Librerías

Los viernes por la tarde solíamos ir a esperar que mi padre saliese de trabajar en la calle Molina Lario. Para llegar andando, cuando hacía bueno, al centro desde Huelin lo hacíamos a través del puente de hierro y de mi vértigo infantil de no querer mirar abajo: en todas las historias que valgan algo alguien cruza un puente. Paseábamos por el centro antes de recogerlo, y siempre pasábamos por calle Nueva, y siempre que pasábamos yo me colaba en la librería Ibérica o cuanto menos mi madre tenía que sacarme a rastras de la lectura del escaparate. Y cuando mi padre salía entonces volvíamos a veces y me compraba un libro que yo llevaba cogido con las dos manos como una ofrenda. Y lo era. Aprendí a leer y casi a la vez aprendí qué era una librería.

Hace unos meses charlaba con mi amigo José Antonio, en la librería Luces, acerca de una idea suya para acercar las librerías a quienes nunca las han pisado, una idea maravillosa que un día cercano pondremos en marcha. Desde fuera cualquier lugar en el que parezca que quienes entran necesitan una especie de salvoconducto o contraseña o especialización genera expectación pero también algo de miedo y hasta de rechazo. Las librerías a veces parecen, o parecían, eso, cuevas alicatadas de papel impreso, y hay que vencer ese miedo, y contar, siempre es contar, que aun cuando dentro de las cuevas en todas las historias hay un dragón, siempre hay también una espada para combatirlo, o un chiste para vacilarle y que acabe siendo tu amigo. Todo lo que somos, lo peor y lo mejor que somos como especie, está en una librería. Cómo ser mejores y cómo dejar de ser infames está ahí guardado. No como en los libros de autoayuda, que también están en las librerías, sino como en lo que hay en el fondo de las cuevas en las historias que merecen la pena: un cofre del tesoro.

Nunca he sido infeliz en una librería. Al contrario, siempre que entro en una soy inmensamente feliz. Son parte indisoluble de mi vida, de mis paseos, de mis sueños, escenarios en los que están los que amo y en los que introduzco a quienes amo. He sido o soy cliente de todas las que conozco en Málaga, y de algunos de quienes trabajan en ella he acabado siendo amigo. Me llaman por mi nombre en muchas, se alegran al verme y yo me alegro al verlos a ellos, es decir, son mi familia. Hace años mi rutina del sábado era siempre bajar al centro -bajar a Málaga, como decía mi abuela analfabeta que cada vez que podía me traía libros de una papelería/librería que había frente al mercado de Huelin- pasear las librerías, comprar alguna cosa, y acabar sentado al sol, leyendo, en la plaza de la Marina. En una de las rachas malas económicas que he tenido tuve que optar por no comprar libros durante casi un año; mi peor recuerdo de esos días, tras hacer la memoria su trabajo de endulzamiento del dolor pasado, ya es sólo ese, cuando para que la escasez me doliese menos hasta evitaba pasar por delante de una librería para no pararme o no entrar siquiera a mirar, como cuando era pequeño y era viernes y llegábamos en calle Nueva a la altura de la librería Ibérica.

El primer regalo que mis tres hijos han tenido ha sido un libro. Con Teresa aún en el hospital yo me he escapado a la librería más cercana y les he comprado su primer libro de cuentos populares españoles, al día siguiente o incluso el mismo día de nacer, del mismo modo que otros hacen a sus hijos socios del club del que han sido siempre. Cuando vienen conmigo a una librería los dejo a su aire, no me preocupo de ellos allí porque están en su casa, en su salón, donde cogen y leen y juegan, pues eso es leer también, un juego contra el tiempo, y si la tarjeta lo permite todo lo que cogen se va a casa con ellos, cada uno con su bolsa, su propia ofrenda. Sé seguro que mi herencia no es ni será nunca buena, pero al menos les habré dejado eso, la ausencia de miedo a las librerías, a entrar y registrar y hablar en ellas y con los que hay en ellas, y que sepan que mucho de lo que les pase no tendrá solución en un libro, pero sí que un libro es como un hombro o un brazo en que apoyarnos.

Hoy es el día de las Librerías. Hablaría muy bien de nosotros como especie que echásemos un rato en visitarlas, en habitarlas, en hacerlas nuestras. Si todo lo que somos está ahí, lo mejor y lo peor, que no optemos por lo peor debiese ser la opción preferente. Hace un rato charlaba con mi amigo Jesus Garcia Jimenez, que me decía que leyendo un artículo sobre Doctor Zhivago se había acordado de mí porque en el texto salía esta frase: “estaba firmemente convencido de que la literatura puede transformar a las personas.” Y yo le he dicho que sí, que es verdad, que creo en eso que repito en otra variante -la literatura nos salva la vida-, y que la lectura, que está en las librerías, es lo que hace que la gente deje de ser gente, masa informe, y pase a ser individuo, y después ciudadano. No siempre es así, claro, y gente que lee, y que incluso entra en librerías, es gente y sólo gente y es masa, masa informe, acrítica, marmórea o marmolillo. Pero hay más posibilidades de que la vida de un hombre mejore si entra en una librería que si no entra nunca y se va al bar de al lado -cosa que yo muchas veces hago tras salir de Luces, y me voy a la Casa de Guardia y me tomo allí unos mejillones y un par de vermús curioseando los libros que acabo de comprar.

Hoy he salido de casa con El desaparecido (América) de Kafka, en las manos, porque yo siempre salgo de casa con un libro. En El desaparecido habla Kafka por boca de Karl Rossmann del gran teatro de Oklahoma. Cuando va a incorporarse a él, encuentra allí a su amiga Fanny. Del gran teatro de Oklahoma dice Fanny: es el mayor teatro del mundo, casi no tiene límites. Eso quizás sea también una librería, un lugar sin casi límites, en el que uno siempre encuentra un amigo. Hemos salido de casa Kafka y yo juntos, pero seguro que no volveremos a casa solos, después de un par de visitas a las librerías.

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Freedom for Loftus, o una revisión neurocientífica de la “nueva cosa”.

Hace unos años, debido a un encargo profesional, pasé mucho tiempo leyendo acerca de lo que se denomina Síndrome de memoria falsa. En síntesis tiene su origen en las investigaciones de la doctora Loftus acerca de la creación e implantación de falsos recuerdos, esencialmente dolorosos y relacionados con abusos. La mecánica básica tiene que ver con implantar recuerdos traumáticos sin base fáctica, que son interpretados y aceptados inclusos neurológicamente como “auténticos”. Es un tema tan interesante y sugerente como dramático y trágico: alguien asume como propia una narración e interpretación ajena sobre un dolor propio y ya apenas logrará despegarse de ello, lo que como es lógico deja secuelas casi indelebles. Un ejemplo recurrente es el del hijo que recuerda como su padre era violento con su madre en base a dos imágenes, su padre con el cuchillo en alto, y su madre gritando. Sin embargo, desgajadas de ese recuerdo falso, su padre está trinchando un pavo y su madre está gritando al perro, es decir, son imágenes sin relación alguna pero que son construidas, o mejor dicho, re-construidas en o más bien para (sustentar) un relato de malos tratos familiares. Quizás mi explicación no sea muy certera, y quizás pueda oponerse que dicho Síndrome resultó controvertido cuando fue formulado por la doctora Elisabeth Loftus, pero sin embargo que uno acumule ya tantas lecturas y esté tan adiestrado en cuestiones de oposición de versiones contradictorias que se cuentan siempre por verdad, y además que me invitasen por mi intervención en aquel asunto a un congreso nacional (lo de nacional lo pongo en minúscula, por si acaso) de Psiquiatría Forense en el que nadie cuestionó la existencia del Síndrome, me hace pensar que comenzar hablando de esto no resulta ocioso para quedar a las puertas del párrafo siguiente.

