Las cosas que pasan

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Navarro y yo

Para Jose Ayala

Hace unos días me acordé de Borges. No como si lo hubiese olvidado, porque a poco que uno se desplace entre ciertos planos de actividad Borges es como la arena de la playa, si has ido unos días es raro que no aparezca por todas las esquinas de la casa. Es que me acordé de Borges para volver a tomar a Borges-primero escribí coger pero luego lo borré para evitar la posible risa de Borges-, sacarlo de los estantes y abrigarme entre sus páginas, porque afuera de pronto comenzó a a hacer frío. No sé ahora por qué me acordé de Borges hace unos días, porque el tiempo fatiga cualquier recuerdo y lo aventa y lo dispersa por toda la casa, y es como arena de la playa tras el final del verano, pasan los meses y sigue saliendo de los rincones, de debajo de un mueble, y ya no tienes presente el color del agua o el olor del salitre y allí, siguen, sin embargo, los restos de arena, los restos de Borges.

He escrito el párrafo y me doy cuenta de que he hablado de Borges y de libros y de arena, y ese es el principal riesgo de leer a Borges: lo borgeano. Por eso yo en cierto instante, después de haberlo recorrido mucho y con pasión, cerré sus libros y los dejé, cerca pero aislados de mis manos. Un escritor crea a sus precursores -como escribe Borges en Kafka y sus precursores– , pero también asume el riesgo de ser borrado por ellos, esto es, de desaparecer en lo epigonal, y entonces quise alejarme del peligro tanto como pude. Supongo que para caer en otro o en otros sucesivos, claro. Nuestras lecturas nos cercan; nos protegen pero nos cercan, nos aíslan del frío pero también de la necesidad de cierto calor. Y bueno, uno aprende imitando, como un simio diligente y disconforme. Cree estar buscando una voz y cuando la oye a veces lo que está oyendo, sin saberlo, es la imitación grabada de la voz de otros. A veces también la voz suena como la de un desconocido. La voz de otro.

Haberme acordado de Borges, además de su ahora incierto origen, tiene que ver con el frío y con el concepto del otro. Alguna charla, algún detalle percibido por azar y sin querer, y primero me acordé de un texto, 25 de agosto de 1983, pero renuncié, tras encontrarlo, a leerlo completo tras hallar algunas frases infernales –Nos hemos mentido -me dijo- porque nos sentimos dos y no uno. La verdad es que somos dos y somos uno- y entonces salté a otro, Nostalgia del presenteQué no daría yo por la dicha/ de estar a tu lado en Islandia… En aquel preciso momento/ el hombre estaba junto a ella en Islandia-, y ya entonces me acordé de Borges y yo, y ya me quedé ahí. Borges y yo quizás sea uno de los textos más perfectos que jamás se han escrito.

Para quien no lo recuerde o no lo haya leído, lo copio a riesgo de una demanda de Maria Kodama:

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pase de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.”

El otro. Nostalgia del presente. Sentirse dos, ser dos, pero ser uno. Yo no sé si uno elige los temas, no lo recuerdo. Pero si hay uno que como un río subterráneo pasa de continuo bajo mis pies, que aflora y me los encharca de vez en cuando, y hay barro y suciedad y un brillo oleoso y metálico en el suelo fangoso bajo el sol, es el otro. Uno vive de modo escindido y ya no recuerda desde cuándo, y qué más da, el problema es que puede que no acabe nunca. Yo intenté hacerlo, acabar con ello, y no pude. Pego la oreja al suelo, me ensucio, y oigo correr el agua, cómo arrastra materiales que se enganchan a veces y forman pequeños diques, oleajes, remolinos, saltos. Pego la oreja y me veo desde fuera haciéndolo y hay un hombre tumbado en el suelo ajeno al hombre que lo mira extrañado del extraño ejercicio. Extraños. Extranjeros. Materiales acarreados hasta encallar en un promontorio de limo y quedar allí, llamar a otros, paisajes que se modifican sin saber o sin querer. Hay un hombre tumbado y hay un hombre en pie y uno quisiera estar en Islandia mientras está en esos momentos en Islandia.; parece haber dos hombres y son uno. Borges y yo. Navarro yo.

El tema del otro recorre la literatura porque es la literatura. Toda poética descansa de algún modo en el otro, aunque sea como una rama arrastrada por la corriente y encajada entre los irregulares bordes de dos cantos y que han sepultado la arena y el fango arrastrados por el agua que no cesa de correr en dirección al mar o a alguno de los sueños o ficciones del mar. Si uno escarba siempre está ese choque debajo, ese conflicto, dejar pasar, permanecer, bajo todo el lodo y raíces y tierra seca acumulada y el musgo que crece como si ya hubiese estado allí siempre: agua, canto, rama. Fatigue uno los caminos en la dirección que sea ahí está el otro. Mirándonos.

A mí me atormenta el otro. No lo hace de modo consciente. Pero a veces se instala frente a mí y se sonríe y no sé si es él o soy yo quién se sonríe ante la película de la incapacidad del otro. El otro llega para narrarnos ajenos y ridículos, esto es, humanos, esto es, como una propuesta de paradigma para otros. Contemplo al otro mientras pienso que me gustaría verlo marchar para siempre de mi lado y mientras pienso que no puedo vivir sin esa escisión porque la narración de cómo se forman las islas me salva de ellas, de serlo siempre, de serlo por entero. Narrar el otro tiende un pontón provisional que nos salva de la crecida, de quedar aislados, islas, ciegos, mudos. No es agradable vivir de ese modo inevitable, viene y me cuenta el otro, sentir de pronto los pies fríos y que chapoteamos dentro de nuestros propios zapatos. El otro camina de modo pesado, esforzándose para no quedar encallado en el barro, y al cabo ya estás en la otra ribera y allí está ya el otro tirado en el suelo, la oreja sobre él, escuchando.

