CABALGATAS

Uno de sus abuelos, por así decir, era Abraham, padre de creyentes en las tres grandes religiones del Libro. Otro de ellos, el rey David, un tipo canijo experto en reventar cabezas de abusones y aficionado a un género a mitad de sendero entre la poesía y la canción popular que hoy quizás le hubiese dado el Nobel de Literatura. También hubo gente de la casta entre estos abuelos, por ejemplo jueces, como Salomón. Sin embargo el padre, unos dicen que biológico y otros que adoptivo, era artesano de pueblo y no debía ganar mucho, según cuenta uno de los que cuentan la historia. De la madre no se sabe tampoco que fuese doctora por el MIT. La historia es una historia quizás acerca de cómo los elegidos abandonan los lugares de privilegio, cómo se confunden con la masa sin rostro, y cómo de pronto determinados acontecimientos hacen que una luz alumbre un sentido nuevo, y es uno de entre esa masa, un don nadie, un sin nombre, un paria, es el que sostiene en sus manos esa luz. Es decir, y para no engañarnos, una historia como hay tantas, en todas las épocas y lugares, un cuento con moraleja y con una propuesta de moral. La gente cree en las historias, en unas más que en otras, en algunas más tiempo, en ellas por razones que a veces no siempre se comprenden bien; pero las historias cambian así de manos, como una luz que se traspasa al que está a tu lado. Unas hacen más fortuna que otras, y quien las oye es quien toma la decisión de convertirse a su vez en otro narrador, a veces más activo y con ganas de cuestionar algunos aspectos del relato, a veces pasivo y complaciente. Pero que quede claro; una como hay tantas. Y aun siendo una entre tantas, es la que es, y no otra.

Esa historia, la del nacimiento de Jesús, Jesús como piedra angular de una de las grandes religiones, es la que se cuenta en grandes partes del mundo en estos días. En el mundo occidental que proviene de la civilización cristiana es esa la historia que se cuenta, confundida entre el crujido de las bolsas de los regalos y el rodar de los carros de la compra. Coincide también con otras fiestas, como la Janucá judía, como ayer me recordaba un luminoso candelabro suspendido sobre el muerto centro peatonal de Torremolinos, y coincide supongo con otras muchas historias, porque las historias ordenan el tiempo, ordenar el tiempo es una obsesión humana, una tradición. Colocamos hitos en los cambios estacionales y éste de la historia del nacimiento de Jesús, el hijo pobre de una estirpe de grandes admirados hombres, es cierto que se superpone a otros, pero es ese. Es el Occidente cristiano celebrando la historia del nacimiento de Jesús, bastardo para unos, elegido para otros, el hombre que ha hecho compatibles las tarjetas de crédito y la magia, como si una tarjeta de crédito no fuese también sino un ejemplo de magia, de fe en lo inexistente, de confianza en la bondad de los otros.leonardo_da_vinci_-_adorazione_dei_magi_-_google_art_project

En un estado aconfesional pero no laico, según establece el art. 16.3 de la Constitución de 1978 y las interpretaciones al respecto del Tribunal Constitucional, un hombre con voluntad de laicidad y de absoluta neutralidad del estado respecto de las confesiones religiosas, alumno de un colegio católico, y moderadamente ateo, debe llevar a sus hijos a la cabalgata de Reyes. En la historia de que antes hablaba, la del descendiente de Abraham, David y Salomón, cuenta uno de sus relatores que unos magos venidos de Oriente llegan ante el que cree ser Rey de los Judíos, Herodes -un rey sometido a otro poder terreno, una suerte de monarquía con permiso de un Senado extranjero- y le dicen que vienen siguiendo una luz que anuncia que nace otro Rey, que rompe, este añadido es mío, la línea de sucesión. Cuando dan con él, con el niño nacido de artesano y mujer del pueblo en unas infames condiciones de salubridad para el estándar de la OMS, se postran, reconocen su condición, le hacen regalos, y se largan sin avisar a un Herodes que espera ansioso noticias que le permitan evitar el cambio de régimen, porque han sido advertidos de las intenciones malévolas de éste en sueños. Esa es la historia, y no otras. Tres magos fiados a una profecía y una luz, que creen en los sueños, que penetran en un pesebre y regalan como a un rey al hijo de unos pobres mientras la peste de la paja mojada de orines y estiércol les llena las pituitarias haciéndoles olvidar el intenso olor de la mirra. 2017 años después del acontecimiento la gente celebra todo esto con una imitación, porque la vida imita a veces los relatos sobre la vida, y porque cuando uno no ha sido testigo pero quiere ser partícipe no le queda otra que contar la historia de otros usando las palabras de otros como si fuesen las propias.

En ninguno de esos relatos de los que he hablado sobre descendientes de reyes y profetas nacidos en familias venidas a menos y magos que viajan siguiendo un sueño y una luz y un dios que se cuela en los asuntos de los hombres, en ninguno, salen Los Lunnis, Los Pitufos, Donald, Manny Manitas o las alegorías a la curiosidad científica o las banderas de un estado futuro.

En ninguno, creedme.