Para evaluar la verosimilitud de un relato lo referenciamos a un imaginario social. No asumimos como verosímiles los relatos acerca de marcianos que vivan entre nosotros entre otras cosas porque no contamos con narraciones representables y aceptables socialmente en las que un ser de Marte compre el Marca -Rajoy parece confirmado que es de Galicia, Tierra- o uno de Venus compre patatas en Bilbao -aunque es muy probable que haya gente de Bilbao en Venus, que no lo han contado por puro comedimiento-. Usamos el imaginario como esos lápices que se usan en las cajas de las tiendas para comprobar la falsedad de los billetes que entregamos. Uno podría imaginar que si alguien usa un lápiz trucado para ese menester pueden producirse situaciones digamos “graciosas” si le echamos atrás a alguien seis o siete billetes seguidos. Pero pensemos también en que quien usa el lápiz en la caja desconozca que está trucado: en una apacible tarde cualquiera de octubre acabará teniendo la percepción, falseada pero tomada por verdadera, de que una red de falsificadores ha elegido su negocio para colocar billetes falsos en el mercado y engañarle además directamente; acabará mirando mal a todo el que se acerque a la caja, la protegerá, acusará a todos de falsificadores. Esa, la de haber sido víctima de un red de criminales, será la historia que cuente al regresar a casa. Ser víctima de una red de criminales es un relato verosímil y aceptable y aceptado en el imaginario. A ese imaginario hizo alusión en su intervención en el Congreso el pasado día 11 de octubre Joan Tardá, de ERC: “…creo que no hay derecho en el siglo XXI que nos hagan sufrir, pero al final ganaremos, es más, históricamente sabemos lo que es sufrir, porque en el imaginario de los catalanes, les guste o no, el derecho a decidir ya no va a desaparecer.” He hecho algún corte no esencial de su frase; más tarde añadía, aun no siendo explícito en el motivo pero bien deducible -una eventual detención y condena de responsables políticos-, que a esa bandera ya implantada en el imaginario ahora podría unirse la de la amnistía. Padre cuchillo en alto, madre gritando, recuerdo del sufrimiento pasado; derechos imaginarios, persecuciones injustas, héroes detenidos, implantación de un relato falso en el imaginario social. Una gran ocasión investigadora para la doctora Loftus.

Un día antes, el 10 de octubre, en la sesión del Parlamento de Cataluña, Anna Gabriel, de CUP, proclamó que la eventual nueva República catalana era una continuidad de una legitimidad que los fascistas les habían quitado -debe entenderse, sólo a los catalanes-, la de la II República (española, el paréntesis es mío). Anna Gabriel tiene 42 años, es decir, nació el mismo año que murió Franco. Previamente y como preámbulo a esa declaración de continuidad y herencia de legitimidad había hablado de hambre, guerra, ausencia de derechos humanos. Los lugares comunes se deshabitan de sentido y se pueblan de fantasmas, las frases hechas se convierten en paisaje de rodaje, es decir, meros paneles, sólo fachadas, sobre los que proyectar la pretensión de convicción acerca de una vida en falso. La nueva república catalana posee un antecedente histórico que es la proclamación de una idea similar en octubre de 1934 por Companys. Fue, hay que repetirlo, me temo, la II República española, bajo la presidencia eso sí de un gobierno de la CEDA, de derechas, filofascista, la que detuvo a Companys y suspendió el Estatuto y desde luego la República catalana. Azaña en 1936 liberó a Companys y levantó la suspensión del Estatuto de Autonomía -no de la República, claro-. Y poco más pudo hacer, tras el comienzo del golpe de Estado que finalmente tomó el poder al mando de Franco. Aun deteniéndonos en los detalles, nada hay en el relato histórico mayoritario de esa época que haga suponer que la II República Española fuese el punto de partida de la conformación de España como un sinfín de repúblicas regionales, y por tanto el hecho tozudo sería que aun con Azaña, autonomía sí, república catalana no. Y desde luego, los perjudicados históricos del golpe de estado y la posterior dictadura no fueron sólo los catalanes.

Al oír expresar al señor Tardá de modo claro esa idea y conectarla con la intervención de su socia de la CUP, lo que era más que una intuición se confirmó como certeza y caí en una tristeza de esas que llaman infinita, esa que suele cogernos cuando se comprueba que extenuados todo nuestro esfuerzo es inútil y que no podemos torcer el brazo al destino, que es algo que entiendo que forma parte de las obligaciones ciudadanas. Si uno percibe mínimamente rasgos hobbesianos en la sociedad, y los datos son como para hacerlo -el hambre, la guerra, esas cosas de que hablaba la señora Gabriel, puede entender que yo entienda eso de doblegar al destino como obligación ciudadana. La Constitución de 1978, redactada del modo tutelado en que se quiera, alude a esa obligación de torcer la mano al destino que golpea y golpea. Su continuidad era la de la II República y la de otras anteriores redactadas en contextos similares de presión, comenzando por la de 1812 en un Cádiz cercado, y ello aun cuando acoja la figura de un rey como Jefe simbólico de un Estado organizado en un sistema parlamentario y bajo la división de poderes y la asunción de las declaraciones y convenciones de Derechos Humanos como espinazo. Su aprobación por sufragio universal, y todo su desarrollo posterior, cambia el sistema de potestas divina o dictatorial por el de soberanía popular. Para entendernos, que decidamos dejar como jefe del Estado a una sola familia no afecta en lo sustancial a la conformación constitucional basada en la soberanía popular, por cuanto esa misma soberanía tiene la facultad mediante el voto de cambiar a la familia mencionada por otra fija o por una candidatura electa -mi preferencia-. En ese contexto, un contexto de democracia parlamentaria, estado de Derecho, división de poderes, el Sr. Tardá habló de imaginario, un imaginario reconstruido que la Sra. Gabriel había expresado en su modo extremo y más perverso un día antes, y caí en el desánimo porque la Sra. Gabriel, con sus eufónicas apelaciones habituales a la hermandad de los pueblos del mundo oprimidos por la injusticia y a la construcción de una sociedad mejor en la que los perros no se comen las longanizas que los atan porque se han vuelto perros veganos, pasó a ser el paradigma de esa tarea de reconstrucción del recuerdo falso, pasó a ser la paciente modelo de la doctora Loftus. No tengo a la Sra. Gabriel por tonta, antes al contrario, y no tengo por tontos, aún menos, a muchos conocidos que sin dudas de ningún tipo utilizan partes del imaginario independentista catalán para sus relatos seudohippies de paz y amor. Estoy seguro que debidamente sometidos a test y pruebas todos ellos toman el relato de la opresión, el tardofranquismo, el España nos roba, nuestra lengua está en peligro, policía asesina, torturadora y represora, y demás hitos de ese camino, como dogmas de fe. Ya sabemos que la fe es ver sobre una encimera vacía un extraordinario jamón de Aracena -que aunque algún mapa escolar desvariado en un futuro pudiere situarla en Girona, es una localidad de Huelva-, y que incluso como dogma de fe se toman las visiones de los andaluces como una panda de flojos duermesiestas subsidiados. Si alguien con formación, con algunas lecturas, repite como mantra y con fidelidad todos los detalles que conforman el imaginario a que aludía el Sr. Tardá, y que se ha extendido a casi dos millones de personas, es que el síndrome de falsa memoria existe, el recuerdo falso está implantado, y nada puede hacerse ya. De igual modo que no cabe que los registros lingüísticos se mezclen porque genera un problema de pragmática, devendría inútil la comunicación, no cabe que para resolver un problema psiquiátrico se recurra no ya a soluciones, que ojalá, sino a refutaciones jurídicas o políticas que no pasen por aceptar que estamos ante un enfermo probablemente incurable. Y ese es el caso, y esa es la imposibilidad.