Regreso a Borges, a los precursores. Los que nos leen en el pasado nos cuentan. No podemos decir que no nos hallan advertido del conflicto, de la pérdida inevitable. ¿Por qué me siento tan perdido? Porque estoy perdido, sin duda. Todo es falso (por mí, a través de mí: mi existencia lo falsifica). Es el tema del otro en Imre Kertész, por ejemplo. Contemplarnos es lo que nos permite narrar, nos falsifica y magnifica, pero nos permite narrar: medio salvarnos. Usamos los moldes de otros para narrar. Nos apropiamos del otro para eso, y por eso nos hacemos vivir como personajes. No estoy hablando de la literatura del yo, sino de toda la literatura, creo. Toda ella surgiendo del extrañamiento y la necesidad que el extrañamiento produce, la necesidad explicativa, hasta justificativa a veces. Por eso la que no nace de ese modo no me interesa. Iba a decir no existe, pero ello me obligaría a definir un concepto, y no estamos en temporada. Sólo que no me interesa: por falsa y amoral no me interesa. La gente camina junto a los ríos pero sólo algunos se detienen para algo tan imposible como contemplar pasar el agua; es tan imposible, tanta la posibilidad de fracaso, hace tanto frío a veces allí, la umbría, la humedad, el sol ya escondiéndose, que nos refugiamos en el otro y en otros. Nos apropiamos de ellos, los leemos como precursores aunque como dice Borges, no se parecen entre ellos. Como estamos perdidos y tememos por nosotros nos abrigamos de esa soledad que contemplamos sentada en un banco frente a la noche de Islandia, y eso nos inserta en la tradición. Por eso Borges cita a D´Ors y se apropia de él. El otro es el resonar de un eco que explique qué diablos hace un hombre tumbado en el suelo oyendo pasar el agua que nadie ve. A veces alguien nos cuenta tan bien que la tentación es quedarnos allí para el resto de tardes. Yo distingo imitador de epígono en función de la cobardía al mirar. Uno que renuncia a mirarse como otro sino que se cree Pierre Menard no es Pierre Menard ni es Cervantes, quizás un loco, un tonto. Uno que cree que ese es el único modo de sobrevivir a esa tortura permanente que es vivir mintiéndonos porque nos sentimos dos y somos uno tampoco es Pierre Menard ni es Cervantes; quizás un timorato. Uno que sabe que no lo es pero se disfraza para ocultar que lo que contempla es más ridículo aún de lo que creía que era, que no sabe escarbar en el limo, que le da asco, que le da miedo: un cobarde, un canalla. Yo cerré a Borges para arrojarme a una oscuridad que sabía que a veces Borges iluminaría, Borges y otros, mis precursores, pero sobre la que intuyo que no hay salvación posible.

Apropiarnos del molde de otros para contarnos transforma ese molde, y ya es nuestro. No es el Quijote de Cervantes, sino el de Pierre Menard. Yo no estimo que haya engaño en ello. No voy a quedarme ahí, mucho, de todos modos. Huyo, de hecho. En cuanto percibo un rastro de humanidad en mis gestos como en aquel texto de Rafael Pérez Estrada –Simio disconforme-, yo mismo me doy muerte. Tan sólo me abrigo un poco de la fría sensación térmica que produce una soledad que no cesará nunca, y que es la soledad del otro. Me contemplo y me cuento, me escribo, y eso me permite continuar. Yo fui borgeano e imité a Borges, claro, qué idiota habría sido si no, y de seguro que en algún lado de la casa de mis padres habrá quizás un texto dentro de una carpeta verde en el que un hombre se detiene de pronto de modo fantástico y para siempre en un camino y el clima lo pule y horada, el sol inclemente, el frío que hace estallar el agua filtrada entre sus grietas de hombre petrificado. Uno de mis maestros era profundamente borgeano, y le brillaban los ojos cuando hablaba de Borges y yo entendía que casi sólo hablaba para mí de Borges, mirándome como otro, perdido y sintiéndome perdido en un aula llena de futuros analfabetos millonarios. Luego me fui, ya lo he contado, me fui y lo hice todo lo lejos que pude y luego me detuve y el clima se ensañó conmigo, pero esa es otra historia nada borgeana, y ahora sólo tocaba hablar de Borges, seguir hablando del otro. Me acordé de Borges ya no recuerdo por qué, y me puse a leerlo, atormentado estos días más de la cuenta por el tema del otro, oyendo más violentamente correr el agua, tanto que ni arrojarse al suelo hacía falta, y estaba leyendo Borges y yo, una y otra vez, leyéndolo en voz alta, y de pronto me puse a leerlo así, así, en voz alta, y ese texto es mío ahora:

“Al otro, a Navarro, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Málaga y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar un banco al sol o una barquilla en la que están haciendo espetos; de Navarro tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en una sentencia. Me gustan las zapatillas de correr, los folletos publicitarios, las cámaras fotográficas, las etimologías, el sabor del té y la prosa de Borges; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Navarro pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Navarro, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso teclear sobre un piano. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías de las playas a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Navarro ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

Pero yo sí sé cuál de los dos escribe esta página.”

