Un hombre ha muerto

Un hombre ha muerto.

Es así de fácil, de sencillo: un hombre ha muerto.

Alguien me ha hecho señas para que parase mi coche y dejase pasar a alguien.

Yo venía de trabajar, volvía a casa.

Y alguien me ha hecho señas. Me ha indicado que me detuviese.

Entonces han sacado a un hombre muerto de una obra. Salían hombres y alguna mujer, todo un séquito acompañando a un hombre muerto. Yo conocía a una de las mujeres, una jueza. La jueza estaba trabajando.

El hombre estaba trabajando, y ahora está muerto.

Ha pasado frente a mí.

Un hombre ha muerto mientras trabajaba. La gente se mata por trabajar, y un hombre ha muerto por eso: por trabajar.

Si ese hombre no hubiese estado trabajando ahora estaría vivo. Sus hijos, si tiene hijos, estarían discutiendo con él por no hacer los deberes o por ver unos dibujos de unas tortugas. Su mujer estaría oyendo la discusión mientras piensa cómo hacer la compra al día siguiente sin tener dinero para la compra.

La gente quiere trabajar pero si ese hombre hubiese sabido que iba a morir en una tarde brillante de primavera habría dicho, No, yo no quiero trabajar hoy, despídanme, no me paguen este salario de mierda, porque quiero vivir. No quiero morir en una tarde brillante de levante escaso y cuerpos blancos que enfrentan los primeros soles de una playa medio vacía, habría dicho el hombre en una versión excesivamente elaborada y retórica del miedo a la muerte.

Pero el hombre se ha puesto un casco a las 8 de la mañana y un chaleco reflectante, y ahora ese casco no tiene dueño y está roto, y ese chaleco ahora tiene manchas oscuras de mortero y cuerpo muerto.

Un hombre está muerto. Mañana lo mismo anuncian una cura contra el cáncer y a él no le afectará, porque ya hoy está muerto, lo está en esta hora en la que quizás alguien está contando a su mujer que sus hijos pueden poner los dibujos sin volver a discutir con él porque los deberes de conocimiento del medio y de science aún no están terminados. Niños que han ido hoy a un colegio público bilingüe y que quizás mañana también vayan, pero irán huérfanos.

Hombres y alguna mujer trabajando porque un hombre ha muerto. Yo conocía a la mujer, iba vestida de azul marino.

Es absurda toda muerte. Es innecesaria toda muerte. Al menos a mí me lo parece y me lo ha parecido mientras estaba detenido dentro de mi coche mientras pasaba ante mí un hombre muerto. Había más gente vestida de azul marino, los policías, los empleados de la funeraria. Yo estaba dentro del coche con un pantalón azul marino.

Lo mismo el hombre llevaba también un pantalón azul marino. Cuando salió de casa ese pantalón esta mañana era un pantalón limpio. Lo mismo el azul marino es el color de la muerte.

Un hombre ha muerto y olía a salitre el silencio mientras ese hombre ha pasado frente a mí rumbo a un furgón azul marino -sin duda es el color de la muerte en esta tarde brillante- que lo llevaba hacia la nada. Todo ha quedado en silencio en ese momento. Sé que ha sido una casualidad más que otra cosa, pero todo estaba en silencio. Hasta yo había apagado la música del coche cuando me han indicado que parase para dejar pasar a alguien camino a la nada.

No recuerdo qué música iba oyendo.

No he vuelto a poner la música después.

Cuando han pasado y me han dicho que pasase, y yo era el primero de una pequeña fila de coches, el pequeño cortejo ha pasado despacio. Yo no he querido mirar hacia la izquierda porque me parecía obsceno. Sólo he arrancado y he pasado despacio.

Sólo ha muerto un hombre. No será noticia probablemente, porque uno es un número muy pequeño.

Toda muerte es absurda, es innecesaria. No enseña nada la muerte.

Un hombre se mata por trabajar, y trabaja y se mata. Es así de fácil, de sencillo. Estaban construyendo un edificio y han construido una montaña de dolor esta tarde, pero mañana pondrán más hormigón sobre ese dolor y en catorce meses en ese mismo lugar habrá niños discutiendo con su padre por los deberes de conocimiento del medio.

He llegado a casa y tenía hambre. He machacado tres plátanos, les he puesto tres cucharadas de azúcar y el zumo de un limón y me los he comido en silencio.

Seguramente luego cenaré.

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Extraña tarde de domingo

Estaba dando vueltas a si salir a rodar hace un rato, quería hacer quince kilómetros, pero finalmente he decidido dejarlo porque tenía sensación de frío -pero no hace frío afuera hoy- y ponerme con un texto sobre Ribeyro, y al final he acabado leyendo a Ribeyro y dejando a medias el texto, y luego me he puesto a buscar una foto concreta de Ribeyro en un lugar concreto, y entonces el gúgel me ha traído la entrada de un blog como trae el mar a veces las cosas -Ribeyro habla de eso en una entrada de sus diarios del 7 de junio de 1977; contempla largo rato cómo el mar lleva y trae un objeto rojo, mecido con fuerza por la resaca, y acaba por decir del objeto que desaparece: “Sensación como de alguien que hubiera querido comunicar un mensaje y que terminó por callarse.”-.

