Luces

 

Ayer se hizo prensa algo el enésimo ejercicio lamentable de política cultural: la posibilidad de que cierre la Librería Luces, en Málaga. Esto pudiere parecer una cuestión mercantil, un negocio que va mal, pero no lo es, no puede ser interpretado sólo de ese modo.

La Librería Luces, para quien no sea de Málaga, está en la Alameda, que junto a calle Larios son quizás los principales ejes del centro. De hecho en una primera fase se llamó Librería Alameda, aún tengo algún marca páginas de entonces. Es la librería que más frecuento desde que abrió, porque conozco y tengo afecto a Pilar y Jose desde antes que la montasen -antes frecuentaba más Rayuela, por ejemplo, y antes que Rayuela, Proteo, y antes la Ibérica en calle Nueva-. Se desviven por ella y se desviven por la gente que trabaja con ellos, esto es, se comportan como libreros, como todos los que he conocido.

El metro en Málaga, desde que a algún iluminado se le ocurrió que era una buena solución de tráfico para Málaga -esa gente del Area de Movilidad que viaja en coches oficiales…-, va arruinando las zonas por las que pasará; Carretera de Cádiz, Perchel, etc. Los negocios no pueden soportar vallas y pasarelas y polvo y ruido y casi imposibilidad de acceso durante dos o tres años, y cierran. En su lugar, después, chinos y franquicias. Ahora la obra ha llegado a la Alameda, y las ventas de Luces habrán caído alrededor de un 30 o 40 por ciento, que es la media que suelen caer en esos casos, y que los hace insostenibles. Si uno no puede llegar al negocio, si ni siquiera lo ve, y si dentro hay ruido y polvo, va a otro sitio. No es la venta por internet lo que cierra una librería o el libro electrónico, es el metro, sus metáforas.

Mi amigo Rafael Arboledas comentaba en su muro de Facebook el tema del posible cierre de Luces y hablaba de compensaciones económicas y ausencia de previsión, y yo estoy, claro, de acuerdo. Si una obra pública fastidia a un particular, la norma compensa -lo prevé al menos-. En este caso además el metro acaba siendo explotado por un privado en la práctica, lo que hace la herida aún más sangrante e infectada. Si algunas cosas no se prevén es que no se estudian ni valoran, y si no se hace es porque no interesa hacerlo, y ello vale para una tienda de ultramarinos o para una librería. Pero en el caso de la librería, un cierre puede aludir también a la nula estima política a la cultura, la ausencia de interés, de proyectos, de planificación. El problema suele ser común en todos los lugares, pero yo hablo del que conozco, e invito a que los demás hablen de lo que ellos ven. Málaga se ha llenado de museos franquicia llenos de cruceristas; obviamente eso lo aprovechamos los que vivimos en la provincia, pero el hecho bruto es aquel. O el Ayuntamiento oculta una operación especulativa creando un seudo barrio cultural alternativo donde se regula lo alternativo hasta el punto absurdo que comentaba Antonio Javier López en un magnífico artículo en Sur: sancionar al grafitero que no pinta en el lugar oficial y siguiendo el reglamento y conducto e intermediario . Y ahora la Librería Luces, como antes Libritos, camino al cierre. Veamos qué hacen las instituciones locales por los libros. No hay Instituto Municipal del Libro porque el gasto era superfluo, decía Ciudadanos, pero no veo yo dónde ha ido ese dinero del ahorro. Pero lo que más me ha llamado la atención pensando en esto ha sido darme cuenta de que yo jamás he visto a un concejal en una librería, nunca que recuerde a un político de cualquier administración o signo. Desde que en 1982 me compré mi primer libro yo solo en la librería Ibérica, ya cerrada hace años: jamás los he visto. Los he visto en bares en esas horas de la madrugada en las cuales puede pasar cualquier cosa -el último, uno de los responsables del PSOE que más sale en la tele, la noche que presentamos Hombres Felices en Madrid-; los he visto con los pies sobre la mesa, un puro y una copa enorme de gin-tonic -adiviné la combinación porque tenía dentro una ensalada- en las horas de la tarde que siguen a la sobremesa y te llevan hasta las horas esas en que todo puede pasar pero no debe contarse; los he visto en la sala VIP de Barajas, leyendo prensa económica, esa religión; los he visto en palcos de campos de fútbol -pero no en las gradas de preferencia o fondo ni en los partidos de juveniles-; los he visto recién planchados en las calles semanasanteadas de Málaga; los he visto en las inauguraciones de las exposiciones -pero nunca dentro de ellas o nunca un martes por la mañana cuando apenas hay nadie, disfrutando en silencio-; los he visto haciéndose fotos con Antonio Banderas, y tómese Antonio Banderas como símil o paradigma -quiero decir, también los he visto con las Campos-; los he visto con cualquiera que salga en una pantalla por algo que no sea escribir o investigar o entrenar -pero sí cuando premian a esos que investigan o escriben o entrenan-; los he visto en muchos sitios -pero no el mercadona, no en el mercado o la plaza o la tienda de la esquina o la panadería-. Pero nunca, nunca desde 1982, y yo he ido a cualquier hora y cualquier día a las librerías de cualquier ciudad en la que esté, he visto a un político en una librería. He visto al alcalde De la Torre en la Fiesta de los Verdiales, pero no en Rayuela; he visto a la alcaldesa Villalobos en una fiesta de la COPE, pero no en Proteo; he visto al Presidente de la Diputación con el puro y el gin-tonic en un bar, pero nunca en Luces; es más, he visto en “actos” a todos los rectores de la Universidad de Málaga, pero nunca en Áncora o QProquo o Agapea, ni siquiera en las librerías de los museos franquicia.

¿Los políticos no compran libros? ¿Existe una política editorial de regalo de novedades que desconozco y que es anterior a internet y por eso desde aquella tarde remota en que mi padre me llevó a la Ibérica y me dio el dinero para que yo cogiese y pagase mi libro yo jamás he visto a un político local comprando un libro? ¿Es sólo la mala suerte el origen de estas preguntas? ¿Les cierran a los políticos las librerías para que compren tranquilos del mismo modo que dicen que hacen con las tiendas en Marbella para las mujeres múltiples de los ignominiosos príncipes del petróleo? Si no compran, ¿leen? ¿Si no leen, en manos de qué peligrosos idiotas estamos -sí, esta pregunta es absurda y capciosa-?

A mí me encanta El Planeta de los Simios. Pues bien, ahora mismo me siento como Charlton Heston hundiendo las manos en la arena – más bien en los montones de libros que me he traído de Luces, los penúltimos anteayer, los últimos hace de un rato- y maldiciendo a los que nos llevan hacia todo esto. A poco que se tire de memoria y reflexión -por favor, leed los programas políticos de todos en sus referencias a la cultura, ahora que dicen que tenéis de nuevo que votar- la verdad es que lo único no penado por el Código Penal que se le ocurre a uno es maldecir.

