Bailar en domingo

Estaba la gente corriendo -bueno, acababa de estar- y estaba la gente botando -¿o es la uve?, nunca lo sé bien cuando se trata de democracia- y yo ya estaba en casa esperando que empezasen las noticias en La Primera -¿quién pone los nombres a las cadenas en España, no veis, directivos, que son nombres idiotas, que sólo aspiráis a un orden convencional en el mando a distancia, por qué una Antena es Tres, qué memoria, qué paisaje puede aspirar a rescatar un nombre así, o Telecinco, o La Dos, no veis que no es posible decir nada inteligente sobre esos nombres y si eso sucede, si no puede decirse nada inteligente o hacerse un chiste sobre algo es que ese algo es irrelevante, es res extra commercium, no veis que un nombre puede condenar al extrarradio y el arrabal de las cadenas de adivinos, que es imposible tomarse a broma una exclusiva del Times, pero que si la exclusiva es de Telecinco alguien hace la rima fácil y se carga el trabajo de una redacción completa? ¿Sois idiotas, mercaderes de anuncios de compresas con alas?-, y en el rato de la digresión ha avanzado el programa que estaban poniendo en La Primera y mientras digresaba me he ahorrado ver a Mar Flores hablando de sus niños, como si no tuviese yo bastante con los míos. Estaban poniendo Corazón, que no corazón, de hecho yo creo que no ponían hasta ese momento corazón alguno, y entonces ha salido El Reportaje de La Primera.

Porque eso es El Reportaje. Lo demás es advocación y selva.

Un trabajo descomunal, una cosa exagerá de veras, la historia de la televisión en España boca abajo, a la mierda las elecciones y los yihadistas y el tiempo y los deportes: El Reportaje. Con un título grande, la importancia del nombre -para que se vea que no es tiempo perdido nunca el tiempo de la digresión-: Vamos a Bailar. La Obama y Nadal y Dani Alves y los vestuarios del Madrid y el Barca -lo pongo sin rabillo bajo la ce porque ha llovido mucho y para esos días es mejor barca que barsa- y toda la intelectualidad mundial bailando y la música sonando y yo allí, comiendo spaguetti alla putanesca -mis putanesca son quizás los mejores del mundo-, pero loco, absolutamente loco por bailar, sobre todo cuando ha sonado mi amada Tina Turner o cuando ha salido un corte de Saturday Night Fever -claro que después ha sonado Macarena, porque la felicidad es sólo eso, el artificioso eco de un instante y Los del Río la equivalencia musical de una bomba de neutrones-, y bailaban y bailaban y hasta bailaba Brando -amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención: poneos a bailar- y se ha puesto a bailar Beyoncé con algo que podría ser parecido a algo que un día fueron los restos de un traje y

PUM! PUM PUM! REPUM!anne

¿Que en la tele no ponen más que mierda? ¿Que hay que leer más y no ver la tele? ¿Que la tele embrutece? Sois unos completos ignorantes que transitáis por los tópicos y los lugares comunes como un jubilado en un Panda del 86 sin ITV por el carril izquierdo de una autovía de cinco carriles en un tramo con pendiente del 23 por ciento de subida. Estaba yo allí viendo la tele mientras comía mis spaguetti alla putanesca -quizás los mejores del mundo- y me he visto obligado a levantarme y ponerme a arrojar por las ventanas libros que caían al suelo con un torpe planeo como gaviotas que se hubiesen hinchado a reventar de spaguetti alla putanesca, masticaba mi pasta mezclada con mi maravillosa salsa y cogía a puñados los libros, sin cuidado alguno, y los lanzaba como una pechugona amante italiana despechada en lencería a la soledad del mediodía -los vecinos no se asomaban a ver el espectáculo porque estaban viendo Corazón, claro-. Porque ha llegado el minuto 30,30 -podéis comprobarlo en el video del programa, yo jamás miento, sólo cuento, lo que es una mutación de la mentira con fines benéficos- y casi acababa de recuperarse Beyoncé de un ataque epiléptico -yo creía que era eso lo que le pasaba, y que por eso llevaba algo que podría ser parecido a algo que un día fueron los restos de un traje, pero lo mismo era un baile-y la voz en off -la historia de la salvación es una voz en off desde lo de la manzana y la zarza y las tablas y el señor crucificado y el otro señor cayendo del caballo, siempre que suena una voz en off sucede algo milagroso y el mundo cambia salvo cuando suena en la cabeza de un esquizofrénico, menos cuando todos los que la oyen son esquizofrénicos y entonces lo llaman normalidad-, la voz en off, decía, contaba, pero no miento al escribirlo, ha dicho:

NIETZSCHE EL FILÓSOFO TENÍA RAZÓN

Coño, ¿no era para tirar todos los libros? Cuatro mil libros por las ventanas, nunca se vio una bandada de gaviotas tan grande y de bichos tan gordos y torpes por estos amaneceres ni por estos atardeceres. La voz en off, recién llegada del Sinaí, y de Irán, y de Corea del Norte, y de los puticlubs del Estado Islámico, y de las sedes de los partidos políticos que se están comiendo las uñas con el catering mientras aguardan saber si podrán colocar a su cuñado, y del mercadona en hora punta cuando llaman a reforzar las cajas, y de todos esos lugares en los que siguen sonando voces en off, allí, en mitad de El Reportaje, y dice la voz en off, y cito literal -más bien repito, lo de antes ya era cita literal-:

NIETZSCHE EL FILÓSOFO TENÍA RAZÓN

Y ha añadido, claro, una cita evangélica de Nietzsche el filósofo, puesto que dentro de la total razón nietzscheana ha entendido la autora de El Reportaje necesario extraer y recordarnos una cita adecuada a la enseñanza que debía ser transmitida en ese concreto instante de proselitismo y absolutismo filosófico -si ÉL tenía razón, todos los demás es obvio que no la tienen, y por eso han salido volando despavoridos de mi casa, ¡salid de aquí, falsos profetas, mercaderes de anuncios de compresas con alas filosóficas!-:

“Deberíamos considerar perdido el día en el que no bailamos al menos una vez”

Yo antes de razonar más allá sobre la cita me he ido a la güisquipedia porque ya había tirado todos los libros incluidos los de consulta y los de cocina -no temáis, mi receta de los spaguetti alla putanesca está a buen recaudo en mi cabeza-, todos los libros menos los de Nietzsche el filósofo, y tenía que consultar una duda que en razón del absolutismo filosófico recién instaurado podría calificar de duda nietzscheana: Nietzsche el filósofo, ¿no habrá alguna confusión con otro, con Nietzsche el fontanero o Nietzsche el concejal de movilidad o Nietzsche el carnicero o Nietzsche el pintor empapelador? Pues no, el juliánlago de guardia en el puente de mando de la nave de la güisquipedia ha dicho -no podía ser menos en cuestiones de fe- que en El Reportaje habían dicho la verdad: era Nietzsche el filósofo, sin dudas -de hecho no he hallado a ninguno de los otros, pero sí, como habitualmente pasa cuando hago consultas filosóficas en internet, mucho porno-. Así que resuelta la duda pongo la cita completa, tal y como creo que estaría escrita en la escaleta de El Reportaje:

Minuto 30:30: NIETZSCHE EL FILÓSOFO TENÍA RAZÓN, “Deberíamos considerar perdido el día en el que no bailamos al menos una vez”. (Subrayado en rotu rosa fluorescente).Nietzsche187c

¿Cómo va a embrutecernos la tele? Si mañana todos los que estaban viendo Corazón, El Programa, y han visto El Reportaje, y seguro que son millones, que son Legión, van y afirman en su lugares de trabajo o de subsidio de desempleo o de estudias o diseñas que Nietzsche el filósofo tenía razón, ¿cómo va a ser eso malo? Aun cuando no hayan leído un sólo libro en su vida, si desde ya son nietzscheanos, ¿puede alguien, salvo que sea un descreído, salvo que sea un mierda resentido kantiano o heideggeriano o sartreano, afirmar que una sociedad que se afirma de ese modo es una sociedad enferma y convulsa y sin valores? No habrán necesitado transitar de modo inútil el sinsabor del conocimiento, ni hacer un grado 3+2: Pum, Pum Pum, Repum, acaba de bailar Beyoncé y reciben la iluminación, y no de cualquiera, no, de La Primera -ese filósofo descartado, Tomas de Aquino, y aquello tan bonito de la causa primera: nada, libro arrojado también-, que es el Uno del mando a distancia, y visto en Corazón: quien elige el camino del Corazón no se equivoca nunca, dice la cita de inicio del libro de Sanchez Dragó que fue finalista del Planeta -y Cervantes ya advirtió que en los premios el segundo es el ganador real porque el primero es el amigo amañado, el cuñado colocado por el partido ganador de las elecciones; razón, razón, razón, cae sobre mí como la lluvia-. Son demasiadas señales para ignorarlas.

Hoy es un día de cambio. El cambio ha llegado a España. No por las elecciones que ya ayer habían ganado todos, no. Han cambiado el paradigma, la categoría, el modo de mirar y comprender. Toneladas de libros son basura ahora mismo y sus cadáveres se pudren en la humedad verde de los jardines domesticados de las urbanizaciones donde en cada habitación hay, o debería haber, una tele. España es nietzscheana según el EGM. Toda nuestra historia reciente y antigua y futura -por lo visto aún nos queda de las tres- debe ser revisada a la luz de esa iluminación. Nietzsche el filósofo tenía razón.

Así que, ahora, a bailar.

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Nueve dos dos

Nueve veces debo ceder el paso cada mañana. Sumo a ello dos stop, y dos semáforos. Tanto los stops como los semáforos son consecutivos, como los dos extremos de un puente sobre un río caudaloso que bajase acelerado y oscuro. Salir de casa y llegar a otro lugar que casi lo parece por la pura acumulación del tiempo que me devora ese lugar: ese llegar es nueve, dos, dos. Eso que repito como un mantra de lunes a viernes -conduzco, me detengo nueve dos dos, miro, continuo- me parece que no es sino un libro de viajes. Cada detención es un paseo por el centro de una ciudad de ribera; podría escribir con ese trayecto un libro de viajes, me digo muchas tardes meditando sobre los riesgos de detener el coche en el arcén y tomar tranquilo fotografías de las señales, como lo haría un caminante, un viajero. No como un turista, alguien que pasa sin estar: un viajero.