No es el texto de Borges, ese texto es mío ahora por mucho que pudiese enfadar ese hecho a Maria Kodama, tan falta, me parece, del sentido del humor de Borges. Me narra y explica y justifica; aunque no me salva tampoco me hace contemplarme condenado sin remedio. Me permite continuar en esa fuga, aunque todo sea pérdida y olvido al cabo. Me permite, Navarro y yo, mantenerme en la necesidad, que me aísla de la falsificación. La necesidad distingue también de lo epigonal. Uno se resiste al otro, se enfrenta al otro, y sólo se narra cuando no hay más remedio, cuando la previsión del choque es tan excesivamente violenta que podría matarnos -y quizás lo haga, lo hará al final-. Yo no tenía que haberme acordado de Borges, ni que haber escrito estas líneas, que sí sé bien quien escribe. Todo es falso y ficticio. Pero es peor cuando es innecesario. Entonces se llama oficio y no me interesa. Yo no debía haber estado escribiendo estas líneas, sino corriendo por las calles de Córdoba con mi amigo Jose Ayala. Pero no pude -correr es un ejercicio narrativo sobre el otro también, un contemplarse ajeno en mitad de la legión-: se me impuso la necesidad de contar, de falsificar, de impostar, de perder y olvidar para vivir: se impuso el otro. El que lo echó de menos al escribir estas páginas.

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Trenes

Yo adoro los trenes. Creo que pocas cosas hay más maravillosas que los trenes. Los trenes son en sí mismos una poética. Tanto hay que viaja en los trenes…

Pensaba en los trenes este verano, en haber ido sentado en un duro asiento de escai azul hasta Alicante. En los coches cama donde lo mismo iba Eva Marie Saint que mi abuelo, y mejor con Eva, claro. En haber rerreleído Cien años de soledad en un Talgo, o a Richard Ford en un AVE.

Los trenes atraviesan el mundo por un camino marcado.

Hungría fue uno de los primeros países que promulgó leyes raciales contra los judíos antes de la Segunda Guerra Mundial. Los judíos viajaban en trenes por Alemania, hacia Alemania. Eichmann era como un niño grande obligado a jugar con los trenes por su padre Adolf, algo así dijo en su juicio en Israel. Al personaje de Kertész que quizás es Kertész en Sin destino otros judíos que suben al tren antes de que los bajen los alemanes le instan a que cuando le pregunten la edad diga dieciséis, y eso le salva la vida, le salva de la cámara inmediata. Entre 1944 y 1945 los trenes húngaros viajaban llenos a Alemania, y regresaban como los demás trenes que viajaban por Alemania, hacia Alemania, hacia estaciones con nombres sólo de ida: vacíos. Eichmann apretaba los botones y tiraba de las palancas de la muerte jugando con sus trenes, con su gorra de asesino de mentira, porque creía, dijo, que estaba sólo jugando a los trenes.

Hungría ha levantado una larga y alta valla. La estación de Budapest está llena de sirios que quieren viajar en tren hacia Alemania. Yo no sé cómo vuelven los trenes que ahora viajan hacia Alemania, qué traen de vuelta esos trenes en los vagones. No sé de qué color son sus asientos, ni qué lee en ellos la gente. Sólo sé que nunca voy a encontrarme en un tren con coche cama con Eva Marie Saint, y que los caminos de los trenes que recorren el mundo siguen estando marcados.

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Aden, Arabie

El amor es una cadena. No me gustan las colas ni las cadenas porque multiplican el número de hombres, pero el amor es una cadena. Me gusta el amor. Me etiqueta Guillermo Busutil en una cadena en feisbuc y yo quiero a Guillermo y acabo encadenado a tener que hablar en ese lugar de literatura, pero claro, yo allí y aquí sólo hablo de literatura, yo soy, creedme, un personaje más, yo es otro. Todo es literatura para mí, en alguna de sus ramas, vuelos, nidos. Leo a Guillermo robar de modo romántico y hasta sexual a Durrell en Galerías Preciados y claro, parece que todos los lectores lo han hecho: robar. No está bien robar libros, no -vaya a ser que lean esto mis hijos-, yo nunca he robado libros -me acojo a mi derecho a no declarar- pero sí he procedido a hacer efectiva la redistribución de los bienes ordenando su debida y correcta valoración. Durante una época el Pryca -se llamaba elpryca y luego elprycalospatios- debió tener a alguien que compraba libros: digo libros, no mercancía. Yo me acercaba por allí y me sorprendía de algunos hallazgos en aquellos cajones oscuros a modo de librería -era la sección más solitaria del almacén, rara vez hubo alguien más allí conmigo-, y los pesaba en la balanza de la mano izquierda mientras me palpaba los bolsillos, y miraba la lista de la compra, y valoraba si podía prescindir del jamón o las nueces o la pasta o las manzanas a cambio del valor energético y proteico de Poe o Cortázar o James o Stevenson como sustitutos.

Yo tenía veinte años. O así.

Las etiquetas entonces eran naranjas, esto es, de color naranja, aunque sin duda, ahora lo pienso, hubiese sido hermoso que las etiquetas fuesen naranjas, pequeñas naranjas, fragantes kumquats: oledlo, pensadlo. Pero las etiquetas eran naranja, color naranja. Yo volvía a marcar los libros, daba la vuelta a la tienda reordenando mi lista de la compra y entonces me traía un precio de otro producto, un precio que yo entendía asumible y conveniente, y justipreciaba mi felicidad. Yo era un experto despegando y pegando aquellas etiquetas naranjas -pero no eran naranjas, sé que lo habéis pensado, qué hermoso habría sido-, y luego caminaba hacia las cajas, y hacía la cola -no me gustan las colas- delante de una caja en la que la cajera -siempre eran mujeres, no había hombres en las cajas, y no sé si ello basta para una metáfora- no me aparentase lombrosianamente leer. Estudiaba sus rostros, sus expresiones, sus risas, sus comentarios a clientes y compañeras, y decidía quién era menos probable que supiese quiénes eran Djuna Barnes o Flaubert, quién nunca hubiese comprado un libro y no le sorprendiese que costase cien en vez de mil quinientas -hablo de pesetas, aquella cosa hermosa- Aguardaba, sonreía, pagaba.

