Carnicería España

Hace como veinticinco años pasaba casi cada día paseando junto a una carnicería. Me llamaba la atención su fachada, fea y fría, alicatada sobre un edificio bajo y feo pero cálido, que me daba la sensación de estar atestado de gente viviendo en sus pequeñas casas; uno de esos bloques de tres plantas sin ascensor de los años cincuenta del siglo pasado. La carnicería se llamaba España, y cuando pasaba frente a ella solían ser horas en las que estaba cerrada, apenas recuerdo haberla visto abierta cuatro o cinco veces -y era igual de fea y fría y algo desolada por dentro que lo era su fachada, los expositores casi vacíos espero que por haber agotado la venta del día-. Un día se me ocurrió meter un cuento algo tremendo allí, entre las neveras y el tacto desagradablemente liso del acero inoxidable y las luces fluorescentes y clientes y carniceros que desconocía. Alguna vez incluso pensé en ir en horas de apertura de mañana, cuando suponía que habría más género y más gente, y entrar a comprar, para conocer más y poder mejor escribir a favor de ese conocimiento, o contra él.

Recuerdo haber comenzado aquel cuento. De hecho, recuerdo haber comenzado varios textos con esa fachada dentro, las neveras, las luz del expositor iluminando bandejas casi vacías. No los he buscado; sí recuerdo no haber acabado ninguno. Mucho después me mudé, y no volví a caminar por esa zona. Esta mañana, sin embargo, pasé por allí en coche, y al llegar al cruce desde el que se entra en la calle, me acordé de la carnicería, y al mirar ya no estaba. Sigue el bloque, con ropa colgada en la mañana de levante ligero, pero no la carnicería. La fachada revestida de material barato ahora está pintada de negro estucado, y bajo un nombre femenino he leído Micropigmentaciones. Sé qué es una carnicería pero no sé bien qué tipo de negocio son las micropigmentaciones. De qué modo en un barrio popular ese negocio puede servir como serviría una mercería o una frutería, o una carnicería. Me he arrepentido, parado con el coche un momento frente a la fachada negra sobre un fondo de bloque color ladrillo, de no haber terminado aquel cuento, alguno de aquellos textos; las historias que no se cuentan se pudren. Uno trata de cogerlas mucho después del lugar en que las dejó y se pierden como polvo, se escurren entre los dedos y las teclas con un tacto viscoso y desagradable. No escribiré aquella historia: lo que no contamos se deshace, se disuelve lentamente, y muere. Si lo hiciese ahora, si lamentando aquellos días que quedaron inacabados tratase de terminar alguno de esos cuentos, estaría digamos que micropigmentando, tratando con palabras de aparentar lo que ya no fue, ni será. Contar no es inventar ni es fingir, sino comprender. Recuerdo los versos deAngel González: Habrá palabras nuevas para la nueva historia/ y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde. No habré ya de contar la historia de la Carnicería España. Pero es tiempo de contar otras, ya es tiempo. Palabras nuevas antes de que sea tarde y se deshagan las palabras y las historias se desmenucen, y no valgan nada. Y sea irremediablemente tarde.

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Gorgona

La fotografía es de Hugo Alvarez, para el diario El Comercio. Hombres con los ojos borrados miran hacia atrás desde el presente; mientras, sus coches aguardan con el morro apuntando en dirección contraria, en dirección al futuro, al futuro de la historia que deben re-construir, aun cuando el verbo no sea el correcto, porque no podrán reconstruir sino imitar, acercarse subidos a un relato a lo verosímil. El hombre que mira, el único hombre con ojos, al mirarnos ha paralizado el tiempo. Si cada fotografía evita una pérdida, esa foto evita la pérdida del rostro del hombre que quizás ha causado una pérdida. La fotografía mata lo que queda fuera del encuadre, del marco, del límite: como quizás ha hecho ese hombre, matando lo que y a quien quedó fuera, fuera del marco y del tiempo presente de la foto, del tiempo presente de todos los que miramos la foto. Regresar al pasado forzados por la obligación de contar para el tiempo futuro un espacio de presente acabado: los hombres miran atrás, la velocidad aguarda para lanzarnos hacia adelante, y el único hombre cuyos ojos podemos ver nos mira y nos refleja, todos congelados en una de esas variedades de presente que quizás albergan los pliegues del tiempo: que seamos uno de nosotros ese hombre. Todas las poéticas de La Narración están en esa imagen, cómo miran y hacia dónde los hombres que miran las historias. Hay bibliotecas y bibliotecas en esa fotografía, varios siglos de doctrinas penales y criminológicas, todo el Derecho Penal y gran parte del resto del Derecho están en esa fotografía. El miedo; el dolor; la enfermedad si el alma existe y la padece; el fatum y sus caprichos y sus enigmas y quizás su inexistencia por confusión entre lo casual y lo causal; el efímero y violento tiempo que acaba siempre sin avisar con todo lo que comenzó; cómo atravesamos las historias y cómo las historias se fijan en nosotros para perpetuarse, eligiéndonos para contar, eligiéndonos para ser parte de ellas -aunque quizás es esto mera confusión entre lo causal y lo casual y el azar es uno de los nombres de la ficción y la ficción el paliativo de la incurable enfermedad del azar-: todo lo que cupiese en suma en La Enciclopedia está en esa fotografía. Es una fotografía que ha tomado Hugo Alvarez para el periódico El Comercio, y es terrible y absolutamente extraordinaria.

