hombre, claro, argentinos, cómo no, No, argentina ella, Sí, claro, argentina y Paletta, y Sáez de Ibarra como el aceite, ¿tú has visto su documentación?, esos nombres son inventados, te la han pegado otra vez, compinche, nadie se llama Viviana Paletta y se lía con uno que se llama Javier Sáez de Ibarra y se ponen a leer y resulta que juntos conocen más cuentos que nadie, eso es un truco y si los has visto alguna vez es que ese tal Juan te ha colocado dos actores, eso es que el tal Juan tiene algún programa informático que busca los cuentos o incluso los escribe y atribuye y compacta las antologías, jeje, los falsos antólogos, qué guasa.

Sostiene Navarro que se quedaron en esa charla con el apodo privado de los falsos antólogos; y sostiene que él, Navarro, preferiría en cualquier caso ser falso antólogo que antólogo a secas, y ahora que lo pienso yo también.

Sostiene Navarro que guarda de después en una caja de madera azul pintado el recuerdo de una sala casi vacía que un rato antes había estado llena de gente, en el Círculo de Bellas Artes, y que en ese espacio alguien avanza sonriendo hacia él que charla en esos momentos en persona con el que era aquel interlocutor telefónico, y esa sonrisa que llega y que le parece que nace de cierta timidez llena el espacio y vuelca las sillas aún calientes como un tsunami amable, y tras la mujer de la sonrisa llega un tipo alto con una sonrisa más contenida pero franca y una de esas miradas que fijan con láser su objetivo como un rifle de francotirador, uno de esos tipos con apariencia de serios -y que luego son los que cuentan los mejores chistes y aguantan mejor el alcohol- que cuando uno tiene que desembarcar pongamos que en Normandía elige para tener al lado. Sostiene Navarro que fue ese día de 2001, que guarda en una caja azul pintado junto a otras cosas importantes por ahí encontradas, un día de prodigios: el día de la presentación en Madrid de Pequeñas Resistencias, la antología de Andrés Neuman para Páginas de Espuma; y sostiene que recordará siempre ese día y el arroz de mediodía y las dos presentaciones como recordaría un monaguillo haber asistido a un concilio, ese cierre de la tarde mientras se cierra la luz fuera y los falsos antólogos avanzando hacia él y las risas y presentaciones con la broma dando vueltas en el aire.

Sostiene Navarro no recordar la primera vez que vio el mar porque lo ha tenido siempre al lado y es parte de él y vaya donde vaya es como si nunca se hubiese ido de la orilla; pero que aun así se fue un día, se fue y dejó de ver la costa y fue como entrar por años y años en la bruma: que dejó de ver la costa aunque sabía dónde estaba, y oía el mar de lejos como viviendo en una caracola. Sostiene Navarro que en ese lugar cerrado como una lata de sardinas no vio a nadie, ni a los falsos antólogos ni a los antólogos ni a nadie; y que lo único que no dejó fue las alocadas conversaciones bilocadas; que esas conversaciones eran como el mar.

Sostiene Navarro que mientras estuvo fuera fue sabiendo de los falsos antólogos, que habían dejado de hacer antologías para ocuparse ahora en hacer la revolución a base de escritura: que estaba fuera, pero no ciego ni sordo. Sostiene Navarro que el tal Javier Sáez de Ibarra, que vete a saber si el nombre con aceite al final es cierto, ha construido la que es para él unadelasobrasmássingulares,sólidasycoherentesdelcuentoespañolcontemporáneo -esto ha debido copiarlo de alguien acostumbrado a juntar los tres adjetivos en una frase, javi saezalgún profe ayudante doctor universitario aspirante a críticodesuplemento o así-. Sostiene Navarro que debiese haberle dado un puñetazo al falso antólogo alguna tarde de esas en las que se escapó el tiempo leyendo los libros de Sáez de Ibarra -El lector de Spinoza, Propuesta imposible, Mirar al agua, Bulevar-, porque algunos de sus cuentos llevan arpones de esos que Melville describe para cazar ballenas y cuando uno los lee se clavan en mitad del pecho y haces por tirar para sacártelo de encima y el puto arpón, el puto cuento, te hace un destrozo de hueso, fluido y músculo al salir, y aún así alguna esquirla queda dentro y los días de a punto de llover molesta aquello. Navarro sostiene que no cree en los libros unitarios de cuentos sino en el paseo, en la trayectoria, en el itinerario, en la construcción, en la voz; que no cree en el talleretismo, que lo odia: que Javi ha cogido a veces los códigos del cuento y donde cae desplomado el hombre tallereto y brota ese cuento que no es ni epigonal sino sopa de sobre de cuento, color y saborizante artificial pero nada de vida, un psss o un puessí, o un otromás, llega Javi y limpia los temas y da voz a lo sin voz y a otras muchas cosas indecibles y deslizantes que otros explican mejor pero sobre las que él, que sólo es un hombre pequeño y de pocos e inútiles estudios, sólo atiende a balbucear: casi todos duelen.