La entrada es del blog de Fernando Valls, almeriense de nacimiento, y curiosamente -iba yo buscando a Ribeyro por no salir a correr- habla de atletismo.Habla de sus tardes de atletismo en el estadio Campra -que yo oí siempre cuando iba a Almería de pequeño a ver a la familia como “de la Falange” y así lo cuenta Valls- y de cómo Emilio Campra le dijo que se dedicase a otra cosa. La he leído con emoción curiosa, y al final el primer comentario a ella es de mi admirado amigo Ernesto Calabuig​, mejor persona que escritor y atleta, y quien lo haya leído y sepa de sus ritmos sabe que estoy hablando de altas cumbres. Las tardes de atletismo de Valls son de 1969, que es el año de mi nacimiento: así trae el mar las cosas.

La entrada al blog, tan obligatorio, de Fernando Valls, La nave de los locos:

http://nalocos.blogspot.com.es/2011/03/el-estilo-campra.html

El 30 de diciembre de ese año 1977 en el que Ribeyro ha estado viendo cómo jugaba el mar con un objeto rojo, escribe en su diario: “Me pregunto a veces por qué no terminé las cosas comenzadas y que ahora otras realizan y se presentan como novedad.(…) Perdida la ocasión, ya no me queda nada por hacer, que no sea o parezca imitación o influencia. Y mis otros proyectos correrán la misma suerte, seguirán siendo un borrador, menos, una intuición, cuando ya otros los hayan realizado. El arte literario, fatalmente, excluye los bosquejos y sólo acepta las realizaciones.”

Me doy cuenta de que este texto avanza cuando había decido finalmente escribir sobre otra cosa y entonces las frases me manejan como a un objeto rojo en mitad de un mar resacoso, y me llevan y me traen quizás hacia lo sin remedio, hacia la pérdida. Porque el origen de lo que pensaba escribir y que de hecho escribí hace tres días pero un dedazo donde no debía me hizo perder todo lo escrito es haber conseguido, gracias al simpar Diego Zaitegui​, almeriense también de pro aun adoptivo -si existe el libro el entusiasmo de Diego lo consigue como sea, es Mr.Tambourine de los lectores compulsivos en Gádor- un libro que llevaba tres años intentando conseguir: “La caza sutil y otros textos”, que reúne los ensayos de Ribeyro sobre crítica literaria. Cuando me llegó el libro yo llevaba once días seguidos corriendo, y debo decir que a buen ritmo, asfalto y monte, estupendos rodajes, luz en las piernas, y pensaba ese día hacer doce. Iba con la ropa de correr en el coche para cambiarme tras las clases, y también con el libro en el maletín, y había estado esa mañana charlando con Lola Lopéz Mondéjar​,una de las personas más inteligentes e incisivas que conozco, un premio que me tocó el día 20 de febrero en Madrid junto a otros muchos premios de ese día; habíamos charlado de paisajes interiores y yo me había metido como siempre hago con los novelistas, tan empeñados en novelar para que les hagan la película en vez de en contar cuentos que jamás puedan rodarse, y parado en un semáforo abrí al azar el libro y encontré esto, y lo estaba leyendo -el texto se llama Problemas del novelista actual, y, curiosamente, es de 1969, el mismo año en el que Valls corría por las pistas del estadio de la Falange ante la mirada de Emilio Campra, un entrenador legendario que años después se quedaría con el nombre del estadio, y el mismo año en que me dio por nacer- y me estaba acordando de la charla feisbuquera con Lola:

“El novelista se encuentra así, pues, en nuestra época, en una situación inconfortable. Las ciencias sociales acaparan y reivindican la trasmisión del saber y de lo novedoso, lo que antes pertenecía a la novela. La historia banalizada expropia el pasado y el periodismo de actualidad, el presente. ¿Qué le queda pues al novelista? Felizmente le queda algo: le queda el lenguaje, le queda la fantasía,le queda la libertad de la composición, le queda el carácter no inmediatamente utilitario de su quehacer, le queda tal vez la insatisfacción.”

Cuando llegué al lugar donde pensaba dejar el coche y salir desde allí a correr por décimo segundo día consecutivo decidí no hacerlo. No salir a correr. Poseo una imparable predilección por la obsesión, y pensé en ese momento que si lo hacía -y me apetecía y tenía las piernas y la cabeza listas- después vendría el trece y después el trescientos quince, no me atrevería a parar ni querría hacerlo y me deslizaría por otra manía -la repetición de un gesto a veces deviene estilo- , así que decidí quedarme allí, sentado sobre el capó del coche esperando en un aparcamiento vacío a que mis hijas saliesen de entrenar mientras seguía leyendo a Ribeyro en un libro conseguido tres años después de saber de él -puedes comprar en China por 1,60 euros un cable para el teléfono y te lo mandan sin gastos de envío, y en cambio tardas tres años en tener en las manos un libro editado en Chile-.