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Yo no sé bien cómo explicar, y como no sé hago lo que otros, miro hacia otro lado, espero que un nuevo suceso borre el anterior, qué pintan en las cabalgatas un puñado de muñecos azules o una carroza llena de cables o  matraces o sistemas de riego por goteo. Ninguno de ellos aparece en el relato de qua hablaba y que parafraseo de un tal Mateo. Si mis hijos, los que aún creen en los Reyes Magos, hijos de un hombre occidental alumno de un colegio católico y militante de esa confesión muchos años y ahora moderada pero cada vez más ateo, deciden emular con muñecos esa historia en casa, y lo hacen cada año, no ponen en esa recreación ningún skylander o ninguna nancy ni ningún click del Oeste: camellos, tres magos, un niño, y listo. Esa es la historia, el relato. Si no te gusta, pues a otra cosa. Y yo no digo que deba gustar, yo no les digo a mis hijos que les deba gustar, no los adoctrino y dejo que elijan lo que ponen y si ponen un coche de bomberos por si el pesebre se incendiase no les haré quitarlo. Pero no lo hacen, sin que nadie les diga nada ellos no lo hacen, no distorsionan la historia. Ellos creen aún, aun cuando no les queda mucho, en la capacidad mágica de la realidad que puede hacer reyes a los pobres y humildes a los hombres poderosos. Y sobre todo y también creen en los cuentos y espero que eso siga así mucho tiempo, y lo mismo que son fieles si cuentan Caperucita, son fieles si cuentan Los Reyes Magos. No es porque sean los míos, sino porque creo que cualquier niño es así, respeta la historia, si no te atienes a su conocimiento de ella te lo reprocha, y la adquiera y perpetua a base de repeticiones. Sé muy bien que el cristianismo, y el catolicismo dentro de él, son relatos, pero yo respeto los relatos. La exégesis de ciertos relatos es el problema, eso genera a veces Inquisiciones, campos de concentración o camiones arrojados contra un mercado. Pero los relatos en su esencia, estos de que hablo, no acarrean ningún mal fácilmente evitable en el peor de los casos; no hay que paliarlos a base de muñecos azules o interculturalidad o proclamas políticas: de todo ello he oído hablar estos días a tipos de los que gestionan el dinero público. Esa gente habla de usar las cabalgatas de Reyes para promulgar valores, pero yo no les he votado para eso, sino para usar mi dinero conforme al interés público, con honradez y sin adoctrinamiento dentro del marco constitucional -que además te gustará o no, pero es el que define el modo en que alcanzas legitimidad, so cargo electo-. Mis hijos, a los que su padre intenta educar en el respeto a los derechos humanos, no necesitan que un concejal les “ayude” con su “brillantez” poniendo banderas políticas o añadiendo alegorías interculturales o científicas, o muñecos de televisión: tres camellos, tres magos, a los que la tradición iconográfica histórica, que proviene del arte y no de la religión, asigna tres colores y razas distintas, y tres cofres: ya está. Si quieren celebrar, conmemorar, basta con eso. Si quieren respetar, basta con eso. Para hablarles de interculturalidad e intentar traumatizar a mis hijos con tus vacíos conceptos sobre ese concepto vacío, concejal, ya tienes todo el año y todo el presupuesto municipal que sobra de las eventuales mordidas, pero no en estas fechas. El relato es el que es, y los niños respetan los relatos mejor que los adultos.

Yo no recuerdo cuándo deje de creer en los Reyes Magos; sí sé que en algún momento dejé de creer en los acontecimientos para resignarme a los sucesos, a los puros hechos. Quizás porque dejé de creer en esos relatos, en su épica y su mítica, intenté sobrevivir contando otros de otros fingiendo que no hubiesen sido ya contados con palabras similares. A mis hijos y a los hijos de todos les sucederá algo parecido; uno deja de creer en los Magos, pero no en los cuentos. La peor ofensa que puede hacerse a un niño es contarle mal un cuento. Todo este ruido, senyeras volantes, alegorías a la curiosidad, lunnis, es contar deliberadamente mal el cuento. El argumento puede discutírseme por todos lados, sí, pero nada cambia el hecho que no está bien contar mal a sabiendas -y eso es una forma vil de plagio, de apropiación- la historia de otro; no es ético, no es moral, no es intercultural, es sencillamente falsario. El acontecimiento es tan potente en sí, más allá de las creencias propias acerca de la divinidad, el mensaje es tan demoledor sin otros aderezos -un descendiente de reyes nace entre la miseria, los poderosos reconocen la magia y el poder de la condición de un niño humilde y se postran ante él y le regalan lo que no tiene- que no necesita concejales de cultura y fiestas ni asesores aspirantes a libretistas de la Fura para mejorarlo. Algunos adultos se vuelven bobos bientencionados en el mejor de los casos cuando son representantes públicos y pretenden salvarnos en vez de gestionar, pretenden, olvidando lo que fueron, decir a un niño cómo debe contarse un cuento que el niño conoce y cuenta mucho mejor que él, tratando a un niño no como a un niño, sino como a un tonto silencioso. Tres magos, tres cofres, un niño, la capacidad del sueño para librarnos del dolor, la humildad para seguir la luz que proyecta el otro. No hay más, ni hace falta más.

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Informe para el Consejo de Administración

La historia no es más que un puñado de gestos ordenados; el aparente orden de una ficción. Por eso puedo contar que fue determinante para todo lo que sucedió después que en julio de 2013 se me rompiese la lavadora, justo cuando yo acababa de acabar Hombres felices. Un libro es también un puñado de gestos ordenados; los previos de quien los cuenta, los propios de los hombres -hombres y mujeres- que lo pueblan, los que añade quien lo lee en ese silencio habitado de gestos de otros que anticipan o cuentan el propio y que nos hace sentir menos solos, más humanos. Se me rompió la lavadora y luego yo hablé de esa rotura con otros, una rotura que reparé yo, y hace unos días se me rompió el frigorífico, un frigorífico que también yo había vuelto a hacer vivir varias veces antes de que ya no sirviese para nada el esfuerzo y el gesto; todo tiene un fin último, no en sentido de destino sino de término, y que hable de electrodomésticos para hablar de un libro puede parecer incomprensible pero se trata de un libro que comprendo que a veces parece incomprensible o inaprensible o ininteligible, un balbuceo, de modo que si hablo de una lavadora y de un frigorífico y de Hombres felices no estoy sino hablando quizás del mismo gesto, de un gesto conformado por otros. Del gesto como excavación, del gesto constructivo, del gesto reparador. De término, y quizás de sentido.