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Imre Kertész

Ha muerto Imre Kertész. Hace unos días me entusiasmé por la próxima aparición del último volumen de sus diarios, que ahora ya serán de veras los últimos. Yo regresé a Kertész hace como un año, a quien leí con el estómago en la boca en su día -supongo que ese dolor me hizo apartarlo un tanto-, a sugerencia de mi maestro y amigo José Calvo, para afrontar un proyecto sobre Kaddish por el hijo no nacido, y eso me permitió atravesar la parte de diarios y ensayos que aún no había leído, así como los cuentos de La bandera inglesa. Toda la obra de Kertész es un movimiento ético hacia el intento frustrado de la comprensión y de la transmisión de esa comprensión. Como él mismo decía en lo que hace unos días se anticipó de esos diarios, “Yo escribo sobre Auschwitz, y a mí no me llevaron a Auschwitz para que me dieran el premio Nobel, sino para matarme; todo cuanto me ha ocurrido más allá de eso es mera anécdota.” Esa experiencia intransmisible ordena -en el sentido de vertebrar y de impulsar sin remedio- su escritura y su existencia, porque a Auschwitz le sigue una vida mecánica bajo el horror comunista. Del horror, cuando uno no estuvo allí, sólo quedan los relatos, sólo su aproximación mediante el relato. Cuando alguien que sí estuvo asume la tarea de contar y lo convierte en obligación, en necesidad de la que no es posible zafarse, genera una deuda moral en la sociedad en la que ese relato se genera y se da a conocer. Y si la sociedad no paga esa deuda, no reconoce al relator y debate y aprende, empeora sin remedio. Sucede, sucedió, con Camus y sucede, está sucediendo, con Kertész, y asociarlos no es gratuito, porque ambos se construyen en mitad de presiones que convergen en agredir a quien se mantiene independiente en su razonamiento y convicción y que lo expresa cuando la necesidad de expresión ya no puede aplazarse más.

A un lado están los hechos y a otro lo que se añade a los hechos, dice Kertész. Como él, yo no creo en la escritura autobiográfica. A un lado los hechos, los datos con los que conformar los hechos, y a otro lado el relato. Construirnos como ficciones, porque no tenemos más que eso para defendernos de la presión que no cesa. La sociedad que no reconoce al relator y que lo agrede, y que lo agrede personalmente más allá del eventual cuestionamiento de su relato, es una sociedad arruinada, enferma, moribunda. Un moribundo, bien es cierto, puede aguantar mucho tiempo así. Esa sociedad es Occidente. No es la peor, pero corre hacia la miseria moral como quien espera batir un récord. Kertész es judío y es obligado a ser judío, es un extranjero de sí mismo y un extranjero para los otros, hacia los que sale y de los que recibe un golpe con ambas manos en mitad del pecho abierto. El judaísmo se asimila a la enfermedad, y eso no ha cesado. Kafka lo sabía, y si no hubiese muerto antes de tuberculosis habría muerto quizás en los campos, en los mismos donde murieron sus hermanas y donde estuvo también Kertész, y tampoco asociar a Kafka y Kertész es casual. Uno podría imaginar a un maduro Kafka frente a un aniñado Kertész contemplados por un joven y vigoroso Camus: el horror de la historia, que es el horror de los hombres, separa a esos hombres, rompe en mil pedazos esa escena, pero también une a esos tres hombres para siempre.

Sé que hoy morirá mucha gente. Puede que incluso muera alguien a quien yo conozca, que me sea cercano. Pero hoy ha muerto Imre Kertész, y no todos los dolores son iguales aunque el mecanismo de cese de la vida y de activación del dolor sea el mismo. Porque quien nos cuenta nos salva, y estamos huérfanos de personas que nos recuerden nuestras obligaciones morales, tanto privadas como públicas. A esas figuras, cuando son de verdad, se les llama intelectuales. Si uno contempla un pez vivo, es su espinazo lo que le permite maravillarnos ante su ejemplo de vida frente al empuje de la corriente. Si uno contempla un pez muerto, es su espinazo lo que lo mantiene erguido, con apariencia, con ficción, de la vida que fue. Si el pez muerto se corrompe y su carne se afloja y despega y cae, es el espinazo lo que sobrevive. El espinazo, su permanencia, es lo que permite arrancar un nuevo relato. Eso es Kertész, eso era Kertész. En mitad de una Hungría que repetía escenas de parias, de apartados, de perseguidos, arracimados frente a los trenes y las porras de los vigilantes, y que así se convertía en una metáfora y metonimia de Europa, eso era Kertész, el espinazo de un pez en descomposición. Hoy morirá mucha gente, va a morir mucha gente, y también mañana. Pero yo hoy voy a llorar por Kertész, lo estoy haciendo ya, y voy a llorar por mí.

Kertesz

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Sobre la honestidad de ir andando a Sol

(Esta entrada fue redactada el 24 de marzo, que fue chestertonianamente Jueves Santo)

Me he levantado sin ganas de salir a correr pero al final sí me he ido, y ha pasado lo que presumía, que ha sido una mierda, que me he parado un par de veces, que me dolía donde siempre y donde no antes. Yo sabía antes de irme que iría así porque no llevaba la cabeza en su sitio, porque las rodillas están aliadas contra mí desde hace unos meses, y porque ayer comí muy mal todo el día, y de hecho ni con un plátano y un gel y un tableta he conseguido esta mañana tirar en condiciones y no sentir vacías las piernas. Esto es, después de varios días en que sí había vuelto a disfrutar lo de hoy ha sido menor, triste. ¿Qué hace uno cuando sale un día así? Pues nada, se fastidia y ya está. Piensa que tal vez mañana irá mejor -más bien pasado- y en mi caso no lo considero ni entrenamiento.

Cuento esto a cuenta de la entrevista que antes de salir, cuando ni el sol se había decidido por sus planes del jueves, le he leído a Alberto Olmos en El Cultural. Antes de escribir esta frase había escrito otra sobre mi consideración previa sobre Alberto Olmos y sus personajes, sus al menos dos personajes, pero la he borrado. Intentaré ceñirme a los datos puros. Alberto Olmos ha escrito siete novelas, las últimas dos publicadas en Random House. Se inventó un día un personaje, Juan Mal-Herido, con el que mantiene un blog cuyo razón de ser principal es una crítica en general bastante destructiva con la excusa de un humor cuestionable por su grosería gratuita -obviamente los adjetivos son míos y no son datos puros-. Cobra por acceder a ese blog y de ahí ha salido un libro recopilatorio. Y también más cosas, entre ellas, dos libros más de narrativa internetera. Quiero decir, Alberto Olmos es escritor y presumiblemente vive de su escritura porque está situado en grupos editoriales de los que se presume que suelen pagar y realiza actividades de pago relacionadas con la escritura, como sus blogs, asesoría literaria, escritura de prensa, etc.

