Carta a Javier Morales sobre sus OCHO CUENTOS Y MEDIO.

Ocho cuentos y medio. Javier Morales. Editorial Baile del Sol. 2014.

Yo no creo, caro Javier, que vaya a completar ningún medio cuento más a cuenta de tus “Ocho cuentos y medio”, como pides en la Nota del Autor al inicio de tu libro; no. Sabes, yo -que soy un hombre pequeño que corre por sensaciones y apenas sabe decir nada inteligente sobre sus lecturas o sus entrenamientos-, no voy a hacerlo, porque nunca lo he hecho. Cuando oigo a esa gente que a veces lee quejarse con cierto gozo de que los personajes y las historias se separen de ellos, la mayor parte de las ocasiones no entiendo de que están hablando; yo no querría todo y a todo y a todos todo el tiempo junto a mí, y nunca me pregunto a dónde van o qué harán las gentes y las historias cuando no estén conmigo, si desaparecen o si aspiran a permanecer en el aire como el salitre y como las piedras en la playa. Lo más que yo hago, Javier, es recoger a veces piedras en la playa; uno de los porqués de esa conducta es una historia que no es de esta carta, pero baste decir que recojo una piedra blanca, lo más pulida y perfecta como piedra que vea, y la guardo, la hago pesar en la mano a veces, la miro algo de lejos, y luego, un día, la tiro, me olvido de ella y la tiro o la tira alguien por mí cansado de verla por ahí, molestando. Por un algún motivo ha sido estar leyéndote y acabar pensando en esas piedras que recojo en la playa a veces. Ocho cuentos y medio, ya lo han dicho otros a los que no soy digno de atar la sandalia, es un libro honesto; iba leyendo y ese era el sustantivo que tenía en la cabeza, honestidad, y quizás por eso me acordé de esas piedras. Me gusta que me coja la historia en medio, y no saber de dónde ni hacia dónde sino sólo eso: creo que eso es un cuento, ese estar en medio de la nada e improvisar la obra, y creo que los cuentos, como la vida, no tienen un final sino que sufren un apagón, y esa oscuridad, incluso esa elipsis, la desnudez, son el cuento y son la vida. Pero como no me importa nada de lo que suceda antes sino sólo ese momento de deslumbramiento, de cierta epifanía de barrio, ni en tus cuentos ni en los de nadie, yo no hago nunca por continuarlos, no quiero saber nada de a dónde van las gentes a los que les han tomado la casa. Por eso, amigo mío,no puedo hacer nada por ese medio cuento: no sé hacerlo, ni quiero hacerlo. Sólo puedo darte las gracias por haber escrito ese libro y haber hecho que lo hiciese pesar en las manos, y pedirte disculpas por si en mi ejemplar tacho lo de “y medio”, y lo dejo en “Ocho cuentos”, nada menos, tan salingeriano pero uno menos en Canarias, y vuelvo a como hago siempre dejar la cosas importantes sin hacer.

Un abrazo grande

Felipe R. Navarro

P.S. ¿Sabes si al corrector de la editorial le quedan muchos más días de vacaciones acumulados?

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El gesto espejo

Desde finales de septiembre de 2011, en que tras una mala media decidí dejar de correr y así estuve unos dos meses, en los que incluso Teresa acababa primero animándome y luego conminándome a salir y yo simplemente me negaba y me daba la vuelta y me marchaba de la conversación, no había estado nunca tanto sin correr como estos últimos 23 días. No desde luego voluntariamente, ni tampoco obligado por una circunstancia adversa. Sí es cierto que bajé el ritmo desde enero de 2014; no he perdido de vista la intensidad, pero salvo algunas excepciones no he corrido con ella: las razones son varias pero el resultado es uno. Esta mañana me he levantado sin prisa, me he vestido sin prisa, he metido las plantillas a las zapatillas nuevas, y ha sido al ponerme el reloj cuando me he dado cuenta de una cierta imposibilidad de que salir esta mañana fuese como otros días; no podía dejarme el reloj sobre la cicatriz fresca de la muñeca, así que me lo he cambiado de mano. Sin apenas fuerza en los dedos pulsaba mal y erradamente los botones, que decían otra cosa en la pantalla que lo que buscaba o no generaban acción alguna. Tampoco podía sujetarme bien la pierna derecha al estirar, y he optado como estos días por hacerlo, también esto, con la izquierda.