El mismo día que conocí a Lola en Madrid estuve almorzando con Ernesto y otros amigos, en una comida inolvidable y no por el menú. En esa comida mantuve una conversación a la que seguía dando vueltas cada poco -ya he dicho que soy obsesivo, y vivo permanentemente con el espíritu de la escalera- sobre lo que yo llamo responsabilidad moral del escritor, que quizás es la misma que la de cualquiera que tiene una mínima competencia para hacer algo que mejore a los otros. Nunca la había pensado como tal hasta la navidad de 2011, en la que dos amigas a las que no veía hace 25 años, Paloma​ y Pilar​, tras saber que había decidido bastante atrás, en 2005, dejar de escribir tras haber publicado un libro de cuentos en 2000, me abroncaron y me dijeron eso, que tenía una responsabilidad moral, que pudiendo hacer algo -es su opinión, no la mía- que otros no pueden no podía dejar de hacerlo, que se lo debía al resto. No les hice mucho caso o no pensaba, hasta que en febrero de 2013 me vi de nuevo escribiendo con conciencia de haber vuelto a hacerlo. En ese almuerzo del día 20 de febrero yo estaba hablando de esa responsabilidad moral y vi cómo Cuqui Weller- Juan​, dile que estoy hablando de él y repartíos mis abrazos- me miraba con cara de “cómohaspodidopedirelpeorplatodelacarta” -cosa que por cierto era cierto, menudo guisaillo mal hecho-, de incomprensión sobre mi tesis; la verdad es que no supe explicarme ni explicárselo mejor, y teniendo en cuenta que aún ando dando vueltas a charlas que mantuve con doce años no debe extrañar que la charla con Cuqui y otros ese día – Paul​, Miguel Ángel Muñoz, Encarni- la tuviese en la cabeza pendiente de explicar mejor a Cuqui de qué hablaba yo. Entonces hace unos días sentado en la tarde sobre el capó caliente estoy leyendo a Ribeyro hablar sobre un episodio en el que acude a un colegio en Lima para una charla con escolares; está hablando sobre el modo en que uno adquiere conciencia de ser escritor, cómo decide serlo. Ha conversado con las chicas y tras el acto le regalan una bolsa con lápices y cintas de máquina de escribir, y le dicen, Es un obsequio para que pueda usted seguir escribiendo. Y se dice Ribeyro, muy emocionado por el gesto: “Bueno, después de todo yo no soy un escritor solitario, ni poco leído, ni desconocido, sino que hay personas que me leen, colegialas, y en consecuencia, debo seguir escribiendo, debo tener presente que se asume, cuando uno escribe, cierta responsabilidad, aunque sea para no decepcionar las expectativas de sus lectores.” El texto se llama Circunstancias de un escritor, y cuando leí ese fragmento me dije, Carajo, ya podía haber leído esto Cuqui y quizás se hubiese enterado de lo que yo quería intentar decirle -y ya podía haber pedido yo otra cosa que no fueran las patatas con carne-.

Esta tarde cuando he decidido no salir a correr y ponerme a escribir y después decidí no escribir para ponerme a leer -después decidí escribir lo que no había previsto y después decidí seguir escribiendo sobre lo que intenté escribir el otro día- lo que me había puesto a leer era La caza sutil; pensé que quizás habría entradas en los diarios de Ribeyro referidas al libro, y de repente, quizás porque había estado hablando con mi primo, me vino Almería la cabeza y que Ribeyro había estado por allí un par de veces; me he puesto a buscar y buscar y han aparecido esas anotaciones de 1977 en las que mira en Carboneras cómo el mar juega con los objetos y deja cosas sin decir, cosas a medias, bosquejos, En muchas ocasiones en los diarios se queja de no poder acabar las cosas, dejarlas a medias, sólo en la armazón de la intuición. Alberga dudas sobre su talento, sobre su obra. Habla de sus contemporáneos y sus novelas, él que se ha volcado sobre los cuentos y sobre novelas menos amables que las de otros que asumen la fama del boom. Se dice el 28 de octubre de 1977: “Nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer,durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, luego me olvidaron.”

A media mañana de hoy he escrito un correo electrónico a Lola, Le hablaba de Kafka, de un proyecto sobre él que,le he dicho, seguro que nunca acabaré, como tantos otros; le hablaba de mi amor por Kafka -tan similar al que siento por Ribeyro- y le he dicho: “Creo que tiene derecho a que alguien cuide de él y lo ame, y que yo intento no dejar nunca tirado a nadie de los míos, y o nos salvamos todo o caemos todos. Imagina qué pena no saber nada de Franz. Qué pena, madre mía.” Luego he leído entresacada en la tarde en que no quise correr esa entrada de Ribeyro, sobre la conciencia del olvido, de la inutilidad posible de lo que se hace. La insatisfacción pendiendo siempre sobre el trabajo propio. La portada de La caza sutil trae a Ribeyro sentado feliz, sonriente, en una terraza, y eso era lo que me ha dado por buscar, momentos felices de Ribeyro, y luego salió Almería, y me acordé de sus estancias en Almería y puse Ribeyro Almería en el buscador y salió lo de Valls y la carrera a pie, Ernesto, el libro enviado por Diego desde Almería, la felicidad que siempre evoca en mí Almería. La semana que viene pasaré la tarde del domingo en Vícar, no muy lejos de Almería, de Carboneras, y lo mismo si la competición de mis hijas no empieza demasiado pronto me da tiempo a abrir mi madrugada de domingo almeriense corriendo por Roquetas. Definitivamente no me gusta correr por la tardes, por las tardes tengo frío. Y menos aún correr la tarde del domingo. Casi nada hay más extraño que una tarde de domingo.