¿Valdría de algo que se explicase Historia o Derecho a la Sra. Gabriel, a la que tomo como paradigma de las víctimas de ese imaginario construido como expresión del síndrome de memoria falsa? No, de nada valdría. Si un relato se sabe falso, se sabe reconstruido, es refutable porque quien lo sostiene conoce que se sustenta sobre premisas erróneas, y cabe que acabe cediendo a la razón. Sin embargo, si ese relato es “verdad” o incluso “la verdad”, la refutación es imposible ya que ha sustituido la racionalidad por la fe, y por la fe uno se deja comer, cantando, por los leones. En la apelación al pueblo, al espíritu del pueblo, al conocimiento y percepción directa del lugar, al mito en vez de al logos, al héroe en vez de al ciudadano crítico, no hay sino la recreación de un debate de casi doscientos años, la Ilustración frente al Romanticismo. Las banderas, los cánticos, la iconografía, lo atractivo visualmente en un mundo que ha sustituido el concepto de verdad débil por el de verdad efímera o postverdad, verdad falsaria y sólo filtrada y emocional; en ese mundo, la oposición fundada en relatos racionales coherentes y consistentes es un esfuerzo vano, porque no se alcanza a haber cancelado un relato falsario cuando ya otro lo ha sustituido con sus colorines. Todo es decorado y nada hay más allá del decorado, un decorado en el que la fruta brilla al sol y el agua es pura y los pájaros sólo se comen los insectos que se prestan a ello voluntariamente, y sí, los leones son vegetarianos y acuden cada día a la Academia. La culpa de los males es del otro, siempre es del otro, de que esto no sea así, de que nos fuese arrebatado, de que no podamos tenerlo de nuevo. Con peores o mejores variantes en el falso recuerdo implantado esto es una constante en los desastres del siglo XX y del XXI, las plazas llenas de banderas y de oprobios, a la lucha, hermanos, a la lucha. Que no se exhiba el arma no significa que la violencia esté excluida, porque ese espíritu del pueblo es violento o no lo es. Si no lo es se llama consenso y es racional, es frío, es feo y poco atractivo. La colectividad como unidad de destino cuyos destellos iluminan todo el orbe, frente a lo colectivo como suma en la que importa tanto el resultado como el modo en que se alcanza, un procedimiento árido, mate, costoso.

Es de un enorme mérito construir un imaginario en el que un pueblo rico se perciba aun en un tercio de su total como oprimido, cuando lo habitual es que sean los pobres los que sumen a la miseria la falta de derechos; ese es otro de los rasgos de este nuevo Volksgeist “democrático y pacífico” catalán. En ese estado psiquiátrico de cosas, cuando un político es corrupto no lo es contra la sociedad al completo, sino sólo contra la catalana. Si se limita un derecho, sólo se le limita a un catalán. Lo malo está siempre fuera y viene de fuera. Los éxitos sólo son de los catalanes y los fracasos la consecuencia de que no sean catalanes “de los nuestros” los que nos gobiernan. Es muy ibérico todo esto, por cierto, lo que debería hacer pensar en la ausencia de singularidad de los catalanes. En julio de 1958, por ejemplo, Miguel Torga hablaba de esto en sus diarios, de una suerte de inocencia como enfermedad crónica que falsea el pasado bajo una luz rosada, de la monstruosa ligereza colectiva en la que nadie yerra, nadie es responsable de nada y nadie se siente culpable. Quizás la solución no sea tanto la república catalana sino algo más hermoso, la república ibérica, ya que parece que todos los que hemos nacido de Pirineos abajo parecemos predispuestos al mimo mal del que también es expresión el individualismo sin respeto al individuo, un mal que como decía Torga es paliable, es evitable, con ideas, valores y principios que, claro, no interesan a nadie. Con Ilustración por tanto, con meditación y comprensión. Lo que digo acerca del Volkgeist catalán es por supuesto aplicable por respeto kantiano al Volkgeist español, si bien sobre este ha caído más ya la Historia y curado muchas de sus secuelas. Mayoritariamente, y supongo que más por miedo heredado y orgullo deportivo que por una convicción absolutamente racional y razonada, esos que cuando un cuestionario les pide que pongan la nacionalidad señalan española no lo hacen pensando en la conquista de Granada o en que hubo un tiempo en que no se ponía el sol en el Imperio, sino en que hemos alcanzado un estado organizativo que nos protege incluso contra nuestra propia imbecilidad y dejadez, y que eso genera una buena vecindad y hasta una hermandad apacible que incluso se prolonga en quienes hablan nuestro mismo idioma en otros muchos países.

No existe, claro, un tratamiento fácil ni corto. La conformación de una memoria falsa, la implantación de un falso recuerdo que dé lugar a un imaginario como el que exhiben sin pudor ni rigor muchos catalanes es una tarea prolongada, y prolongada es la terapia para lograr que sus secuelas reales sean curadas. Es más sencillo, claro, sobre una persona que sobre un millón. En una situación en la que se habla de victorias y derrotas y se exhibe el oropel y atractivo romántico del vencido, el vencido acaba siendo vencedor, y la historia es de éste último. Es una paradoja, claro, porque la razón está de lado del vencido sólo mientras pierde, el romanticismo exige causas perdidas, ya que las ganadas son una victoria de la opresión -ergo, el fascismo-. En disputas en las que se renuncia al golpe -pero no a la violencia, debo aclarar- si una gana es porque la otra cede, y entonces el vencedor exhibe la victoria y como decía, la razón de la victoria, que no necesariamente es la Razón. En charlas con amigos, hace más de veinte años, ya pronostiqué que algunos territorios españoles alcanzarían la independencia, porque si se renuncia a la violencia institucional sólo resta entonces ceder. No es que fuese un visionario, pero lo que creo que no soy es un ignorante. Cambiar un recuerdo falso, lograr exponer un eventual derecho histórico como un anacronismo intolerable en una sociedad que ha optado por el consenso y la suma de individuos en vez de por el colectivo iluminado que avanza hacia la Historia, es una tarea que puede prolongarse durante decenios, y en tanto pasa el tiempo no puede ponerse un guardia tras cada enfermo para que no escape. Y en tanto uno charle con enfermos, acaba incluso adaptando su lenguaje al del enfermo para no cancelar una comunicación necesaria para el tratamiento pero que siempre está viciada por el hecho de que el enfermo no sabe que lo está. El enfermo percibe al otro, aún más incluso al médico, como un enemigo. Pero si uno está cuerdo, sano, su único enemigo es el enemigo de la Razón. Ya no se trata de pedir que la gente se lea como mínimo la Constitución o el Estatuto, que no se hagan trampas contables, que se viaje y se compruebe cómo viven los demás dentro y fuera de España, que se sepa Historia y Derecho. Todos los esfuerzos racionales hechos para tratar la “nueva cosa” -la anterior “cosa” fue el terrorismo de ETA- han sido vanos, de ahí el cansancio, de ahí la tristeza. Llegados a este punto, qué más da una frontera romántica más en vez de un horizonte más abierto y racional: la guerra ha terminado. Concedamos que esos que se llaman independentistas, una mezcla extravagante de derechas tardofranquistas -aquí o todos somos tardofranquistas, o ninguno- y corrientes troskistas payesas, han ganado, no sea que quienes se creen Napoleon por sentarse ante un colegio empeoren. Pero en el Derecho Internacional Humanitario es obligatorio ocuparse de las víctimas de los conflictos, así que ahora ya sólo se trata de convencer a la doctora Loftus de que reúna a dos millones de colegas y comience, en aras de la civilización, a tratar a los vencedores.

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Mango, silencio, Tiempo.