Alberto Olmos a través de sus personajes, en los que le incluyo a él pues uno es sus máscaras, ha hablado antes y en diversas ocasiones del cuento como género menor y en un tono, en mi opinión, despreciativo y falto de conocimiento. Ahora acaba de publicar un libro de cuentos, Guardar las formas, también en Random House. Ese libro da para que le hagan una entrevista en El Cultural, cosa que no hacen con todos los escritores que publican un libro de cuentos, y ello supongo que tiene que ver con su condición de “escritor” conocido. El titular es visible, “Es muy fácil escribir tres cuentos e ir por ahí diciendo que eres escritor” y no resulta a secas objetable. Es muy fácil hacer tres caños a tus colegas en el partidillo de los jueves e ir por ahí diciendo que eres futbolista. Es muy fácil correr un par de maratones y varias decenas de medias e ir por ahí diciendo que eres atleta. Como decía, poco objetable.

Pero voy a la entrevista, que ha hecho que me pusiese de mala uva, con citas literales, que entrecomillo. “Alberto Olmos (Segovia, 1975) escribió su novela más ambiciosa, Alabanza, y después se bloqueó. Me di cuenta de que lo siguiente que escribiría sería menor, y eso me parecía triste, dice. Un día se topó en internet con la convocatoria del Premio Ribera de Duero de narrativa breve, que organiza Páginas de Espuma; quedaban seis meses para el fallo. Se propuso escribir un cuento cada dos semanas, y presentarse. Además, añade Olmos, le daba “morbo” ensayar un género del que ha despotricado en varios artículos (tiene un post entero explicando por qué le parece menor). A mí esto me estimula; al haber hablado mal de algo, siento la obligación de escribir algo genial. Guardar las formas quedó finalista -con otro título- del premio Ribera del Duero que ganó Samanta Schweblin. Ahora, tras un proceso de revisión, llega a las librerías editado por Literatura Random House.”

Bueno, primeras dudas que me asaltan y primeras preguntas que me hago -anticipo que es un recurso retórico, me sé la mayoría de las respuestas-. Parece que es al saber que lo siguiente que escribiría sería algo menor cuando Olmos se decide por los cuentos, un género menor. Pero dice después que ante eso se siente en la obligación de escribir algo genial. Luego es finalista del Ribera -esto es, el libro de Samanta debía ser más genial que el suyo-. Después lo revisa, y ahora lo publica. ¿Su libro es genial, o es menor, o es triste? ¿Es meramente alimenticio? Según dice la nota final está escrito entre junio de 2014 y agosto de 2015, y se ha publicado en febrero de 2016. ¿Random House publica libros menores y tristes a sabiendas, o sólo los geniales que le llegan? ¿Cuando le llega un libro de cuentos a Random, sea menor, genial o triste, sea de quiene sea, lo publican siempre, y sólo tardan en publicarlo seis meses?

Sigo con la entrevista. “Pregunta.-Entonces… ¿el relato es un género menor?
Respuesta.-Como género quizá no, pero sí es una práctica menor. Hay libros fantásticos de cuentos, como los de Eloy Tizón. Pero en la mayoría de los casos el cuento es una cosa mediocre; es muy fácil escribir tres cuentos e ir por ahí diciendo que eres escritor. Con esto no quiero decir que escribir, no sé, La calle de los mendigos, de Mario Levrero, que es un cuento genial, sea fácil. Pero en general lo es. Una novela de doscientas páginas es un filtro impresionante que deja atrás a muchos escritores malos. Porque a la novela hay que llegar. Es tan evidente que el cuento es más fácil que cuesta explicarlo en este mundo tan intelectualizado en el que vivimos. Escribir un cuento es más sencillo simplemente porque es más corto. Es más fácil ir andando a Sol que ir andando a Barcelona, ¿no? Aunque haya gente que andando de aquí a Sol tenga mucho arte. La confirmación es que hay muchos más cuentistas, y muchos más poetas -sobre todo poetas- que no son más que vendedores de humo, gente que hace pasar por escritura seria lo que se escribe en una tarde.”

Regreso a mis preguntas. ¿Quizás no es género menor el relato, pero sí lo es su práctica? ¿Es menor entonces o no es menor? ¿Es menor según el autor, es decir, igual que las novelas o los poemas o el teatro o los ensayos literarios o la crítica? En esto, ¿no se parece por ejemplo a la escritura de novelas de doscientas páginas cuando es resultado de la práctica sesuda de un escritor menor? La verdad es que me da pereza citar a Borges como autor de cuentos sin novela -es muy fácil escribir tres cuentos como Borges e ir diciendo por ahí que eres Borges-. Llego ahora a la parte de “pasar por escritura seria lo que se escribe en una tarde”, que es lo que rechaza Olmos. Regreso para ello a la cita literal, lo que dicen que ha hecho para escribir su libro: “Se propuso escribir un cuento cada dos semanas, y presentarse”. ¿Escribir un cuento cada dos semanas es hacerlo en ese día que se cumplen las dos semanas, o le lleva dos semanas iniciar y acabar, y vuelta a empezar? ¿Si se hace dos semanas ya es escritura seria pero si sólo es una tarde no? Bueno, pues dejemos lo de las horas de trabajo. Ahora vamos a cómo escribió esos cuentos: ahí van un par clases magistrales sobre técnica narrativa:

“Quería que los cuentos fueran muy experimentales. Al principio pensé en cosas radicalísimas, como un cuento hecho solo con fotos. Creo que esto en el cuento se puede hacer: no es una gran pérdida ni para el escritor ni para el editor ni para el lector si un cuento de cinco o seis páginas no es legible. Pero esa radicalidad la perdí a medida que me fui dando cuenta de que funcionaban los relatos un poquito más humanos. Estoy contento porque todos los relatos son distintos.”

Bien, un cuento hecho sólo con fotos no es radicalísimo, porque se llama fotonovela o algo así, porque ya Cortázar -la cita no es gratuita- lo hizo más o menos. Y efectivamente un cuento ilegible no es una gran pérdida ni para editor ni para lector ni para escritor. Pero hombre, no lo es tampoco una novela ilegible, más allá de tiempo de unos y dineros de otro. Una gran pérdida es otra cosa, claro, no esto. Y los cuentos radicalísimos son una pretensión casi que ya clásica, casi que decimonónica.