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Sé que Hombres felices no es un libro fácil ni amable; lo he sabido todo el tiempo. Sé que lo saben quienes lo han leído y de esos gestos está hecho el libro. Y lo siento, siento no haberlo hecho de otro modo. Pero la verdad es que no tenía intención alguna de hacerlo de otro modo. Era un gesto, volver a escribir era un gesto dentro de otros o al final de otros, un gesto incomprensible o ininteligible, un ejercicio, un acto de esperanza, confiar en que la conformación de lo particular como universal siga siendo la literatura -no quiero decir que lo que yo haga sea literatura, sino que el hecho de que una historia privada se transforme en una historia universal es la literatura-. Era el gesto al final de una cadena de gestos inaugurada por el gesto de erguirme en una silla sólo cuando hablaba de literatura, por creer que era capaz de reparar un electrodoméstico. Como digo, gestos privados que saltan al otro lado del muro sin temor a ser públicos, sin temor. Tras cada palabra hay otras mil que la sostienen en el aire mientras la palabra aparenta flotar sobre lo que no existe, y esa es la poética que me interesó en todo ello, el hombre sentado sobre lo que de lejos parece el vacío y que es el vacío también mirado de cerca, sentado sobre un cable, sentado de modo imposible sobre un cable que se sostiene sobre lo que ya no existe, sobre lo que es historia, sobre lo que es gesto, ordenación de gestos; ficción. Eso fue. No quise traicionar esa idea y supedité todo a esa idea, y por eso ha sido aún más emocionante que en ocasiones esa emoción haya dado el salto, haya superado el muro, o mejor aún que todos, autor, personaje, lector, hayan acabado sentados sobre ese muro, juntos, solos pero no aislados, mirando todos el mismo punto del aparente abismo. Esa coincidencia ha sido el gesto feliz que justificó el libro.

petitSe me rompió la lavadora pero antes se me habían roto otras muchas cosas, y en cierto momento yo quise saber si era capaz de repararlas. Reparar es  construir un acto ficticio, porque algo vuelve a funcionar como si, como si no hubiese estado roto; es construir una ilusión. Como de lejos se genera la ilusión visual de que el hombre sentado sobre el cable está sentado sobre el vacío. Dice Imre Kertész: “ Lo que hago es una ilusión, y en ello derrocho mi vida, que es asimismo una ilusión.” Escribí ese libro, Hombres felices -dos ediciones, estupendas lecturas, toneladas de cariño en todo ello- desde esa mirada que tan bien explica Kertész, la mirada del como si. Lo hice con ilusión, y la gente lo leyó con ilusión, porque así es como se leen o se deben leer todos los libros, y yo conocía o conocí a la gente que lo leyó y vi que en ocasiones su ilusión y la mía coincidían y eso fue aún más ilusionante y aunque esa coincidencia también sea una ficción, porque son gestos distintos que convergen en su término pero no en su destino, y cada una de estas palabras ininteligibles y poco amables y difíciles tiene debajo otras mil que las sostienen y que sería imposible enumerar. Yo ya había publicado otro libro pero había olvidado qué sucede cuando uno publica un libro y ese libro llega a manos de alguien, esa emoción, esa ilusión compartidas. Ya había tenido lavadoras y frigoríficos, y los seguiré teniendo, claro. Algunas cosas pueden repararse y otras no, y todo es un como si, y lo que parece flotar en el aire en realidad se sostiene en un cable tendido sobre lo que ya no existe. Quería hacer lo que hice y cómo lo hice y que eso generase la ilusión de estar en compañía, aunque todo no fuese sino ilusión. Juan Casamayor me dijo un día que yo iba a cerrar muchas historias con este libro, y acertó; él lo hizo posible editando el libro, él sabe que lo quiero a pesar de que editase el libro, sin editarlo, del mismo modo que quiero a muchos más allá de la lectura o la comprensión y sin que ni la lectura ni la comprensión sean necesarios para que los quiera, pues al fin y al cabo casi todos los gestos, y desde luego el gesto de leer un libro, son gestos contingentes que algún relato construye como ficcionalmente necesarios. Juan Casamayor es, a estos efectos, una categoría, la de los hombres que sostienen las ilusiones de otros de modo que parezca que flotan de pronto en el vacío. La definición vale para el sustantivo editor, pero vale sobre todo para el sustantivo amigo. Por eso si sólo lo cito a él os estoy citando a todos, semejantes, hermanos, al hacer este balance al que creo que estoy obligado, porque al finalizar el año las grandes empresas cierran sus cuentas, enumeran los grandes sucesos societarios, analizan las pérdidas y las ganancias, hacen balance, y un hombre no es sino las empresas que acometió, y eso no es sino la ordenación de sus gestos, eso no es sino una historia. Y sólo era eso, al final se trataba sólo de eso, de arreglar unas cuantas cosas que no funcionaban y de derrochar ilusión afrontando una empresa, la empresa de contar unas pocas historias de un modo particular que no me avergonzase, que no me traicionase, y ver si alguien se quedaba a escucharlas. Así que a los muchos que os quedasteis, amigos míos, gracias.

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El amor del revés. Luis G. Martín.

El amor del revés. Luisgé Martín. Anagrama. 2016.