La temperatura era buena para un agosto, me encontraba bien. Pensaba que la vibración o los impactos harían eco en la muñeca, pero no. Así he ido avanzando por las avenidas, cómodo en el asfalto y vencida cierta aprensión. No tenía que mirar el reloj porque me conozco demasiado como para no saber cómo iba. Al llegar a un cruce un coche ha aflojado para que yo pasase cómodo, y he alzado la mano del braceo para agradecérselo al conductor, y en ese gesto me he dado cuenta de nuevo que algo me seguía siendo extraño, porque la mano que he levantado abriendo mucho los dedos para darle las gracias era la mano del reloj, la izquierda. La otra, la mano al otro lado, ha fingido que la cosa no iba con ella, entrecerrado el puño, yendo y viniendo y dejando ver en el bamboleo la estela blanca del esparadrapo que me había puesto para que al costurón retorcido y enrojecido no le diese el sol. La mano derecha de un diestro algo torpón ha acabado estos días por aceptar su papel provisional de mano izquierda -sin una clara conciencia de que fuese una situación transitoria, abriendo la puerta a la especulación de nuevos estados inamovibles, claro, cómo no ceder a esa tentación- y se ha empeñado en mostrarlo a las claras, no ayudando con el reloj, no siendo cortés. Sólo acompañando, como nos acompañan los gestos que hacemos frente a los espejos. Fingiendo que son el gesto, en vez de ser tan sólo eso, reflejo, falso gesto al otro lado, gesto sin espesor, gesto espejo.

Tras haber salido el libro mucha gente y de maneras muy distintas me ha preguntado si seguía escribiendo -después de preguntarme antes por qué había antes dejado de escribir y por qué había vuelto a hacerlo-. Por lo general a todo el mundo he dicho lo mismo, No. ahora No. Si alguien ha ahondado siendo alguien a quien estime he ampliado la razón de la negativa. No, no estoy interesado en ello, no he perdido de vista la intensidad, pero salvo excepciones ya no lo hago con ella. He parado, estoy parado. Hoy sentía la necesidad de correr, tenía la necesidad y la ilusión, entendía que hacerlo era ineludible y que podía llevarme a otro lugar por el que me interesase pasar, pero no tengo esa misma sensación frente a la escritura, y yo corro y escribo, lo he dicho también bastante, por sensaciones. Incluso de modo literal a alguna pregunta sobre el interés futuro de mi escritura he contestado que sí tenía ilusión en volver a correr un maratón con la plena conciencia de estar ante un suceso único, ante un gesto necesario, pero que esa misma ilusión no la tenía respecto a mi escritura. No me hace falta mirar el reloj de la escritura para saber cómo voy, o cuando no voy, y ahora sencillamente no voy, como no he ido durante meses al correr. No ha sido correr en ese período un gesto gratuito porque cumplía otra finalidad, pero sí sé que puede serlo la escritura, y desde luego cierto tipo de exposición pública de la parte más elaborada de esa escritura, y ante esa posibilidad hago como cuando Teresa me preguntaba por qué no quería salir a correr. Al contrario que entonces, ahora la carrera no ha sido mala sino que ha salido algo inesperadamente bien, pero mi respuesta es la misma; digo Porque no, y me doy la vuelta dejando la conversación.

Estos días atrás me preguntaba al volver del hospital cómo lo haría para algunas cosas sin contar con la dirección de la mano derecha. De modo cada vez menos torpe he recreado los gestos que antes hacía con la derecha, y ahora casi de modo instintivo ya los hago con la izquierda. El tiempo continúa avanzando y yo me ducho sin problemas con una sola mano o me corto las naranjas para el zumo. La existencia de ciertos órganos duplicados es un signo del extraordinario diseño humano, supongo, en evitación de que determinados gestos devengan de pronto imposibles. Gestos diarios, vitales -de una cierta cualidad de lo vital-, e inapreciables casi si uno no se detiene de modo previo a generar ante ellos un interrogante y a hacer visible después una reflexión; coger un plátano, distribuir el aire, filtrar impurezas, contemplar una avenida vacía, hacerte con el silencio de esa avenida, caminar por ella. Cuando uno no puede hacerlos del modo habitual genera una nueva rutina que integre ese gesto recreado, esto es, vuelto a crear. Pero vuelto a crear ya no es el mismo gesto, no es el espejo del anterior, no es su reflejo, sino otro. Es otro, y el gesto anterior, que ahora ya es otro también, simplemente deja de existir, se transforma en recuerdo. El nuevo gesto se integra en nuestra vida, la coloniza de modo silencioso, se instala en ella sin un mal gesto salvo alguna torpeza inicial, y ya no volvemos a saludar con la derecha, y al cabo tampoco lo echamos de menos aun cuando sea por mera supervivencia de la memoria, que si sólo acumulase nuestro dolor acabaría por hacernos estallar.