Julio Ramón Ribeyro

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Bailar en domingo

Estaba la gente corriendo -bueno, acababa de estar- y estaba la gente botando -¿o es la uve?, nunca lo sé bien cuando se trata de democracia- y yo ya estaba en casa esperando que empezasen las noticias en La Primera -¿quién pone los nombres a las cadenas en España, no veis, directivos, que son nombres idiotas, que sólo aspiráis a un orden convencional en el mando a distancia, por qué una Antena es Tres, qué memoria, qué paisaje puede aspirar a rescatar un nombre así, o Telecinco, o La Dos, no veis que no es posible decir nada inteligente sobre esos nombres y si eso sucede, si no puede decirse nada inteligente o hacerse un chiste sobre algo es que ese algo es irrelevante, es res extra commercium, no veis que un nombre puede condenar al extrarradio y el arrabal de las cadenas de adivinos, que es imposible tomarse a broma una exclusiva del Times, pero que si la exclusiva es de Telecinco alguien hace la rima fácil y se carga el trabajo de una redacción completa? ¿Sois idiotas, mercaderes de anuncios de compresas con alas?-, y en el rato de la digresión ha avanzado el programa que estaban poniendo en La Primera y mientras digresaba me he ahorrado ver a Mar Flores hablando de sus niños, como si no tuviese yo bastante con los míos. Estaban poniendo Corazón, que no corazón, de hecho yo creo que no ponían hasta ese momento corazón alguno, y entonces ha salido El Reportaje de La Primera.

Porque eso es El Reportaje. Lo demás es advocación y selva.

Un trabajo descomunal, una cosa exagerá de veras, la historia de la televisión en España boca abajo, a la mierda las elecciones y los yihadistas y el tiempo y los deportes: El Reportaje. Con un título grande, la importancia del nombre -para que se vea que no es tiempo perdido nunca el tiempo de la digresión-: Vamos a Bailar. La Obama y Nadal y Dani Alves y los vestuarios del Madrid y el Barca -lo pongo sin rabillo bajo la ce porque ha llovido mucho y para esos días es mejor barca que barsa- y toda la intelectualidad mundial bailando y la música sonando y yo allí, comiendo spaguetti alla putanesca -mis putanesca son quizás los mejores del mundo-, pero loco, absolutamente loco por bailar, sobre todo cuando ha sonado mi amada Tina Turner o cuando ha salido un corte de Saturday Night Fever -claro que después ha sonado Macarena, porque la felicidad es sólo eso, el artificioso eco de un instante y Los del Río la equivalencia musical de una bomba de neutrones-, y bailaban y bailaban y hasta bailaba Brando -amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención: poneos a bailar- y se ha puesto a bailar Beyoncé con algo que podría ser parecido a algo que un día fueron los restos de un traje y

PUM! PUM PUM! REPUM!anne

¿Que en la tele no ponen más que mierda? ¿Que hay que leer más y no ver la tele? ¿Que la tele embrutece? Sois unos completos ignorantes que transitáis por los tópicos y los lugares comunes como un jubilado en un Panda del 86 sin ITV por el carril izquierdo de una autovía de cinco carriles en un tramo con pendiente del 23 por ciento de subida. Estaba yo allí viendo la tele mientras comía mis spaguetti alla putanesca -quizás los mejores del mundo- y me he visto obligado a levantarme y ponerme a arrojar por las ventanas libros que caían al suelo con un torpe planeo como gaviotas que se hubiesen hinchado a reventar de spaguetti alla putanesca, masticaba mi pasta mezclada con mi maravillosa salsa y cogía a puñados los libros, sin cuidado alguno, y los lanzaba como una pechugona amante italiana despechada en lencería a la soledad del mediodía -los vecinos no se asomaban a ver el espectáculo porque estaban viendo Corazón, claro-. Porque ha llegado el minuto 30,30 -podéis comprobarlo en el video del programa, yo jamás miento, sólo cuento, lo que es una mutación de la mentira con fines benéficos- y casi acababa de recuperarse Beyoncé de un ataque epiléptico -yo creía que era eso lo que le pasaba, y que por eso llevaba algo que podría ser parecido a algo que un día fueron los restos de un traje, pero lo mismo era un baile-y la voz en off -la historia de la salvación es una voz en off desde lo de la manzana y la zarza y las tablas y el señor crucificado y el otro señor cayendo del caballo, siempre que suena una voz en off sucede algo milagroso y el mundo cambia salvo cuando suena en la cabeza de un esquizofrénico, menos cuando todos los que la oyen son esquizofrénicos y entonces lo llaman normalidad-, la voz en off, decía, contaba, pero no miento al escribirlo, ha dicho:

NIETZSCHE EL FILÓSOFO TENÍA RAZÓN

Coño, ¿no era para tirar todos los libros? Cuatro mil libros por las ventanas, nunca se vio una bandada de gaviotas tan grande y de bichos tan gordos y torpes por estos amaneceres ni por estos atardeceres. La voz en off, recién llegada del Sinaí, y de Irán, y de Corea del Norte, y de los puticlubs del Estado Islámico, y de las sedes de los partidos políticos que se están comiendo las uñas con el catering mientras aguardan saber si podrán colocar a su cuñado, y del mercadona en hora punta cuando llaman a reforzar las cajas, y de todos esos lugares en los que siguen sonando voces en off, allí, en mitad de El Reportaje, y dice la voz en off, y cito literal -más bien repito, lo de antes ya era cita literal-:

NIETZSCHE EL FILÓSOFO TENÍA RAZÓN

Y ha añadido, claro, una cita evangélica de Nietzsche el filósofo, puesto que dentro de la total razón nietzscheana ha entendido la autora de El Reportaje necesario extraer y recordarnos una cita adecuada a la enseñanza que debía ser transmitida en ese concreto instante de proselitismo y absolutismo filosófico -si ÉL tenía razón, todos los demás es obvio que no la tienen, y por eso han salido volando despavoridos de mi casa, ¡salid de aquí, falsos profetas, mercaderes de anuncios de compresas con alas filosóficas!-:

“Deberíamos considerar perdido el día en el que no bailamos al menos una vez”

Yo antes de razonar más allá sobre la cita me he ido a la güisquipedia porque ya había tirado todos los libros incluidos los de consulta y los de cocina -no temáis, mi receta de los spaguetti alla putanesca está a buen recaudo en mi cabeza-, todos los libros menos los de Nietzsche el filósofo, y tenía que consultar una duda que en razón del absolutismo filosófico recién instaurado podría calificar de duda nietzscheana: Nietzsche el filósofo, ¿no habrá alguna confusión con otro, con Nietzsche el fontanero o Nietzsche el concejal de movilidad o Nietzsche el carnicero o Nietzsche el pintor empapelador? Pues no, el juliánlago de guardia en el puente de mando de la nave de la güisquipedia ha dicho -no podía ser menos en cuestiones de fe- que en El Reportaje habían dicho la verdad: era Nietzsche el filósofo, sin dudas -de hecho no he hallado a ninguno de los otros, pero sí, como habitualmente pasa cuando hago consultas filosóficas en internet, mucho porno-. Así que resuelta la duda pongo la cita completa, tal y como creo que estaría escrita en la escaleta de El Reportaje:

Minuto 30:30: NIETZSCHE EL FILÓSOFO TENÍA RAZÓN, “Deberíamos considerar perdido el día en el que no bailamos al menos una vez”. (Subrayado en rotu rosa fluorescente).Nietzsche187c

¿Cómo va a embrutecernos la tele? Si mañana todos los que estaban viendo Corazón, El Programa, y han visto El Reportaje, y seguro que son millones, que son Legión, van y afirman en su lugares de trabajo o de subsidio de desempleo o de estudias o diseñas que Nietzsche el filósofo tenía razón, ¿cómo va a ser eso malo? Aun cuando no hayan leído un sólo libro en su vida, si desde ya son nietzscheanos, ¿puede alguien, salvo que sea un descreído, salvo que sea un mierda resentido kantiano o heideggeriano o sartreano, afirmar que una sociedad que se afirma de ese modo es una sociedad enferma y convulsa y sin valores? No habrán necesitado transitar de modo inútil el sinsabor del conocimiento, ni hacer un grado 3+2: Pum, Pum Pum, Repum, acaba de bailar Beyoncé y reciben la iluminación, y no de cualquiera, no, de La Primera -ese filósofo descartado, Tomas de Aquino, y aquello tan bonito de la causa primera: nada, libro arrojado también-, que es el Uno del mando a distancia, y visto en Corazón: quien elige el camino del Corazón no se equivoca nunca, dice la cita de inicio del libro de Sanchez Dragó que fue finalista del Planeta -y Cervantes ya advirtió que en los premios el segundo es el ganador real porque el primero es el amigo amañado, el cuñado colocado por el partido ganador de las elecciones; razón, razón, razón, cae sobre mí como la lluvia-. Son demasiadas señales para ignorarlas.

Hoy es un día de cambio. El cambio ha llegado a España. No por las elecciones que ya ayer habían ganado todos, no. Han cambiado el paradigma, la categoría, el modo de mirar y comprender. Toneladas de libros son basura ahora mismo y sus cadáveres se pudren en la humedad verde de los jardines domesticados de las urbanizaciones donde en cada habitación hay, o debería haber, una tele. España es nietzscheana según el EGM. Toda nuestra historia reciente y antigua y futura -por lo visto aún nos queda de las tres- debe ser revisada a la luz de esa iluminación. Nietzsche el filósofo tenía razón.

Así que, ahora, a bailar.

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Nueve dos dos

Nueve veces debo ceder el paso cada mañana. Sumo a ello dos stop, y dos semáforos. Tanto los stops como los semáforos son consecutivos, como los dos extremos de un puente sobre un río caudaloso que bajase acelerado y oscuro. Salir de casa y llegar a otro lugar que casi lo parece por la pura acumulación del tiempo que me devora ese lugar: ese llegar es nueve, dos, dos. Eso que repito como un mantra de lunes a viernes -conduzco, me detengo nueve dos dos, miro, continuo- me parece que no es sino un libro de viajes. Cada detención es un paseo por el centro de una ciudad de ribera; podría escribir con ese trayecto un libro de viajes, me digo muchas tardes meditando sobre los riesgos de detener el coche en el arcén y tomar tranquilo fotografías de las señales, como lo haría un caminante, un viajero. No como un turista, alguien que pasa sin estar: un viajero.