Recuerdo que al principio de que funcionase Canal Plus hicieron a veces pre-estreno de películas que iban a verse en cines unos días después. My Own Private Idaho, de Gus Van Sant, fue una de ellas. He mirado en güisquipedia que eso fue en 1991. Yo quería verla porque conservaba un muy buen recuerdo de la anterior, Drugstore Cowboy, con la que además compartía con el protagonista la superstición contra los sombreros sobre las camas. Como no iba a estar en casa dejé el video programado -he escrito casi un ensayo de historia de la tecnología en cinco líneas; canal plus con la llavecita blanca, un video, programarlo-. Volví a casa con la película casi acabada, y me di cuenta de que el video no estaba grabando. No entendía qué podía haber pasado, hasta que me dio por preguntar a mi padre, que andaba enterrado en prensa deportiva, Papá, tú has tocado el video que yo había dejado programado, Pues claro, me dijo sin levantar la vista del papel, Y eso por qué, le pregunté cabreado, y casi anticipando la respuesta, Porque estabas grabando una película de maricones. Lo que siguió fue uno de nuestros habituales intercambios de gritos, porque él no entendía que yo quisiera ver una película de maricones y que en su casa no se veían películas de maricones, y yo no entendía que no se metiese en sus putas cosas y me dejase tranquilo. Si no recuerdo mal Teresa había subido conmigo a casa, llevábamos poco tiempo juntos -ahora eso se ha transformado en veinticinco años- y pudo ver una escena de familia Navarro en todo su esplendor. Si no recuerdo mal ella llamó a su casa -llamó por un teléfono fijo colgado en la pared de la cocina, lo aclaro para que esto sea más evidentemente un ensayo histórico- mientras mi padre y yo nos gritábamos, y le pidió a su madre que metiese una cinta en el video y grabase lo que había en canal plus; en pleno partido de gritos mi padre me preguntó, Qué pasa, es que te has vuelto ahora maricón, o qué, y yo le contesté, Sí, me he vuelto maricón, qué pasa. Él resoplaría o algo así y me daría la espalda, y yo quizás dejé el asunto ahí, cuando Teresa me intentó calmar diciendo que la película se estaba acabando de grabar en su casa. Me he acordado de esto, que soy consciente de que no deja en gran lugar a mi padre, y también de unos versos de Wordsworth – “¿cómo puede uno pretender que otros/ hagan por él, siembren por él, y a un gesto suyo/ le amen, si ni siquiera tiene cuidado de sí mismo?” – leyendo de una sentada el nuevo libro de Luisgé Martín, El amor del revés. Yo tengo Los oscuros, su primer libro de cuentos -pero no lo encuentro ahora por casa, y tengo un cabreo del quince-, un libro plagado de secretos, y he leído igualmente de un tirón dos de sus novelas anteriores, La mujer de sombra, y La misma ciudad. Me gusta mucho como escribe Luis G. Martín -así firmó él Los oscuros, un libro que a Felipe R. le recomendó Hipólito G., parece que hubo una época en que los escritores hacían esas cosas con sus nombres: continuidad del ensayo histórico-, los tres libros me han encantado de manera sucesiva, y respecto a las novelas las he recomendado y regalado mucho. Tienen algo hipnótico sus libros, una especie de humo seco que atonta al lector, una sustancia que yo no sabría desentrañar porque soy un analfabeto funcional, un humo que sale de grietas en las ventanas y puertas de sus historias y que las vela y las hace asumibles aun cuando den a escenas un tanto temibles, pero que existen. Lo horrible existe, aunque no lo veamos, aunque lo ignoremos, existe. Como mi amigo José Antonio, mi librero, sabe que me he llevado los libros anteriores de Luis G. -yo le voy a dejar el G. porque me da coraje que se le haya ocurrido algo tan buen como lo de Luisgé-, hace un par de días me regaló El amor del revés -aun tengo pendiente en casa La vida equivocada-, el ejemplar que a la librería ha mandado la editorial. Voy a hacerte un regalo, tú siempre te llevas los libros de Luisgé -como es él el que habla ahora sí pongo Luisgé- Martín, verdad, Claro, tío, me encanta Luis G. -ahora, como estoy hablando yo…-, Pues voy a bajarte su libro nuevo, espera un momento. Así me fui, más contento que nadie a casa, con un paquetón de libros y uno regalado, porque soy un hombre fácil de contentar, y más si tienes acceso a las facturas de mis compras de los últimos años. Me ha hecho mucha ilusión el regalo de José Antonio -si la librería Luces cerrase por el puto metro de mierda de Málaga os juro que hago estallar el túnel que hagan bajo la Alameda- como me han hecho mucha ilusión otros regalos anteriores suyos, como el ejemplar de promoción de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino, o las pruebas de imprenta sin corregir de Canadá, de Richard Ford; es como volver a tener el Canal Plus y ver la película en pre estreno antes de que llegue a los cines. Es un extraño privilegio hormigueante llegar el primero a ciertas formas de belleza, es como ser rico o como no tener alergias alimentarias o como tener el movistar plus pirateado. Como he dicho en el tercer párrafo, me he leído de un tirón El amor del revés. El amor del revés es el libro más hermoso de Luisgé -ahora ya le llamo así por respeto a su hallazgo, qué nombre tan bueno, coño- Martín. El amor del revés debería ser una lectura civil obligatoria. El amor del revés narra cómo un hombre, Luisgé Martín, descubre que es homosexual y qué pasa cuándo eso sucede en un país en el que con suerte tu padre apaga el video para que no se grabe una película de maricones -película, My Own etcétera, que por cierto no me gustó, me pareció un poco tostón tras el fogonazo de Drugstore Cowboy-, pero con mala suerte un puñado de malnacidos te apalea. Qué sucede cuando uno se contempla deforme, un monstruo, una versión irredimible y asquerosa del bicho llamado Gregor Samsa -aun cuando, como él, sea el único hombre real de la historia y no una ficción cercenada y sin sentimientos de un hombre-, qué sucede cuando uno se ve de ese modo porque todo y todos los que le rodean le dice que ser quién es, y cómo es, “eso”, es irredimible y asqueroso, y que lo que algunos llaman la normalidad, incluso la ley de dios, es el único ideal posible. Como si la normalidad admitiese una única definición, como si dios existiese y se ocupase de mandar mensajes a través de Al Yazira o Intereconomía. Qué sucede cuando uno nunca puede ir a una boda que protagonice pero sí a su funeral, como recuerda el narrador recordando la historia más hermosa de las que se cuentan en Cuatro bodas y un funeral. He dicho antes que recordar para contar la historia de mi padre no lo dejaba en buen lugar, pero no es cierto: mi padre es un hombre bueno que vive en una sociedad que sigue enferma. Cada vez menos, pero sigue enferma. En la que hasta hace tres días alguien que amase a otra persona no podía hacerlo público sin miedo ni asco ni vergüenza propios, inoculados, además del miedo y asco y vergüenza públicos. En la que, y ya que he citado a dios, algunos lo invocan para justificar actitudes que repugnarían a dios si existiese y mandase mensajes por Telemadrid. Dice al principio hermoso de su hermoso libro Luisgé Martín que se pone nombre a la sexualidad, pero todo lo que ocurre tiene siempre su principio en los sentimientos. Yo creo que hacer entender eso es esencial para que todo lo demás sea comprensible. No es cuestión de pollas o de coños sino de corazón, y eso o se tiene o se finge tener, pero si se tiene es imposible que pueda admitirse que un hombre tenga que convertir su vida en un solitario sufrimiento sin solución. Lo mismo que la historia que he contado de mi padre puede convertirse en categoría puede hacerlo la de Luisgé, por eso la literatura es más importante que la vida, porque si la vida admitiese lecciones corregiría su rumbo y evitaría que una persona tenga que someterse a la tensión narrativa de construir ficciones continuas para poder sobrevivir, y que ninguna de esas ficciones sea amable con él, con lo que siente, que le salve de un horror que no es suyo sino impuesto. Mi padre sólo lee prensa deportiva, pero si fuese capaz de leer otra cosa yo le obligaría a leer El amor del revés como terapia, para que vea que la realidad es más compleja y más apasionante y más hermosa. Y también obligaría a leer el libro de Luisgé a muchos de mis amigos, gente de la misma generación que Luisgé, que es casi la mía, y que son incapaces de entender que el corazón es más importante que los genitales -y yo a veces soy incapaz de entender por qué son entonces aún mis amigos-. Yo me fijo mucho en la última palabra de los libros, cuenta mucho la última palabra de un libro. Las palabras final y feliz aparecen en el último párrafo del libro. También aparece la palabra madre. La palabra amor aparece en muchas ocasiones en el libro, siquiera sea para hablar de su imposibilidad. También sale una boda; soy muy tradicional, me encantan las bodas. Me encanta que la gente se quiera porque es mucho más preferible a que se odie, a que se deje caer. La historia de Luisgé es la historia de un luchador que aprende a amarse, y cuando eso sucede los finales felices pretenden que lo demás llega por añadidura. No siempre es así, pero es mucho peor que encima uno no sea capaz de reconciliarse con quién es, con cómo es, de reconocerse tras las ficciones y las máscaras. Por eso El amor del revés además de su enorme calidad literaria es tan hermoso, porque la historia de ese hombre contada de manera hermosa es hermosa más allá de las palabras, porque un hombre aprende a cuidarse, y está bien que por ello los demás le amen. Porque es hermoso que a veces algunas historias, incluso las bodas, acaben bien.