Una identidad está hecha también de los lugares, de las calles en las que hemos vivido y dejado una parte de nosotros, dice Claudio Magris en El Danubio. Me acuerdo conduciendo del libro de Magris, y lo busco al regresar a casa. Cuando lo encuentro -después de bucear en los estantes y sortear pecios, detenerme brevemente en Thomas Wolfe, en Bernhard, en Munro- y lo abro está lleno de páginas con las esquinas dobladas, y hay varios marcadores, y pequeñas facturas: pagos de botellas de vino, de otros libros, billetes de autobús o tren. Las fechas son diversas y en lo que el olvido del papel térmico no ha podido borrar alcanzo a ver 1998, 2001, 2002, 2006, 2010. Uno de los marcadores, en el que está anotada a lápiz la cita -y paso un buen rato hasta encontrarla en el libro- es de una librería que cerró hace al menos diez años. Cada uno de esos papelitos es una detención, un paseo, una mirada. O lo fue. Regresé de esas suertes de ciudades, y el regreso las hizo olvido o casi olvido. Si no hubiese vuelto al Danubio no hubiese pasado un rato intentando averiguar qué vino compré por 2500 pesetas, y cuánto debía gustarme porque el tiquet dice que compré tres botellas. Como ya no lo sé sólo puedo fabular y en realidad sólo puedo fabular, pues haber dejado atrás el primer stop es haberlo olvidado o casi olvidado y fabularlo en el siguiente. Pasado y olvido, y no oxígeno y silicio, parecen ser los elementos más abundantes del planeta.

Nueve, dos, dos. Me gustaba mucho aquella librería, con el piso a varios niveles, y los estantes oscuros. Pero qué vino sería aquel, carajo.

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El maestro Gassama

 

Voy saliendo de los juzgados; vengo de ejercer el desamor en nombre de la civilización, haciendo compatibles a mis adorados Onetti y Pérez Estrada, y entonces se acerca un tipo a darme algo. Es negro y tiene aspecto de fondista y me sonríe, y le cojo la publicidad porque yo respeto mucho el trabajo de los otros -salvo el de los abogados- sobre todo cuando se hace a la intemperie y en dependencia de la amabilidad de los demás -¿todos los trabajos no son así, a la intemperie?-, y también porque cualquier papel con letras me intriga. Se extingue el sol tras las nubes que llegan y leo, Maestro Gassama, Gran espiritualista africano, y me acuerdo de un cuento de Miguel Angel Muñoz escrito sobre una de esas notas, y sigo leyendo, estoy a la salida de los juzgados, animales que se desperezan lentos hasta en momentos de máxima exigencia de rapidez, animales imprevisibles, y leo: Soluciona todo tipo de problemas. Rapidez, Eficacia y Garantía 100%, y me digo, Qué tío el Gassama, 100%, y yo no soy capaz de ir más allá del 50% en los más prudentes casos. Pero Gassama cuenta con ventaja: Vidente. Médium. Campo de Magia Africana -el tío que reparte la publicidad corriendo por mitad de ese campo, la sombra gris lejano de las montañas que cercan la planicie, un fartlek salvaje, un 45´+35-1-1 en un terreno de toboganes, y yo tras él- Experiencia Nacional e Internacional. Gassama viaja, ha llegado de África por el camino más largo, dice Gassama: Te ayudo a resolver problemas de Amor. Recupera pareja, Amarras -¿se dedica a temas marítimos?-, Unión Rápida, Fuerte Atracción, Separación -lo que vale para unir para desunir debe valer también: aquí el tipo me está tocando los huevos, si se dedica a lo mismo que yo con una efectividad del 100%-, Resolver Problemas Familiares y Mejorar tus Negocios -los Negocios de La Familia, pienso- Levantar tu Empresa. Recuperar Dinero Perdido -¿diez euros que se me cayeron al salir de Supersol con mi hijo hace un par de semanas, eso también, hará que quien los encontró los deje con una nota en la caja, Estos diez euros se le cayeron a un tipo con un cortavientos azul que iba hablando con su hijo de las Tortugas Ninja, ¿podrían devolvérselos?-. Impotencia Sexual -sin comentarios- Quitar Brujería de Magia Negra -no trabaja con la Blanca, al parecer- y Mal de ojo -¿la vista cansada es mal de ojo, podrías hacer, Gassama, Maestro de las altiplanicies, que yo volviese a leer como antes, noches enteras bajo una luz minúscula iluminando la vida contada de otros para iluminar la mía, podrías hacerlo, Gassama, maldito farsante oftalmológico? Cuánto echo eso de menos, esas noches de lectura sin fin-, Limpieza -eso siempre viene bien- y Amuleto de la Suerte, etc…….. -no he omitido ningún punto suspensivo-. Cualquier caso por difícil que sea, sin ninguna duda -¿un hombre que no leyó sobre el triste príncipe de los daneses?- Impotencia sexual para mujer, tener novio o marido -pinta tiene de que todo sea lo mismo-. No importa la edad. Personas mayores también.