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Mi año Bernhard

Los días que corro hacia Benalmádena, como hoy, suelo parar a beber agua frente al hotel desde el que quizás Thomas Bernhard vio su última costa. No es una decisión bernhardiana sino administrativa y municipal, es el lugar en el que está la fuente. Miro el mar, miro el Hotel La Barracuda, y me acuerdo de Bernhard quizás saliendo despacio al paseo marítimo por la puerta que da a la piscina del hotel, que hoy está en reformas; unos jardineros esparcían tierra sobre el césped, entre risas, y me he preguntado esta mañana mientras me secaba la boca con la mano y la mano con el muslo y arrancaba de nuevo a correr levantando con esa mano la pausa del reloj si Bernhard salió al paseo alguna de esas mañanas de diciembre en las cuales los cielos crujen por el frío del mar acostado junto a la arena como dos moribundos mientras varios hombres rastrillaban cerca de sus pasos y se reían entre ellos en un idioma ajeno.

Mantengo con Bernhard una relación de temor. Es así como lo leo, con cierto temor de no ser digno de entrar en sus estructuras y de no entender sus bromas. Quizás por eso vuelvo con frecuencia a sus textos más cortos, en los que tengo la sensación de molestarle menos con mi torpeza. “Acontecimientos y relatos” no sale de mi mesita de noche, por ejemplo, y cada tanto leo Goethe se mmuere o El crimen del hijo de un comerciante de Innsbruck, o ese texto prodigioso de la parte de Acontecimientos en el que un profesor que se ha vuelto loco estudiando las mariposas se empeña tras salir del sanatorio en el que ha estado ingresado en atrapar luces. De cada tres veces que lo leo, cuatro acabo acabo con las lágrimas saltadas. En mitad de todas esas lecturas obligadas por trabajo y devoción que tengo para este año me digo que debiese tratar de hacer un hueco para volver a Corrección y a sus relatos autobiográficos. Como si fuese posible hacer un hueco, como si fuese posible atrapar las luces con un cazamariposas, huecos por los que todo cae como si la tierra tuviese esa estructura reticular y arácnida de los cazamariposas, inhábiles para atrapar luz alguna más allá de un instante. Conservar ese instante como una presa entomológica, clavarlo en un hule con un alfiler, conservar ese tránsito de luz tan efímero que uno no sabe, quedar en el aire, sobre el vacío, detenido antes de caer, pensando, quizás esta vez no me caiga.

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Es complejo correr de ese modo o quizás no. Pasan los kilómetros o yo sobre ellos y no tengo la sensación de avanzar pero avanzo, y el dolor se olvida aun cuando no desaparezca, se amortigua o diluye. Llegar al espigón, subir, correr por encima del mar. Pensaba que sería bueno dedicar el año no sólo a Kertész y a quienes hicieron con la Literatura el trabajo que el Derecho no quiso o no le dejaron hacer, sino también a Bernhard. Celebrar de algún modo el año Bernhard en Torremolinos 2018, 30 años después de que alguna mañana saliese al paseo por la puerta que desde la piscina comunica el hotel La Barracuda con el paseo y la playa el hombre silencioso que se quejaba de las habitaciones y del hotel pero que pese a ello quería volver el año siguiente y que no pudo hacerlo, que quizás se sentó alguna tarde a la orilla del Traun recordando el paseo marítimo de Torremolinos, su cielo crujiente, las luces inatrapables para los cazamariposas y los locos y sabiendo que esta vez sí que se moría mientras cerca de ese último mar yo leía El malogrado ese mismo año y me preguntaba para qué me iba a servir el Derecho que comenzaba a estudiar y creyendo que me serviría para algo la Literatura, sin saber entonces qué podía suceder si me empeñaba en atrapar las luces de un tren expreso con un cazamariposas; ahora que lo sé, parado en mitad de esta vía que vibra ensordecedora, para qué va a servirme.

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La mirada de los peces. Sergio del Molino

La mirada de los peces. Sergio del Molino. Random House, 2017.

En su estupendo ensayo sobre la pintura de Edward Hopper, Mark Strand observa que las arboledas en sus cuadros casi siempre aparecen como una masa indefinida, imprecisa, que no revela demasiado sobre qué sean esos árboles; los vemos, dice Strand, del modo en que los veríamos al pasar junto a ellos a ochenta o cien kilómetros por hora. Son una pantalla vegetal, el telón que impide ver, pero no percibir, la presencia grave y amenazadora que hay detrás. Uno recorre una larga pasarela de asfalto a la cual, por ambos lados, se asoman los altos árboles difuminados por la velocidad, y agradece que, por muy leves que sean la sensaciones de velocidad y desplazamiento, éstas existan; avanzar y no tener nunca que detenernos en mitad de esa carretera, echarnos a un lado, indecisos, mirando hacia lo alto y lo lejano, hacia la masa pétrea que quizás pespuntea sobre las copas que se van aclarando con la inmovilidad y la cercanía. El asfalto, el vehículo, son creaciones artificiales que nos defienden de ese lado oscuro de la naturaleza que creemos percibir, que Hopper percibe y cuenta y nos hace adquirir como percepción propia. Un hombre detenido por circunstancias ignoradas en una solitaria carretera de montaña que recorre quizás por vez primera desde un lugar recién conocido y con un destino incierto, que se siente observado desde arriba mientras trata de averiguar qué arboles son esos, él, que nunca ha entendido nada de árboles, y mientras trata de averiguar, o quizás incluso trata de no averiguar, qué hay detrás de ese muro áspero.