En Un largo sábado, su estupenda charla-libro con Laure Adler, George Steiner cuenta cómo casi adolescente compró en un quiosco un libro de Paul Celan, y nada más leer un primer verso, En los ríos, al norte del futuro, supo que su vida iba a cambiar para siempre, que nada sería igual tras ese libro. No recuerdo si antes o después Steiner habla en ese libro-charla de las necesidades de la lectura; el silencio, el espacio propio, y claro, los libros, tener libros. Me he acordado de Steiner tras leer una mierda de artículo seudo político, que he leído mientras me comía un mango y era incompatible comer mango con sujetar un libro y he recurrido a una pantalla que me da igual que se manche de mango, y me he acabado cabreando. Otra vez. Conmigo mismo, que he perdido una enorme cantidad de tiempo estas semanas leyendo artículos y otros textos de mierda, oyendo a auténticos analfabetos, tratando de ser racional y razonable y sencillo si entendía que en algún instante era una obligación auto impuesta -como ciudadano, como jurista- hablar y tratar de expresar algo de modo preciso pero sencillo, entendible aun si frente a mí se había renunciado a la duda que genera todo conocimiento. En realidad primero me he entristecido, porque siento que han sido esfuerzos innecesarios y vanos, porque nadie parece entender que no puede accederse al conocimiento si uno no encuentra silencio y espacio y lecturas, y que en tanto uno busca eso es imposible que se enrede en disputa alguna -salvo en si es correcta o no la traducción de Valente del poema de Celan- porque identifica a quien está hundido en esa búsqueda como a un semejante, a un compatriota, un hermano, y a quien no lo está como a un falsificador, un ladrón, un embustero. Y luego de entristecerme, me he cabreado, porque nadie va a devolverme el tiempo que he perdido estas semanas, ese tiempo del que también habla Celan –tiempo es de que la piedra pueda florecer/ de que en la inquietud palpite un corazón./ Tiempo es de que sea tiempo.“- y habla Steiner, y que es el único bien preciado, el más escaso, lo que menos tengo. Es en vano, es arrojar perlas a los cerdos que han tomado las plazas porque la hambruna ha vaciado los bosques en los que se refugiaban tantos cerdos salvajes, no humanos, que ahora acuden a rebuscar a las basuras y asedian las casas en las que alguien trata de preservar un mínimo silencio y un mínimo espacio junto a sus libros. Devoran basura, la mordisquean sin criterio, no saben lo que mastican porque sólo mastican, y hacen un ruido infernal con sus mandíbulas sucias que obliga a cerrar las ventanas para que la calle en la que husmean y se acometen y acometen todo lo vivo y honesto quede fuera y quede lejos.

Es tiempo, decía Celan. Pero nadie va a devolverme ya ese tiempo.

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Leavin´ Babylon (40 años de Exodus)

El hombre negro pregunta casi en trance: ¿Estás satisfecho con la vida que vives?, y mientras aguarda respuesta el jinete se lanza contra el tanque, y la desproporción hace que el desierto parezca aún más desierto, más vasto, más inhóspito e inhabitable. El niño contempla entonces las luces de los barcos que ya faenan en la noche que flota tras la pantalla, y para siempre una parte de su pasado será un desierto en el que un hombre armado con un fusil de 1941 arremete contra un tanque en 1981, mientras el hombre negro que no ha recibido respuesta a su pregunta ahora afirma rotundo: Sabemos hacia dónde vamos, sabemos de dónde venimos. Antes de saber que quizás alguna respuesta a las preguntas que uno podía hacerse estaba en el viento -y quizás por eso el viento las lleva y las trae y las zarandea y las disuelve como hace con las nubes y no queda rastro de ellas y por tanto la afirmación de que the answer is blowing in the wind es una ingenua mentira y no hay entonces, en puridad, ninguna respuesta sino imágenes inventadas por aproximación como cuando nos tumbamos en la arena a ver cómo ese mismo viento falsario acarrea mentiras de vapor de agua, no hay respuestas en el viento sino sólo humedad que a veces descarga y lo anega todo y ahoga a hombres, plantas y bestias y ese bramido durante la descarga y ese silencio de después es la respuesta- lo que supe el año que hice la comunión, probé el güisqui y leí La Metamorfosis de Kafka es que lo que sopla en el aire es una mística natural, que puedes percibir si escuchas con cuidado y atención. Escuchar con cuidado, mirar con atención, estar atento a las trazas casi invisibles que revelan la existencia de una trampa y la necesidad de estar en permanente revuelta. El hombre que contaba y cantaba todo aquello era, por así decirlo, un amigo de mi primo; su nombre era Bob Marley, y había muerto cuando el calor de 1981 ya apretaba como lo haría en un desierto afgano o una playa malagueña o jamaicana.

Esto, claro, es una reconstrucción: todo lo que nos rodea lo es al cabo, un modelo a escala más o menos natural del molde de la vida. Una reconstrucción acerca de las tardes en las que en una habitación atestada de adolescentes y en la que un niño ya acostumbrado a la soledad de los libros trataba de colarse asombrado -de la que lo echarán cuando algún cigarro o incluso algún canuto asome- suena una música que sigue sonando casi cuarenta años después junto a un adulto que fabricó su vida -Are you satisfied with the life you´re livin´?- en la soledad de los libros. Todo lo que contamos es una reconstrucción, todo lo que narramos es la exhibición de una artesanía, el relleno de un molde, una imitación de lo que no sabíamos que arrastraría y disolvería el viento y que fabricamos para tratar de impedir que ese viento logre acabar de hacer su trabajo: pulir las ruinas angulosas de nuestro pasado. Manipulo la radio de mi coche y en alguna emisora reconozco las notas de Exodus y la dejo sonar, claro, es una versión de estudio que no conozco, y cuando acaba el hombre de la radio habla de la fecha de esa canción y de ese disco, dice 1977 y hago cuentas antes de que él dé el resultado: 40 años. Y aclara que lo que ha sonado es una mezcla de Ziggy Marley, el hijo de Bob -y yo podría tratar de rellenar el molde de una tarde de 1988 en la que estoy escuchando su Concius Party en el mediodía de una casa ajena, pero no hoy-. Es una versión muy enfática, engolada, melodramática, lejos de la limpia rotundidad del original de 1977, así que con cuidado abro la guantera y saco mi cd de Exodus que compré cuando ya no encontraba dónde comprar agujas para poner mi vinilo de Exodus, mientras la voz de la radio habla de una edición conmemorativa de Exodus que voy a comprarme, pese al cierto repelús de la versión radiada, esa misma tarde, y que escucho mientras escribo estas líneas. 

Exodus

La lista de canciones del Exodus es como la alineación de una selección campeona del mundo. Yo trataba aquel disco con veneración cuando no era mío y con más reverencia aún cuando lo fue. Lo limpiaba y limpiaba, soplaba la aguja con cuidado, y lo hacía girar. En la cara A, Natural Mystic -son tantas como los granos de arena del desierto las veces que he oído esa canción-, So much things to say, Guiltiness, The Heathen -volvamos a los puestos de batalla, viene sobre nosotros otro día de guerra-, y Exodus -no hay vez que no oiga ese rasgueo mántrico inicial en que no se me erice el vello-. En la B, la cara más celebrativa y contemplativa del disco, Jamming, Waiting in Vain, Turn Your Lights Down Low -dos grandísimas canciones de amor-, Three Little Birds -he visto decenas de veces tres pájaros a horcajadas sobre el pentagrama de las torres de alta tensión mientras pasaba corriendo por uno de mis sitios habituales de entrenamiento y sonaba en ese momento la canción en mis auriculares-, y One Love. Es el disco casi perfecto -metes en él también War, Could You Be Loved, Small Axe, Trench Town Rock, Kaya, la demoledora Burning and Loothing, Sun is Shining, Them Belly Full,….., eh, para, para, para, así salen seis o siete discos si te descuidas, deja el Exodus como está; pues sí, llevas razón, déjalo así-, sin ni una sola canción de relleno. Afirmar esto es, como casi toda afirmación, una hipérbole, pero las hipérboles evitan que la tibieza se transforme en frialdad y la frialdad en olvido y desaparición, en simple y estúpida muerte. Fue uno de los primeros discos que me compré; el Exodus significaba una visión de la vida adulta que intuía que no me quedaría nunca cerca porque mi vida iba camino de ser menos selvática y aventurera, pero por eso mismo significaba por tanto una cierta idea de la ilusión y la esperanza, y tener ideas propias, es decir, bien copiadas de otro, acerca de la esperanza y la ilusión permite que uno regrese al campo de batalla aun a sabiendas de que la batalla está más perdida que ganada; perdida no es lo mismo que abandonada.