Sí es cierto que para algunos gestos no hay remedio cuando dejan de poseer un aparato motor. El corazón se para, y no hay vuelta atrás. O el hígado. O el páncreas. O el cerebro. Si algunas cosas dejan de hacerse la situación se vuelve insalvable, no es sustituible una rutina por otra, pensaba mientra corría. Pero ahora estaba haciendo los gestos de la mano derecha con la otra, y entonces la otra pasa a ser la derecha, y no pasa nada: el fingido orden natural del mundo no se altera, y en unos días pulsaré con naturalidad los botones y la pantalla del gps en carrera me dirá lo que quería saber. La importancia de algunos gestos es impostada, es, claro, una ficción, edificar sobre lecho de arena un significado para un signo sin importancia y destinado al pronto olvido. Pensar que algunos gestos vayan más allá de su dilución sin memoria, sin dejar estela alguna, en la rutina, propia o de otros, posee cierta tensión totalitaria. Nuestros gestos se destinan a la construcción de una suerte de arqueología, y a mí se me hace poco comprensible que ciertos gestos míos innecesarios puedan acabar en un hoyo junto a los de otros, ocupando el espacio de otros sí necesarios e ineludibles, modificando -manchando, arruinando- la imagen que de los otros y de uno mismo esa contemplación de restos produce a través del relato. La escritura tiene para mí ese componente irrenunciable de necesariedad de comprensión, y si no está presente no veo el motivo para repetir un gesto, esto es, para integrarlo en mi rutina. No me poseen ahora de ese modo las historias, no siento ni la pulsión ni el interés. Algunas cosas se repiten y se acumulan, pero la caja tiene aún espacio de sobra, no está colmada ni mucho menos: no necesito ordenarla. No quiero colocarme frente a otros como el mimo que finge ser nosotros y especularmente nos repite para hacer la gracia o molestarnos, porque a mí eso me molesta, porque el tiempo corre en el reloj pero no corre para siempre y algunos órganos dejan de funcionar de pronto y ya no será posible el regreso. Esencialmente y por moral kantiana no quiero colocarme así frente a mí mismo, fingiendo ser yo, recreando sin carnalidad una apariencia de vida, porque la literatura es la vida o no es nada y nada significa. Uno escribe y se disuelve en el río junto a muchos, es parte de esa corriente, pero uno no debe, no debiese, contaminar esa corriente. El hombre con ciertos trastornos cierra viente veces la puerta antes de salir de casa, pero el fin ya está cumplido cuando la puerta se ha cerrado una vez, por vez primera: el resto es gesto gratuito, compulsivo, innecesario, mero reflejo, vanidad, pura nada, se disuelve sin peso ni recuerdo ni memoria o lo que es peor, como recuerdo risible. Iba corriendo con todo eso en la cabeza y con buenas sensaciones, repitiendo gestos a sabiendas de lo que son, de lo que significan, de lo que los antecede y lo que los continúa o quizás continúa, qué sucede si no se hacen de nuevo, o qué no sucede ni a nadie importa. Iba corriendo por una calle llena de jazmines que desbordaban las vallas de los casas y caían sobre la acera, y a ratos estar haciendo eso de nuevo tras un parón forzado me ha parecido extraordinario. Han sido sólo treinta y seis minutos, apenas siete kilómetros, pero no estaba repitiendo nada que hubiese ya antes hecho, no era un eco; corría con la ilusión de estar haciendo algo nuevo.

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Años pares primera quincena

 

El niño lanza puñados de arena gruesa. Y corre. Los puñados se abren en abanicos y alcanzan a veces a la mujer que los esquiva con requiebros que dejan ver tramos de piel no oscurecida por el sol mientras persigue al niño. Cuando se acerca a él, patea el rompiente y lo salpica. El niño, que ríe, no esquiva el agua, se agacha, cierra la mano sobre la arena negra y mojada, y de nuevo la arroja hacia la mujer, que ríe.

El hombre toma fotos -¿toma, hace, dispara? Lleva una ridícula camiseta sin mangas de esas que la gente sólo viste fuera de los lugares en los que habita, y mira la batalla por el visor de la cámara. El movimiento dificulta el enfoque. La atención se centra en el niño, y la cara del niño, cuando vea después las fotos, sí aparece en ocasiones nítida en mitad de un borrón de luz. En varias de las fotos el viento, como participando en la pelea, arroja sobre el rostro de la mujer su propio pelo y borra su identidad; sólo las marcas blancas de piel no bronceada aparecen definidas. La cara de la mujer, cuando vea después las fotos, apenas se distingue. Cuando vea después las fotos, cuando el niño vea las fotos de ese verano varios veranos después, no recordará cuál fue la playa de aquel año, ni la mujer.