Por algún motivo que no comprendo, pensar en esos cuadros y en esos árboles que llenan los fondos de Hopper -que no son desde luego el océano que sale en otras ocasiones sus cuadros y que a mí me despierta una como conocida sensación de equilibrio- me ha ha hecho meditar sobre algunos aspectos de eso que se llama o llaman literatura del yo. No es lo mismo un árbol que otro, ni es lo mismo el yo que la primera persona. Decir esto es confirmar una obviedad, pero no es afirmar algo incierto. Ante algunas obras uno se detiene y piensa que lo que hay detrás es una oculta y sofisticada y necesaria poética del ocultamiento y el olvido, y entonces cada detalle es relevante, hasta el detalle que desde la ventana sólo se percibe como algo informe que por suerte no nos roza. En esas obras uno reza para que el coche no se pare y nos haga permanecer en la experiencia y todo sea sólo viaje con un algo de fuga.

(En otras, claro, si uno se ve obligado a detenerse, y solo y tratando de buscar una salida se acerca al quitamiedos y pasa al otro lado y se interna en la masa arbórea, advierte pronto que ésta no es tal sino una acumulación desordenada digamos que de adelfas, que sólo tienen como cualidad ser tóxicas cuando aparentan decorar; advierte pronto, de hecho, que todo es decorado, exceso de detalle, y que no hay nada al otro lado, sólo quizás un baldío improductivo, un derribo, un solar.)

La mirada de los peces, de Sergio del Molino, es una de esas obras con un telón arbóreo y algo amenazante, incomprensible pero desasosegantemente conocido. La anécdota que lo trama es una y es varia y si me apuro no necesita ser original, del mismo modo que no se necesita más que pintar una vulgar gasolinera para describir metonímicamente cómo es nuestro mundo: la importancia de ciertos profesores en nuestra vida, la construcción de esa vida en lugares concretos -los barrios suburbiales de las ciudades-, el modo en que nos vemos y el modo en que nos ven y el modo en que creemos que nos ven. Cómo nos contamos, claro, y cómo nos han contado, y cuánta distancia hay entre esas miradas y cómo puede salvarse y recorrerse esa distancia. Somos el telón de fondo de los otros y del otro, incluso cuando nos contemplamos en primera persona. Aun en esas ocasiones nos vemos desde arriba, detenidos en un arcén, inmóviles, pensando o tratando de pensar o tratando de no pensar si pasar al otro lado. El otro lado es una escritura porque es una ficción, y sólo se pasa el quitamiedos si, como dice Sergio del Molino en el libro, uno se deshace del pudor y le importa ya un carajo todo, porque el coche está detenido en mitad de vete a saber dónde y vete a saber por qué, y sólo queda quedarse inmóviles, o echar un vistazo al otro lado aun a riesgo de que al otro lado no haya nada o haya espejos, es decir, aún más nada. Yo leí el libro algo antes de que saliese a la venta y me dio por pensar que llevaba un cebo en el que se iba a picar a puñados, como en esos cuadros de Hopper en los que un personaje mira por una ventana y la mayoría de la gente se queda mirando al personaje, pero sólo unos pocos se quedan tratando de mirar lo que el personaje mira fuera del cuadro. Era facilón el asunto del profesor que se suicida, era puro cebo reseñista, porque que un hombre se quite la vida siempre es igual de llamativo que la mordedura de un hombre a un perro. Pero que un hombre muera no es extraordinario, sino una inevitable e ineludible constante. El problema es fijar a través de la construcción de una ficción el porqué ese hombre lo hace a propia mano, por qué se adueña del tiempo de ese modo, y obligarnos a plantearnos el porqué no lo acabamos al final haciendo todos; de eso nadie habla, porque es lo que hay al otro lado del muro de árboles que vemos desde la ventana de la lectura que pasa a ochenta por hora. Por eso decía que lo malo es detenerse, suele ser lo malo -lo extraordinario- en los libros de Sergio del Molino; si eso sucede, y es lo que suele suceder en las lecturas que te atraviesan, uno queda desamparado mientras sobre la cabeza crecen robustas las amenazas de la vida. Lo de la muerte ya decía que no es extraordinario; sin embargo, explicar cómo vivimos sí puede resultar serlo, y para eso da igual que sea en primera que en tercera que el que el coche sea automático. Cómo somos, cómo salvamos ciertas distancias, cómo no somos los otros y no somos el otro que podíamos haber sido. Qué sucede si el coche se detiene, y nos bajamos, y miramos hacia los árboles que se pierden hacia el fondo. Si caminamos hacia ese fondo, si habrá una gasolinera junto a la que un hombre fuma mientras una mujer lo contempla sin que su mirada cuente sino indiferencia. Qué encontraremos si tratamos de atravesar, todo arañados, desbrozando a puñados furiosos, la alta y espesa pantalla vegetal que aísla nuestro camino del mundo, o que aísla al mundo de que contándolo podamos mejorarlo.