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Días para el huracán

Hay piedras que caen y rompen todos los cristales a su paso y piedras que ruedan blandamente por un lecho de arena hasta detenerse, y lo hacen despacio, sin ruido, sin que nadie lo advierta. El mismo día que ha muerto Leonard Cohen ha muerto también Perico Fernández, un hombre que fue campeón del mundo. Suenan y suenan las canciones y los poemas de Leonard Cohen, lo hacen también dentro de mí, se pierde su voz por los pasillos de mis arterias, se amplifica su eco en los espacios más amplios de mi cuerpo, su voz ha sonado tanto y tanto tiempo dentro de mí que a veces la he confundido con la mía y cuando lloraba esa música lloraba yo y cuando se alegraba o se enfierecía era yo quien lo hacía, y si camina alguno de mis dedos cerca de los ojos acaba húmedo, pero a la vez que todo eso sucede alguien baila y se ríe y lanza un golpe y luego canta como si fuese una broma y cuando habla se traba, tartamudea como sucede cuando uno no sabe qué decir o lo atenazan el miedo o la sorpresa, y levanta los brazos, y el mundo en blanco y negro ruge mientras le roba la bolsa al hombre que levanta los brazos, un hombre que como Cohen tampoco logro quitarme de la cabeza, un hombre que se llamaba Perico Fernández. Algunas veces las piedras ruedan con estrépito y se llevan todo por delante, otras caen por pendientes solitarias, ocultas a la vista, y si suenan da lo mismo porque nadie está oyendo, nadie oye ya.

El boxeo está muy ligado a mi familia, uno de mis sueños siempre fue boxear. No hay violencia en el boxeo sino un profundo orden civilizador, respeto a las reglas y al otro y a uno mismo. El ring nos explica, pensaba yo, nos explica y explica el mundo y por qué el mundo cae con estrépito rompiendo todo en esa caída rugiente sin dirección cierta. Perico Fernández fue campeón del mundo del peso superligero en dos ocasiones, y no sé bien si se entiende eso, la importancia inobjetable de eso: en un mundo obsesionado por la victoria aunque sea a todo costa, un huérfano hijo de puta -esa era creo la profesión de su madre cuando lo abandonó en el hospicio en el que lo apaleaban las monjas para que fuese entrenando para la vida- fue dos veces el mejor del mundo y dos veces también el subcampeón: en la cima estaba él sólo con un ancho cinturón dorado. Mi tío había sido boxeador amateur, y en mi familia se respetaba a los que se movían la nariz como si fuese de plastilina, se respetaban las horas de comba y de hacer sombra, de repetir golpes con una mano atrás, de ensayar esquivas, el olor a sudor y vaselina y linimento, los nombres de los grandes más allá de sus posibles parodias, se respetaba a Uzkudun, a Pedro Carrasco, a Evangelista, a los hermanos Bisbal que habían compartido lona y risas con mi familia, a Legrá, a Velázquez, a Perico Fernández. Perico, el campeón del mundo, era tartamudo y hacía chistes y soltaba barbaridades entrecortadas por repeticiones de sílabas y la gente se reía, se reía de él, pero cada vez que salía en la tele y montaba el número o le hacían montar el número yo pensaba lo mismo que he seguido pensando siempre: ese hombre ha sido campeón del mundo, no había nadie más grande que él, quién de esos que se ríen de él no ha querido alguna vez ser el más grande, quién ha sido capaz de soportar los golpes como él, no los golpes arriba en la lona, no los golpes de un igual que mete las manos con respeto, sino los golpes de un mundo repugnante hasta la náusea. Ser un huérfano apaleado que quizás alguna vez ha pensado que el amor es que algo o alguien no te golpee o te insulte, quién no ha sido o se ha sentido huérfano alguna vez o no ha sentido que ese golpe era bajo o que se lo daba alguien que no era de su peso y que abusaba de él: cuando la gente se reía y lo siguió haciendo mucho tiempo, y yo creo que Perico Fernández se defendía con bromas cuando ya no podía hacerlo con golpes, devolver golpes, porque él era superligero y el contrario, el mundo, era un peso pesado, yo pensaba siempre algo parecido: respetad a ese hombre, ese hombre es el campeón del mundo.