Un año antes de grabar Exodus Marley había sobrevivido a un intento de asesinato dos días antes del concierto por la paz, el Smile Jamaica, que había organizado en Kingston. Después de aquel concierto, que celebró pese al riesgo de que se repitiese el atentado estando en medio de 80.000 personas, se fue con su gente a Londres, se exilió para hacer música. Jugaba casi cada día al fútbol en un parque cerca de Chelsea. No debía ser un tipo fácil, no era un hombre fiel -once hijos de siete mujeres-, todas las facciones políticas le acusaban de estar del otro lado -nunca se supo quién había tratado de matarlo- cuando era tan popular que los candidatos pensaban que podía orientar los resultados electorales. Es imposible caer bien a todo el mundo todo el tiempo, y si uno se detiene a tratar de hacerlo no crea nada, sólo se paraliza. Los puristas, esa gente amargada y aburrida, lo acusaban y acusan de comercial, el rastafarismo más denso, como el de su amigo de banda Bunny Wailer, no compartía que se expusiera y pactara con el demonio occidental. Pero por otro lado, en el documental Marley, de 2012, el mismo Bunny -la formación original de los Wailers, él, Bob y Peter Tosh- narra cómo grabaron Small Axe como gesto de protesta contra el monopolio de productores, The Big Tree- que robaba a los artistas jamaicanos -Si tú eres el árbol grande nosotros somos el hacha pequeña, lista para cortarte y echarte abajo-. Era el hombre que representaba a los hombres de una revolución de gestos pequeños y poderosos, como los riffs de guitarra que están al comienzo de Exodus y están en la esencia de la música reggae. Pero en aquel entonces yo no sabía nada de esto, sólo musitaba fonéticamente las canciones de aquel lp dorado con letras rojas y las de otros discos que aquella gente que rodeaba a mi primo y que juntos componían lo más parecido a un hermano mayor que podía tener un niño de 8 años sin hermanos mayores ponía sin cesar en el tocadiscos mientras el sol de la tarde clavaba las lapas a las rocas y hacía brillar el rebalaje.

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1981 había comenzado para mí con una reunión de vecinos en la escalera donde se comentaba el golpe de estado de Tejero. Un reunión bajo la luz eléctrica y la oscura noche fuera amenazando con hacerse aún más oscura. Recuerdo sin embargo ese verano como de un deslumbramiento permanente, corriendo por las calles y la playa, corriendo entre los renglones de los libros, viendo en qué consistía que la gente se hiciese adolescente y eso era oír aquellos discos, el reggae pero también rock, heavy y progresivo, y hasta Boney M y música disco si mis primas lograban hacerse con el control del plato. En mi casa apenas se oía música, y lo que se oía era flamenco y eso que se llama canción española. Pero aquel verano se llenó de metales y percusiones y vapores extraños que salían de la vigilada ventana abierta -niño, avisa si vienen los mayores- del cuarto de mis primos. Yo me había mudado un año antes al interior de la ciudad y había perdido el mar por mis problemas respiratorios, y veranear en la casa de mis tíos, una casa a cuarenta pasos de la playa y en la que a veces se llegaban a juntar cuatro familias los fines de semana y las barras de pan se compraban diariamente por docenas, era para mí dejar Babilonia y alcanzar Sión cuando comenzaba a sonar a toda pastilla Could you be loved y aquella gente a cantar a voz en grito en la hora de la siesta, Jah bendiga a Chris Blackwell, su productor, pero todavía más al inmortal Lee Scrath Perry.

El mismo año que Marley grababa Exodus tuvo la primera noticia del melanoma que iba a matarlo en 1981. Como no pretendo estar escribiendo una biografía ni un artículo doctrinal mientras ahora suena en casa el Live at the Lyceum de 1975, creo pero no voy a comprobarlo que fue precisamente un pisotón durante una pachanga de fútbol lo que hizo que le descubriesen la primera lesión del cáncer en un pie. No se operó, no se trató de modo serio. Siguió tocando, quizás por aquello que había dicho tras el atentado, que si los malos no descansaban para arruinar el mundo tampoco iba a hacerlo él, y luego, cuando la enfermedad tomó el control, se dejó caer en manos de algunos charlatanes. No sé si se puede ser rastafari y confiar aún más en la ciencia que en Jah y en la hierba, o al menos en los tres con la misma intensidad. Cuando supe de la noticia de la muerte de Bob Marley en aquel verano de 1981 tengo el vago recuerdo ahora de haber estado a punto de llorar, no sé si por qué pensaba que uno dejaba de oír a los muertos -pero no es así, de hecho los muertos no cesan de hablar nunca, no paran de interpelarnos, de animarnos a hacer lo que debemos-; la tele habló después de la marcha de la primera guerra de Afganistán, mientras las imágenes mostraban a los muyaidines a caballo blandiendo armas de la Segunda Guerra Mundial y lanzagranadas que quizás les había dado la CIA y lanzándose contra los tanques rusos -y cuarenta años después aquellos héroes occidentales son ahora terroristas, la encarnación del diablo, ese es el resultado del moldeado del tiempo occidental sobre aquellas imágenes-. Yo me asomé entonces a la terraza, a punto de llorar por la muerte de Bob Marley, uno de mis primeros ídolos, y asombrado ante la locura de aquellos jinetes guerreros, y por la calle hacia la que de día bajaba a la playa subía la noche confundida con el mar en el que los pescadores que vivían en las casas de algo más abajo ya habían prendido los fanales para atraer el pescado a las redes, un pescado que luego acompañábamos a comprar a la playa cuando sacaban las barcas o acababan de arrastrar el copo y se hundían sus manos encallecidas en las masas relucientes y fragantes de morralla y algas.