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Librerías

Los viernes por la tarde solíamos ir a esperar que mi padre saliese de trabajar en la calle Molina Lario. Para llegar andando, cuando hacía bueno, al centro desde Huelin lo hacíamos a través del puente de hierro y de mi vértigo infantil de no querer mirar abajo: en todas las historias que valgan algo alguien cruza un puente. Paseábamos por el centro antes de recogerlo, y siempre pasábamos por calle Nueva, y siempre que pasábamos yo me colaba en la librería Ibérica o cuanto menos mi madre tenía que sacarme a rastras de la lectura del escaparate. Y cuando mi padre salía entonces volvíamos a veces y me compraba un libro que yo llevaba cogido con las dos manos como una ofrenda. Y lo era. Aprendí a leer y casi a la vez aprendí qué era una librería.

Hace unos meses charlaba con mi amigo José Antonio, en la librería Luces, acerca de una idea suya para acercar las librerías a quienes nunca las han pisado, una idea maravillosa que un día cercano pondremos en marcha. Desde fuera cualquier lugar en el que parezca que quienes entran necesitan una especie de salvoconducto o contraseña o especialización genera expectación pero también algo de miedo y hasta de rechazo. Las librerías a veces parecen, o parecían, eso, cuevas alicatadas de papel impreso, y hay que vencer ese miedo, y contar, siempre es contar, que aun cuando dentro de las cuevas en todas las historias hay un dragón, siempre hay también una espada para combatirlo, o un chiste para vacilarle y que acabe siendo tu amigo. Todo lo que somos, lo peor y lo mejor que somos como especie, está en una librería. Cómo ser mejores y cómo dejar de ser infames está ahí guardado. No como en los libros de autoayuda, que también están en las librerías, sino como en lo que hay en el fondo de las cuevas en las historias que merecen la pena: un cofre del tesoro.

Nunca he sido infeliz en una librería. Al contrario, siempre que entro en una soy inmensamente feliz. Son parte indisoluble de mi vida, de mis paseos, de mis sueños, escenarios en los que están los que amo y en los que introduzco a quienes amo. He sido o soy cliente de todas las que conozco en Málaga, y de algunos de quienes trabajan en ella he acabado siendo amigo. Me llaman por mi nombre en muchas, se alegran al verme y yo me alegro al verlos a ellos, es decir, son mi familia. Hace años mi rutina del sábado era siempre bajar al centro -bajar a Málaga, como decía mi abuela analfabeta que cada vez que podía me traía libros de una papelería/librería que había frente al mercado de Huelin- pasear las librerías, comprar alguna cosa, y acabar sentado al sol, leyendo, en la plaza de la Marina. En una de las rachas malas económicas que he tenido tuve que optar por no comprar libros durante casi un año; mi peor recuerdo de esos días, tras hacer la memoria su trabajo de endulzamiento del dolor pasado, ya es sólo ese, cuando para que la escasez me doliese menos hasta evitaba pasar por delante de una librería para no pararme o no entrar siquiera a mirar, como cuando era pequeño y era viernes y llegábamos en calle Nueva a la altura de la librería Ibérica.

El primer regalo que mis tres hijos han tenido ha sido un libro. Con Teresa aún en el hospital yo me he escapado a la librería más cercana y les he comprado su primer libro de cuentos populares españoles, al día siguiente o incluso el mismo día de nacer, del mismo modo que otros hacen a sus hijos socios del club del que han sido siempre. Cuando vienen conmigo a una librería los dejo a su aire, no me preocupo de ellos allí porque están en su casa, en su salón, donde cogen y leen y juegan, pues eso es leer también, un juego contra el tiempo, y si la tarjeta lo permite todo lo que cogen se va a casa con ellos, cada uno con su bolsa, su propia ofrenda. Sé seguro que mi herencia no es ni será nunca buena, pero al menos les habré dejado eso, la ausencia de miedo a las librerías, a entrar y registrar y hablar en ellas y con los que hay en ellas, y que sepan que mucho de lo que les pase no tendrá solución en un libro, pero sí que un libro es como un hombro o un brazo en que apoyarnos.

Hoy es el día de las Librerías. Hablaría muy bien de nosotros como especie que echásemos un rato en visitarlas, en habitarlas, en hacerlas nuestras. Si todo lo que somos está ahí, lo mejor y lo peor, que no optemos por lo peor debiese ser la opción preferente. Hace un rato charlaba con mi amigo Jesus Garcia Jimenez, que me decía que leyendo un artículo sobre Doctor Zhivago se había acordado de mí porque en el texto salía esta frase: “estaba firmemente convencido de que la literatura puede transformar a las personas.” Y yo le he dicho que sí, que es verdad, que creo en eso que repito en otra variante -la literatura nos salva la vida-, y que la lectura, que está en las librerías, es lo que hace que la gente deje de ser gente, masa informe, y pase a ser individuo, y después ciudadano. No siempre es así, claro, y gente que lee, y que incluso entra en librerías, es gente y sólo gente y es masa, masa informe, acrítica, marmórea o marmolillo. Pero hay más posibilidades de que la vida de un hombre mejore si entra en una librería que si no entra nunca y se va al bar de al lado -cosa que yo muchas veces hago tras salir de Luces, y me voy a la Casa de Guardia y me tomo allí unos mejillones y un par de vermús curioseando los libros que acabo de comprar.