Bueno, segunda clase de escritura de cuento: “P.- ¿Evitó conscientemente cualquier acercamiento a las consabidas tradiciones del cuento, la realista, la fantástica..?
R.-Creo que mis cuentos no se parecen ni a los de Cortázar ni a los de Carver, si es a lo que se refiere. La mayoría de mis cuentos han seguido una técnica muy simple. Parto siempre de una idea sencilla que me estimula: un hombre quema todas sus cosas antes de morir, por ejemplo, o un hombre se queda encerrado en una casa. Después me imagino el personaje: un inmigrante, un jubilado, una mujer o un hombre (por cierto, hubo un momento en que pensé que estaba escribiendo una especie de catálogo progre: el emigrante, el enfermo de cáncer… aunque sí que había un esfuerzo consciente por evitar el personaje de escritor segoviano de cuarenta años). Y luego elijo cómo lo cuento, y la voz del narrador.”

Si decidió evitar a Cortazar ya veo porque desechó esa idea genial de los cuentos hechos con fotografías. O quizás no, quizás es que no supo hacerlo, o no supo en una tarde, o en dos semanas, y tuvo que abandonar el empeño. Sobre el resto, para hacer una tesis tampoco es la cosa, no da para taller eso. Porque en general, y usando algo que dice antes, en un ejemplo más de obviedades, ¿no es esa técnica muy simple la que suele usarse al narrar, sea cuento o novela? Olmos dice que elude al escritor segoviano de 40 años como personaje, pero leyendo solapas y recordando algunas entrevistas yo diría que no conjuró ese riesgo en su novela anterior, Alabanza: un escritor en crisis va a su pueblo, se encuentra con una tía, se ponen a charlar, y además hay que resolver un misterio que pasaba por ahí. Si lo cuento así suena a chufla -suena un tanto a Olmos cuando es Mal-herido- pero, ¿acaso la literatura no son ideas reconocibles, simples, narradas de un modo determinado que es el que nos atrae, no es eso Cervantes, no lo es Kafka? Pues puede que sí, porque dice Olmos: “Así que lo de la técnica no sé si es importante. Es importante la forma. La gente cree que Cervantes o Kafka son geniales porque uno se inventó a un personaje que enloqueció por leer libros de caballería y el otro a uno que se despertaba convertido en una cucaracha. Y son dos estupideces que se podría inventar un niño de cinco años. No. Las obras de Cervantes y de Kafka son geniales por cómo están escritas.”

Después Olmos habla de su faceta de crítico, esa que asume en un ochenta por ciento Mal-Herido.
“P.-¿Cree que ha perjudicado su imagen en Internet -su labor de crítico en Malherido- a la recepción de sus libros?
R.-Sí, claro. Yo soy de los pocos críticos honrados que hay en España. Todo el mundo sabe que estoy loco, que me meto con Muñoz Molina y con gente así. A la gente le parece una locura porque todo el mundo está haciendo la pelota a todo el mundo todo el tiempo. Nadie se mete nunca con Muñoz Molina, ni con Vila-Matas, ni con ningún periodista cultural con poder, ni con ningún crítico. Y luego, eso sí, son todos de izquierda radical y dicen que hay que oponerse al poder. Pero oponerse al poder, amigos míos, no es meterse con Rajoy, eso es facilísimo. Es meterse con gente que tiene poder en tu mundo. Hay una hipocresía tremenda en el mundo editorial. Uno presenta un libro, después lo reseña y lo pone por las nubes y mientras tanto, en privado, dice que es malísimo. Es delirante que la gente se ponga pensar de qué libros conviene hablar bien o mal en función del sello, o del poder que pueda tener el autor. Volviendo a su pregunta, lo que me pone histérico es que digan que yo esto, lo del blog y demás, lo he hecho por promocionarme. Que no vean que detrás de Malherido lo que hay es pasión por leer y por escribir reseñas.”

Personalmente que uno se autocalifique de honrado ya suele parecerme signo sospechoso. Decir de uno que es uno de los pocos honrados tras decir que sabía que lo siguiente que escribiría sería menor y triste y por eso escribe un libro menor y triste -estoy siguiendo su razonamiento paso a paso- que publica entiendo que pese a saberlo y lo hace en tiempo récord en la editorial en que suele aparecer, ¿todo eso es evidencia de honradez? ¿Lo honrado no sería dejar en el cajón lo que sabemos que es menor y falto de calidad y más si lo hacemos en un género que despreciamos? ¿Es honrado ir contra el poder de las editoriales publicando en Random por tercera vez? ¿Si uno crea un personaje con el que agrede a otros y sólo revela su identidad una vez alcanzada cierta popularidad y construido el contexto para que sea contemplado como divertimento grueso -algo así como Oye, no te enfades, que soy yo, que era broma lo de la guantá, que soy buen chaval-, eso es honrado? ¿No es pura promoción? Insisto en la primera idea, que parte de un lugar al que ignoro cómo ha llegado Olmos, esa convicción suya de que lo que haga a continuación será mediocre: ¿si lo es, por qué lo publica? Claro, puede que yo interprete erróneamente todo esto, que su libro de cuentos sea genial, que partiendo de aquella idea la práctica del cuento alejada de las escuelas predominantes le haya llevado a la fundación digamos de la iglesia olmosiana del cuento. Y cabe hasta otra posibilidad, claro: que Olmos sea un crítico honrado, uno de los pocos, porque se mete con los poderosos -pero cuando ya tiene las habichuelas aseguradas, por cierto, y como si eso no fuese casi un lugar común del sistema que critica, el tipo que hace el papel de bufón o mosca cojonera-, pero que sin embargo sea un escritor poco honrado, y por eso publica un libro de cuentos que desprecia, género y libro, y que le cuela a su editorial, digamos, y que le cuela a los lectores. ¿Uno puede ser crítico honrado y escritor sinvergüenza?