El maestro Gassama, qué gran hombre, me ha puesto de buen humor. Como dijo Chéjov de Tolstoi, no tengo que preocuparme de nada, porque todo lo que yo deje sin hacer lo hará Gassama por mí. Me consuela, detenido como estoy ante el reflejo de mi propia incapacidad en las cristaleras de una cafetería. Entonces decido por hoy dejar de trabajar, me acuerdo de una cita de Handke en La tarde de un escritor -A pesar de que no había sucedido nada extraordinario, él se sentía como si ese día ya hubiera vivido lo suficiente y tuviera asegurado el mañana-, lo que deje sin hacer Gassama puede resolverlo, por mí y por lo otros, porque en su publicidad pone etc, y luego …….. -no he omitido ningún punto suspensivo-; pido un té, hojeo el periódico de ayer, regreso al despacho. Mis compañeros me hablan de varias cosas pendientes pero no les presto atención, Me voy, les digo. ¿Y eso? Tengo cosas que hacer. Me subo al coche y doy antes de salir varias vueltas por las plantas del garaje, me gusta ver cómo las luces se pierden y reaparecen tras la maraña de columnas blancas, y entonces salgo. Me voy a una librería, gasto dinero que podría haber entregado a Gassama, me meto en otro bar y pido una cerveza y unas bravas -estoy intentando probar todas las patatas bravas de todos los bares del mundo-, echo un rato allí con mis compras, vuelvo al coche, llego antes a la puerta del colegio y me siento en un banco a leer a Hannah Arendt hasta que suena el timbre. Mi hijo me arrolla al recogerlo, mi hija me pisa el pie con la dichosa mochila de ruedas. Al salir Miguel coge del suelo un tornillo viejo y cuando le digo que lo tire al suelo de nuevo -que lo devuelva a su hogar-, se niega, Tengo que guardarlo, me dice. Por qué, interrogo. Porque de mayor quiero ser fontanero, me dice cerrando un momento muy Sergio del Molino. Nada de ser futbolista, ni médico, ni el maestro Gassama: fontanero. Mi hijo tiene claras las cosas, no es como yo. Luego, ya en casa, respeto la costumbre que he fundado para el almuerzo de los viernes: siempre medio me emborracho. Comemos mientras me trago media botella o más -dependiendo de lo rápido que beba Teresa, porque con el alcohol vínico no respeto reglas ni hago prisioneros-, y luego cojo un libro y me hago hueco por la fuerza en el sofá superpoblado de niños y comienzo a leer hasta que me pesan los ojos y entonces dejo que el sueño me clave entre los cojines brevemente: abrazado al libro cerrado, como he hecho toda la vida cuando ya no podía más y cedía a la tentación de dormir. En el telediario han dicho que hoy es el Día Mundial del Sueño, y lo oigo e imagino que todo el mundo estará hoy dando vueltas a los suyos, cómo se han cumplido por suerte y por desgracia, gentes asomadas a todas las ventanas y a todas las barandillas del mundo pensando en sus sueños mientras sus ojos aflojan la tensión e incluso se humedecen: hombres vencidos por los sueños. Voy leyendo y voy cayendo, estoy con la biografía de Juan Marsé escrita por Josep María Cuenca, Mientras llega la felicidad: qué hermoso título. Sé que no pasaré de dos o tres líneas más, voy a doblar la esquina de la página para saber dónde estoy cuando despierte y veo que tengo a mi lado el papel del maestro Gassama y decido usarlo como marcador. Al doblarlo para que abulte entre las páginas veo que si quisiera visitarlo Gassama tiene su fábrica de milagros frente a un lugar que se llama Alucine, Alucine Park. Camino del sueño, abrazado, Mientras llega la felicidad.

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Un padre encuentra a su hijo en el salón

 

Es fría la madrugada, hijo. Tengo la sensación de que el frío me recubriese los huesos por debajo de la carne, aislándolos, enfriándolos para siempre. Siempre es fría la madrugada, hijo, siempre lo será, y estaremos enfundados ya para siempre en esa gelidez viscosa que está más allá de las estaciones, como si hubiese otras estaciones que no fuesen la estación del frío, estaciones sin cambio porque en todas la sangre va corriendo por encima de los huesos sin llegar a calentar ninguno. Por eso, hijo, te pido que no sigas aquí. Vuelve a la cama; aún es de noche y aún la noche no ha acabado su trabajo. No hay sitio en las casas pobres para insomnios, así que vuelve. Vuelve al calor, pues no hay ningún otro calor verdadero, créeme, cree a tu padre más allá del desprecio que por edad puedas sentir por mí, sin entender que cierto servilismo es una consecuencia del tiempo; cree a tu padre que aún es capaz de recordar y de mirar un poco hacia adelante y que se preocupa de los suyos. Regresa a la cama, dejando que el cuerpo inmóvil bajo el embozo genere de nuevo su calor; ¿no tienes en esos momentos la sensación maravillosa de habitar un mundo para ti solo? Hazlo, disfruta de esos momentos, déjate vencer por el sueño. Déjate vencer. Pero no sigas aquí. Vuelve a la cama, no te demores; piensa en nosotros. Regresa al sueño y déjate despertar por su final, sin forzar la luz en esta oscuridad horadada. Nunca te lo dije, hijo, pero eres mi única posibilidad: cuando yo no esté nadie sabrá de mí, de nosotros, y sólo ahora es posible, sólo ahora, más allá del polvo barrido que seremos, que se nos recuerde; que alguien me recuerde a través tuya. Sabes que no soy un hombre sentimental sino recio y parco en afectos, pero ahora podría llorar delante tuya, hijo. La madrugada es fría, por favor regresa a la cama, y que el destino se cumpla al acabar la noche; hazlo, Gregor, hazlo; no permitas que se olvide mi apellido.

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Blue in Green

Ha arrojado una colilla al suelo nada más salir y vuelve a hacerlo tras llegar a la esquina de la Segunda, sin saber muy bien mientras chupa para encender el siguiente hacia dónde va o irá: sólo que está enfadado. Pisa y extingue la brasa humeante con ganas y se mete la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta para guardar el mechero. El sol de abril dora los ladrillos rojos y los metales de las barandillas, pero el hombre no levanta los ojos del suelo sucio para verlo. Hay ruido, mucho ruido, a su alrededor, aunque ande ya de nuevo sin oírlo. Siente frío en las manos y en el cuerpo, frío y enojo, y camina bajando la Segunda pero si saber bien hacia dónde; caminar sólo es alejarse.