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Cuando Perico fue campeón su país, el mío, España, era un lugar gobernado por la infamia, un país amaestrado, gris, feo, sucio, pequeño, lleno de huérfanos solitarios apaleados. Defenderte y salir y subir hacia la cima, eso era el boxeo, o lo eran los toros: un hombre contra fuerzas superiores que baila y golpea para intentar vencer una pelea, pero no la guerra, porque esa se pierde siempre, la guerra del tiempo y del respeto de los otros, porque la masa siempre respeta a los vencedores, los poderosos se rinden por momentos ante los vencedores y los adoran mientras los exprimen, y luego nada. Caída y nada, burla y nada, sordera, ceguera, y nada. Eso era el boxeo y era España y es España y es el mundo. La dignidad de uno solo frente a la indignidad de muchos por acción o indolencia: me temo que eso se parece demasiado a la vida que conozco. Yo veía boxear y leía sobre boxeo y oía sobre boxeo y soñaba con esquivar los golpes que suponía que me venían y con devolver algunos, y con que la pelea fuese entre iguales y que hubiese reglas y un árbitro, y en ello no hay violencia sino un profundísimo respeto a la idea de Justicia. Cuando por estupidez social se prohibió el boxeo en televisión no fue un momento para la esperanza: nadie dijo que ya no habría más peleas, nadie dijo No, los niños deben aprender bajo otras reglas. No. Lo que se dijo fue, La pelea será siempre desigual, habrá golpes bajos, no hay árbitro, no hay reglas, gana el de siempre, el de siempre pierde. Pierden los huérfanos hijos de puta, no hay esperanza para nosotros. La gente asciende sin méritos ni esfuerzo, pisotea a los débiles, abusa de los pequeños, la masa enfurecida adora a los vencedores y se burla de los caídos, pero no hay pesos que respetar y vale todo. No hay boxeo en televisión sino noticias de corazón y guerras y estupidez y comercio, y eso al parecer ha sido bueno porque gracias a eso al parecer ya no es el mundo ni es España un lugar gobernado por la infamia, un espacio amaestrado, gris, feo, sucio, pequeño, lleno de huérfanos solitarios apaleados de los que se ríe la masa cuando tartamudean por sorpresa pero sobre todo por puro horror.

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Si quieres un boxeador subiré al ring por ti, canta Cohen en I´m your man. Todo el mundo sabe que los dados están cargados, todo el mundo apuesta con los dedos cruzados, todo el mundo sabe que la guerra ha acabado, todo el mundo sabe que los buenos perdieron, todo el mundo sabe que la pelea está amañada, los pobres siguen pobres, los ricos siguen ricos, así es como va, todo el mundo lo sabe, canta o recita o constata o reza Leonard Cohen en Everybody Knows La poesía es ritmo y medida y emoción y selección de la palabra que te dejará k.o, y eso también es el boxeo. En mi casa se respetaba a los boxeadores y se respeta la poesía, y ambos asuntos se parecen demasiado como para que yo no piense que son lo mismo, y que en mi visión del mundo, ya que no es posible que no existan los combates, que estos se midan y ordenen, que se pelee entre iguales y sin trampas, ya sería un motivo para mantener cierta fe en la utopía. Perico Fernández era un poeta, un rimador, como Cohen, como tantos otros. Cuando cantaba no tartamudeaba. Quienes se rieron de él, quienes no lo recuerden, quienes no sepan oír esa música, feos, sucios, grises, pequeños, nunca fueron campeones del mundo.

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Un pequeño ensayo sobre la memoria como Exposición de Motivos

          Esta mañana nada más intentar abrir los ojos me he acordado del lechero que nos llevaba la leche a casa cuando yo era pequeño. Ni siquiera había abierto los ojos y seguía en la cama tratando de deshacerme de la sábana y la colcha cuando he visto la leche moverse dentro de la enorme cántara metálica en que nos la traía y cómo caía dentro de la lechera de casa mientras el hombre vaciaba a pulso y sin derramar nada el recipiente pesado; en la madrugada aún sin sonidos oía el rumor del líquido, en el que a veces flotaban algunas briznas de pasto seco, rozando y dando contra el metal. La oscuridad se aclaraba poco a poco en la habitación y estaba viendo a mi madre, cómo a veces mi madre bajaba la lechera y otras veces era el lechero el que subía a casa tirando de una lechera más grande que llenaba en la calle sacando la leche de otros cántaros aún mayores con un enorme cucharón. El lechero llegaba a la calle en carro, puesto en pie en él, en silencio, agarrando las riendas de un caballo sin lustre alguno. Yo no vivía en el campo sino en plena ciudad o mejor dicho en un margen de la plena ciudad, junto al mar, y veía llegar a veces si estaba jugando en la calle al lechero con su carro cargado de cántaras de latón grandes como hombres aburridos e inmóviles. No recuerdo su voz, no recuerdo su cara, pero sí la leche hirviendo luego en la cocina de casa y cómo mi madre me dejaba al cuidado de ver que no se fuese, y en ocasiones me despistaba y se producía un borboteo violento y repentino y una erupción blanca de espuma caía sobre el fuego. Yo miraba entonces aquel carro en la calle, aquel caballo inmóvil, solo mientras el lechero subía la leche, el brillo del latón alumbrando el crepúsculo de noviembre, sin saber que iba a estar acordándome de aquello mucho después, y tantas veces. Porque mientras me acordaba en el amanecer de hoy del lechero y del caballo tirando me he acordado también de que ya había tenido antes ese mismo recuerdo, y no había olores aún en la casa, lo que según Proust y las neurociencias habría hecho explicable esa persistencia del recuerdo y escribir varios tomos sobre él. Intentaba buscar la postura para incorporarme sin esfuerzo en la cama y he recordado que cuando dejamos aquella casa y nos fuimos a vivir al interior de la ciudad, también casi en otro confín de ella, el lechero estuvo viniendo una temporada a la nueva casa, pero ya no venía en el carro sino en una furgoneta blanca con las ruedas y los bajos siempre manchados de barro, y luego dejó de venir y mi madre comenzó a comprar la leche en bolsas, y a veces jugando en el recinto de los nuevos bloques me acordaba del caballo y del carro y de las cántaras y del lechero y de la leche subiendo en la olla sin que pudiese hacer nada para evitar que se desbordase en espumarajos. Y me he acordado de que hace veinte años también me acordé otra vez de todo esto y entonces escribí un texto sobre aquel caballo y aquel lechero y aquel olor a leche quemada. Estaba casi sentado ya en la cama intentando recomponer la postura para ponerme en pie, y he pensado que iba a escribir de nuevo unas líneas sobre el comercio de la leche en el barrio de Huelin de Málaga hace cuarenta años y sobre el sonido de la leche cambiando de recipiente, y me dolían al intentar levantarme las cicatrices y las fracturas ya acumuladas, eso que dicen que sucede con los cambios de tiempo, y es cierto, es cierto lo que dicen, cicatrices, fracturas recompuestas, todo duele precisamente por eso, por el cambio del tiempo, el cambio de tiempo, el tiempo.