Yo tenía veinte años. O así. Pryca no fue al cierre y la ruina por mí, eso me consuela. No habría podido sobrellevar la pérdida de tantas familias que dejaban de ser felices, porque todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada; imagina que fueses tú.

Una de aquellas tardes encontré un libro casi rojo, con la silueta de un hombre gritando en la parte superior de la portada. Yo apenas había oído hablar del autor. En la contraportada se mencionaba un prólogo de Sartre, y se hablaba de amistad. Pese que he dejado más que claro que entre Sartre y Camus estoy con Albert, también he leído a Sartre -sigue sin caerme bien-, y de hecho mi ejemplar de La náusea es uno de los pocos libros subrayados -y mucho- que tengo. Ojeé el largo prólogo -lo hice sin hache, sí-, y leí entonces el principio del libro:

Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida.

Todo amenaza de ruina a un muchacho: el amor, las ideas, la pérdida de su familia, la entrada entre las personas mayores. Es dura de aprender su partida en el mundo.

¿A qué se parecía nuestro mundo? Tenía el aspecto del caos que los griegos ponían en el origen del Universo, en la vaguedades de la fabricación. Solamente se creía ver en él el comienzo del fin, del verdadero fin, y no del que es es el comienzo de un comienzo. Ante unas transformaciones extenuantes cuya clave se esforzaba en descubrir un número ínfimo de testigos, se podía simplemente percibir que la confusión conducía a la muerte de lo que existía. Todo se parece al desorden con que concluyen las enfermedades: antes de la muerte que se encarga de hacer todos los cuerpos invisibles, la unidad de la carne se disipa; cada parte, en esa multiplicación, extrae su sentido. Esto acaba con la podredumbre, que no implica resurrección.

Muy pocos hombres se sienten entonces lo bastante clarividentes para desenredar las fuerzas ya en obra detrás de los grandes restos que se pudren.”

Yo tenía veinte años, y tampoco permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida. Ese es el inicio de Aden, Arabia, de Paul Nizan. Un hombre joven se embarca hacia Aden, con toda la blanca luz del Mediterráneo sobre él y toda la muerte del mundo sobre él, y yo estaba en el Pryca, y tenía veinte años -en realidad veintidós- y no tenía ni puta idea de a qué se parecía un mundo que no estaba ordenado por secciones sino que era confuso y desordenado y donde la enfermedad y el silencio se asomaban en las esquinas, y había cadenas y colas, y demasiados hombres.aden arabie

Llevé aquel libro conmigo, claro. Yo tenía veinte años, una edad de mierda.

Aden, Arabia no es un gran libro. Es un libro furioso y si se quiere, ingenuo, pero Paul Nizan tenía veinte años. Paul Nizan no es gran escritor, probablemente. El narrador de Aden Arabia conoce el griego y la lógica y la ciencia y ha leído a Montaigne, y el mundo está lleno de asesinatos de americanos aplaudidos por hipócritas, y hay caos y muerte en los Balcanes y en las colonias, y la gente, la gente rígida que gobierna el mundo, va a misa, una misa rígida, los domingos. Y yo escribo esto porque nada ha cambiado, 1931, 1960, 1991, 2015: nada ha cambiado, salvo el tiempo. La luz es blanca y es horrible a veces y mata a los hombres que caen al fondo de un mar cansado, y las gentes rígidas elijen ir a una misa rígida los domingos y hay sangre en el este y las colonias, y si muere un americano o mata un americano alguien aplaude o mira hacia otro lado, que es como aplaudir pero que no suene el batir de manos porque la indiferencia por la sangre de otros que cae por tus brazos amortigua el sonido. Un hombre lee a Montaigne, conoce el griego, conoce las máquinas que han hecho los hombres, un hombre joven, de unos veinte años, confía en que el mar le lleve a un lugar nuevo y al viajar sólo encuentra el mismo lugar en todos los lugares, la misma espantosa ilusión, la misma nada.

Paul Nizan murió joven, a los 35. Alguien enterró una bolsa con su obra en la playa de Dunquerque, y la arena la devoró. En aquella contraportada se hablaba de amistad: a Nizan los suyos, los comunistas, le dieron de lado cuando él dejó el Partido tras la alianza entre Hitler y Stalin -todos los hombres malvados se parecen-, lo acusaron falsamente, lo persiguieron, quizás lo asesinaron, porque la bondad comunista es tan compasiva como cualquier otra. Pienso en Nizan, en la arena devorando sus páginas inéditas, pienso en Benjamin en Port Bou y su maleta llena de apuntes, en los uñas de los banqueros, en el sonido de las piedras labradas que caen al suelo en el interior de los museos arrasados de Oriente, en los ojos aterrados de las niñas y mujeres violadas en el nombre diabólico de Dios: creedme, nada ha cambiado, salvo las etiquetas del Pryca que no son naranjas ni de color naranja sino que ahora es Carrefour y Francia tiene las manos manchadas de sangre -pero todos somos Francia- y un código de barras similar a un horizonte que queriendo parecer bosque no puede ocultar que son barrotes de celda gobierna el mundo. Yo no tengo veinte años, pero sigo furioso. “Es el momento de hacer la guerra a las causas del miedo. De ensuciarse las manos: siempre habrá el tiempo de tener hermanos”, dice el narrador casi al final. Y continúa: “Sólo el amor es un acto de rebeldía, y ellos aplastan el amor. Si encontráis que vuestros padres, que vuestras mujeres son del partido del enemigo, los abandonaréis. Ya no hay que tener miedo a odiar.”