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Pero no

El matrimonio lee junto a la piscina. La chica sale del agua frente a ellos, sus formas brillan lustradas por el sol y vibran sus músculos mientras huye en broma del hombre que la persigue.

La mujer abandona su lectura para contemplar la escena y dice: Podría ser su hija.

El marido levanta la vista de su libro y contempla a la chica que finalmente se deja caer sobre la hamaca, y al hombre que la alcanza y gana el juego dándole una palmada en el culo, y asiente.

Piensa; Pero no lo es.

 

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Check In

Mientras asomándose al interior de la terraza del hotel el color del agua se aclara antes de ennegrecerse y el cielo construye en el cielo la tarde quizás más hermosa de los últimos quince veranos el hombre mira y mira la pantalla del teléfono y el papel que sostiene en la otra mano sin alcanzar a localizar dónde ha cometido el error al introducir la clave de la red inalámbrica.

(Aunque en la versión corregida por Paul Viejo es mucho mejor.

Mientras asomándose al interior de la terraza del hotel el color del agua se aclara antes de ennegrecerse y el cielo construye en el cielo la tarde quizás más hermosa de los últimos quince veranos el hombre mira y mira y mira la pantalla del teléfono y el papel que sostiene sin alcanzar a saber dónde ha cometido el error al introducir la clave de la red inalámbrica.)

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Platón y la paella mixta

 

Estamos charlando sobre lagunas jurídicas, nenúfares y paellas mixtas, todo en la misma conversación fractal, y de pronto Ernesto Calabuig dice Hay que ser más Platón y menos platónico, o sea, contar en lugar de hablar sobre el contar, y ante mis pies se abre una sima. Las frases corren de una punta a otra de la meseta que queda al otro lado, siguen corriendo, se alejan, intento ir tras ellas pero no puedo, oscilo sobre el medio pie mientras se tensan los metatarsos, y hago bailar los brazos contra la dirección de la cintura hasta que consigo detener el vaivén y dar atrás medio paso y ganar suelo. Ya no caeré salvo por mi voluntad pero tampoco iré más lejos. Es hasta ahí, hasta ahí. Platón frente a lo platónico. Es hasta ahí.

Pepe Cervera también interviene en la conversación, y se aleja en ella. Se alejan los dos, Ernesto y él, charlando en la escena creada por la sensación -es lo platónico entonces-, mientras yo permanezco, es decir, permaneceré varios días allí, o semanas, o meses. Quizás acabe por sentarme en el suelo. Miraré el ancho de la grieta evaluando la capacidad de mis piernas y de eso que ahora llaman core, abdominales, dorsales, lumbares, para el salto, cuando ya esté solo y esté cansado de mirar hacia adelante, hacia los cambios de color del terreno imitados por el cielo -no miraré hacia atrás, ni un sólo momento, porque lo que hay detrás ya no existe, es ficción, relato contado-. Ernesto y Pepe habrán seguido caminando en la escena fabricada, charlando sobre adjetivos alemanes y sobre horchatas y sobre las sombras en los parques de Cullera, y no habrán nunca advertido -no sé cuándo lo harán- que quedé atrás, y ya no existo, porque ya sólo seré ficción, relato. Un hombre sentado junto a una grieta, al borde de la grieta, a ratos incluso dejando colgar los pies que acaban por pendulear ligeramente y al unísono. En el último libro de Pepe Cervera, un libro de cuentos, una novela, no lo sé, un libro, Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, novela, cuenta, el narrador de Pepe Cervera que finge ser Pepe Cervera:

-Ah, ¿y cuándo has decidido has decidido tú escribir sobre Alejandro Sawa?

Con esa pregunta, y sin sospecharlo siquiera, lo que ha hecho mi amigo Juan Pablo no ha sido más que prender la llama. Es así como surgen esos fuegos, súbitos y desconcertantes, de tal manera.

Cervera habla de fuegos y yo hablo de grietas y en ambos casos hay un hombre traspasado por un fulgor, desesperado ante el vacío. El participio, el adjetivo, quizás sea algo grueso, pero hay algo de él, desesperado. Tras la desesperación, bien lo sé, acecha la parálisis. Uno valora su capacidad de salto, y finalmente no salta. Queda atrás, deja de existir, se transforma en ficción, en relato, en el relato de otro.