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Pelos. Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván, Isabel Wageman. Ilustraciones de Virginia Pedrero.

Pelos. Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván, Isabel Wageman. Ilustraciones de Virginia Pedrero. Páginas de Espuma. 2016

Confieso que me acerqué con mucha prevención a a este libro, y ello por varios motivos, todos supongo que igualmente estúpidos e injustificados: microcuentos, a cuatro manos -a cuatro, a cuatro, si sólo fuera a cuatro, pues no hay gente ahí metiendo mano; esto es una frase hecha, vamos, que se meten mano lo justo, ahí, no entre ellas, que no sé,  metiendo mano lo que exija el guión, diría-, y con dibujos. De modo aislado sólo soporto alguna de esas cosas y según la dosis. Pero como conocía algunas de esas manos -pero de vista, eh, sólo de vista, nada de que me hubiesen metido mano- y como conocía al editor de primera mano, y sé que, salvo excepciones de escritores malagueños, no publica gilipolleces, me dije, ¡Pero qué coño! -pero es sólo una expresión, eh, nada que ver con que la portada esté llena de mujeres-, y me lleve el libro a casa, curiosamente el mismo día que fui por última vez a cortarme el pelo.

Pues ahí está ese libro, Pelos. Vaya tela. No es una ocurrencia, o no sólo, o si fue eso un día se les fue de las manos -pero yo sólo las conozco de vista-, no son aquellos Senos o aquellos Coños, sino Pelos, y yo los veo caer cuando me los cortan o cuando me arreglo la barba o -lo demás no os importa, qué coño- -otra vez lo de coño no tiene bada que ver con lo de la portada llena de mujeres, es sólo otra expresión parecida a la de antes, yo soy muy mal hablado, estoy todo el día con el coño en la boca y sé que eso ha sonado muy mal y no era mi intención o quizás sí, vete a saber-, y ahora regreso a la frase y ya están los pelos por el suelo esparcidos y no pienso en ellos sino en limpiar, y cojo el libro y lo abro y me caigo para atrás y menos mal que son cinco las mujeres de la portada, coño, porque si se cortasen a la vez el pelo y el pelo cayese todo junto al suelo formaría un buen colchón y así el guantazo no es muy gordo. Pelos es muy bueno porque í y porque a mí me vence mis reticencias sobre los microcuentos -en general me pasa con los micros igual que con las novelas, que prefiero esperar a que hagan la película-, y porque me coloca frente a un fenómeno para mi incomprensible e inasequible, la escritura compartida. Yo soy para todo un furibundo individualista, y no comprendiendo ni muy bien -ni muy ni bien ni poco, creo- cómo se desencadena en mí el mecanismo incontrolado de la escritura, entiendo aún menos cómo pueda hacerse eso junto a otros -porque yo me sentaría y me pondría a hablar de otra cosa y dejaría la escritura de lado, me pondría a hablar de manzanillas y amontillados o de atunes o de imanes y a la mierda la innecesaria escritura-. Comprender, esa es mi idea benjaminiana. Me puse a leer Pelos y dije, Coño -otra vez-, qué cuentos tan buenos -y me olvidé que podían ser micros- y luego me di cuenta que al pie de los cuentos venían firmas y entonces me puse a jugar, así como quien tiene melena y se enreda por matar el tiempo a hacerse bucles, rizos, trenzas, me puse a jugar a ver si adivinaba de quién era cada uno y nada, nada, como en los juegos a los que juego habitualmente -que es ninguno, lo anticipo, es una frase hecha, un recurso pobretón-, venga a perder, y eso aumentó mi estupefacción y mi admiración, cómo se hace para que cuatro escrituras converjan, se hagan trenza en una quinta cabeza mechones que vienen de ídems distintas. Y digo trenza y no postizo, esto no es un postizo: esto es verdad, o al menos esa apariencia de la misma que está en los cimientos de la literatura -llámala verosimilitud, llámala sinceridad, llámala trenza-. Los cuentos -que no digo micros por prejuicio- por chicos que sean están sembrados de verdad y no arruinados por los chistes y destellos que a mí como lector me molestan de los micros, son unos señores cuentazos y yo no entiendo como cuatro personas consiguen ser una quinta, no entiendo qué han puesto y sobre todo qué han dejado por el camino, no sé si cuando uno hace eso se deja de lado elegante y sinceramente -con la convicción humilde pero firme que está en los cimientos de la literatura- o intenta por el contrario que sean los demás los que se aparten -pero elegante y arteramente, con esas maquinaciones que quienes nos aman nos permiten a veces-. No sé cómo puede hacerse eso porque yo no concibo la escritura en compañía, pero acaban de darme una lección de cómo puede hacerse eso, acertaba un texto y fallaba seis, y yo decía, Coño, otra vez que fallo.

Enormes cuentos chicos cargados de verdad, como si cada pelo que cae al suelo nos contuviese por entero -y lo mismo las historias esas del ADN son verdad y es así-, y entonces llegan los dibujos, y yo la verdad es que a estas alturas ya no me fío de nadie, ni siquiera de que esos dibujos sean sólo de una, porque aquí hay gato peludo encerrado. Los dibujos tienen esa delicadeza de las manos bajo el cabello recién lavado, cuando la mano se desliza y cuando la mano se atranca con el pelo grueso y cuando la mano sale al raso y roza con la piel que es orilla del pelo. Yo pensaba que me estaban tomando el pelo las cinco de la portada, coño, de Pelos, que era un divertimento poderoso pero sólo eso -y estaba esperando a ver si hacían la película – y me he acabado Pelos y he tenido la sensación de ser como esos colonos incautos y sobradillos a los que los indios, esos indios de puños a lo alto y melenas al viento o largas trenzas y la piel vibrando al sol toda músculo, tensión y sangre, les acaban arrancando el cuero cabelludo.