El amor es un acto de rebeldía. Las causas del miedo. Colas, cadenas: no me gustan las cadenas. Puedo soportarlas, pero no ponerlas. No cumpliré con encadenar a nadie a mi viaje, porque un hombre solo que viaja ya lleva consigo un lastre demasiado pesado. Nada ha cambiado, salvo el tiempo. Yo tenía veinte años, ya no los tengo. Yo aquí, y fuera de aquí, sólo hablo de literatura, una furiosa forma como cualquier otra de aparentar ensuciarse las manos. De amar. De odiar.

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Llordén esquina Tolstoi

Para Maria Pina Fersini

Mis recuerdos de él son los de un hombre caminando al sol; no saber entonces -y casi ni ahora- apenas nada de él, salvo que era un hombre que camina al sol. Un recorte delgado contra la fachada de ladrillo, un hombre viejo vestido del hábito de la orden que pasaba despacio, que se detenía ante una jardinera y rebuscaba en ella, quizás para sacar las hojas secas, eliminar y quitar para dejar crecer, y continuaba caminando, despacio, al sol. Caminaba sobre nosotros, más alto que nosotros. No era muy frecuente verle entonces, apenas alguno de los días menos ásperos y soleados, y si alguien lo advertía enseguida corría el murmullo, Mira, el padre Llordén, y todos nos girábamos a mirarlo hacia arriba durante esos breves instantes en que cruzaba frente al ventanal de la clase. Era raro que el profesor que estuviese con nosotros se enfadase por esa distracción, al fin y al cabo era el padre Llordén. Los más nuevos preguntaban quién era; los padres de algunos habían sido alumnos suyos -no era mi caso- y alguno contaba entonces que era historiador. Un hombre que lee, investiga, escribe, despertaba nuestra admiración.

La historia de la Semana Santa de Málaga se debe esencialmente a las investigaciones de Andrés Llordén. Yo nunca lo tuve como docente, de modo que no puedo saber, ni me interesa, cómo era. Supongo que por vivir en una época oscura y teñida de restos de sangre seca, aun en sus finales, su docencia sería muy similar a la época; tendemos a quienes admiramos a dibujarles un permanente hábito heroico, pero no estoy muy seguro, más bien al contrario, que deba ser así: a veces conocer a quienes admiramos hace pequeños trozos que arrastra el viento esa admiración. Pero no es esa la historia, no es Yo admiraba al padre Llordén, yo estudié en un colegio de curas y nuestro héroe, al menos uno de ellos, no era un deportista o una estrella de cine, sino un historiador, un hombre que lee, investiga, escribe, y a ratos camina al sol. La historia a contar es otra.

Yo paso cada día, los días de diario, al menos dos veces por la Avenida de Andrés Llordén. Cuando Andrés Llordén murió, murió una gloria local. Lo local para honrar a los suyos hace eso, les pone calles. Hay un pomposo pleno municipal en el que algún filibustero lee el texto para solicitar la concesión de la calle que ha preparado algún funcionario anónimo y honrado, el resto de filibusteros aplaude -no sé si estoy siendo suficientemente sarcástico-, y ya no hace falta votar nada. Tiempo después se pone la placa, van todos, se hacen fotos, el gabinete de prensa las manda a la prensa, y si la prensa no tiene nada mejor para ese hueco ponen la foto. Y ya está. Después comienza, más bien sigue, soplando el viento y arrastrando bolsas de plástico y quemando el sol y llenando la lluvia los socavones y desniveles de la calle. Tengo el recuerdo vago de cuando le pusieron la calle al padre Llordén -no sé por qué omiten en la placa esa condición- y cómo contaban que esa calle, una avenida nada menos, mayor gloria a mayor tamaño, para mayor y mejor honrarlo estaba cerca de la universidad que formaba a sus continuadores, cerca de la institución que forma hombres que leen, investigan, escriben -o al menos eso dicen que hace: no sé si estoy siendo suficientemente sarcástico-, que caminan al sol.

Describiré la avenida. La avenida es en realidad un carril de salida de una autovía, un lío de incorporaciones que van a dar en una gigantesca rotonda, que es el morir. A la izquierda el muro que soporta la autovía que huye por encima del campus, y tras la autovía hay un polígono industrial a medio ocupar. A la derecha, una acera pequeña que recoge un talud de hierba reseca y sin nombre y vasos de plástico en los que se ha borrado el nombre de la cadena que los vendió y restos de bolsas y papeles que cuelgan de las ramas como saldos de flores: a eso lo llaman en las estadísticas municipales zona verde. El talud cae desde las espaldas de un aulario y de la facultad de Ciencias de la Comunicación -vete a saber por qué habré usado capitales-: cualquier alumno de la facultad de Medicina, que está relativamente cerca, sabe que lo que está al final de las espaldas es el culo. Pongo el intermitente para salirme a la derecha de la autovía y ya estoy en la Avenida de Andrés Llordén, cruzo tres carriles entre vehículos que me amenazan y yo amenazo, me pego al carril de la derecha, miro la acera, y acabo girando otra vez a la derecha cuando llego a la rotonda, cuando la Avenida de Andrés Llordén hace esquina con la calle de Leon Tolstoi. Al menos dos veces al día, los días de diario.

No puedo evitar una suerte de tristeza domesticada cada vez que paso por ahí. Miro las aceras sucias, los árboles sucios, la basura movida entre los arbustos descuidados por la velocidad de los coches que entran y entran en la avenida. Nadie camina por la Avenida de Andrés Llordén. Nadie mira el indicador con el nombre en letras rojas y se pregunta, Quién sería este tío. El sonido a pie de acera debe ser insoportable. El sol golpea, la lluvia cala, el viento zarandea, no hay incidencia climatológica que no haga de la avenida un lugar inhóspito e incómodo. Una calle por la que nadie pasearía, el primero en no hacerlo aquel hombre anciano que a veces veíamos cruzar frente al ventanal despacio.