El otro. El contenido del relato. Conduzco bajo la solanera mientras sigo allí, sentado a ratos junto a la sima, a ratos en pie, quizás un par de pasos o seis aquí y allá en paralelo al espacio vacío y vuelta, a ratos recostado sobre los antebrazos mientras los gemelos cuelgan acompañando a los pies. Se abren y cierran los semáforos y alguien arroja una colilla y una mujer colada entre las vértebras del atasco se ve sorprendida por el súbito movimiento del reptil metálico y acelera ridículamente para alcanzar la acera, y yo sigo allí, ya solo y detenido y sin poder ir a ningún lado que no sea ese, ardiendo, desconcertado, mientras la frase de Ernesto se repite y repite cada tanto como si fuese lo único que trae el viento, como si las nubes viniesen cargadas de la frase y me la lloviesen al chocar con el único obstáculo en que me he constituido en la planicie, como si granizo o aguanieve o sol en polvo sobre mí: Hay que ser más Platón y menos platónico, o sea, contar en lugar de hablar sobre el contar. Es hasta ahí, hasta ahí.

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La Albufera (fotografía de Pepe Cervera)

¿De qué habla la ficción? ¿Hablar de la ficción es ficción o es sólo impotencia disfrazada malamente de ficción? ¿Qué cuentan las historias que se cuentan? ¿Cuál es su interés? ¿Para quién? ¿Cuántos centímetros puede alcanzar ese escupitajo que es la ficción del yo y es el otro? ¿Metros, años? Yo habría podido ir intercalando esas preguntas mientras Pepe y Ernesto hablaban de los ortodoxos preparativos de un arroz -quizás en la escena fabricada vamos caminando entre los azules y verdes de los arrozales y brillan como lizas los toldos y velas recogidas de las barcas abarloadas en la albufera y quizás alguien dice, Me tomaría un litro de horchata ahora mismo, qué sed tengo, leche-, y quizás habrían quedado sin contestar -claro, sin contestar, pero es aún más vital que queden hechas las preguntas, poder hacerlas-, pero eso no me importaría. Caminaría junto a ellos, que brillan al sol también altos y enraizados, y yo no tendría respuestas pero no estaría solo, y al poco el aire se habría llevado la amenaza; o quizás ahora nos sentamos en un bar y nos sirven tres cazallas y al beberlas el escozor caliente y azucarado del alcohol hace que las preguntas que se me atraviesan como espinas en la garganta caigan al estómago y que allí se deshagan con los ácidos, y sigo acompañado. Acompañado y sin respuestas es mejor que solo y sin respuestas. Si la literatura es una conversación alrededor de una mesa, es una charla en la que no salen tantas respuestas como acasos o quizás o silencios o preguntas simples o subordinadas hasta el cansancio extremo, importa menos ese vacío cuando alguien tiende sobre él un pontón pidiendo que rellenen otra vez las copas o como en el verso de Gil de Biedma, dejando su brazo sobre el mío. Pero no es así, no lo es nada, es todo un producto, una simple artesanía; todo parece tan real que si fuese real no sería peor, y pongo el intermitente y giro a la derecha.

Cuando uno para de escribir -no digo deja – tiene el problema de volver a escribir: está ante una grieta. En realidad la frase es una falacia, es falsa, está mal construida, finge una categoría donde apenas hay un ejemplo, la muestra de nada. La frase correcta debiese comenzar Cuando yo paro de. Pero yo se mira desde fuera, en ese extrañarse se finge otro, es otro porque ser es una ficción -y también estar-: se pregunta como si preguntase a un extraño, a un conocido. No diré a un amigo, en esa pregunta no hay amigos. Uno está ante la grieta, la sima, el abismo, es Yo estoy ante; pero déjenme fingir, esto es, déjame, por favor, no me lo hagas más difícil de lo que ya es. Bastante solipsista ya es todo esto, no me hagas sentir aún más ridículo. Quiero ser otro, que le pase a otro todo, otro al que contemplo como contemplo el movimiento flexible de las palmeras contra el poniente, a punto de ser abatidas pero sin romper. Que sea otro el que ha parado de escribir y tiene el problema de volver a escribir, y mientras lo piensa o no lo piensa se le acumule el combustible a la espera de que la llama se prenda; que sea otro el que oiga la frase, que la frase haga desplomarse el terreno abriendo un surco descomunal que se pierde a lo lejos, no sorteable, no saltable -el hombre evalúa su capacidad para el salto, y siempre la juzga insuficiente, y a veces no salta, no saltará-. El hombre lee, se lee, leo; todo para evitar quedarse allí frente a la grieta. Escribirá para no quedarse allí, saltará para ello, para no contemplar la inmensa meseta sin límites: para ir hacia los demás que se fueron, hacia el otro, el otro que es el yo. Pero sobre qué. El impulso del salto.