Comprar esa nueva edición de los cuarenta años de Exodus -tres discos, el original, uno en directo, y unas remezclas de su hijo mayor Ziggy- ha sido un acto irreflexivo, pero esos actos también apuntalan la identidad quizás más de lo que queremos creer o dejar ver: yo soy según esa lectura irreflexivo, compulsivo, extremo. Ya tengo el Exodus, varias veces comprado, el disco en directo contiene versiones que ya tengo de uno u otro modo, y las mezclas de Ziggy son a ratos diría que hasta risibles, pero no sé si decir esto no es más que el síntoma del síndrome peligroso e inevitable del envejecimiento, esa guerra perdida pero de la que no abandonaremos el campo de batalla por las buenas. Celebrar un aniversario ajeno es celebrar lo que fuimos -creo que también cuando celebramos uno propio sucede eso-. Alegrarnos de que suene No woman, no cry es alegrarnos de las veces en que hemos oído esa canción y nos hemos alegrado antes, nos hemos animado para los siguientes minutos de una vida que no hace más que acumular aniversarios, es decir, pérdidas. La contabilidad del corazón y la memoria es una pseudo ciencia perversa en la que siempre salimos deudores. Cuarenta años después de que a Marley le descubriesen un melanoma tras grabar uno de los discos más importantes de mi vida recorro mi cuerpo buscando manchas que hayan cambiado de tamaño o que antes no estuviesen allí. Trazamos líneas entre los puntos del horizonte, entre las luminarias que brillan en la noche salitrosa del Mediterráneo o del Caribe, reconstruimos rastros en la arena que borra el mar o borra el viento. Celebramos un aniversario para, como en tantas otras cosas que tienen que ver con contar, tratar de comprender. Por qué hemos sido exiliados de la tierra prometida que brilla llena de frutos junto al mar, de dónde venimos, hacia dónde vamos, saber cuál es nuestro grado de satisfacción con la vida que llevamos. Suenan las trompetas y quizás sea la primera o quizás la última que anuncia el Juicio, arde la hierba y su olor llena el aire pegajoso, los dedos se hunden en el teclado del tiempo y pulsan teclas que arrojan una melodía que ahora no nos resulta nada familiar. Pero ya lo hará, ya lo hará, porque algunas músicas una vez que suenan una vez ya no cesa de oírse su bramido y un estampido metálico se repite cada mañana cuando pensamos en cuántos ríos nos quedan aún por cruzar pero también en cuántos ya no cruzaremos, suenan y suenan tras este toque de queda permanente en que a partir de cierto instante vivimos. Al niño que fui en 1981 me habría gustado decirle aquella noche que quizás la cosa iba de eso, tanto la música de Marley como todo en general: de jinetes poco armados contra tanques, pero que no había que tener miedo por eso sino fe, fe en los golpes que debemos dar con el hacha pequeña para tumbar el gran árbol, fe en el trabajo que debemos cada uno hacer: Marley, hacer música, y aquel niño, en el futuro, contar. Y lo otro, que te reviente un cañón o que te mate un melanoma o lo haga el tiempo por cansancio, al final no son sino arreglos más o menos afortunados para que acabe la canción. Y le habría contado, mirando ambos hacia la noche atravesada de destellos y al mar cercado por nudos en los que iban a quedar atrapadas algunas historias que tenemos pendiente terminar de escribir, que a Marley le preguntaron tras el atentado si no tenía miedo a que lo matasen y dijo No. Luego hizo un pausa y completó la respuesta casi riendo: What is to be must be. Lo que deba ser, será.

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Las islas vertebradas. Juan Manuel Gil

Las islas vertebradas. Juan Manuel Gil, Playa de Ákaba, 2017.

¿Qué hombre no es una isla? Esa pregunta no es que me haya venido a la cabeza con la lectura de Las islas vertebradas, de Juan Manuel Gil, sino que no para nunca de rondarme. Hay preguntas que llegan para quedarse y respuestas que no acaban de formularse nunca, y tengo la sensación de que Juan Manuel Gil tiene desde hace mucho, casi desde siempre, una pregunta similar guardada en alguna parte de su casa o del paisaje de Almería, que como todo sabemos es una isla rodeada de un blanco mar plástico. La literatura de las islas tiene sus propios lugares comunes, y uno de ellos es ls narración acerca de para qué va la gente las islas, si es para huir, o si es para llegar, o si es siempre para contarse de nuevo.

Se habitan las islas desiertas para que abandonen el adjetivo o para quedar también nosotros desiertos, porque ya tenemos demasiada gente dentro y hay que expulsar a veces esos tumultos. La escritura puede verse como la expulsión o el desalojo ordenado de ese tumulto. Yo creo que nada de lo que estoy diciendo le extrañará a Juanma Gil, que lleva tiempo en una isla, que con su obra está construyendo un archipiélago, que un día nadando se dio contra una roca que nadie había señalado en los atlas y ahí empezó a acumular materiales y comenzó a dejar que sedimentaran las personas y las cosas, y esta tarea le va ya por playas desiertas y campings recalificados como urbanizaciones. Si uno examina ciertos cabos y puntas de ese litoral que está componiendo creo que podría dárseme la razón en lo que digo, porque Juanma arrancó esa construcción cartográfica de que hablo con un libro llamado Guía inútil de un naufragio, que publicó en la naufragada editorial DVD. Tras éste publicó en El Gaviero, otro editorial naufragada, un libro quebrado por la forma llamado Inopia. Quedarse en la inopia, que es una suerte de equivalencia a estar sediento de paisaje, es algo habitual si uno habita una isla, lo mismo que si uno va sólo de visita a una isla suele matarse a hacer fotos para tratar de saber a la vuelta dónde ha estado. Pero un hombre que fotografía puede a su vez ser fotografiado, y entonces tendríamos una colección de fotos de gente aislada mirando a otros, fotos que uno podría haber hecho mientras camina con aquella legendaria máquina de retratar, la Hipstamatic 100, un proyecto mercantil naufragado y que también fue, es, el título del cuarto libro del isleño Gil. En mitad de estas obras, Inopia e Hipstamatic 100, Juan Manuel Gil publicó un libro llamado Mi padre y yo. Un western. Quien no lo haya leído que no se confunda; ese libro no es un western puro o tal vez sí, porque como el western parte de cierta concepción dialéctica del hombre, de que un hombre es una suma de soledad frente al paisaje, de palabras esculpidas contra el silencio, y de diálogos como monólogos enlazados de forma parecida a cómo las islas se juntan para formar un archipiélago. Y ahora Juan Manuel Gil publica Las islas vertebradas en una editorial llamada Playa de Ákaba; es obvio que es un isleño vocacional y por destino.

Las islas vertebradas comienza como comienza la vida, arrojados en medio de un diálogo sin que sepamos bien de dónde viene, hacia dónde va, de qué se trata, quién es esa gente. Es una concepción teatral, es decir, construida, de la existencia como extrañeza. Uno camina y camina explorando ese diálogo, el escenario en que se desarrolla, y pasado un rato se instala en él y decide ser mueble o ser lámpara o ser roca o ser alguien que se interroga y que interroga. El sentido de las cosas no es sino la narración de la construcción de ese sentido. Uno transita por ese escenario como quien parte a una larga excursión, se pertrecha cómo cree que puede ser útil, y sale a hacer preguntas. Uno de los personajes de la novela, Fatiha, dice, Yo las preguntas las acabo haciendo para que alguien me las responda. Pero, ¿qué preguntas son esas? ¿Quién debe responderlas? ¿Llegan siempre esas respuestas o en cambio, cuando no llegan, nos conformamos con disfrazar de respuesta esas expectativas rotas, esas esperas? Para intentar saber algo más el lector avanza por el sendero de esta novela, y el libro te hace dar vueltas como un trompo o un taladro, con ese ruido chirriante y necesario para lo que persiguen esos objetos, componer una pirueta hermosa que se mantenga detenida en el recuerdo, abrir un agujero por el que entre la luz o donde poner un soporte del que colgarnos. Eso sucede en Las islas vertebradas; nos regala imágenes que son como la efímera y fulgurante y punzante belleza de las peonzas girando; imágenes que iluminan brevemente la existencia de quienes habitan la isla, como quien abre de pronto una ventana y descorre una cortina o alza una persiana de un tirón y entran en la habitación la luz del sol y el olor del salitre; e imágenes que son la descripción del gancho del que nos colgaríamos en un ejercicio de coherencia y lucidez. Esas cosas son sólo el qué sucede pero no el porqué, quizás porque como he dicho los porqués son la expresión simulada de nuestra necesidad de ordenar la existencia y cartografiarla y conservarla en un atlas.

Si un hombre es una isla, ¿qué es una isla? ¿Es algo que se eleva del interior para mantenernos a flote, seguros, secos, o es el resultado de que todo se hunda alrededor nuestra? ¿Los que habitan las islas son gentes que ha huido a ellas o gentes que no saben cómo salir de ellas o gentes que sabiendo el cómo no alcanzan a construir un porqué? ¿A qué lugar llegamos cuando alguien a nuestro lado nos dice Ya hemos llegado? Uno no va a la escritura ni a la lectura, al menos en los conceptos que yo manejo de escritura y lectura, de literatura, para llegar, sino para alumbrar el camino que va siguiendo. Un camino en el que casi todo es extrañeza, calor, luz cegadora, noches pesadas, lluvias como malas digestiones, paisajes como personajes, escenas a las que nos arrojan con la obligación de representar un papel. ¿Quién soy de entre los que finjo ser, o creen que soy, o soportan que soy, o sueño con ser? Todo hombre es un misterio y un conflicto por resolver. ¿Qué palabras sumergidas son las que forman el esqueleto y mantienen a flote las palabras que somos? Esa inmersión en aguas desconocidas es lo que ha sido para mí la lectura de Las islas vertebradas. Sólo un reproche haría a la gran y satisfactoria apuesta narrativa que es este libro: que su autor haya metido en él un opel astra familiar, que es un coche feísimo.