La gloria municipal, la honra de la historia, el murmullo ante los héroes que caminan siempre con el sol a la espalda haciendo rodar el mundo: no sé si estoy siendo suficientemente sarcástico. Esto somos, para esto servimos: para alimentar autovías. La ciudad honra con ruidos y suciedad, la universidad da la espalda a los saberes mientras rebusca en las migajas de los dueños ocultos del mundo y se enrosca como una culebra en una caja. Nadie lee los nombres de las calles porque nadie camina por ellas salvo si están en los centros llenos de franquicias y turistas. Entro en un aula y cuento historias, me han dicho hoy; a un alumno de Derecho le digo que un hombre armado con un puñado de normas y con capacidad de mirar y habilidad para contar es el último muro que nos protege de la barbarie. Y eso lo hago tras poner el intermitente a la derecha y cruzar tres carriles entre vehículos que me amenazan y yo amenazo, y pegarme al carril de la derecha, mirar la acera sucia y el talud con aspecto de derribo, para acabar girando otra vez a la derecha cuando llegue a la rotonda. Triste dos veces al día de modo breve y doméstico y nada grave al cabo para la historia del mundo cuando al final de la avenida miro a la izquierda para vigilar los coches que rotondean y poder colarme entre ellos; veo el hueco, leo el cartel, Avenida de Andrés Llordén, y giro a la derecha, y entro en la calle de Leon Tolstoi. Calle de Leon Tolstoi, una calle tan sucia y tan de mierda y tan olvidada como la avenida.

Avenida de Andrés Llordén

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Un hombre ha muerto

Un hombre ha muerto.

Es así de fácil, de sencillo: un hombre ha muerto.

Alguien me ha hecho señas para que parase mi coche y dejase pasar a alguien.

Yo venía de trabajar, volvía a casa.

Y alguien me ha hecho señas. Me ha indicado que me detuviese.

Entonces han sacado a un hombre muerto de una obra. Salían hombres y alguna mujer, todo un séquito acompañando a un hombre muerto. Yo conocía a una de las mujeres, una jueza. La jueza estaba trabajando.

El hombre estaba trabajando, y ahora está muerto.

Ha pasado frente a mí.

Un hombre ha muerto mientras trabajaba. La gente se mata por trabajar, y un hombre ha muerto por eso: por trabajar.

Si ese hombre no hubiese estado trabajando ahora estaría vivo. Sus hijos, si tiene hijos, estarían discutiendo con él por no hacer los deberes o por ver unos dibujos de unas tortugas. Su mujer estaría oyendo la discusión mientras piensa cómo hacer la compra al día siguiente sin tener dinero para la compra.

La gente quiere trabajar pero si ese hombre hubiese sabido que iba a morir en una tarde brillante de primavera habría dicho, No, yo no quiero trabajar hoy, despídanme, no me paguen este salario de mierda, porque quiero vivir. No quiero morir en una tarde brillante de levante escaso y cuerpos blancos que enfrentan los primeros soles de una playa medio vacía, habría dicho el hombre en una versión excesivamente elaborada y retórica del miedo a la muerte.

Pero el hombre se ha puesto un casco a las 8 de la mañana y un chaleco reflectante, y ahora ese casco no tiene dueño y está roto, y ese chaleco ahora tiene manchas oscuras de mortero y cuerpo muerto.

Un hombre está muerto. Mañana lo mismo anuncian una cura contra el cáncer y a él no le afectará, porque ya hoy está muerto, lo está en esta hora en la que quizás alguien está contando a su mujer que sus hijos pueden poner los dibujos sin volver a discutir con él porque los deberes de conocimiento del medio y de science aún no están terminados. Niños que han ido hoy a un colegio público bilingüe y que quizás mañana también vayan, pero irán huérfanos.

Hombres y alguna mujer trabajando porque un hombre ha muerto. Yo conocía a la mujer, iba vestida de azul marino.

Es absurda toda muerte. Es innecesaria toda muerte. Al menos a mí me lo parece y me lo ha parecido mientras estaba detenido dentro de mi coche mientras pasaba ante mí un hombre muerto. Había más gente vestida de azul marino, los policías, los empleados de la funeraria. Yo estaba dentro del coche con un pantalón azul marino.

Lo mismo el hombre llevaba también un pantalón azul marino. Cuando salió de casa ese pantalón esta mañana era un pantalón limpio. Lo mismo el azul marino es el color de la muerte.

Un hombre ha muerto y olía a salitre el silencio mientras ese hombre ha pasado frente a mí rumbo a un furgón azul marino -sin duda es el color de la muerte en esta tarde brillante- que lo llevaba hacia la nada. Todo ha quedado en silencio en ese momento. Sé que ha sido una casualidad más que otra cosa, pero todo estaba en silencio. Hasta yo había apagado la música del coche cuando me han indicado que parase para dejar pasar a alguien camino a la nada.

No recuerdo qué música iba oyendo.

No he vuelto a poner la música después.

Cuando han pasado y me han dicho que pasase, y yo era el primero de una pequeña fila de coches, el pequeño cortejo ha pasado despacio. Yo no he querido mirar hacia la izquierda porque me parecía obsceno. Sólo he arrancado y he pasado despacio.

Sólo ha muerto un hombre. No será noticia probablemente, porque uno es un número muy pequeño.

Toda muerte es absurda, es innecesaria. No enseña nada la muerte.

Un hombre se mata por trabajar, y trabaja y se mata. Es así de fácil, de sencillo. Estaban construyendo un edificio y han construido una montaña de dolor esta tarde, pero mañana pondrán más hormigón sobre ese dolor y en catorce meses en ese mismo lugar habrá niños discutiendo con su padre por los deberes de conocimiento del medio.

He llegado a casa y tenía hambre. He machacado tres plátanos, les he puesto tres cucharadas de azúcar y el zumo de un limón y me los he comido en silencio.