Camino ahora por la calle -pero ya sabes, o sea, sé -y ahora tú porque voy hacia ti flotando entre palabras- que sigo allí y ya no hay nadie, y hace sol en ambos lados ahora mismo- y hace sol, y hay sombras que construyen un camino en sombra por el que camino. Me desplazo hacia algún lugar que no recuerdo porque todo el esfuerzo muscular está concentrado en la frase: contar y no hablar sobre el contar. ¿Qué es lo que interesa a un hombre, esto es, al otro hombre que soy cuando me contemplo desde fuera mientras camino aprovechando las sombras torrefactas de la calle? Pienso en mis libros pendientes acumulados formando colinas, montañas, depresiones, ¿de qué hablan cuando hablan conmigo, de qué hablan esté o no yo allí atravesando el paisaje? ¿De qué hablarán los libros que quizás escribiríamos si escribiésemos? ¿Cuál es el conflicto, la aventura, la peripecia, qué debe ser resuelto o enterrado cuando se escribe para contar? ¿Qué cuenta Platón? ¿Camina Platón por el ágora y de pronto ante sus pies se abre una sima que simula un confín del mundo? Cuando Eutidemo dice: Todas nuestras preguntas son de la misma naturaleza; no es posible desenredarse de ellas, ¿quién es Eutidemo, quién Critón, quién Sócrates, quién Platón? ¿Dónde están las montañas que pudo ver Platón? ¿Porque había dioses no miraba a las montañas? Ahora que no los hay y que si uno piensa en llegar al Polo es porque ya ha leído cómo alguien llega al Polo y lo cuenta y que si piensa en las montañas es porque alguien las asciende y desciende y las cuenta, ahora que no hay dioses ni accidentes geográficos que bautizar -sólo abismos retóricos de clase media lectora-, ¿qué mira Platón? Todas las preguntas son de la misma naturaleza, sí.

Paco Aguilar-Huida-al-Vaciìo

Huída al vacío – Paco Aguilar

El cuento no es la historia sino la historia como es contada. No sólo cómo es contada, ni solo la historia, que entonces adelgaza hasta anécdota notarial. Pero allí ahora echado de lado sobre el brazo izquierdo plegado mientras pulgar y corazón disparan granos de arena roja gruesos como balines hacia la grieta, me pregunto, momentáneamente conforme con la soledad y el silencio del desierto, cuál son las historias que me importarán para contar si vuelvo a hacerlo. ¿Hay dos tipos de historias, las que uno ha visto y las que no vio pero cuenta para verlas? Platón camina por el ágora mientras otros conversan pero las manos de Homero no toman del suelo de Troya la tierra enrojecida por la mezcla de sangres derramadas. Uno es Platón o es Homero -o también es ambos, o es silencio-. Contar sobre el contar, me digo para salvarme de los fallos de equilibrio, es explicar lo que nos incumbe de la historia. Lo digo aunque nadie me oye ni me oiga, lo digo para que lo diga el otro, el otro al que contemplo mientras escribo esto o pienso en escribirlo. Lo pienso para que lo piense el otro. Pienso en Homero, que no estuvo en Troya, que no vio herido a Menelao ni vio las lágrimas de Odiseo ante Alcinoo; cuando canta sus historias está contando a su vez la propia, la del hombre que contempla el mundo y siente cómo las imágenes de otros abren en él surcos fértiles en los que crecen frutales y crece la maleza y las bayas de todos los surcos se parecen y desconoce sus nombres y sus efectos al comerlas, antes de comerlas. Contar sobre el contar quizás sea escribir una Historia de las Inmovilidades, quisiera haber podido decirle a Ernesto mientras Pepe y él se alejan en las muchas versiones de la misma ficticia historia, las calles, los arrozales. Un hombre como paradigma de los hombres que estiraron los brazos sin que los brazos alcanzasen a tocar nada, de los que estuvieron pero no pudieron volver -no quisieron, no les dejaron-, y sobre todo de la legión de los que nunca salieron. Hombres que poblaban las aldeas construidas en las riberas de los sueños de otros y que aprendían, oyendo historias que no les sucedieron, que de modo momentáneo uno puede ser Critón y puede ser Sócrates y puede fingir ser un héroe entre los tracios mientras hace lo posible por alimentar a los suyos. La Historia de las Inmovilidades es sobre todo la de los hombres que nunca salieron pero quisieron hacerlo y que hicieron lo que podían porque no debían hacer lo que debían: lo platónico. Un hombre se interroga sobre el motivo de que la sangre de otros no se confunda con la suya en sus antebrazos manchados y en tensión mientras el zumbido de la vida ha enloquecido sin control en sus oídos: lo platónico. El hombre que se dice Nadie y que consumado el engaño al cíclope y queriendo gritar que es otro sólo alcanza a susurrar, Es que soy simplemente Nadie: lo platónico. Todas nuestras preguntas son de la misma naturaleza y nos enredan y nos hacen tropezar. Cuando quizás deba contar -porque unos hombres tienen el deber y otros no, otros tienen otros simplemente-, ¿deberé decidir forzosamente entre Platón y lo platónico y brindar sólo por la gloria del primero? Se acumula el desecho combustible a la espera de la chispa que lo prenda y vierto agua sobre él, estoy de nuevo de pie delante del abismo y de la inmensidad vacía de terreno en la que el viento ya ha borrado casi todas las huellas de los que se alejaron. Las historias no son valiosas en sí mismas sólo por su enumeración notarial y geográfica, por sus posibilidades taxonómicas: lo son por lo que hacen con nosotros mientras se construyen, mientras las leemos y ocasionalmente al escribirlas. Por lo que hacen por el otro, al menos por el otro, ser el otro, esa ficción. He vuelto al coche, conduzco por las calles desiertas del mediodía del sur. Vivo dentro de una cápsula, es un capítulo de la Historia de las Inmovilidades, la vida en individuales cápsulas tan transparentes que parecen ni estar y en las que suena música de Giorgio Moroder para que entiendas que estás siempre en una ficción cuando la música suena. Cápsulas que golpean unas contra otras y que recuperan su aspecto externo sin que se adviertan desde fuera los daños que producen los impactos. Quería haberle dicho a Ernesto mientras él y Pepe me miraban de soslayo avanzando en la caminata que los cobardes no van a las guerras ni van a las noticias, que los menos aptos quedan en las aldeas de las riberas para oír las historias de unos que sí fueron, contadas por otros que tampoco estuvieron allí. Las historias de los que estuvieron, cuando son contadas, son la historia sumergida de los que quedaron a la espera: quizás esa historia sumergida, por banal y aburrida que pueda parecer, deba contarse de modo independiente para intentar hacer comprender las razones de no haber salido, de hacer lo que se pudo y no lo que se debió. Quizás contar es un pequeño ejercicio de combate poco homérico, nada heroico, intrascendente, pero lo único al alcance de los que no salieron. Pero se abrió la grieta de pronto delante de mí y no pude decírselo a Ernesto mientras Pepe miraba los caminos anfibios de los arrozales ni pude continuar más avanzando ni pude saltar después ni pude luego alcanzarlos, y ahora estoy aquí solo y se ha acabado la calle y aparco el coche y miro el cuadro antes de apagar el motor y donde giran los kilómetros que fueron quedando atrás el número es 101.010, y nada significa.