Sostiene Navarro que Viviana Paletta no se quedó quieta, que por mucho que sonría la señora es sin duda peligrosa -y que aun hoy ha pensado que tal nombre por entero esvivi paletta inventado-: que cayó en su manos un libro de poemas y por el propio peso versificado se le partieron al menos veintitrés dedos. Sostiene Navarro que Las naciones hechizadas es, más que libro, un peligroso objeto ético subrayable -esto sí es de Navarro tras no comer en muchas horas-, lo que demuestra que los mejores ejecutores siempre sonríen amablemente, y que la contabilidad cuando enumera dolores cívicos no es una tarea tan limpia como cuentan. Y sostiene Navarro que no quisiera estar en esa casa cuando ambos escriban y hasta la hija que tienen seguro que también escriba, porque el material que manejan en esa familia tapadera literaria es en sí inflamable hasta el extremo, y vete a saber qué pasaría si él, que sólo es un hombre pequeño y de pocos e inútiles estudios, tropezase sin querer camino al baño con el canto de un libro sobre las vanguardias.

Sostiene Navarro que volvió; que volvió un día a casa o al único sitio donde creía que podía estar su casa, un espacio con las huellas de los muebles de otros días sombreando las paredes y con los nuevos aún a medio montar. Una tarde o una mañana, no sabe bien, pero sí en una de esas horas en las que pasan las cosas, se le anegó la casa. Sostiene que llamó y dio parte del siniestro; y que cuando llegaron los falsos reparadores fue como un tsunami aquello, como un desembarco de amable felicidad. Y sostiene Navarro que pensó que al cabo no eran tan mal invento las compañías de seguros.

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Comida bio (la pose, la pose)

Es guapo, y lo sabe. Diría que razonablemente alto, por el tramo de espalda que sobresale de la silla. Tiene los ojos grises grandes y claros, sabré después, la barba con ese desaliño de la barba de moda, y el pelo largo recogido con descuido, fingido descuido. Es aparente y guapo y lo sabe, porque de lo contrario no estaría sentado ahí. En mitad del restaurante, de espaldas a la puerta y alejado de las ventanas, en mitad también de una mesa para ocho, sólo él, él sólo, solo. He visto eso antes de comprobar que era guapo pero he sabido que era guapo ya antes de verle de frente sólo viendo el lugar que ocupaba.

Las mesas son de colores vivos, mis hijos hacen rechinar las sillas sobre el suelo, y él no se ha inmutado. Claro, no se ha inmutado. Y nos sentamos y estoy frente a él, y ahora ya sé lo que sabía nada más entrar.

Lo que pasa es que te haces viejo, me digo.

Está leyendo, no alcanzo a distinguir qué -eso es que te haces viejo, me digo-. Saco el teléfono para hacerle una foto, y cuando hago la foto no sale el libro, ocultan el libro un par de libretas y vasos y algún plato y una botella de aceite; y entonces borro la foto, borro la foto porque es mentira todo, compruebo mientras borro la foto y me repito que me hago viejo. Tiene los ojos grandes y claros llenando de mirada gris un libro y da igual qué libro sea: es mentira. Está sentado en mitad de todo, por si el mundo decidiese cambiar de lugar su eje y que girase entonces sobre el lugar en que está él, y está, simplemente, aguardando a que pase.

No va a pasar, idiota, eso no va a pasar. Es el primer insulto.

Pedimos la comida, nos traen la bebida, y entonces levanta los ojos y veo sus ojos tras el bloc de la camarera y miro sus ojos, y es mentira, ya está claro que es mentira viendo sus ojos claros. Eres mentira, hombre guapo, estás intentando mirar a ese lugar que suele estar oculto tras nosotros y es ficción, le digo mientras pido el salmón, es otro truco: estás mirando un espejo, y sonríes por eso. Sonríe, se acaricia la barba, y vuelve al libro, como si estuviera en el libro: como si estuviese.

Eres mentira, idiota. Es el segundo insulto. No será el último.