Una identidad está hecha también de los lugares, de las calles en las que hemos vivido y dejado una parte de nosotros, dice Claudio Magris en El Danubio. Me acuerdo conduciendo del libro de Magris, y lo busco al regresar a casa. Cuando lo encuentro -después de bucear en los estantes y sortear pecios, detenerme brevemente en Thomas Wolfe, en Bernhard, en Munro- y lo abro está lleno de páginas con las esquinas dobladas, y hay varios marcadores, y pequeñas facturas: pagos de botellas de vino, de otros libros, billetes de autobús o tren. Las fechas son diversas y en lo que el olvido del papel térmico no ha podido borrar alcanzo a ver 1998, 2001, 2002, 2006, 2010. Uno de los marcadores, en el que está anotada a lápiz la cita -y paso un buen rato hasta encontrarla en el libro- es de una librería que cerró hace al menos diez años. Cada uno de esos papelitos es una detención, un paseo, una mirada. O lo fue. Regresé de esas suertes de ciudades, y el regreso las hizo olvido o casi olvido. Si no hubiese vuelto al Danubio no hubiese pasado un rato intentando averiguar qué vino compré por 2500 pesetas, y cuánto debía gustarme porque el tiquet dice que compré tres botellas. Como ya no lo sé sólo puedo fabular y en realidad sólo puedo fabular, pues haber dejado atrás el primer stop es haberlo olvidado o casi olvidado y fabularlo en el siguiente. Pasado y olvido, y no oxígeno y silicio, parecen ser los elementos más abundantes del planeta.

Nueve, dos, dos. Me gustaba mucho aquella librería, con el piso a varios niveles, y los estantes oscuros. Pero qué vino sería aquel, carajo.

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El maestro Gassama

 

Voy saliendo de los juzgados; vengo de ejercer el desamor en nombre de la civilización, haciendo compatibles a mis adorados Onetti y Pérez Estrada, y entonces se acerca un tipo a darme algo. Es negro y tiene aspecto de fondista y me sonríe, y le cojo la publicidad porque yo respeto mucho el trabajo de los otros -salvo el de los abogados- sobre todo cuando se hace a la intemperie y en dependencia de la amabilidad de los demás -¿todos los trabajos no son así, a la intemperie?-, y también porque cualquier papel con letras me intriga. Se extingue el sol tras las nubes que llegan y leo, Maestro Gassama, Gran espiritualista africano, y me acuerdo de un cuento de Miguel Angel Muñoz escrito sobre una de esas notas, y sigo leyendo, estoy a la salida de los juzgados, animales que se desperezan lentos hasta en momentos de máxima exigencia de rapidez, animales imprevisibles, y leo: Soluciona todo tipo de problemas. Rapidez, Eficacia y Garantía 100%, y me digo, Qué tío el Gassama, 100%, y yo no soy capaz de ir más allá del 50% en los más prudentes casos. Pero Gassama cuenta con ventaja: Vidente. Médium. Campo de Magia Africana -el tío que reparte la publicidad corriendo por mitad de ese campo, la sombra gris lejano de las montañas que cercan la planicie, un fartlek salvaje, un 45´+35-1-1 en un terreno de toboganes, y yo tras él- Experiencia Nacional e Internacional. Gassama viaja, ha llegado de África por el camino más largo, dice Gassama: Te ayudo a resolver problemas de Amor. Recupera pareja, Amarras -¿se dedica a temas marítimos?-, Unión Rápida, Fuerte Atracción, Separación -lo que vale para unir para desunir debe valer también: aquí el tipo me está tocando los huevos, si se dedica a lo mismo que yo con una efectividad del 100%-, Resolver Problemas Familiares y Mejorar tus Negocios -los Negocios de La Familia, pienso- Levantar tu Empresa. Recuperar Dinero Perdido -¿diez euros que se me cayeron al salir de Supersol con mi hijo hace un par de semanas, eso también, hará que quien los encontró los deje con una nota en la caja, Estos diez euros se le cayeron a un tipo con un cortavientos azul que iba hablando con su hijo de las Tortugas Ninja, ¿podrían devolvérselos?-. Impotencia Sexual -sin comentarios- Quitar Brujería de Magia Negra -no trabaja con la Blanca, al parecer- y Mal de ojo -¿la vista cansada es mal de ojo, podrías hacer, Gassama, Maestro de las altiplanicies, que yo volviese a leer como antes, noches enteras bajo una luz minúscula iluminando la vida contada de otros para iluminar la mía, podrías hacerlo, Gassama, maldito farsante oftalmológico? Cuánto echo eso de menos, esas noches de lectura sin fin-, Limpieza -eso siempre viene bien- y Amuleto de la Suerte, etc…….. -no he omitido ningún punto suspensivo-. Cualquier caso por difícil que sea, sin ninguna duda -¿un hombre que no leyó sobre el triste príncipe de los daneses?- Impotencia sexual para mujer, tener novio o marido -pinta tiene de que todo sea lo mismo-. No importa la edad. Personas mayores también.