Hoy he salido de casa con El desaparecido (América) de Kafka, en las manos, porque yo siempre salgo de casa con un libro. En El desaparecido habla Kafka por boca de Karl Rossmann del gran teatro de Oklahoma. Cuando va a incorporarse a él, encuentra allí a su amiga Fanny. Del gran teatro de Oklahoma dice Fanny: es el mayor teatro del mundo, casi no tiene límites. Eso quizás sea también una librería, un lugar sin casi límites, en el que uno siempre encuentra un amigo. Hemos salido de casa Kafka y yo juntos, pero seguro que no volveremos a casa solos, después de un par de visitas a las librerías.

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Freedom for Loftus, o una revisión neurocientífica de la “nueva cosa”.

Hace unos años, debido a un encargo profesional, pasé mucho tiempo leyendo acerca de lo que se denomina Síndrome de memoria falsa. En síntesis tiene su origen en las investigaciones de la doctora Loftus acerca de la creación e implantación de falsos recuerdos, esencialmente dolorosos y relacionados con abusos. La mecánica básica tiene que ver con implantar recuerdos traumáticos sin base fáctica, que son interpretados y aceptados inclusos neurológicamente como “auténticos”. Es un tema tan interesante y sugerente como dramático y trágico: alguien asume como propia una narración e interpretación ajena sobre un dolor propio y ya apenas logrará despegarse de ello, lo que como es lógico deja secuelas casi indelebles. Un ejemplo recurrente es el del hijo que recuerda como su padre era violento con su madre en base a dos imágenes, su padre con el cuchillo en alto, y su madre gritando. Sin embargo, desgajadas de ese recuerdo falso, su padre está trinchando un pavo y su madre está gritando al perro, es decir, son imágenes sin relación alguna pero que son construidas, o mejor dicho, re-construidas en o más bien para (sustentar) un relato de malos tratos familiares. Quizás mi explicación no sea muy certera, y quizás pueda oponerse que dicho Síndrome resultó controvertido cuando fue formulado por la doctora Elisabeth Loftus, pero sin embargo que uno acumule ya tantas lecturas y esté tan adiestrado en cuestiones de oposición de versiones contradictorias que se cuentan siempre por verdad, y además que me invitasen por mi intervención en aquel asunto a un congreso nacional (lo de nacional lo pongo en minúscula, por si acaso) de Psiquiatría Forense en el que nadie cuestionó la existencia del Síndrome, me hace pensar que comenzar hablando de esto no resulta ocioso para quedar a las puertas del párrafo siguiente.

Para evaluar la verosimilitud de un relato lo referenciamos a un imaginario social. No asumimos como verosímiles los relatos acerca de marcianos que vivan entre nosotros entre otras cosas porque no contamos con narraciones representables y aceptables socialmente en las que un ser de Marte compre el Marca -Rajoy parece confirmado que es de Galicia, Tierra- o uno de Venus compre patatas en Bilbao -aunque es muy probable que haya gente de Bilbao en Venus, que no lo han contado por puro comedimiento-. Usamos el imaginario como esos lápices que se usan en las cajas de las tiendas para comprobar la falsedad de los billetes que entregamos. Uno podría imaginar que si alguien usa un lápiz trucado para ese menester pueden producirse situaciones digamos “graciosas” si le echamos atrás a alguien seis o siete billetes seguidos. Pero pensemos también en que quien usa el lápiz en la caja desconozca que está trucado: en una apacible tarde cualquiera de octubre acabará teniendo la percepción, falseada pero tomada por verdadera, de que una red de falsificadores ha elegido su negocio para colocar billetes falsos en el mercado y engañarle además directamente; acabará mirando mal a todo el que se acerque a la caja, la protegerá, acusará a todos de falsificadores. Esa, la de haber sido víctima de un red de criminales, será la historia que cuente al regresar a casa. Ser víctima de una red de criminales es un relato verosímil y aceptable y aceptado en el imaginario. A ese imaginario hizo alusión en su intervención en el Congreso el pasado día 11 de octubre Joan Tardá, de ERC: “…creo que no hay derecho en el siglo XXI que nos hagan sufrir, pero al final ganaremos, es más, históricamente sabemos lo que es sufrir, porque en el imaginario de los catalanes, les guste o no, el derecho a decidir ya no va a desaparecer.” He hecho algún corte no esencial de su frase; más tarde añadía, aun no siendo explícito en el motivo pero bien deducible -una eventual detención y condena de responsables políticos-, que a esa bandera ya implantada en el imaginario ahora podría unirse la de la amnistía. Padre cuchillo en alto, madre gritando, recuerdo del sufrimiento pasado; derechos imaginarios, persecuciones injustas, héroes detenidos, implantación de un relato falso en el imaginario social. Una gran ocasión investigadora para la doctora Loftus.