Dejemos claro que yo no he leído ninguna de las novelas de Olmos porque se me caían de las manos en la librería, que he leído su Mal-Herido a ratos, cuando era gratis, y las más de las veces me parecía un ejercicio rechazable, y que sí he comprado su libro de cuentos sin siquiera mirarlo en la mesa de novedades, fiado en que había sido finalista del Ribera. Dejemos claro que no lo he leído completo, y que lo que ya he leído no me ha producido ninguna iluminación, pero no es el momento de desmontarlo completo ahora, porque ahora toca otra cosa Cuando he leído la entrevista me ha parecido un ejercicio deshonesto, que puedo entender ya que el hombre está defendiendo su pan, supongo que su contrato editorial, y protegiéndose de las críticas anticipándose a ellas: si dicen que es genial me dan la razón, si dicen que es malo no me afecta porque ya dije que iba a hacer algo menor en un género menor o en una práctica menor, total, no he dedicado más de dos semanas a cada texto. Es él el que habla de honradez, que me parece una cualidad necesaria y exigible en la polis a todos los que la habitan, pero creo que con lo que dice y parece haber hecho no está desde luego a la altura del concepto. Y eso ha sido eso lo que me ha puesto de mala leche y ha hecho que me fuese a correr, intentando no escribir esto -que sabía que acabaría escribiendo, como se me meta algo en la cabeza…-, porque uno no tiene necesidad de perder el tiempo así, con la de cosas por hacer que tengo. Y porque además puede leerse como el enfado de la mosca con el elefante, como un relato de impotencia con elipsis. En ese sentido quiero dejar claro que yo también creo que lo siguiente que yo haga será más mediocre -ya presumo que es mediocre lo que hago, que siempre es muy mejorable-, y que por eso quizás no lo haga: por honradez intelectual. Y si lo hiciese, si escribiese algo y estuviese convencido de que es menor y triste, aún menos haría por colarlo por pasta, porque me gano la vida con otras cosas. Pero veo que un tipo desprecia el trabajo honesto de mucha gente que mataría no sólo porque su libro saliese en Random sino quizás sólo por una respuesta de rechazo en menos de seis meses, y me pongo de mala leche, y me pongo las zapatillas mixtas, y salgo a reventar. Voy y salgo y digo que soy un sinvergüenza y me quedo tan pancho porque me lo llevo calentito: a eso me ha sonado la entrevista en El Cultural con Olmos. Y estoy seguro, no lo conozco, que Alberto Olmos es un tipo estupendo con un personaje o varios muy sólidos y rentables, y que uno se gane bien la vida no es criticable, pero sí me parece criticable que restriegue el filete por la cara de los hambrientos, porque eso no es honrado ni es estético y por tanto revela una ideología rechazable.

En alguna entrevista anterior he leído a Olmos criticar el arte moderno por estafa -como veis, vuelvo a gobernarme a lo sofía mazagatos: no había leído a Olmos pero le sigo mucho-, y por eso he contado al principio de este largo y prescindible texto, menor, triste, lo de que había salido a correr y que la cosa había ido mal. A eso de los 45 minutos he parado y he vomitado, iba por un arcén y me he agarrado al quitamiedos y he vomitado. Luego me he repuesto y he seguido corriendo. Volvía corriendo con las piernas vacías y me he acordado de esa gente que envasa su mierda y la expone en la Tate y le saca un dinero fresco al asunto, pero saben eso, que es mierda en lata, y he pensado en la entrevista de Olmos, en lo de la honradez y el género menor y la convicción de estar haciendo algo menor y en su flamante libro de cuentos publicado en uno de los mayores grupos editoriales del mundo, y he pensado en la idea de envasar vómito y colocarlo en la Tate, y me ha parecido estar pensando exactamente en lo mismo.

El enlace a la entrevista a Alberto Olmos:

http://www.elcultural.com/noticias/letras/Alberto-Olmos-Es-muy-facil-escribir-tres-cuentos-e-ir-por-ahi-diciendo-que-eres-escritor/9075

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Vantablack

Un hombre apoya la frente en el cristal del ventanal. Intenta cerrar los ojos pero el cabeceo del vehículo le obliga a abrirlos, y cuando lo hace se encuentra con su reflejo azulado y algo difuso colgando fuera del autobús de línea. El hombre regresa en la noche dominical de ver a sus hijos que desde que se separó viven en una ciudad suficientemente lejana como para que las horas cambien un par de veces el modo de saludarse. Cuando se encuentra a sí mismo se huye y lanza la mirada más allá, y allí están la noche y el asfalto, y lo único que hace pensar en que sean cosas distintas es una oscilante línea blanca. Y entonces intenta cerrar de nuevo los ojos, y también lo hace el reflejo que lo acompaña fuera. Sabe que hasta quizás pasado un mes no volverá a verlos, no viajará de nuevo a través del día, la tarde y la noche. No es que no quiera hacerlo, ni incluso -aunque sí parcialmente- que no le dejen hacerlo, sino que no puede hacerlo; sus horas de padre tienen un precio que a duras penas puede pagar. Uno es más padre, a veces -contemplado ese hombre desde desde arriba o desde un costado, desde el otro lado del cristal, como una hormiga que habite un terrario donde la verticalidad del mundo aparece seccionada y expuesta-, según el modo en que cambian los números de su cuenta bancaria.

Yo no sé si ese hombre que viaja y no sé a qué regresa sabe quién es Anish Kapoor, si ha visto alguna vez alguna obra de Anish Kapoor. Yo vi en 2006 la instalación My red homeland, de Anish Kapoor. Un brazo barría pesadamente y sin cesar toneladas de barro rojo, y a cada barrido el paisaje cambiaba. Lo que estuvo no volvía a estar. Lo que pudiera ser quizás no lo fue nunca o no se recordó porque no alcanzó a verse. Era violento y plácido a la vez, tenía una lentitud lisérgica aquel ejercicio casi perpetuo de construcción y olvido. Y ya está, ya está, no he vuelto a pensar en Anish Kapoor desde entonces y tanto tiempo hasta que Anish Kapoor -a veces un artista imagina una obra cuyo precio constructivo no puede pagar, no es que no le dejen, no es que no quiera- ha comprado hace unos días un color. Ha comprado el color negro. Un matiz del negro. Un matiz llamado Vantablack.

El negro más impenetrable, dicen, es el Vantablack. Uno mira el Vantablack y ve un agujero, un hueco profundo donde no sean posibles ni la contemplación ni el sonido. El Vantablack, dicen las crónicas, está compuesto de un bosque de tubos de carbono: la luz entra en el bosque y se pierde y no regresa, no sale nunca de allí, de esa oquedad, de esa espesura prácticamente impenetrable. Si uno alguna vez se ha perdido, si ha estado perdido, bien puede saber qué es el Vantablack. Una empresa puede fabricar la negrura más espesa, y Anish Kapoor ha comprado esa negrura. Anish Kapoor ha comprado el derecho a usar artísticamente el Vantablack.