El maestro Gassama, qué gran hombre, me ha puesto de buen humor. Como dijo Chéjov de Tolstoi, no tengo que preocuparme de nada, porque todo lo que yo deje sin hacer lo hará Gassama por mí. Me consuela, detenido como estoy ante el reflejo de mi propia incapacidad en las cristaleras de una cafetería. Entonces decido por hoy dejar de trabajar, me acuerdo de una cita de Handke en La tarde de un escritor -A pesar de que no había sucedido nada extraordinario, él se sentía como si ese día ya hubiera vivido lo suficiente y tuviera asegurado el mañana-, lo que deje sin hacer Gassama puede resolverlo, por mí y por lo otros, porque en su publicidad pone etc, y luego …….. -no he omitido ningún punto suspensivo-; pido un té, hojeo el periódico de ayer, regreso al despacho. Mis compañeros me hablan de varias cosas pendientes pero no les presto atención, Me voy, les digo. ¿Y eso? Tengo cosas que hacer. Me subo al coche y doy antes de salir varias vueltas por las plantas del garaje, me gusta ver cómo las luces se pierden y reaparecen tras la maraña de columnas blancas, y entonces salgo. Me voy a una librería, gasto dinero que podría haber entregado a Gassama, me meto en otro bar y pido una cerveza y unas bravas -estoy intentando probar todas las patatas bravas de todos los bares del mundo-, echo un rato allí con mis compras, vuelvo al coche, llego antes a la puerta del colegio y me siento en un banco a leer a Hannah Arendt hasta que suena el timbre. Mi hijo me arrolla al recogerlo, mi hija me pisa el pie con la dichosa mochila de ruedas. Al salir Miguel coge del suelo un tornillo viejo y cuando le digo que lo tire al suelo de nuevo -que lo devuelva a su hogar-, se niega, Tengo que guardarlo, me dice. Por qué, interrogo. Porque de mayor quiero ser fontanero, me dice cerrando un momento muy Sergio del Molino. Nada de ser futbolista, ni médico, ni el maestro Gassama: fontanero. Mi hijo tiene claras las cosas, no es como yo. Luego, ya en casa, respeto la costumbre que he fundado para el almuerzo de los viernes: siempre medio me emborracho. Comemos mientras me trago media botella o más -dependiendo de lo rápido que beba Teresa, porque con el alcohol vínico no respeto reglas ni hago prisioneros-, y luego cojo un libro y me hago hueco por la fuerza en el sofá superpoblado de niños y comienzo a leer hasta que me pesan los ojos y entonces dejo que el sueño me clave entre los cojines brevemente: abrazado al libro cerrado, como he hecho toda la vida cuando ya no podía más y cedía a la tentación de dormir. En el telediario han dicho que hoy es el Día Mundial del Sueño, y lo oigo e imagino que todo el mundo estará hoy dando vueltas a los suyos, cómo se han cumplido por suerte y por desgracia, gentes asomadas a todas las ventanas y a todas las barandillas del mundo pensando en sus sueños mientras sus ojos aflojan la tensión e incluso se humedecen: hombres vencidos por los sueños. Voy leyendo y voy cayendo, estoy con la biografía de Juan Marsé escrita por Josep María Cuenca, Mientras llega la felicidad: qué hermoso título. Sé que no pasaré de dos o tres líneas más, voy a doblar la esquina de la página para saber dónde estoy cuando despierte y veo que tengo a mi lado el papel del maestro Gassama y decido usarlo como marcador. Al doblarlo para que abulte entre las páginas veo que si quisiera visitarlo Gassama tiene su fábrica de milagros frente a un lugar que se llama Alucine, Alucine Park. Camino del sueño, abrazado, Mientras llega la felicidad.

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Un padre encuentra a su hijo en el salón

 

Es fría la madrugada, hijo. Tengo la sensación de que el frío me recubriese los huesos por debajo de la carne, aislándolos, enfriándolos para siempre. Siempre es fría la madrugada, hijo, siempre lo será, y estaremos enfundados ya para siempre en esa gelidez viscosa que está más allá de las estaciones, como si hubiese otras estaciones que no fuesen la estación del frío, estaciones sin cambio porque en todas la sangre va corriendo por encima de los huesos sin llegar a calentar ninguno. Por eso, hijo, te pido que no sigas aquí. Vuelve a la cama; aún es de noche y aún la noche no ha acabado su trabajo. No hay sitio en las casas pobres para insomnios, así que vuelve. Vuelve al calor, pues no hay ningún otro calor verdadero, créeme, cree a tu padre más allá del desprecio que por edad puedas sentir por mí, sin entender que cierto servilismo es una consecuencia del tiempo; cree a tu padre que aún es capaz de recordar y de mirar un poco hacia adelante y que se preocupa de los suyos. Regresa a la cama, dejando que el cuerpo inmóvil bajo el embozo genere de nuevo su calor; ¿no tienes en esos momentos la sensación maravillosa de habitar un mundo para ti solo? Hazlo, disfruta de esos momentos, déjate vencer por el sueño. Déjate vencer. Pero no sigas aquí. Vuelve a la cama, no te demores; piensa en nosotros. Regresa al sueño y déjate despertar por su final, sin forzar la luz en esta oscuridad horadada. Nunca te lo dije, hijo, pero eres mi única posibilidad: cuando yo no esté nadie sabrá de mí, de nosotros, y sólo ahora es posible, sólo ahora, más allá del polvo barrido que seremos, que se nos recuerde; que alguien me recuerde a través tuya. Sabes que no soy un hombre sentimental sino recio y parco en afectos, pero ahora podría llorar delante tuya, hijo. La madrugada es fría, por favor regresa a la cama, y que el destino se cumpla al acabar la noche; hazlo, Gregor, hazlo; no permitas que se olvide mi apellido.