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El jardín de la memoria. Lea Vélez.

El jardín de la memoria. Lea Vélez. Galaxia Gutenberg. 2014

Dice Imre Kertész -en una de las múltiples, casi infinitas respuestas a la pregunta- que se escribe para evitar que la historia nos despoje de nuestra personalidad y de nuestro destino. Eso hay muchas maneras de hacerlo, porque muchas son también las maneras de imponérsenos las historias. En el mismo texto en que parafraseo a Kertész, que es su discurso de aceptación del Nobel, él describe que tuvo algo así como la experiencia dionisíaca nietzscheana, la tentación de perderse en la masa, y que la eludió a través de la escritura. Creo que es obvio que existe un puente que tiembla mucho por el que se hace el tránsito de la experiencia a la escritura, y si hay un momento en que la pasarela cimbrea y marea pasar el puente es eso que se etiqueta como literatura del duelo.

Siento una extraña atracción por esa literatura confesional. Supongo que porque me paso el día anticipando catástrofes y disponiéndome para ellas, para llevarlas conmigo, a cuestas, en los bolsillos -esto eso, haciendo mala literatura-, me atrae del mismo modo que me repele. La abordo como un pez desconfiado, ya sé que es un cebo, ya sé que picaré, pero doy vueltas y vueltas hasta que me decido a dejarme pescar. Eso hice con El jardín de la memoria, de Lea Vélez, le di vueltas y lo fui dejando hasta que estuve seguro que iba a acabarlo del tirón, que es lo mejor que puede decirse a secas de los libros. Hay también en esas vueltas un cierto temor a penetrar en el pudor y la intimidad de los otros a través de la puerta más temible, la del dolor. Pero bueno, me digo, es la escritura la que lo ha puesto ahí, la necesidad de la escritura de quien se llena los bolsillos, y a su pesar, de eso, el dolor, la muerte. Su necesidad explicativa o comprensiva -y aunque no se logre, porque no se logra, es inconsolable esa necesidad-. Y entonces me pongo y me acabo los libros de un tirón como he dicho, como quien se toma una pastilla o una medicina, que pase pronto, Que me cure.

El jardín de la memoria es un relato administrativo, y creo que es la primera vez que asigno al adjetivo un significado elogioso. No existe en él ese llanto histriónico y gritón que tanto rechazo me produce en la vida real, porque creo que el dolor es tan poco describible que ciertos silencios se imponen, y cuando el griterío surge me produce la sensación de que en ello lo que late es una profunda ignorancia del lugar del dolor y la muerte en nuestras vidas, de la necesaria conciencia sobre ello. A poco que uno tenga años y haya visto morir a gente ha visto estas cosas: alguien grita y se araña y alguien llega, lo abraza, lo calma y donde lo conduce es al silencio, un silencio acompañado y acurrucado. Y luego está esa gente, la que prefiero, que llora a solas en los coches o los sofás o los baños, que digiere como puede, que regresa con los ojos hinchados y hace por sonreír porque el dolor mayor no es el propio, sino el del otro. Por eso digo que este libro es felizmente -dudo si escribir esta palabra- administrativo, porque la historia, que es una historia común como otras tantas a las que el paso del tiempo despoja de existencia, es conocida, tanto como pueda serlo cualquier otra, el marido de la narradora está muriendo de cáncer, muere de cáncer, y la narradora la cuenta para administrar su dolor, el propio y el de los otros, el de quien se va y el que queda guardado en cajas para ella, para sus hijos, y ello en una familia en la que la experiencia de ese paseo es repetida, a través de un antecedente familiar reconstruido a través de fotografías. La narradora, la narradora que es Lea Vélez, tiende puentes entre ambas historias y con una historia que marca el momento más doloroso de la civilización occidental, las fotografías de Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen, porque como dice Kertész, también refiriéndose al Holocausto, el dolor de los otros debe ser contado para que el tiempo y la historia no lo despojen de existencia y no sirva para nada. La narradora está obsesionada con escribir sobre Boix al tiempo que su historia personal se escribe a su pesar, y esa superposición de temas e imágenes, esa sedimentación, es la que nos define cuando decidimos sobrevivir contando.

No hay, como digo, un alarde de pirotecnia efectista, felizmente -dudo de nuevo si escribir la palabra-, sino un relato en el que una mujer va a la compra o al médico o cambia el estado de la casa para albergar una cama articulada. Hay un punto notarial en todo ello que me resulta más doloroso a mí como lector que si hubiesen volcado centenares de adjetivos huecos. Ese despojarse de adjetivos propios produce el relato de la marea en que flota el ir y venir de las historias que se cuentan, lo no dicho por indecible, porque para qué, si quien lee no sabe leer qué es eso aunque las palabras no estuviesen allí, para qué. Voy a regresar a Kertész. Determinados sucesos siempre están en presente, y este es uno de ellos. Uno los enfrentará siempre en presente. Los sucesos capitales, la muerte del otro, no pueden ser cambiados una vez que ocurren. Los contamos como una novela negra o los contamos como un folletín, pero hay una tercera vía, que es esta, la de Lea, la enumerativa, porque cuando uno cuenta, enumera, hace listas, advierte el mayor peso de lo que falta y siempre faltará en esa lista. Dice Kertész, que estoy seguro que se habría llevado estupendamente con Lea, que el duelo no solamente guarda amargura, sino unas reservas morales extraordinarias. Decía Kertész que es el amor lo que le ha salvado y le mantiene con vida. Eso es El jardín de la memoria, una carta de amor, un acto moral extraordinario. Lea Vélez, la autora, la narradora, se convierte sin querer en paradigma, el de las mujeres que lloran mientras arreglan una puerta y hacen la compra y que sostienen el mundo que los hombres creen haber construido. Y yo quisiera que ella jamás hubiese tenido que escribir ese libro.

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