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Siete de la tarde. Acerca de la poesía de Luis Pimentel

Son las siete de la tarde y nadie parece acordarse de Luis Pimentel. Pero son las siete, cada día son las siete de la tarde al menos una vez y a veces muchas, y voy conduciendo por la autovía casi desierta, y me acuerdo de Luis Pimentel. Me suelo acordar mucho de Luis Pimentel, casi como esos hinchas de fútbol que aplauden cuando el reloj llega al número de su jugador favorito fallecido. Casi cada vez que son las siete de la tarde me acuerdo de Pimentel, de unos versos de Pimentel.

Yo supe de Luis Pimentel allá por el 91. Leí esos versos –Es la hora/en que la ciudad es paisaje– cuando yo solía estar estudiando -fingiendo que estudiaba- en unos locales del centro de Málaga, sobre la iglesia de San Agustín, donde pasaba muchas horas, y cuando me asomaba a las ventanas -me asomaba más que estudiaba- pasaba lo mismo que pasa en ese poema llamado Siete de la tarde, “coronas de polvo, papeles y hojas” en los rincones de las plazuelas, y torres que regresaban al bosque, y el granito de las cornisas disolviéndose en el aire. Recuerdo haber leído ese poema por la tarde y haberme asomado a la ventana y haber visto allí, tras ella, el poema, haber caído dentro de la mirada del poema, y haberme estremecido y casi echado a llorar -esto no es literatura-. Y desde entonces con mucha frecuencia, desde el 91, de vez en cuando lo releo, a Pimentel, ese poema y otros de Barco sin luces y otros libros, y desde entonces cada vez que dan las siete de la tarde y me doy cuenta de que son las siete de la tarde me digo eso de Es la hora/en que la ciudad es paisaje.

Este es el poema de Pimentel:

SIETE DE LA TARDE

Se escapan mis manos de sombra
a palpar las cornisas sensuales,
porque ya el granito es carne, sangre y alma
y se disuelve la piedra inmaterial
en la urna del aire.

Son las siete de la tarde,
y el fino florete del viento
yace caído, roto sobre la calle.
Las torres se han ido a sus bosques.
Duermen las coronas de polvo, papeles y hojas
en los rincones de mis plazuelas.

Es la hora
en que la ciudad es paisaje.

Barco sin luces, el libro en el que aparece este poema, salió con un prólogo de Dámaso Alonso, al que había entusiasmado Pimentel. Pimentel no llegó a ver editado su libro con su poesía en español, murió como tres años antes. Cuando Dámaso Alonso escribe sobre esos poemas dice que su lectura lo sitúa “allá donde se abre en playas la ternura”.

Allá donde se abre en playas la ternura…

Yo defiendo mucho a los hombres pequeños. Frente a los titanes de anchos hombros -por ejemplo, Dámaso Alonso-, o junto a ellos más bien, legiones de hombres pequeños que miran despacio las cornisas son los que sostienen el mundo. Los hombres pequeños suelen acabar desbordados, sin embargo. Sus dolencias son la de insuficiente caja torácica para tanto corazón, la de insuficiente capacidad del nervio óptico para filtrar toda la luz del mundo. Si a alguien pequeño le dicen que lo que hace te lleva allá donde se abre en playas la ternura es normal que el corazón no aguante y reviente; es normal que la ceguera sea inmediata si de pronto toda la luz de esas playas llega a los ojos. Qué vas a hacer después de que digan eso de ti; sólo disolverte como arena, entre el levante, entre los vaivenes del agua, disolverte.

La poesía de Pimentel, lo que yo sé contar sobre mi percepción de la poesía de Pimentel, está llena de espacio vacío y miradas sobre ese espacio vacío o casi vacío. Luego supe que Pimentel -que se llamaba de otro modo- era médico -era médico por o para llamarse de otro modo, supongo- y me gustó más porque a los hipocondríacos nos encantan los médicos. Creo que nunca he hablado con nadie de Luis Pimentel, nunca. Lo leo, repito esos versos con frecuencia, pero no he hablado creo nunca sobre él ni con nadie sobre él. Iba conduciendo esta tarde y los carriles eran los tres casi sólo para mí y la tarde estaba en la hora de ser paisaje y alguien estaba mirando de ese modo. Supongo que hay una forma de saudade en todo esto -Pimentel era gallego-, un modo de añorar algo indefinido o indefinible del que uno no se libra nunca pero menos aún cuando dan las siete de la tarde y te pilla asomado, y yo estoy todo el día asomado, de un modo u otro siempre asomado. No hay seres humanos al otro lado de esos versos de Luis -¿podría yo haber sido amigo de Luis Pimentel como para llamarlo Luis?-, sino a este lado. Iba conduciendo e intentaba recordar más versos de Luis Pimentel y he pasado bajo un paso peatonal elevado y un chico que llevaba a la espalda una guitarra iba leyendo mientras cruzaba. Paisaje. Llegando a casa he visto a un hombre rebuscando en los contenedores, un hombre con una camiseta amarilla. Paisaje. Todo se acaba disolviendo en la urna del aire. Un día dan las siete de la tarde y hay coronas de polvo y hojas en las esquinas, y el metal de las barandillas se hace continua sombra.

Un día nadie nos recuerda.

Barco sin Luces. Luis Pimentel. Linteo, Ourense, 2001.

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Las palabras que restan

Las crónicas hablan de la incredulidad, de la duda, de aquellos que entraron en lo que quedaba en pie de algunos recintos por vez primera. No sabían frente a qué se encontraban, no sabían si eran humanos, y de serlo, de qué concreta subespecie hasta entonces desconocida. Eran lo más parecido a sombras que, si se desplazaban, se desplazaban más despacio que cualquier sombra. Supongo que los recién llegados vomitarían y llorarían, como yo lo he hecho tantas veces antes las imágenes y los relatos. El dolor, la muerte, sus múltiples formas de percepción y causa, es de suponer que no les eran desconocidas, pero aún así llorarían y vomitarían, incapaces de ordenar el pensamiento en una estructura previa que hiciese aquello comprensible. No la había. No la había hasta el punto de que tuvo que ser construida, tuvieron que ignorarse algunos principios para que de alguna manera débil e imperfecta aquello fuese evaluado siquiera parcialmente, y una ficción de reparación pudiese salvarnos de la mudez, de la nausea. Pudiese intentar salvarnos, más bien.

Las cifras oscilan, pero son siempre atroces. El problema es también un problema adjetivo, un problema de agotamiento del adjetivo. Se fabricó un sustantivo, de uso posterior, pero siempre he creído que la analogía no es posible, no es muy posible más bien. Si bien es cierto que los seres humanos tienen cierta querencia al exterminio, y que lo practican con cierta frecuencia sobre las cosas y los animales, mi sensación es que ese bacilo homicida encuentra su mejor tejido de cultivo en el exterminio de los semejantes, o mejor dicho, de los semejantes a los que se les niega la condición de semejantes. Como en Calderón, sangran y se duelen como nosotros, pero no son nosotros, son otra cosa, y no es casual el uso de esa habitual coletilla para la indefinición: es causal, no son semejantes, sino cosa. Pero por concretar una cifra, que una todas las cifras dispersas, pienso que podemos dejarlo con cierto acuerdo en un total de 15 millones, si bien es cierto que no respecto de todas las partidas de esa contabilidad puede decirse que se hubiese ajustado de modo tan razonado el modo en que iba a estimularse su crecimiento como se hizo con la partida mayor.