El mentiroso es un hombre joven, y no es de aquí, pero como si lo fuera. Su especie es una especie invasora que aspira a ser preponderante. Si el mundo ha cambiado el latín por el inglés y usa to be y to be es ser y estar, él es estar y no ser: no es. Pero no es éste un fenómeno nuevo, me digo, te haces viejo, me digo, esto lo estuve viendo ayer para hoy y mañana: cuando una madrugada de dolor de sofá cerré la ventana ya estaba viendo eso mañana. Si to be es ser y estar están muchos que no son, pero los que son no están ahí, no en ese lugar, sentados en mitad del restaurante, un restaurante en cierto modo de moda, de comida bio, en mitad de una mesa para ocho, de espaldas a la puerta, leyendo un libro que resbala sin calar por sus ojos grises y cae a la mesa y se derrama sobre el suelo gris sin que nadie lo limpie, porque esas manchas apenas manchan. Duelen pero no manchan, y lo que no se ve parece no existir.

Qué coño estarás leyendo, gilipollas. Es el tercer insulto.

Nos han traído ya la bebida y comienzan a traernos la comida: el tiempo se desenrolla. Sin embargo él parece ajeno. Juega con algo oscuro y fino en los dedos y como sin querer golpea el montón de papeles que tiene a su izquierda: varios mapas, un pasaporte. Golpea el documento de identidad como si lo señalase, como si se señalase o se diese golpes contra el pecho, como un gorila, como la especie colonial y colonialista que es; no por su nacionalidad, claro, no por su nacionalidad. Es la pose la especie a que pertenece.

La pose.

Pienso en los hombres que fueron Homero. Pienso en el hombre que ya dejó de ser Homero para que lo fuese otro en los caminos, sentado en el suelo del ágora oyendo la historia del hombre que dejó atrás la isla de las sirenas mientras el dolor con su uña larga abre en sus brazos un largo surco negro del que brota un líquido espeso y salado. Oyendo en silencio la historia que creó en parte y que olvidó para que otros la siguiesen y contasen, que olvidó hasta el punto de olvidarse escribiéndola, es un hombre que llora. En una esquina del ágora, casi fuera del círculo de hombres que escucha a otro contar la historia del marinero que insulta a sus compañeros que reman y reman mientras el mar parece tronar en su oídos cegados, un hombre llora. Es. No está. No lo parece, Es. Y traen una pizza de setas y mi hijo comienza a protestar porque no le gustan las setas y una de sus hermanas que está sentada junto a mí levanta la cabeza para reírse de su protesta y entonces lo ve, ve lo que yo estoy viendo y me dice: Mira, papá, ese hombre parece que está hipnotizado. Y ya no se ríe de su hermano. Ahora se ríe de él. Y yo me río con ella, nos reímos de él.

Reírse de alguien es un insulto, le tengo dicho a mis hijos: ya van cuatro.

Nos reímos de la pose. Mi hija por pura intuición, yo con deliberación y cierta tristeza, lo confieso, cierta tristeza. El hombre ha levantado la mirada del libro y mira tras de mí como si viese algo que yo no pueda ver pero me giro y veo exactamente lo mismo que él mientras una sonrisa leve le llena la cara y se pasa la pluma negra por la barbilla, se acaricia estudiadamente la barba con la pluma y mira y luego baja la cabeza y toma una nota en un cuaderno que exhibe, lo alza para pasar la página y anota algo como quien ha visto algo que exige explicación aunque lo sepa inefable y que anota para no morir, y no, es mentira, amigo mío, yo te diré lo que has visto, lo que has anotado, no puedes haber anotado sino esto, hay frente a ti un gran ventanal y en uno de los cuarterones transparentes han escrito en azul, como un poema: Sugerencias del día salmón marinado en limas ensalada de berenjenas brownie del abuelo; no tienes ni puta idea idea de español y has anotado eso: imbécil.

Cómputo de insultos: cinco.