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Blue in Green

Ha arrojado una colilla al suelo nada más salir y vuelve a hacerlo tras llegar a la esquina de la Segunda, sin saber muy bien mientras chupa para encender el siguiente hacia dónde va o irá: sólo que está enfadado. Pisa y extingue la brasa humeante con ganas y se mete la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta para guardar el mechero. El sol de abril dora los ladrillos rojos y los metales de las barandillas, pero el hombre no levanta los ojos del suelo sucio para verlo. Hay ruido, mucho ruido, a su alrededor, aunque ande ya de nuevo sin oírlo. Siente frío en las manos y en el cuerpo, frío y enojo, y camina bajando la Segunda pero si saber bien hacia dónde; caminar sólo es alejarse.

La sonrisa leve de Kelly se refugia en las sombras de su cuello. Miles ha dejado de dar voces y ahora camina alrededor de una silla; a la cuarta vuelta la golpea con el pie y la silla queda a tres patas en el aire; oscila, y finalmente regresan las cuatro patas al suelo. Entonces vuelve a gritar, Cuatro, le había dicho en cuatro, ¿era tan difícil? ¡Puto loco! Todos los demás aguardan en silencio; durante largos minutos el aire del estudio era eléctrico y crujía y quemaba mientras las voces de los dos crecían y crecían ya sin oír al otro, sólo pretendiendo imponerse a golpes de insulto, y hasta que Evans se ha levantado lanzando el taburete hacia atrás y se ha dado con la esquina del teclado y trastabillado a una pierna ha llegado a su chaqueta; casi como la silla tras la patada de Miles, sin al final caer. Ha lanzado un par de insultos más y ha salido de la sala, desoyendo a Chambers que llamándole, Bill, Bill, intentaba mediar. Miles se ha sentado en la silla, y sólo cuando Coltrane ha dicho, ¿Qué hacemos, vamos a seguir?, ha mirado a Kelly y ha vuelto a hablar, ¿Vamos, Wynton?, y éste ha asentido y ha salido del rincón, y ha caminado hacia el taburete para llevarlo junto al piano, y se ha sentado.

Llega a una zona de parque. Busca un banco, se sienta. Se limpia las gafas. Sigue el frío recorriéndole arterias y venas, vaciando sus pulmones, encogiendo su piel. Esa es la sensación que tiene; una tirantez como si le encogiese por momentos la piel y lo encerrase. Intenta recordar por qué han discutido y casi no puede; había llegado ya algo alterado y tenso, ya de mal humor; ahora está sentado en un banco en algún lugar cerca de la Segunda y se mira las manos y se las frota, y le llega el olor del río, y se encoge algo más dentro de la ropa. Duda unos momentos pero no; no va a volver, que se joda el puto disco, que lo haga él como quiera pero no con él. Ya está fuera, ya se ha ido. Levanta la vista y los restos del día están tumbados sobre las copas amarillentas, y ya más calmado a Evans se le ocurre: ¿qué árboles serán esos?

Se oyen voces de fondo desde los altavoces mientras mira hacia afuera por la gran ventana; los restos del día están tumbados sobre las copas amarillentas de los árboles. El ingeniero dice, Toma cinco; entonces es como un milagro, un sostenido milagro, un irrepetible milagro: un milagro, sin adjetivos. Miles se está mirando las manos y se las frota mientras oye la música de una pista grabada treinta dos años antes, abandonada al olvido o más bien a salvo del olvido hasta que él la haga olvidar. Algunas tardes cuando se va el calor rebusca en los muebles hasta dar con las etiquetas amarillas y casi borradas donde apenas se leen ya las fechas, y pone la del 2 de marzo de 1959, y vuelve a escuchar Blue in Green, la grabación de un milagro sin adjetivos que apenas casi nadie ha oído desde 1959; la última nota abandona el salón, lo vacía como encogiéndolo, y se oye a Townsend decir, cuando todo acaba, cuando el aire ha dejado vibrar y el silencio echa de menos el lugar en el que estaba escondido, sobrecogido: Qué hermoso, qué hermoso. Y en la voz alta de 1991 dice Miles, Puto loco, y se sonríe preguntándose qué hubiese podido ser ese disco que decidió dejar a medias, y mirando cómo son agitados por la tarde ventosa de primeros de septiembre se pregunta qué árboles serán esos.

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