Seguramente luego cenaré.

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Extraña tarde de domingo

Estaba dando vueltas a si salir a rodar hace un rato, quería hacer quince kilómetros, pero finalmente he decidido dejarlo porque tenía sensación de frío -pero no hace frío afuera hoy- y ponerme con un texto sobre Ribeyro, y al final he acabado leyendo a Ribeyro y dejando a medias el texto, y luego me he puesto a buscar una foto concreta de Ribeyro en un lugar concreto, y entonces el gúgel me ha traído la entrada de un blog como trae el mar a veces las cosas -Ribeyro habla de eso en una entrada de sus diarios del 7 de junio de 1977; contempla largo rato cómo el mar lleva y trae un objeto rojo, mecido con fuerza por la resaca, y acaba por decir del objeto que desaparece: “Sensación como de alguien que hubiera querido comunicar un mensaje y que terminó por callarse.”-.

La entrada es del blog de Fernando Valls, almeriense de nacimiento, y curiosamente -iba yo buscando a Ribeyro por no salir a correr- habla de atletismo.Habla de sus tardes de atletismo en el estadio Campra -que yo oí siempre cuando iba a Almería de pequeño a ver a la familia como “de la Falange” y así lo cuenta Valls- y de cómo Emilio Campra le dijo que se dedicase a otra cosa. La he leído con emoción curiosa, y al final el primer comentario a ella es de mi admirado amigo Ernesto Calabuig​, mejor persona que escritor y atleta, y quien lo haya leído y sepa de sus ritmos sabe que estoy hablando de altas cumbres. Las tardes de atletismo de Valls son de 1969, que es el año de mi nacimiento: así trae el mar las cosas.

La entrada al blog, tan obligatorio, de Fernando Valls, La nave de los locos:

http://nalocos.blogspot.com.es/2011/03/el-estilo-campra.html

El 30 de diciembre de ese año 1977 en el que Ribeyro ha estado viendo cómo jugaba el mar con un objeto rojo, escribe en su diario: “Me pregunto a veces por qué no terminé las cosas comenzadas y que ahora otras realizan y se presentan como novedad.(…) Perdida la ocasión, ya no me queda nada por hacer, que no sea o parezca imitación o influencia. Y mis otros proyectos correrán la misma suerte, seguirán siendo un borrador, menos, una intuición, cuando ya otros los hayan realizado. El arte literario, fatalmente, excluye los bosquejos y sólo acepta las realizaciones.”

Me doy cuenta de que este texto avanza cuando había decido finalmente escribir sobre otra cosa y entonces las frases me manejan como a un objeto rojo en mitad de un mar resacoso, y me llevan y me traen quizás hacia lo sin remedio, hacia la pérdida. Porque el origen de lo que pensaba escribir y que de hecho escribí hace tres días pero un dedazo donde no debía me hizo perder todo lo escrito es haber conseguido, gracias al simpar Diego Zaitegui​, almeriense también de pro aun adoptivo -si existe el libro el entusiasmo de Diego lo consigue como sea, es Mr.Tambourine de los lectores compulsivos en Gádor- un libro que llevaba tres años intentando conseguir: “La caza sutil y otros textos”, que reúne los ensayos de Ribeyro sobre crítica literaria. Cuando me llegó el libro yo llevaba once días seguidos corriendo, y debo decir que a buen ritmo, asfalto y monte, estupendos rodajes, luz en las piernas, y pensaba ese día hacer doce. Iba con la ropa de correr en el coche para cambiarme tras las clases, y también con el libro en el maletín, y había estado esa mañana charlando con Lola Lopéz Mondéjar​,una de las personas más inteligentes e incisivas que conozco, un premio que me tocó el día 20 de febrero en Madrid junto a otros muchos premios de ese día; habíamos charlado de paisajes interiores y yo me había metido como siempre hago con los novelistas, tan empeñados en novelar para que les hagan la película en vez de en contar cuentos que jamás puedan rodarse, y parado en un semáforo abrí al azar el libro y encontré esto, y lo estaba leyendo -el texto se llama Problemas del novelista actual, y, curiosamente, es de 1969, el mismo año en el que Valls corría por las pistas del estadio de la Falange ante la mirada de Emilio Campra, un entrenador legendario que años después se quedaría con el nombre del estadio, y el mismo año en que me dio por nacer- y me estaba acordando de la charla feisbuquera con Lola:

“El novelista se encuentra así, pues, en nuestra época, en una situación inconfortable. Las ciencias sociales acaparan y reivindican la trasmisión del saber y de lo novedoso, lo que antes pertenecía a la novela. La historia banalizada expropia el pasado y el periodismo de actualidad, el presente. ¿Qué le queda pues al novelista? Felizmente le queda algo: le queda el lenguaje, le queda la fantasía,le queda la libertad de la composición, le queda el carácter no inmediatamente utilitario de su quehacer, le queda tal vez la insatisfacción.”

Cuando llegué al lugar donde pensaba dejar el coche y salir desde allí a correr por décimo segundo día consecutivo decidí no hacerlo. No salir a correr. Poseo una imparable predilección por la obsesión, y pensé en ese momento que si lo hacía -y me apetecía y tenía las piernas y la cabeza listas- después vendría el trece y después el trescientos quince, no me atrevería a parar ni querría hacerlo y me deslizaría por otra manía -la repetición de un gesto a veces deviene estilo- , así que decidí quedarme allí, sentado sobre el capó del coche esperando en un aparcamiento vacío a que mis hijas saliesen de entrenar mientras seguía leyendo a Ribeyro en un libro conseguido tres años después de saber de él -puedes comprar en China por 1,60 euros un cable para el teléfono y te lo mandan sin gastos de envío, y en cambio tardas tres años en tener en las manos un libro editado en Chile-.