Mastico un trozo de bacalao. Debo reconocerle, sin embargo, el coraje. La impostura lo exige tanto como la sinceridad. Pero nada más, nada más. Debiese levantarme y pedir la tiza azul y escribir frente a él, como un poema, Hierro, Berger, Gould, cierta hermandad del No. Pienso en José Hierro; Hierro sentado en la mesa de una cafetería junto a la ventana mientras suenan de fondo un televisor y una tragaperras y los golpes del portafiltros contra el filo de la máquina para que caigan los restos de café usado y las frases que el mundo utiliza para aparentar normalidad. Pienso en Hierro mirando la calle con la misma intención de que habla John Berger cuando habla de escultura -pero no sólo de escultura-, con disciplina en la observación y mucho amor. Pienso en Gould

(y me levanto ahora mientras escribo esto y pongo a Gould, pongo las Goldberg de 1981, cuando Bach fue la emoción y sólo la emoción)

dejando que llueva fuera mientras él se vuelca sobre sí mismo y no oye nada sino los martillos y cuerdas y pedales de su corazón, porque no puede hacer otra cosa sino eso, porque no tiene más remedio, no hay más remedio.

Está sonando el corazón de Glenn Gould mientras escribo esto intentando poner en presente legible el pasado y se me pasan las ganas de anotar un nuevo insulto al hombre guapo que sabe que es guapo: es bueno eso, no está bien reírse de nadie, le repito a mis hijos, es un hombre joven y el tiempo se le acumula aún desordenado en un cajón. Pienso en algunos amigos, en Hipólito G. Navarro, en Miguel Ángel Muñoz, en Paul Viejo, esa no declarada hermandad del No, personas que respetan y aman tanto lo que hacen como nadie que dejan de hacerlo porque prefieren ver cómo lo hacen otros, que han decidido -momentáneamente, aunque ese instante dure para siempre; es ese para siempre una suerte de ficción también, tiene siempre ese instante una orilla en la que muere- dejar de ser Homero para llorar felices en la sombra más alejada del ágora las imágenes que han añadido otros a la única historia que puede contarse: hay tanta ausencia de pose en todos ellos, hay tanta disciplina en ese apartamiento, hay tanto amor en esa esquina de cualquier lugar desde el que miren, que me entran ganas de levantarme de la silla y plantarme frente a él -sí, tú, estoy hablando contigo, ya sé que no hablas español, gilipollas (van seis)- y alzarlo de la silla por el pecho y decirle con la boca pegada al oído mientras lo fuerzo a bajar a mi altura y con ese bajo tono de quien no amenaza en falso, respeta lo que haces, no insultes; no nos insultes.

Y entonces me levanto. Me levanto, y voy hacia él.

Observación de y amor por son incompatibles con la pose. Quien ama a sus semejantes no se sienta en el centro sino en una esquina del bar, y mira desde allí pasar los trenes que llevan a otros de inmovilidad a inmovilidad, y pretende sin remedio y casi sin esperanza desentrañar esa ficción de movimiento; no se tapona con cera los oídos: se ata toscamente a la mesa mientras comienzan a cantar las sirenas que asoman sus cabezas por las ventanas de los viejos vagones y un aullido atraviesa su corazón de esquina a esquina y es todo tan insoportable, tan insoportable en esa esquina, es tanto el ruido junto, la máquina de café, la máquina tragaperras, la televisión, los cánticos. Me he levantado y estoy yendo hacia él; pero no temas, lector, no temas.

Es que tras él están los lavabos.

Y éste es guapo, y lo sabe, pero no es necesario. La pose no siempre exige ese precio. Los he visto en muchos lugares, con ese o parecido disfraz, sólo hace falta eso, algún disfraz, el que se tenga a mano. Vivo en un mundo alicatado de etiquetas junto a seres desvividos por estar cuando to be en el nuevo latín también es ser: qué deficiente es la enseñanza de los idiomas. Una camarera con pecas le trae un espreso y él sonríe, le miro de lado mientras espero que quede libre el baño, y el tipo alza la taza y la huele, deja caer los párpados y huele el café, y entonces me digo, no te libras, no se puede ser más tonto, ya no te libras. Pero se libra, se libra porque se abre la puerta del baño y entre derramarle de modo falsamente accidental el café sobre las piernas al pasar y mear, elijo faulknerianamente mear, llevo dos copas de vino blanco y elijo mear. Y estoy dentro y estoy meando y oigo de fondo las voces de mis hijos y su madre y me da por pensar, mira que si ese tipo es el nuevo Proust, y me río de lo absurdo de la idea, nunca se hubiese sentado Proust en el centro sino en esa mesa del rincón, junto a la ventana, la mesa en la que Gould y Hierro y Muñoz y Viejo y Berger y el Navarro bueno están sentados, y me río, yo solo me río de la ocurrencia, con cierta tristeza, con un fondo balsámico de ebriedad me río, y aún sonrío mientras me lavo las manos, y mientras las sacudo me veo en el espejo, me miro en el espejo, aún sonriendo solo: te haces mayor, me digo.

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