La sonrisa leve de Kelly se refugia en las sombras de su cuello. Miles ha dejado de dar voces y ahora camina alrededor de una silla; a la cuarta vuelta la golpea con el pie y la silla queda a tres patas en el aire; oscila, y finalmente regresan las cuatro patas al suelo. Entonces vuelve a gritar, Cuatro, le había dicho en cuatro, ¿era tan difícil? ¡Puto loco! Todos los demás aguardan en silencio; durante largos minutos el aire del estudio era eléctrico y crujía y quemaba mientras las voces de los dos crecían y crecían ya sin oír al otro, sólo pretendiendo imponerse a golpes de insulto, y hasta que Evans se ha levantado lanzando el taburete hacia atrás y se ha dado con la esquina del teclado y trastabillado a una pierna ha llegado a su chaqueta; casi como la silla tras la patada de Miles, sin al final caer. Ha lanzado un par de insultos más y ha salido de la sala, desoyendo a Chambers que llamándole, Bill, Bill, intentaba mediar. Miles se ha sentado en la silla, y sólo cuando Coltrane ha dicho, ¿Qué hacemos, vamos a seguir?, ha mirado a Kelly y ha vuelto a hablar, ¿Vamos, Wynton?, y éste ha asentido y ha salido del rincón, y ha caminado hacia el taburete para llevarlo junto al piano, y se ha sentado.

Llega a una zona de parque. Busca un banco, se sienta. Se limpia las gafas. Sigue el frío recorriéndole arterias y venas, vaciando sus pulmones, encogiendo su piel. Esa es la sensación que tiene; una tirantez como si le encogiese por momentos la piel y lo encerrase. Intenta recordar por qué han discutido y casi no puede; había llegado ya algo alterado y tenso, ya de mal humor; ahora está sentado en un banco en algún lugar cerca de la Segunda y se mira las manos y se las frota, y le llega el olor del río, y se encoge algo más dentro de la ropa. Duda unos momentos pero no; no va a volver, que se joda el puto disco, que lo haga él como quiera pero no con él. Ya está fuera, ya se ha ido. Levanta la vista y los restos del día están tumbados sobre las copas amarillentas, y ya más calmado a Evans se le ocurre: ¿qué árboles serán esos?

Se oyen voces de fondo desde los altavoces mientras mira hacia afuera por la gran ventana; los restos del día están tumbados sobre las copas amarillentas de los árboles. El ingeniero dice, Toma cinco; entonces es como un milagro, un sostenido milagro, un irrepetible milagro: un milagro, sin adjetivos. Miles se está mirando las manos y se las frota mientras oye la música de una pista grabada treinta dos años antes, abandonada al olvido o más bien a salvo del olvido hasta que él la haga olvidar. Algunas tardes cuando se va el calor rebusca en los muebles hasta dar con las etiquetas amarillas y casi borradas donde apenas se leen ya las fechas, y pone la del 2 de marzo de 1959, y vuelve a escuchar Blue in Green, la grabación de un milagro sin adjetivos que apenas casi nadie ha oído desde 1959; la última nota abandona el salón, lo vacía como encogiéndolo, y se oye a Townsend decir, cuando todo acaba, cuando el aire ha dejado vibrar y el silencio echa de menos el lugar en el que estaba escondido, sobrecogido: Qué hermoso, qué hermoso. Y en la voz alta de 1991 dice Miles, Puto loco, y se sonríe preguntándose qué hubiese podido ser ese disco que decidió dejar a medias, y mirando cómo son agitados por la tarde ventosa de primeros de septiembre se pregunta qué árboles serán esos.

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Dos hombres tienen el mismo sueño una noche de abril de 1958 en una llanura de Goiás

Los dos hombres se saludan en una esquina del gran barracón. Oscar ha llegado primero y tiene ya una taza en las manos cuando oye a Lúcio saludarle a la espalda. Asiente y gruñe o musita algo de espaldas en señal de reconocimiento, y sale sin mirar al otro al exterior. Instantes después, los justos para que el café le haya llenado la taza, se le une Lúcio. Ambos hombres contemplan la explanada turbia en la mañana, que para cualquier ojo no habituado al espacio parecía casi infinita meses atrás, y con un leve desfase de gestos se llevan a la boca la loza. El falso bosque de grúas y estructuras araña el cielo gris acero. Si ambos hombres volasen ahora -pero no les hace falta para tener esa visión- sobre la llanura horadada ahora fértil en hormigón cuando era casi yerma meses atrás, si pudiesen planear sobre esa llanura subidos al avión descomunal dibujado en los grandes planos -pero no les hace falta para tener esa visión- podrían ver a miles de hormigas humanas agitándose en todas direcciones alrededor de grandes plantas blancas que vibran mientras crecen. Ambos hombres han soñado esa noche lo mismo: han visto surgir de entre las aguas de un lago una mano que después trazaba una cruz sobre la tierra, y junto a la cruz una curva, alta en los bordes, y ambas figuras se multiplicaban y ocupaban la meseta infinita. Colgados sobre el espacio amarillo del sueño los dos hombres veían cambiar de color y oscurecerse el horizonte a toda velocidad, como si todos los días fuesen el mismo día. Colgados sobre el espacio amarillo del sueño ambos hombres sabían que el otro estaba a la vez soñando el mismo sueño y que ese conocimiento permanecería en el despertar del día siguiente. Ha llegado la mañana, y los dos hombres se saludan sin apenas palabras en una esquina del gran barracón, y salen separados por unos instantes a la mañana turbia. Miran ambos la llanura y lo que hacen brotar de ella como si todas las manos de todos los hombres que se afanan en ella estuvieran a la vez exprimiendo el suelo removido. Una garza de sensacional envergadura recorre el cielo de oeste a este. Sólo uno de los hombres la mira. Apenas queda nada ya en las tazas. Bueno, a trabajar, dice uno; el otro asiente. Ambos hombres han soñado el mismo sueño, pero no les sorprende; al fin y al cabo han soñado también la misma ciudad.