Un día antes, el 10 de octubre, en la sesión del Parlamento de Cataluña, Anna Gabriel, de CUP, proclamó que la eventual nueva República catalana era una continuidad de una legitimidad que los fascistas les habían quitado -debe entenderse, sólo a los catalanes-, la de la II República (española, el paréntesis es mío). Anna Gabriel tiene 42 años, es decir, nació el mismo año que murió Franco. Previamente y como preámbulo a esa declaración de continuidad y herencia de legitimidad había hablado de hambre, guerra, ausencia de derechos humanos. Los lugares comunes se deshabitan de sentido y se pueblan de fantasmas, las frases hechas se convierten en paisaje de rodaje, es decir, meros paneles, sólo fachadas, sobre los que proyectar la pretensión de convicción acerca de una vida en falso. La nueva república catalana posee un antecedente histórico que es la proclamación de una idea similar en octubre de 1934 por Companys. Fue, hay que repetirlo, me temo, la II República española, bajo la presidencia eso sí de un gobierno de la CEDA, de derechas, filofascista, la que detuvo a Companys y suspendió el Estatuto y desde luego la República catalana. Azaña en 1936 liberó a Companys y levantó la suspensión del Estatuto de Autonomía -no de la República, claro-. Y poco más pudo hacer, tras el comienzo del golpe de Estado que finalmente tomó el poder al mando de Franco. Aun deteniéndonos en los detalles, nada hay en el relato histórico mayoritario de esa época que haga suponer que la II República Española fuese el punto de partida de la conformación de España como un sinfín de repúblicas regionales, y por tanto el hecho tozudo sería que aun con Azaña, autonomía sí, república catalana no. Y desde luego, los perjudicados históricos del golpe de estado y la posterior dictadura no fueron sólo los catalanes.

Al oír expresar al señor Tardá de modo claro esa idea y conectarla con la intervención de su socia de la CUP, lo que era más que una intuición se confirmó como certeza y caí en una tristeza de esas que llaman infinita, esa que suele cogernos cuando se comprueba que extenuados todo nuestro esfuerzo es inútil y que no podemos torcer el brazo al destino, que es algo que entiendo que forma parte de las obligaciones ciudadanas. Si uno percibe mínimamente rasgos hobbesianos en la sociedad, y los datos son como para hacerlo -el hambre, la guerra, esas cosas de que hablaba la señora Gabriel, puede entender que yo entienda eso de doblegar al destino como obligación ciudadana. La Constitución de 1978, redactada del modo tutelado en que se quiera, alude a esa obligación de torcer la mano al destino que golpea y golpea. Su continuidad era la de la II República y la de otras anteriores redactadas en contextos similares de presión, comenzando por la de 1812 en un Cádiz cercado, y ello aun cuando acoja la figura de un rey como Jefe simbólico de un Estado organizado en un sistema parlamentario y bajo la división de poderes y la asunción de las declaraciones y convenciones de Derechos Humanos como espinazo. Su aprobación por sufragio universal, y todo su desarrollo posterior, cambia el sistema de potestas divina o dictatorial por el de soberanía popular. Para entendernos, que decidamos dejar como jefe del Estado a una sola familia no afecta en lo sustancial a la conformación constitucional basada en la soberanía popular, por cuanto esa misma soberanía tiene la facultad mediante el voto de cambiar a la familia mencionada por otra fija o por una candidatura electa -mi preferencia-. En ese contexto, un contexto de democracia parlamentaria, estado de Derecho, división de poderes, el Sr. Tardá habló de imaginario, un imaginario reconstruido que la Sra. Gabriel había expresado en su modo extremo y más perverso un día antes, y caí en el desánimo porque la Sra. Gabriel, con sus eufónicas apelaciones habituales a la hermandad de los pueblos del mundo oprimidos por la injusticia y a la construcción de una sociedad mejor en la que los perros no se comen las longanizas que los atan porque se han vuelto perros veganos, pasó a ser el paradigma de esa tarea de reconstrucción del recuerdo falso, pasó a ser la paciente modelo de la doctora Loftus. No tengo a la Sra. Gabriel por tonta, antes al contrario, y no tengo por tontos, aún menos, a muchos conocidos que sin dudas de ningún tipo utilizan partes del imaginario independentista catalán para sus relatos seudohippies de paz y amor. Estoy seguro que debidamente sometidos a test y pruebas todos ellos toman el relato de la opresión, el tardofranquismo, el España nos roba, nuestra lengua está en peligro, policía asesina, torturadora y represora, y demás hitos de ese camino, como dogmas de fe. Ya sabemos que la fe es ver sobre una encimera vacía un extraordinario jamón de Aracena -que aunque algún mapa escolar desvariado en un futuro pudiere situarla en Girona, es una localidad de Huelva-, y que incluso como dogma de fe se toman las visiones de los andaluces como una panda de flojos duermesiestas subsidiados. Si alguien con formación, con algunas lecturas, repite como mantra y con fidelidad todos los detalles que conforman el imaginario a que aludía el Sr. Tardá, y que se ha extendido a casi dos millones de personas, es que el síndrome de falsa memoria existe, el recuerdo falso está implantado, y nada puede hacerse ya. De igual modo que no cabe que los registros lingüísticos se mezclen porque genera un problema de pragmática, devendría inútil la comunicación, no cabe que para resolver un problema psiquiátrico se recurra no ya a soluciones, que ojalá, sino a refutaciones jurídicas o políticas que no pasen por aceptar que estamos ante un enfermo probablemente incurable. Y ese es el caso, y esa es la imposibilidad.