El mismo día que conocí a Lola en Madrid estuve almorzando con Ernesto y otros amigos, en una comida inolvidable y no por el menú. En esa comida mantuve una conversación a la que seguía dando vueltas cada poco -ya he dicho que soy obsesivo, y vivo permanentemente con el espíritu de la escalera- sobre lo que yo llamo responsabilidad moral del escritor, que quizás es la misma que la de cualquiera que tiene una mínima competencia para hacer algo que mejore a los otros. Nunca la había pensado como tal hasta la navidad de 2011, en la que dos amigas a las que no veía hace 25 años, Paloma​ y Pilar​, tras saber que había decidido bastante atrás, en 2005, dejar de escribir tras haber publicado un libro de cuentos en 2000, me abroncaron y me dijeron eso, que tenía una responsabilidad moral, que pudiendo hacer algo -es su opinión, no la mía- que otros no pueden no podía dejar de hacerlo, que se lo debía al resto. No les hice mucho caso o no pensaba, hasta que en febrero de 2013 me vi de nuevo escribiendo con conciencia de haber vuelto a hacerlo. En ese almuerzo del día 20 de febrero yo estaba hablando de esa responsabilidad moral y vi cómo Cuqui Weller- Juan​, dile que estoy hablando de él y repartíos mis abrazos- me miraba con cara de “cómohaspodidopedirelpeorplatodelacarta” -cosa que por cierto era cierto, menudo guisaillo mal hecho-, de incomprensión sobre mi tesis; la verdad es que no supe explicarme ni explicárselo mejor, y teniendo en cuenta que aún ando dando vueltas a charlas que mantuve con doce años no debe extrañar que la charla con Cuqui y otros ese día – Paul​, Miguel Ángel Muñoz, Encarni- la tuviese en la cabeza pendiente de explicar mejor a Cuqui de qué hablaba yo. Entonces hace unos días sentado en la tarde sobre el capó caliente estoy leyendo a Ribeyro hablar sobre un episodio en el que acude a un colegio en Lima para una charla con escolares; está hablando sobre el modo en que uno adquiere conciencia de ser escritor, cómo decide serlo. Ha conversado con las chicas y tras el acto le regalan una bolsa con lápices y cintas de máquina de escribir, y le dicen, Es un obsequio para que pueda usted seguir escribiendo. Y se dice Ribeyro, muy emocionado por el gesto: “Bueno, después de todo yo no soy un escritor solitario, ni poco leído, ni desconocido, sino que hay personas que me leen, colegialas, y en consecuencia, debo seguir escribiendo, debo tener presente que se asume, cuando uno escribe, cierta responsabilidad, aunque sea para no decepcionar las expectativas de sus lectores.” El texto se llama Circunstancias de un escritor, y cuando leí ese fragmento me dije, Carajo, ya podía haber leído esto Cuqui y quizás se hubiese enterado de lo que yo quería intentar decirle -y ya podía haber pedido yo otra cosa que no fueran las patatas con carne-.

Esta tarde cuando he decidido no salir a correr y ponerme a escribir y después decidí no escribir para ponerme a leer -después decidí escribir lo que no había previsto y después decidí seguir escribiendo sobre lo que intenté escribir el otro día- lo que me había puesto a leer era La caza sutil; pensé que quizás habría entradas en los diarios de Ribeyro referidas al libro, y de repente, quizás porque había estado hablando con mi primo, me vino Almería la cabeza y que Ribeyro había estado por allí un par de veces; me he puesto a buscar y buscar y han aparecido esas anotaciones de 1977 en las que mira en Carboneras cómo el mar juega con los objetos y deja cosas sin decir, cosas a medias, bosquejos, En muchas ocasiones en los diarios se queja de no poder acabar las cosas, dejarlas a medias, sólo en la armazón de la intuición. Alberga dudas sobre su talento, sobre su obra. Habla de sus contemporáneos y sus novelas, él que se ha volcado sobre los cuentos y sobre novelas menos amables que las de otros que asumen la fama del boom. Se dice el 28 de octubre de 1977: “Nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer,durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, luego me olvidaron.”

A media mañana de hoy he escrito un correo electrónico a Lola, Le hablaba de Kafka, de un proyecto sobre él que,le he dicho, seguro que nunca acabaré, como tantos otros; le hablaba de mi amor por Kafka -tan similar al que siento por Ribeyro- y le he dicho: “Creo que tiene derecho a que alguien cuide de él y lo ame, y que yo intento no dejar nunca tirado a nadie de los míos, y o nos salvamos todo o caemos todos. Imagina qué pena no saber nada de Franz. Qué pena, madre mía.” Luego he leído entresacada en la tarde en que no quise correr esa entrada de Ribeyro, sobre la conciencia del olvido, de la inutilidad posible de lo que se hace. La insatisfacción pendiendo siempre sobre el trabajo propio. La portada de La caza sutil trae a Ribeyro sentado feliz, sonriente, en una terraza, y eso era lo que me ha dado por buscar, momentos felices de Ribeyro, y luego salió Almería, y me acordé de sus estancias en Almería y puse Ribeyro Almería en el buscador y salió lo de Valls y la carrera a pie, Ernesto, el libro enviado por Diego desde Almería, la felicidad que siempre evoca en mí Almería. La semana que viene pasaré la tarde del domingo en Vícar, no muy lejos de Almería, de Carboneras, y lo mismo si la competición de mis hijas no empieza demasiado pronto me da tiempo a abrir mi madrugada de domingo almeriense corriendo por Roquetas. Definitivamente no me gusta correr por la tardes, por las tardes tengo frío. Y menos aún correr la tarde del domingo. Casi nada hay más extraño que una tarde de domingo.

Julio Ramón Ribeyro

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