Brasilia en construcción

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Mi madre también va al mercado

Es molesto el ruido de fondo. El exceso de ruido no deja pensar. Desde hace muchos días no hay más que ruido. Yo intento taparme los oídos y aún persiste el zumbido fuera, como de frigorífico viejo; uno puede acostumbrarse a ello y creer que ya es así siempre, que siempre fue así, que ya será siempre así: exceso de ruido, zumbando en mitad de la noche, en mitad de la mañana fría, sin parar nunca. Pero mejor que acostumbrarse a ello es intentar que pare.

La semana pasada cuando comencé a leer las primeras contraidioteces tras los asesinatos de los dibujantes de Charlie Hebdo comencé a revisar mi agenda: tras haber examinado los últimos 45 años puedo afirmar que en ninguno de sus días he sometido a vejaciones o masacrado a ninguna población civil. En quinto vi como mi compañero Miguel París mataba varias lagartijas en pro de la ciencia, y en casa soy el encargado de matar las cucarachas y los mosquitos, pero nada contra la población civil de ningún lugar del mundo. Si un hombre puede ser una literatura y si la historia de un hombre puede ser la historia del mundo y si contar lo local como universal es la mayor aspiración de un narrador, y si un hombre incluso puede ser el reflejo de una sociedad, su metonimia, entonces yo, sociedad occidental europea, no soy culpable de ningún crimen que justifique -esto es, que pueda ofrecer una suficiente y convincente razón justificativa- que se cometa contra mí un asesinato. Yo puedo ser Charlie Hebdo, pese a que el nombre me suene tan ridículo, y puedo ser una víctima, pero no puedo ser, en ningún caso, un verdugo. Quien afirme lo contrario podría ser, sencillamente, algo tan peligroso como un ignorante.

Guillermo Busutil hablaba el domingo en su columna de la lectura como esperanza y salvavidas -ambas palabras son hermosas, tanto como leer-. El problema, claro, es evitar leer idioteces, porque eso no es sino ruido. He leído estos días sobre racismo e islamismo, religión, libertad y seguridad, todo ello con el disfraz de la justificación: las palabras corrían de un lado a otro y siguen corriendo, y ese ruido, ese frufrú molesto, es también como otras veces ocasión para que en un falso silencio se maniobre contra la causa del hombre. Leía a Guillermo como prolongación de haber leído, aún más, estos días a Camus -sé que agradará a Guillermo esa herencia-. Hay autores que siempre tengo a mano y Camus es uno de ellos, y me centraba estos días de ruido y furia por ejemplo en sus crónicas de Combat, y le leía entonces decir: “las personas como yo querrían un mundo, no ya donde no se mate (¡no estamos tan locos!), sino donde el asesinato no esté legitimado. Y aquí estamos, en efecto, en la utopía y la contradicción. Pues vivimos precisamente en un mundo donde el asesinato es legal y debemos cambiarlo si no lo queremos así. (…) Con excepción de algunos tramposos, todos, de la derecha a la izquierda, consideran que su verdad es la adecuada para conseguir la felicidad de los hombres. Y, sin embargo, la conjunción de estas buenas voluntades desemboca en este mundo infernal donde todavía se mata, se amenaza y se deporta a los hombres, donde se prepara la guerra y donde es imposible decir una palabra sin ser de inmediato insultado o traicionado.” Estas palabras son de noviembre de 1946.

Los asesinatos de París los han cometido franceses contra franceses: pura sociedad europea occidental. Su confesión religiosa debiese ser indiferente para la condena de esa acción. No hay razón alguna que justifique ni explique que dos tipos entren armados con sendos AK y señalen y disparen y maten. Porque Francia, en primer lugar, no es culpable. Francia es un Estado de Derecho al igual que España. Francia consolidó el Código. Y he leído tonterías sin cuento -esto ofende al cuento como género supremo- sobre que fuese de esperar esto, y que Francia es racista y Francia es asesina y lo es Occidente y ruido ruido ruido. Afirmar eso supone que la culpa, y entonces estoy acudiendo aquí al concepto judeocristiano de culpa al igual que lo hacen quienes sostienen tales afirmaciones, puede ser colectiva y puede recaer sobre todo un país, un continente, y es más, creo que se afirma eso pensando en la imposibilidad de redención de tal culpa, se afirma desde la creencia de un pecado aun cuando se pretenda disfrazar de pecado laico y en que no es posible su redención -salvo que se piense como yo, suele deslizarse en tales banales intentos de argumento-, y entonces se dice, Qué esperabais si antes los hemos masacrado. Como el argumento no es de izquierdas o derechas sino incumbe por igual a ambas concepciones tradicionales de izquierda y derecha, entonces alguien también dice, Qué esperabais si los muertos eran blasfemos, si se burlaban de dios y de sus mensajeros. Ambos lados, que son para mí uno solo en su carencia de armazón razonador, dicen así: Eran culpables, las víctimas eran culpables. Trasladan el concepto verdugo desde el tipo que apretó el gatillo a la nación, y entonces a todos, porque si Francia es el Código y nuestro Código viene de allí y esto es Occidente y sus raíces son las religiones del Libro pero también la Razón, entonces alguien me está diciendo, Eres culpable, Erre, eres culpable. Y no, no lo soy. No soy un verdugo.