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Luces

 

Ayer se hizo prensa algo el enésimo ejercicio lamentable de política cultural: la posibilidad de que cierre la Librería Luces, en Málaga. Esto pudiere parecer una cuestión mercantil, un negocio que va mal, pero no lo es, no puede ser interpretado sólo de ese modo.

La Librería Luces, para quien no sea de Málaga, está en la Alameda, que junto a calle Larios son quizás los principales ejes del centro. De hecho en una primera fase se llamó Librería Alameda, aún tengo algún marca páginas de entonces. Es la librería que más frecuento desde que abrió, porque conozco y tengo afecto a Pilar y Jose desde antes que la montasen -antes frecuentaba más Rayuela, por ejemplo, y antes que Rayuela, Proteo, y antes la Ibérica en calle Nueva-. Se desviven por ella y se desviven por la gente que trabaja con ellos, esto es, se comportan como libreros, como todos los que he conocido.

El metro en Málaga, desde que a algún iluminado se le ocurrió que era una buena solución de tráfico para Málaga -esa gente del Area de Movilidad que viaja en coches oficiales…-, va arruinando las zonas por las que pasará; Carretera de Cádiz, Perchel, etc. Los negocios no pueden soportar vallas y pasarelas y polvo y ruido y casi imposibilidad de acceso durante dos o tres años, y cierran. En su lugar, después, chinos y franquicias. Ahora la obra ha llegado a la Alameda, y las ventas de Luces habrán caído alrededor de un 30 o 40 por ciento, que es la media que suelen caer en esos casos, y que los hace insostenibles. Si uno no puede llegar al negocio, si ni siquiera lo ve, y si dentro hay ruido y polvo, va a otro sitio. No es la venta por internet lo que cierra una librería o el libro electrónico, es el metro, sus metáforas.