Vantablack_01

Cuando leí la noticia de esa compra me acordé de My red homeland, y pensé en esa misma instalación pero usando Vantablack. Pensé en el brazo mecánico que lentamente fuese barriendo, apartando y amontonando barro de un negro tan impenetrable que cuando uno estuviese delante de la instalación, aquella descomunal masa de materia oscura situada por ejemplo en mitad de una amplia sala sobre la que cayese en ese momento la luz solar, tuviese la sensación de estar al borde del punto por el cual el mundo que conoce desaparece y no vuelve a ser. Esa sensación de vértigo y presión en las sienes y pesadez muscular y profundo e irremediable malestar físico de un hombre detenido ante el hueco más profundo del universo que conoce, con los pies ante una sima sin final posible.

Luego, pero, pensé también en Anish Kapoor como un hombre moderadamente despreciable. Pensé en los abogados y los agentes de Anish Kapoor firmando papeles y luego haciendo una llamada. Pensé en la sonrisa de Anish Kapoor tras esa llamada como en la del niño que lo tiene todo porque lo pide todo pero que en realidad no tiene nada porque carece del relato que da sentido a la posesión, y carece del sentido de ese relato. Un hombre ordena comprar el color negro, y en otro lugar otro hombre negro contempla un gigantesco cartel que donde puede leer Refugees wellcome mientras intenta no perder de vista el fondo de la calle y sujeta las cuerdas que, de aparecer la Policía que gobiernan los mismos que han colgado el gran cartel que flota ante una fachada color crema, convertirían en bolsa desmadejada y llena de esquinas la sábana que frente a él exhibe un montón de bolsos de imitación y le permitirían huir con ella. En otro lugar un hombre mira sin ver el barro en el suelo frente a él, en él, y contempla las vallas metálicas que lo separan de otro relato del mundo y que a los que estamos a este lado de ellas nos impiden huir de la vergüenza. En otro lugar una mujer, tras haber decidido atravesar una espesa barrera de miedo y dolor oye cómo, tras haber sido forzada o insultada una vez más o simplemente otra vez mirada con esa mirada que equivale a un golpe, una cuchillada, un tiro, un policía le pregunta si está segura de lo que está contando y si no habrá confundido todo con una simple y banal discusión conyugal. Los sofás en los que amanece por vez primera a las cuatro de la madrugada mientras alguien durante un par de horas llora sin consuelo ni exhibición y luego regresa a la cama para que el cuerpo que sigue en ella no advierta esa ausencia. Las mañanas sin final ni plano recorridas por hombres y mujeres que regresan otro día más a casa sin dinero ni ocupación ni comida ni esperanza. El último vistazo a una casa que se deja ante los ojos hambrientos de la comisión judicial. Ese hombre, el hombre que vuelve pero no regresa del dolor de ser padre a turno y crédito, y se contempla azulado flotando en la noche exterior que corre junto a él. El dolor de las escaleras de incendio de los hospitales donde el dolor se hace humo de cigarrillo y los que se duelen querrían ser fumadores compulsivos para seguir allí eternamente aislados, mientras la brasa viva, de un destino al que le importa una mierda el rechazo y que se impone cerrando el puño sobre el bíceps hasta tocar el hueso. Cada una de esas personas, en un momento que nadie contempla, que es casi inconsciente, que no deja marcas ni memorias, adelanta un brazo frente a la cara, convierte la mano en una suerte de flecha o cuchilla, e intenta hacerla pasar al otro lado de ese negro impenetrable en el que viven cuando son conscientes de que están por desgracia tan vivos como desamparados, y entonces la yema del dedo corazón se hunde hasta que el borde de la uña topa con algo tan duro que no puede atravesarse, algo con el tacto del cristal, con la dureza y frialdad implacables del cristal, y ya no avanza más ni hay esperanza que cobije la posibilidad de más avance, porque el cristal no se atraviesa, o se rompe o te detiene, y hay cristales tan gruesos y tan duros que aparentan ser irrompibles y generan la ilusión de estar dentro de la vida y no excluidos de sus ritmos, bailes y fiestas. Anish Kapoor se ha gastado el dinero que se gastan los que nada tienen pero les sobra todo en comprar un color, pero ese hombre, que viene de familia judía y de familia hindú, esto es, de gentes que saben que hay noches que quizás no acaben nunca y que en ellas rezan por si llegando su final que ese final les arrastre al suyo propio, quizás no entiende ya que aunque uno compre un color no puede comprar su relato, porque un color es su relato. Ese negro visible en mitad del mediodía más deslumbrante sí es un bosque en el que la luz que entra no encuentra jamás el camino de vuelta ni acaso el de ida, que no regresa, que se deja morir en un claro, en mitad de nada, esperando nada: cualquiera de esos hombres lo sabe para su desgracia mejor que él. Un día Anish Kapoor hará algo con varias toneladas de pigmento Vantablack y lo expondrá en algún lugar de Europa y dará igual y yo no iré a verlo porque no me contará nada que no sepa ni haya habitado, y porque además la noche se ha hecho sobre Europa, se lleva haciendo sobre Europa desde más o menos 1945, cuando el mercado comenzó a disfrazarse de libertad, y no es esta una noche tintada de Vantablack, porque el Vantablack impide que la atraviese el 99, 965 % de la radiación de luz visible, pero esta negrura de la vergüenza y de la ausencia de esperanza es cien por cien impenetrable. Y entonces siento pena por Anish Kapoor y siento pena por los mercaderes y sobre todo siento pena y asco por mí mismo, porque un autobús atraviesa la noche sin que se distingan cielo de asfalto salvo por una cinta blanca que por mucho que nos alejemos nos rodea el cuello y tira de nosotros si pretendiendo huir nos apartamos demasiado de los amos y nos asfixia, y el hombre tras ver que su mano rígida no lo atraviesa querría golpear el cristal del ventanal hasta que saltasen astillas rojas de sus nudillos, pero el cansancio es siempre tanto que le puede, al final siempre puede, y acaba por quedarse leve y dominicalmente adormilado.

 

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Las cosas que pasan

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Navarro y yo

Para Jose Ayala

Hace unos días me acordé de Borges. No como si lo hubiese olvidado, porque a poco que uno se desplace entre ciertos planos de actividad Borges es como la arena de la playa, si has ido unos días es raro que no aparezca por todas las esquinas de la casa. Es que me acordé de Borges para volver a tomar a Borges-primero escribí coger pero luego lo borré para evitar la posible risa de Borges-, sacarlo de los estantes y abrigarme entre sus páginas, porque afuera de pronto comenzó a a hacer frío. No sé ahora por qué me acordé de Borges hace unos días, porque el tiempo fatiga cualquier recuerdo y lo aventa y lo dispersa por toda la casa, y es como arena de la playa tras el final del verano, pasan los meses y sigue saliendo de los rincones, de debajo de un mueble, y ya no tienes presente el color del agua o el olor del salitre y allí, siguen, sin embargo, los restos de arena, los restos de Borges.