El ruido genera confusión. Se usa en las torturas el ruido. No está bien que todos hablen a la vez; resulta complicado que si uno mezcla razonamientos salga bien el experimento y ofrezca un resultado convincente. Utilizando como símil un rompecabezas, que todas las piezas sean de la misma caja no significa que encajen en cualquier sitio del diseño. El problema a la hora de componerlo puede ser desconocer cuál sea el diseño, el modelo constructivo. Pero no creo que sea ese el caso. El modelo es el Estado de Derecho, un modelo de Estado laico; las instrucciones son las Cartas de Derechos. El modelo es bien sencillo, el modelo del pacto. Aún suponiendo casos de mala praxis, ello no invalida el modelo, es sólo, nada menos, que eso, mala praxis: hay mecanismos de corrección. Si la mala praxis es el modelo entonces también hay mecanismos de corrección, más contundentes, más tristes y dolorosos, y no digo que no necesarios. Todo ello tiene que ver con los conceptos de validez, eficacia y justicia, que no sólo son asequibles para un estudiante de primer año de Derecho: lo son para cualquiera que aspire a la denominación de ciudadano -algo que por cierto había que ganar en la polis-. Pero sigo sin creer que el problema, cuando está basado en la Carta de Derecho y en el Pacto de Derechos Civiles, y en la separación de poderes y en la laicidad del Estado, sea el modelo.

El primero de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando el asesinato- es el de la blasfemia. Se lo merecen por ofender a dios o a sus intermediarios. Por hacerlo desde la sátira, desde la parodia, desde el espejo deformante: desde el humor. La risa ofende. Si uno mira la cara de un fanático siempre está seria, hay músculos de su cara que no activa jamás. Sin embargo, y por citar ahora a Marcel Schwob, reír es sentirse superior. Sólo el hombre se ríe, no se sabe de animales que lo hagan, que sean capaces de humillar su propia figura para contemplarse desde fuera, ridículos y pequeños. La risa genera comprensión. Más allá de eso, además, están los mecanismos de corrección: existen tipos delictivos que protegen la ofensa de ciertos sentimientos, siempre que ello no entre en contradicción con otros derechos. También para ese caso uno cuenta con una herramienta de resolución y correctora: si como es el caso ello entra en conflicto con la libertad de expresión optamos por ésta porque ésta salvaguarda a un mayor número de hombres y de sus actos. La blasfemia, y ello es una opinión personal, es una figura pequeña y ridícula que hace aún más pequeños y ridículos a quienes la sostienen. Dios, hasta el momento, no se ha quejado porque lo saquen con el culo al aire, y ello no es una blasfemia. Sus mensajeros, hasta ahora, no han acreditado su representación, y sin acreditarse ésta uno no puede accionar en nombre de otro, ni jurídica ni físicamente. Estaría dispuesto a aceptar que alguien me asesinase si fuese capaz de demostrar no sólo la existencia de dios sino también su mandato. Mi fe es el Derecho cuando se trata de relacionarme con otros hombres, y el Derecho, simplificando con pudor y modestia el argumento para hacerlo peligrosamente asequible, es tan aparentemente infinito como la idea de dios. Si el Código Penal, por el pacto de convivencia, castiga la blasfemia, y si quienes tienen atribuida su interpretación, por el pacto de convivencia, son los tribunales, y estos deciden que entre aparente blasfemia y libertad de expresión debe protegerse a ésta última -y yo así lo creo-, no puede en ningún caso deslizarse sombra alguna que pueda oscurecernos hasta el punto de justificar por ello un asesinato. Esto no tiene nada que ver con la religión, con el islam, pues he leído a cristianos quejarse de lo mismo: tiene que ver con el puro fanatismo.