Mi amigo Rafael Arboledas comentaba en su muro de Facebook el tema del posible cierre de Luces y hablaba de compensaciones económicas y ausencia de previsión, y yo estoy, claro, de acuerdo. Si una obra pública fastidia a un particular, la norma compensa -lo prevé al menos-. En este caso además el metro acaba siendo explotado por un privado en la práctica, lo que hace la herida aún más sangrante e infectada. Si algunas cosas no se prevén es que no se estudian ni valoran, y si no se hace es porque no interesa hacerlo, y ello vale para una tienda de ultramarinos o para una librería. Pero en el caso de la librería, un cierre puede aludir también a la nula estima política a la cultura, la ausencia de interés, de proyectos, de planificación. El problema suele ser común en todos los lugares, pero yo hablo del que conozco, e invito a que los demás hablen de lo que ellos ven. Málaga se ha llenado de museos franquicia llenos de cruceristas; obviamente eso lo aprovechamos los que vivimos en la provincia, pero el hecho bruto es aquel. O el Ayuntamiento oculta una operación especulativa creando un seudo barrio cultural alternativo donde se regula lo alternativo hasta el punto absurdo que comentaba Antonio Javier López en un magnífico artículo en Sur: sancionar al grafitero que no pinta en el lugar oficial y siguiendo el reglamento y conducto e intermediario . Y ahora la Librería Luces, como antes Libritos, camino al cierre. Veamos qué hacen las instituciones locales por los libros. No hay Instituto Municipal del Libro porque el gasto era superfluo, decía Ciudadanos, pero no veo yo dónde ha ido ese dinero del ahorro. Pero lo que más me ha llamado la atención pensando en esto ha sido darme cuenta de que yo jamás he visto a un concejal en una librería, nunca que recuerde a un político de cualquier administración o signo. Desde que en 1982 me compré mi primer libro yo solo en la librería Ibérica, ya cerrada hace años: jamás los he visto. Los he visto en bares en esas horas de la madrugada en las cuales puede pasar cualquier cosa -el último, uno de los responsables del PSOE que más sale en la tele, la noche que presentamos Hombres Felices en Madrid-; los he visto con los pies sobre la mesa, un puro y una copa enorme de gin-tonic -adiviné la combinación porque tenía dentro una ensalada- en las horas de la tarde que siguen a la sobremesa y te llevan hasta las horas esas en que todo puede pasar pero no debe contarse; los he visto en la sala VIP de Barajas, leyendo prensa económica, esa religión; los he visto en palcos de campos de fútbol -pero no en las gradas de preferencia o fondo ni en los partidos de juveniles-; los he visto recién planchados en las calles semanasanteadas de Málaga; los he visto en las inauguraciones de las exposiciones -pero nunca dentro de ellas o nunca un martes por la mañana cuando apenas hay nadie, disfrutando en silencio-; los he visto haciéndose fotos con Antonio Banderas, y tómese Antonio Banderas como símil o paradigma -quiero decir, también los he visto con las Campos-; los he visto con cualquiera que salga en una pantalla por algo que no sea escribir o investigar o entrenar -pero sí cuando premian a esos que investigan o escriben o entrenan-; los he visto en muchos sitios -pero no el mercadona, no en el mercado o la plaza o la tienda de la esquina o la panadería-. Pero nunca, nunca desde 1982, y yo he ido a cualquier hora y cualquier día a las librerías de cualquier ciudad en la que esté, he visto a un político en una librería. He visto al alcalde De la Torre en la Fiesta de los Verdiales, pero no en Rayuela; he visto a la alcaldesa Villalobos en una fiesta de la COPE, pero no en Proteo; he visto al Presidente de la Diputación con el puro y el gin-tonic en un bar, pero nunca en Luces; es más, he visto en “actos” a todos los rectores de la Universidad de Málaga, pero nunca en Áncora o QProquo o Agapea, ni siquiera en las librerías de los museos franquicia.

¿Los políticos no compran libros? ¿Existe una política editorial de regalo de novedades que desconozco y que es anterior a internet y por eso desde aquella tarde remota en que mi padre me llevó a la Ibérica y me dio el dinero para que yo cogiese y pagase mi libro yo jamás he visto a un político local comprando un libro? ¿Es sólo la mala suerte el origen de estas preguntas? ¿Les cierran a los políticos las librerías para que compren tranquilos del mismo modo que dicen que hacen con las tiendas en Marbella para las mujeres múltiples de los ignominiosos príncipes del petróleo? Si no compran, ¿leen? ¿Si no leen, en manos de qué peligrosos idiotas estamos -sí, esta pregunta es absurda y capciosa-?

A mí me encanta El Planeta de los Simios. Pues bien, ahora mismo me siento como Charlton Heston hundiendo las manos en la arena – más bien en los montones de libros que me he traído de Luces, los penúltimos anteayer, los últimos hace de un rato- y maldiciendo a los que nos llevan hacia todo esto. A poco que se tire de memoria y reflexión -por favor, leed los programas políticos de todos en sus referencias a la cultura, ahora que dicen que tenéis de nuevo que votar- la verdad es que lo único no penado por el Código Penal que se le ocurre a uno es maldecir.

Luces_fachada

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