He escrito el párrafo y me doy cuenta de que he hablado de Borges y de libros y de arena, y ese es el principal riesgo de leer a Borges: lo borgeano. Por eso yo en cierto instante, después de haberlo recorrido mucho y con pasión, cerré sus libros y los dejé, cerca pero aislados de mis manos. Un escritor crea a sus precursores -como escribe Borges en Kafka y sus precursores– , pero también asume el riesgo de ser borrado por ellos, esto es, de desaparecer en lo epigonal, y entonces quise alejarme del peligro tanto como pude. Supongo que para caer en otro o en otros sucesivos, claro. Nuestras lecturas nos cercan; nos protegen pero nos cercan, nos aíslan del frío pero también de la necesidad de cierto calor. Y bueno, uno aprende imitando, como un simio diligente y disconforme. Cree estar buscando una voz y cuando la oye a veces lo que está oyendo, sin saberlo, es la imitación grabada de la voz de otros. A veces también la voz suena como la de un desconocido. La voz de otro.

Haberme acordado de Borges, además de su ahora incierto origen, tiene que ver con el frío y con el concepto del otro. Alguna charla, algún detalle percibido por azar y sin querer, y primero me acordé de un texto, 25 de agosto de 1983, pero renuncié, tras encontrarlo, a leerlo completo tras hallar algunas frases infernales –Nos hemos mentido -me dijo- porque nos sentimos dos y no uno. La verdad es que somos dos y somos uno- y entonces salté a otro, Nostalgia del presenteQué no daría yo por la dicha/ de estar a tu lado en Islandia… En aquel preciso momento/ el hombre estaba junto a ella en Islandia-, y ya entonces me acordé de Borges y yo, y ya me quedé ahí. Borges y yo quizás sea uno de los textos más perfectos que jamás se han escrito.

Para quien no lo recuerde o no lo haya leído, lo copio a riesgo de una demanda de Maria Kodama:

“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pase de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.”

El otro. Nostalgia del presente. Sentirse dos, ser dos, pero ser uno. Yo no sé si uno elige los temas, no lo recuerdo. Pero si hay uno que como un río subterráneo pasa de continuo bajo mis pies, que aflora y me los encharca de vez en cuando, y hay barro y suciedad y un brillo oleoso y metálico en el suelo fangoso bajo el sol, es el otro. Uno vive de modo escindido y ya no recuerda desde cuándo, y qué más da, el problema es que puede que no acabe nunca. Yo intenté hacerlo, acabar con ello, y no pude. Pego la oreja al suelo, me ensucio, y oigo correr el agua, cómo arrastra materiales que se enganchan a veces y forman pequeños diques, oleajes, remolinos, saltos. Pego la oreja y me veo desde fuera haciéndolo y hay un hombre tumbado en el suelo ajeno al hombre que lo mira extrañado del extraño ejercicio. Extraños. Extranjeros. Materiales acarreados hasta encallar en un promontorio de limo y quedar allí, llamar a otros, paisajes que se modifican sin saber o sin querer. Hay un hombre tumbado y hay un hombre en pie y uno quisiera estar en Islandia mientras está en esos momentos en Islandia.; parece haber dos hombres y son uno. Borges y yo. Navarro yo.

El tema del otro recorre la literatura porque es la literatura. Toda poética descansa de algún modo en el otro, aunque sea como una rama arrastrada por la corriente y encajada entre los irregulares bordes de dos cantos y que han sepultado la arena y el fango arrastrados por el agua que no cesa de correr en dirección al mar o a alguno de los sueños o ficciones del mar. Si uno escarba siempre está ese choque debajo, ese conflicto, dejar pasar, permanecer, bajo todo el lodo y raíces y tierra seca acumulada y el musgo que crece como si ya hubiese estado allí siempre: agua, canto, rama. Fatigue uno los caminos en la dirección que sea ahí está el otro. Mirándonos.

A mí me atormenta el otro. No lo hace de modo consciente. Pero a veces se instala frente a mí y se sonríe y no sé si es él o soy yo quién se sonríe ante la película de la incapacidad del otro. El otro llega para narrarnos ajenos y ridículos, esto es, humanos, esto es, como una propuesta de paradigma para otros. Contemplo al otro mientras pienso que me gustaría verlo marchar para siempre de mi lado y mientras pienso que no puedo vivir sin esa escisión porque la narración de cómo se forman las islas me salva de ellas, de serlo siempre, de serlo por entero. Narrar el otro tiende un pontón provisional que nos salva de la crecida, de quedar aislados, islas, ciegos, mudos. No es agradable vivir de ese modo inevitable, viene y me cuenta el otro, sentir de pronto los pies fríos y que chapoteamos dentro de nuestros propios zapatos. El otro camina de modo pesado, esforzándose para no quedar encallado en el barro, y al cabo ya estás en la otra ribera y allí está ya el otro tirado en el suelo, la oreja sobre él, escuchando.

Regreso a Borges, a los precursores. Los que nos leen en el pasado nos cuentan. No podemos decir que no nos hallan advertido del conflicto, de la pérdida inevitable. ¿Por qué me siento tan perdido? Porque estoy perdido, sin duda. Todo es falso (por mí, a través de mí: mi existencia lo falsifica). Es el tema del otro en Imre Kertész, por ejemplo. Contemplarnos es lo que nos permite narrar, nos falsifica y magnifica, pero nos permite narrar: medio salvarnos. Usamos los moldes de otros para narrar. Nos apropiamos del otro para eso, y por eso nos hacemos vivir como personajes. No estoy hablando de la literatura del yo, sino de toda la literatura, creo. Toda ella surgiendo del extrañamiento y la necesidad que el extrañamiento produce, la necesidad explicativa, hasta justificativa a veces. Por eso la que no nace de ese modo no me interesa. Iba a decir no existe, pero ello me obligaría a definir un concepto, y no estamos en temporada. Sólo que no me interesa: por falsa y amoral no me interesa. La gente camina junto a los ríos pero sólo algunos se detienen para algo tan imposible como contemplar pasar el agua; es tan imposible, tanta la posibilidad de fracaso, hace tanto frío a veces allí, la umbría, la humedad, el sol ya escondiéndose, que nos refugiamos en el otro y en otros. Nos apropiamos de ellos, los leemos como precursores aunque como dice Borges, no se parecen entre ellos. Como estamos perdidos y tememos por nosotros nos abrigamos de esa soledad que contemplamos sentada en un banco frente a la noche de Islandia, y eso nos inserta en la tradición. Por eso Borges cita a D´Ors y se apropia de él. El otro es el resonar de un eco que explique qué diablos hace un hombre tumbado en el suelo oyendo pasar el agua que nadie ve. A veces alguien nos cuenta tan bien que la tentación es quedarnos allí para el resto de tardes. Yo distingo imitador de epígono en función de la cobardía al mirar. Uno que renuncia a mirarse como otro sino que se cree Pierre Menard no es Pierre Menard ni es Cervantes, quizás un loco, un tonto. Uno que cree que ese es el único modo de sobrevivir a esa tortura permanente que es vivir mintiéndonos porque nos sentimos dos y somos uno tampoco es Pierre Menard ni es Cervantes; quizás un timorato. Uno que sabe que no lo es pero se disfraza para ocultar que lo que contempla es más ridículo aún de lo que creía que era, que no sabe escarbar en el limo, que le da asco, que le da miedo: un cobarde, un canalla. Yo cerré a Borges para arrojarme a una oscuridad que sabía que a veces Borges iluminaría, Borges y otros, mis precursores, pero sobre la que intuyo que no hay salvación posible.