El segundo de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando el asesinato- es el de la maldad occidental. Se lo merecen porque Occidente es malo y asesino, porque es laico y capitalista, porque bombardea a civiles y cambia gobiernos y la CIA y la Coca Cola y las hamburguesas malas y los Levis 501 dominan el mundo. Ya he anticipado que también resulta falso, más allá de todas las dudas sobre mala praxis occidental que quieran alumbrarse. El problema no sería de modelo sino de correcciones. En Occidente, en Francia, el ciudadano es un voto. Quita y pone. Quéjense si quieren del sistema electoral y de partidos, de los lobbys, de los yogures azucarados: pese a todo ello, pese a la posible total razón de su queja, es así. El voto de un hombre puede cambiar el signo de un país, su destino, sus normas. Para lo bueno y para lo malo. La queja sobre la blasfemia o sobre la maldad de la economía capitalista o sobre el terrorismo de estado o los complots en las cloacas está protegida por ese mismo sistema, por el Estado de Derecho. Eso es, pese a todo, Occidente: dios en la casa de quien quiera albergarlo y la Razón en el palacio presidencial. Occidente no masacra. Lo hace un hombre, y si se pone en marcha el mecanismo correcto, ese hombre es castigado. Los asesinos, tengo que recordarlo, eran franceses: ciudadanos. Entre la denuncia y la batalla de ideas y el AK 47 eligieron disparar. Si justifico en la maldad del Estado el asesinato estoy justificando también la respuesta de éste, una posible respuesta idéntica que sólo perpetúa el problema, lo consolidad y cronifica y no lo resuelve. Citaba a Camus y volveré a hacerlo, pero quiero traer también a Jacques Verges, otra de mis debilidades. Cuando Verges hablaba de los procesos de ruptura lo hacía sobre la existencia de un Estado que abiertamente utilizaba el asesinato, la tortura, para sus fines. ¿Alguien puede, más allá de posible mala praxis, sostener con sentido y razón que eso es hoy Francia, que su condición es violenta e injusta? ¿Que lo es lo que llaman Occidente? ¿Que cada uno de sus ciudadanos es por ello culpable? ¿Que merece la muerte por ello?

Siendo los dos anteriores sonidos estruendosos, me preocupa más el tercero: es sordo, corre de fondo siempre. No es ajeno a ambos, participa de ambos, juega con ambos, se impregna con ambos para pervivir. De los dos primeros uno puede acertar a defenderse si los ve venir de cara. Pero el tercero de los ruidos de fondo que generan los que justifican el asesinato -pues esto es es eso: ustedes están legitimando también el asesinato- es el de la seguridad a cambio de la Razón y el Derecho, de la libertad. Se insulta a la inteligencia cuando la seguridad se hace preponderante y se convierte en categoría y no en consecuencia, se insulta a la historia y se insulta a la inteligencia. De nuevo sacrificando con modestia la argumentación, la seguridad no es un derecho sino una conquista desde el Derecho, y su mantenimiento no puede suponer debilitar la libertad. Traigo el título aquí de las XXª Jornadas de la Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Política, celebradas en Málaga en 2005: Libertad y seguridad. La fragilidad de los derechos. Se trata de eso, de nuestra extrema fragilidad ante las presiones violentas, de nuestras tentaciones, de una sociedad futura cimentada en el miedo más que en los riesgos y equilibrios de la libertad. Tras cada gran catástrofe violenta quienes quizás deben callar han hablado de control; no se han sentado a analizar las malas prácticas y sus posibles consecuencias sino a definir nuevas -en realidad muy viejas- formas de control sin resultado, pues el nivel de conflicto no ha descendido. No estoy renunciando con ello a la defensa, no soy tan ingenuo -pese a este viaje por una posible cartografía del ruido generado por mi necesidad de involucrarme y evitar que al menos en mí pueda detectar la práctica risible de compartir en un red social mi aparente dolor por una muerte y tras ello y sin hilo ni ruptura de éste la foto de mi gato, de mi sobrino y de una cerveza a medias-: me sitúo ante un paisaje, el de la renuncia a la libertad por miedo o cansancio o desidia, que genera tanta violencia como los dos anteriores, que detesto tanto como los dos anteriores, que ya generó fosas de cadáveres, por citar una vez más a Camus, pues no sino eso fueron el fascismo, el nazismo y el comunismo que asolaron la malvada Europa. Preferir la seguridad es atomizar de nuevo de nuevo el mundo en vez de internacionalizar la preponderancia de la razón, preferir el muro al argumento, e incluso dar un nuevo argumento al que pone la bomba o aprieta el gatillo.

Todos estos ruidos empezaron a sonar a la vez que el aire dejaba de sonar en los pulmones de los asesinados. Franceses asesinados por franceses por ejercer la libertad de expresión en vez de plegarse al fanatismo. Leí la noticia y pensé, No podrá uno permanecer al margen cuando todos se pongan -y era seguro que pasaría- a hablar a la vez: lo contrario del ruido no es el silencio. Yo he echado mucho de más tanto silencio en tanta gente, no sólo con esto, pues en esto era sencillo manifestarse y compartir un lema, una foto, una chapa, sino en la larga crisis de valores cívicos que asola la malvada Europa, el arruinado Occidente. Del silencio de los intelectuales, doloroso y largo, hablaba también con Guillermo hace poco. Leí la noticia y antes de que comenzase el ruido ya sabía que habría ruido, que no cesaría el ruido, que harían mucho ruido para evitar pensar; gritar un lema es más sencillo que generarlo. Me acordé de Camus en mitad de la guerra de Argelia, exigido por ambos bandos, por Francia y por quienes luchaban por la libertad de su tierra, situado contra las torturas y ejecuciones del ejército jaleadas por parte de la sociedad francesa y contra las bombas del terrorismo argelino como respuesta a aquellas. Camus acordándose de su madre en el mercado de Belcourt ante la posibilidad de que un terrorista arrojase en él una granada: Amo la justicia, pero amo también a mi madre. Creo que cuando cito a Camus y prefiero a Camus por encima de al resto ya estoy dejando muy claro cuál sería mi posible bando en cada uno de los debates: el del desgarro que produce optar siempre por la razón. Y ésta en este caso, franceses asesinados por franceses por ejercer su libertad, es Francia, es Europa, más allá de cualquier fallo o falla, por encima de tanto ruido, es Europa: la Europa que optó por las Luces y el sonido de la Razón.

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