¿Valdría de algo que se explicase Historia o Derecho a la Sra. Gabriel, a la que tomo como paradigma de las víctimas de ese imaginario construido como expresión del síndrome de memoria falsa? No, de nada valdría. Si un relato se sabe falso, se sabe reconstruido, es refutable porque quien lo sostiene conoce que se sustenta sobre premisas erróneas, y cabe que acabe cediendo a la razón. Sin embargo, si ese relato es “verdad” o incluso “la verdad”, la refutación es imposible ya que ha sustituido la racionalidad por la fe, y por la fe uno se deja comer, cantando, por los leones. En la apelación al pueblo, al espíritu del pueblo, al conocimiento y percepción directa del lugar, al mito en vez de al logos, al héroe en vez de al ciudadano crítico, no hay sino la recreación de un debate de casi doscientos años, la Ilustración frente al Romanticismo. Las banderas, los cánticos, la iconografía, lo atractivo visualmente en un mundo que ha sustituido el concepto de verdad débil por el de verdad efímera o postverdad, verdad falsaria y sólo filtrada y emocional; en ese mundo, la oposición fundada en relatos racionales coherentes y consistentes es un esfuerzo vano, porque no se alcanza a haber cancelado un relato falsario cuando ya otro lo ha sustituido con sus colorines. Todo es decorado y nada hay más allá del decorado, un decorado en el que la fruta brilla al sol y el agua es pura y los pájaros sólo se comen los insectos que se prestan a ello voluntariamente, y sí, los leones son vegetarianos y acuden cada día a la Academia. La culpa de los males es del otro, siempre es del otro, de que esto no sea así, de que nos fuese arrebatado, de que no podamos tenerlo de nuevo. Con peores o mejores variantes en el falso recuerdo implantado esto es una constante en los desastres del siglo XX y del XXI, las plazas llenas de banderas y de oprobios, a la lucha, hermanos, a la lucha. Que no se exhiba el arma no significa que la violencia esté excluida, porque ese espíritu del pueblo es violento o no lo es. Si no lo es se llama consenso y es racional, es frío, es feo y poco atractivo. La colectividad como unidad de destino cuyos destellos iluminan todo el orbe, frente a lo colectivo como suma en la que importa tanto el resultado como el modo en que se alcanza, un procedimiento árido, mate, costoso.

Es de un enorme mérito construir un imaginario en el que un pueblo rico se perciba aun en un tercio de su total como oprimido, cuando lo habitual es que sean los pobres los que sumen a la miseria la falta de derechos; ese es otro de los rasgos de este nuevo Volksgeist “democrático y pacífico” catalán. En ese estado psiquiátrico de cosas, cuando un político es corrupto no lo es contra la sociedad al completo, sino sólo contra la catalana. Si se limita un derecho, sólo se le limita a un catalán. Lo malo está siempre fuera y viene de fuera. Los éxitos sólo son de los catalanes y los fracasos la consecuencia de que no sean catalanes “de los nuestros” los que nos gobiernan. Es muy ibérico todo esto, por cierto, lo que debería hacer pensar en la ausencia de singularidad de los catalanes. En julio de 1958, por ejemplo, Miguel Torga hablaba de esto en sus diarios, de una suerte de inocencia como enfermedad crónica que falsea el pasado bajo una luz rosada, de la monstruosa ligereza colectiva en la que nadie yerra, nadie es responsable de nada y nadie se siente culpable. Quizás la solución no sea tanto la república catalana sino algo más hermoso, la república ibérica, ya que parece que todos los que hemos nacido de Pirineos abajo parecemos predispuestos al mimo mal del que también es expresión el individualismo sin respeto al individuo, un mal que como decía Torga es paliable, es evitable, con ideas, valores y principios que, claro, no interesan a nadie. Con Ilustración por tanto, con meditación y comprensión. Lo que digo acerca del Volkgeist catalán es por supuesto aplicable por respeto kantiano al Volkgeist español, si bien sobre este ha caído más ya la Historia y curado muchas de sus secuelas. Mayoritariamente, y supongo que más por miedo heredado y orgullo deportivo que por una convicción absolutamente racional y razonada, esos que cuando un cuestionario les pide que pongan la nacionalidad señalan española no lo hacen pensando en la conquista de Granada o en que hubo un tiempo en que no se ponía el sol en el Imperio, sino en que hemos alcanzado un estado organizativo que nos protege incluso contra nuestra propia imbecilidad y dejadez, y que eso genera una buena vecindad y hasta una hermandad apacible que incluso se prolonga en quienes hablan nuestro mismo idioma en otros muchos países.