Apropiarnos del molde de otros para contarnos transforma ese molde, y ya es nuestro. No es el Quijote de Cervantes, sino el de Pierre Menard. Yo no estimo que haya engaño en ello. No voy a quedarme ahí, mucho, de todos modos. Huyo, de hecho. En cuanto percibo un rastro de humanidad en mis gestos como en aquel texto de Rafael Pérez Estrada –Simio disconforme-, yo mismo me doy muerte. Tan sólo me abrigo un poco de la fría sensación térmica que produce una soledad que no cesará nunca, y que es la soledad del otro. Me contemplo y me cuento, me escribo, y eso me permite continuar. Yo fui borgeano e imité a Borges, claro, qué idiota habría sido si no, y de seguro que en algún lado de la casa de mis padres habrá quizás un texto dentro de una carpeta verde en el que un hombre se detiene de pronto de modo fantástico y para siempre en un camino y el clima lo pule y horada, el sol inclemente, el frío que hace estallar el agua filtrada entre sus grietas de hombre petrificado. Uno de mis maestros era profundamente borgeano, y le brillaban los ojos cuando hablaba de Borges y yo entendía que casi sólo hablaba para mí de Borges, mirándome como otro, perdido y sintiéndome perdido en un aula llena de futuros analfabetos millonarios. Luego me fui, ya lo he contado, me fui y lo hice todo lo lejos que pude y luego me detuve y el clima se ensañó conmigo, pero esa es otra historia nada borgeana, y ahora sólo tocaba hablar de Borges, seguir hablando del otro. Me acordé de Borges ya no recuerdo por qué, y me puse a leerlo, atormentado estos días más de la cuenta por el tema del otro, oyendo más violentamente correr el agua, tanto que ni arrojarse al suelo hacía falta, y estaba leyendo Borges y yo, una y otra vez, leyéndolo en voz alta, y de pronto me puse a leerlo así, así, en voz alta, y ese texto es mío ahora:

“Al otro, a Navarro, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Málaga y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar un banco al sol o una barquilla en la que están haciendo espetos; de Navarro tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en una sentencia. Me gustan las zapatillas de correr, los folletos publicitarios, las cámaras fotográficas, las etimologías, el sabor del té y la prosa de Borges; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Navarro pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Navarro, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso teclear sobre un piano. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías de las playas a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Navarro ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

Pero yo sí sé cuál de los dos escribe esta página.”

No es el texto de Borges, ese texto es mío ahora por mucho que pudiese enfadar ese hecho a Maria Kodama, tan falta, me parece, del sentido del humor de Borges. Me narra y explica y justifica; aunque no me salva tampoco me hace contemplarme condenado sin remedio. Me permite continuar en esa fuga, aunque todo sea pérdida y olvido al cabo. Me permite, Navarro y yo, mantenerme en la necesidad, que me aísla de la falsificación. La necesidad distingue también de lo epigonal. Uno se resiste al otro, se enfrenta al otro, y sólo se narra cuando no hay más remedio, cuando la previsión del choque es tan excesivamente violenta que podría matarnos -y quizás lo haga, lo hará al final-. Yo no tenía que haberme acordado de Borges, ni que haber escrito estas líneas, que sí sé bien quien escribe. Todo es falso y ficticio. Pero es peor cuando es innecesario. Entonces se llama oficio y no me interesa. Yo no debía haber estado escribiendo estas líneas, sino corriendo por las calles de Córdoba con mi amigo Jose Ayala. Pero no pude -correr es un ejercicio narrativo sobre el otro también, un contemplarse ajeno en mitad de la legión-: se me impuso la necesidad de contar, de falsificar, de impostar, de perder y olvidar para vivir: se impuso el otro. El que lo echó de menos al escribir estas páginas.

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Trenes

Yo adoro los trenes. Creo que pocas cosas hay más maravillosas que los trenes. Los trenes son en sí mismos una poética. Tanto hay que viaja en los trenes…

Pensaba en los trenes este verano, en haber ido sentado en un duro asiento de escai azul hasta Alicante. En los coches cama donde lo mismo iba Eva Marie Saint que mi abuelo, y mejor con Eva, claro. En haber rerreleído Cien años de soledad en un Talgo, o a Richard Ford en un AVE.

Los trenes atraviesan el mundo por un camino marcado.

Hungría fue uno de los primeros países que promulgó leyes raciales contra los judíos antes de la Segunda Guerra Mundial. Los judíos viajaban en trenes por Alemania, hacia Alemania. Eichmann era como un niño grande obligado a jugar con los trenes por su padre Adolf, algo así dijo en su juicio en Israel. Al personaje de Kertész que quizás es Kertész en Sin destino otros judíos que suben al tren antes de que los bajen los alemanes le instan a que cuando le pregunten la edad diga dieciséis, y eso le salva la vida, le salva de la cámara inmediata. Entre 1944 y 1945 los trenes húngaros viajaban llenos a Alemania, y regresaban como los demás trenes que viajaban por Alemania, hacia Alemania, hacia estaciones con nombres sólo de ida: vacíos. Eichmann apretaba los botones y tiraba de las palancas de la muerte jugando con sus trenes, con su gorra de asesino de mentira, porque creía, dijo, que estaba sólo jugando a los trenes.

Hungría ha levantado una larga y alta valla. La estación de Budapest está llena de sirios que quieren viajar en tren hacia Alemania. Yo no sé cómo vuelven los trenes que ahora viajan hacia Alemania, qué traen de vuelta esos trenes en los vagones. No sé de qué color son sus asientos, ni qué lee en ellos la gente. Sólo sé que nunca voy a encontrarme en un tren con coche cama con Eva Marie Saint, y que los caminos de los trenes que recorren el mundo siguen estando marcados.

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