Esa partida mayor, el grupo más numeroso, puede también concretarse pacíficamente -es una maldad usar ese adverbio- en la cifra en 6 millones. Como decía, la manera en que se planificó la actuación respecto de ellos no ha tenido comparación en la historia del mundo. Esa planificación supuso, según puedo leerlo yo, llanto, nausea, lectura, el fin de la Historia tal y como se había concebido hasta entonces. Porque hasta entonces uno podría pensar que la Historia se conformaba con datos y con algunos hechos y con narraciones sobre esos hechos y esos datos, que los hacían visibles de un modo o de su contrario. Tras que aquellos hombres se adentrasen en unas ruinas que albergaban más ruinas que identificaron como algo vagamente humano mi sensación es que la Historia, el Mundo, se han transformado sólo en ficción. Ficción que tiende a ser sustituida por otra ficción porque hemos encontrado en lo relativo un confortable refugio para la ignorancia y el miedo, y que cuando no puede sustituirse es borrada o demolida según la capacidad del nuevo relator.

Cada día es el día mundial de algo. Cada día, dicen las cifras, es un día de guerra en un mundo en guerra, un mundo en el que no han cesado los conflictos desde 1945. Ni un sólo día, ni un puto día sin que alguien mate a alguien usando un justificante externo y ajeno a la mera animadversión personal: la guerra. Un mundo en guerra que según yo lo leo es más que nunca un mundo hechos de palabras. Por mucho que la imagen tienda a la reproducción en masa, la imagen es leída en su glosa y no en su mera descripción. La comunicación, con apariencia de ser mayor que nunca lo fue entre los hombres, y más allá de las reflexiones sobre el aislamiento en el cual esa aparente comunicación se funda, se centra en las palabras, en contar palabras, etiquetar palabras, contar caracteres. En mitad de ese mundo de palabras que ayudan a vaciar el sentido de la Historia, el 27 de enero fue el Día Mundial de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto.

¿Cuánto espacio ocupó ese Día y su contenido y su razón de existencia en el mundo de las palabras que habitamos? Habitamos el mundo, y no las palabras, pero, ¿cuánto espacio? Lo que debiese preocupar aún más, ¿cuánto ocupa a diario en la memoria del mundo? La partida contable más numerosa, he escrito antes con deliberación, intentando vaciar el discurso lo más posible, disfrazar el sentido lo más posible: esa es la sensación que tengo sobre lo que se está haciendo con la Shoá: edulcorar, hacer plano el lenguaje, lo que al cabo es una victoria permanente del nazismo, como bien habría explicado Victor Klemperer. Esa partida contable se llama pueblo judío. El modo en que uno se integra en ese grupo fue objeto de elaboración legal. Uno adquiere la personalidad civil a través de una norma, y a través de una norma se transforma en otra cosa: 6 millones de judíos que cavaron una tumba en el aire, por usar la expresión de Kertesz. Opositores, soldados rusos, homosexuales, eslavos, gitanos, diversas partidas contables, pero la principal, los judíos de toda Europa; aun quienes no sabiendo bien qué era eso de ser judío les importaba bien poco serlo fueron calificados por una norma como judíos, etiquetados -¿fue eso un hashtag?- y exterminados. Por exterminados quiero decir, claro, asesinados y cremados tras pasar penalidades una sola de las cuales basta para hacer surgir el llanto, la mudez, la nausea. Por exterminados quiero decir que existió un sistema jurídico, social, administrativo, que ordenó cómo un semejante, cosificado, iba a desaparecer de eso que se llama faz de la tierra y que es si es una faz, debiese ocultarse por vergüenza de quienes la pueblan. Y esa, la organización del mal más allá de lo que Arendt llamó su banalización, es la diferencia que para mí separa la Shoá, el Holocausto, de cualquier otra masacre humana, y mira que en ese cajón hay donde elegir. La Humanidad construyó su Historia civilizando el conflicto, hasta que llegado ese momento civilizó la pérdida de la condición humana; la reguló, y al regularla, al racionalizar el exterminio del otro, puso fin a la Historia. El nazismo y el exterminio de los judíos en los campos puso fin a la Historia. La Historia, desde entonces, es un como si.

Pero claro, el 27 de enero de 1945 queda muy lejos. El judío queda muy lejos y encima es incómodo. El judío es quien aplasta al palestino, por ejemplo, esos que fueron asesinados ahora hacen lo mismo; eso es una construcción común que obvia lo obvio: que no es lo mismo. Un sistema como el actual, el del como si, la Historia como si, el mundo como si, el Derecho como si, no ha sido ordenado jurídica, social, administrativamente para el exterminio. Confundir la mala praxis, por extendida que pueda estar, con la maquinaria organizativa de la Solución Final, me parece una vileza: es una vileza. Peo la Historia se sustituye por otra ficción más amable o conveniente o ambas, porque es como si fuese la Historia, o se borra, o se destruye -se cava su tumba en el aire-. En el mundo de las palabras, el vacío de esas palabras oculta su significado y su sentido, y sólo hay significante embellecido. Sólo hay imagen sin pie, luz artificial en medio de una negrura que nadie hace por alumbrar. El olvido es esa negrura que avanza por los salones cuando cae la tarde; uno está allí sentado, apaciblemente sentado, y cae la noche despacio y la vista se va acostumbrando hasta que cuando queremos darnos cuenta todo está oscuro.

Yo he tenido esa sensación, que se había hecho de noche en mi salón. Nadie encendía las lámparas, usando el título de Felisberto Hernández para un fin distinto. Nadie las enciende, y cuando las luces se extingan del todo puede que no quede nadie que recuerde a las víctimas. La memoria requiere un esfuerzo, del mismo modo que lo requiere ser humano y no otra cosa similar aun con vecindad civil reconocida. 1945 queda tan lejos que un día no estará, porque es incómodo guardar tanto trasto en las casas contemporáneas, cada vez mas pequeñas. La memoria que antes era miles de volúmenes ahora es un pendrive -un lápiz de memoria; el nombre es un chiste-, que es cierto que ocupa menos espacio, pero es mucho más susceptible de ser perdido. La gente olvida la Historia porque la Historia es borrada de continuo y se transforma en anécdota, en una lona sobre una fachada de un edificio arruinado: lo que se construye no es lo que estaba, sino como decía una ficción, un pastiche. El mundo en el mejor de los casos es sólo como si. En el peor se llama negacionismo o revisionismo, y está al alcance de cualquiera, y nadie se toma en serio, por ejemplo, en España, su persecución.

Lo que pretendíamos como Humanidad se acabó cuando se liberaron los campos. En realidad antes, cuando se abrieron tras su regulación legal. Lo de después es otra cosa, que nos permite sobrevivir sin inocencia. Eso habría que contar cada año, de continuo, sin cansancio. Los que mataron a quince millones de personas, a seis millones de judíos, quienes los cosificaron, el nacionalsocialismo alemán, los nazis, no se cansaban. Porque los de alrededor se cansaban, y dejaban para mañana frenarlos, criticarlos, denunciarlos, combatirlos, lo hicieron. Un hombre que se pretende un hombre, entonces, no puede cansarse, no puede abrigarse, no puede dejar para mañana, no puede dejar en manos de otros el razonamiento que separa la idea de la mala praxis, al hombre de la alimaña. Si uno piensa en la civilización piensa en la ausencia y evitación de la barbarie, pero fue una construcción de la civilización la que ordenó el Holocausto. La civilización construye muros de defensa, o construía, contra la barbarie, pero desde hace ya un tiempo sólo construye muros, y la razón o el sentido de hacerlos quizás ya está guardada en un pendrive. Pero un pendrive es algo cada vez más pequeño, y se va a perder un día, y entonces no nos quedará ni el como si para abrigarnos.

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