No existe, claro, un tratamiento fácil ni corto. La conformación de una memoria falsa, la implantación de un falso recuerdo que dé lugar a un imaginario como el que exhiben sin pudor ni rigor muchos catalanes es una tarea prolongada, y prolongada es la terapia para lograr que sus secuelas reales sean curadas. Es más sencillo, claro, sobre una persona que sobre un millón. En una situación en la que se habla de victorias y derrotas y se exhibe el oropel y atractivo romántico del vencido, el vencido acaba siendo vencedor, y la historia es de éste último. Es una paradoja, claro, porque la razón está de lado del vencido sólo mientras pierde, el romanticismo exige causas perdidas, ya que las ganadas son una victoria de la opresión -ergo, el fascismo-. En disputas en las que se renuncia al golpe -pero no a la violencia, debo aclarar- si una gana es porque la otra cede, y entonces el vencedor exhibe la victoria y como decía, la razón de la victoria, que no necesariamente es la Razón. En charlas con amigos, hace más de veinte años, ya pronostiqué que algunos territorios españoles alcanzarían la independencia, porque si se renuncia a la violencia institucional sólo resta entonces ceder. No es que fuese un visionario, pero lo que creo que no soy es un ignorante. Cambiar un recuerdo falso, lograr exponer un eventual derecho histórico como un anacronismo intolerable en una sociedad que ha optado por el consenso y la suma de individuos en vez de por el colectivo iluminado que avanza hacia la Historia, es una tarea que puede prolongarse durante decenios, y en tanto pasa el tiempo no puede ponerse un guardia tras cada enfermo para que no escape. Y en tanto uno charle con enfermos, acaba incluso adaptando su lenguaje al del enfermo para no cancelar una comunicación necesaria para el tratamiento pero que siempre está viciada por el hecho de que el enfermo no sabe que lo está. El enfermo percibe al otro, aún más incluso al médico, como un enemigo. Pero si uno está cuerdo, sano, su único enemigo es el enemigo de la Razón. Ya no se trata de pedir que la gente se lea como mínimo la Constitución o el Estatuto, que no se hagan trampas contables, que se viaje y se compruebe cómo viven los demás dentro y fuera de España, que se sepa Historia y Derecho. Todos los esfuerzos racionales hechos para tratar la “nueva cosa” -la anterior “cosa” fue el terrorismo de ETA- han sido vanos, de ahí el cansancio, de ahí la tristeza. Llegados a este punto, qué más da una frontera romántica más en vez de un horizonte más abierto y racional: la guerra ha terminado. Concedamos que esos que se llaman independentistas, una mezcla extravagante de derechas tardofranquistas -aquí o todos somos tardofranquistas, o ninguno- y corrientes troskistas payesas, han ganado, no sea que quienes se creen Napoleon por sentarse ante un colegio empeoren. Pero en el Derecho Internacional Humanitario es obligatorio ocuparse de las víctimas de los conflictos, así que ahora ya sólo se trata de convencer a la doctora Loftus de que reúna a dos millones de colegas y comience, en aras de la civilización, a tratar a los vencedores.

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Mango, silencio, Tiempo.

En Un largo sábado, su estupenda charla-libro con Laure Adler, George Steiner cuenta cómo casi adolescente compró en un quiosco un libro de Paul Celan, y nada más leer un primer verso, En los ríos, al norte del futuro, supo que su vida iba a cambiar para siempre, que nada sería igual tras ese libro. No recuerdo si antes o después Steiner habla en ese libro-charla de las necesidades de la lectura; el silencio, el espacio propio, y claro, los libros, tener libros. Me he acordado de Steiner tras leer una mierda de artículo seudo político, que he leído mientras me comía un mango y era incompatible comer mango con sujetar un libro y he recurrido a una pantalla que me da igual que se manche de mango, y me he acabado cabreando. Otra vez. Conmigo mismo, que he perdido una enorme cantidad de tiempo estas semanas leyendo artículos y otros textos de mierda, oyendo a auténticos analfabetos, tratando de ser racional y razonable y sencillo si entendía que en algún instante era una obligación auto impuesta -como ciudadano, como jurista- hablar y tratar de expresar algo de modo preciso pero sencillo, entendible aun si frente a mí se había renunciado a la duda que genera todo conocimiento. En realidad primero me he entristecido, porque siento que han sido esfuerzos innecesarios y vanos, porque nadie parece entender que no puede accederse al conocimiento si uno no encuentra silencio y espacio y lecturas, y que en tanto uno busca eso es imposible que se enrede en disputa alguna -salvo en si es correcta o no la traducción de Valente del poema de Celan- porque identifica a quien está hundido en esa búsqueda como a un semejante, a un compatriota, un hermano, y a quien no lo está como a un falsificador, un ladrón, un embustero. Y luego de entristecerme, me he cabreado, porque nadie va a devolverme el tiempo que he perdido estas semanas, ese tiempo del que también habla Celan –tiempo es de que la piedra pueda florecer/ de que en la inquietud palpite un corazón./ Tiempo es de que sea tiempo.“- y habla Steiner, y que es el único bien preciado, el más escaso, lo que menos tengo. Es en vano, es arrojar perlas a los cerdos que han tomado las plazas porque la hambruna ha vaciado los bosques en los que se refugiaban tantos cerdos salvajes, no humanos, que ahora acuden a rebuscar a las basuras y asedian las casas en las que alguien trata de preservar un mínimo silencio y un mínimo espacio junto a sus libros. Devoran basura, la mordisquean sin criterio, no saben lo que mastican porque sólo mastican, y hacen un ruido infernal con sus mandíbulas sucias que obliga a cerrar las ventanas para que la calle en la que husmean y se acometen y acometen todo lo vivo y honesto quede fuera y quede lejos.

Es tiempo, decía Celan. Pero nadie va a devolverme ya ese tiempo.

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