El amor del revés. Luis G. Martín.

El amor del revés. Luisgé Martín. Anagrama. 2016.

Recuerdo que al principio de que funcionase Canal Plus hicieron a veces pre-estreno de películas que iban a verse en cines unos días después. My Own Private Idaho, de Gus Van Sant, fue una de ellas. He mirado en güisquipedia que eso fue en 1991. Yo quería verla porque conservaba un muy buen recuerdo de la anterior, Drugstore Cowboy, con la que además compartía con el protagonista la superstición contra los sombreros sobre las camas. Como no iba a estar en casa dejé el video programado -he escrito casi un ensayo de historia de la tecnología en cinco líneas; canal plus con la llavecita blanca, un video, programarlo-. Volví a casa con la película casi acabada, y me di cuenta de que el video no estaba grabando. No entendía qué podía haber pasado, hasta que me dio por preguntar a mi padre, que andaba enterrado en prensa deportiva, Papá, tú has tocado el video que yo había dejado programado, Pues claro, me dijo sin levantar la vista del papel, Y eso por qué, le pregunté cabreado, y casi anticipando la respuesta, Porque estabas grabando una película de maricones. Lo que siguió fue uno de nuestros habituales intercambios de gritos, porque él no entendía que yo quisiera ver una película de maricones y que en su casa no se veían películas de maricones, y yo no entendía que no se metiese en sus putas cosas y me dejase tranquilo. Si no recuerdo mal Teresa había subido conmigo a casa, llevábamos poco tiempo juntos -ahora eso se ha transformado en veinticinco años- y pudo ver una escena de familia Navarro en todo su esplendor. Si no recuerdo mal ella llamó a su casa -llamó por un teléfono fijo colgado en la pared de la cocina, lo aclaro para que esto sea más evidentemente un ensayo histórico- mientras mi padre y yo nos gritábamos, y le pidió a su madre que metiese una cinta en el video y grabase lo que había en canal plus; en pleno partido de gritos mi padre me preguntó, Qué pasa, es que te has vuelto ahora maricón, o qué, y yo le contesté, Sí, me he vuelto maricón, qué pasa. Él resoplaría o algo así y me daría la espalda, y yo quizás dejé el asunto ahí, cuando Teresa me intentó calmar diciendo que la película se estaba acabando de grabar en su casa. Me he acordado de esto, que soy consciente de que no deja en gran lugar a mi padre, y también de unos versos de Wordsworth – “¿cómo puede uno pretender que otros/ hagan por él, siembren por él, y a un gesto suyo/ le amen, si ni siquiera tiene cuidado de sí mismo?” – leyendo de una sentada el nuevo libro de Luisgé Martín, El amor del revés. Yo tengo Los oscuros, su primer libro de cuentos -pero no lo encuentro ahora por casa, y tengo un cabreo del quince-, un libro plagado de secretos, y he leído igualmente de un tirón dos de sus novelas anteriores, La mujer de sombra, y La misma ciudad. Me gusta mucho como escribe Luis G. Martín -así firmó él Los oscuros, un libro que a Felipe R. le recomendó Hipólito G., parece que hubo una época en que los escritores hacían esas cosas con sus nombres: continuidad del ensayo histórico-, los tres libros me han encantado de manera sucesiva, y respecto a las novelas las he recomendado y regalado mucho. Tienen algo hipnótico sus libros, una especie de humo seco que atonta al lector, una sustancia que yo no sabría desentrañar porque soy un analfabeto funcional, un humo que sale de grietas en las ventanas y puertas de sus historias y que las vela y las hace asumibles aun cuando den a escenas un tanto temibles, pero que existen. Lo horrible existe, aunque no lo veamos, aunque lo ignoremos, existe. Como mi amigo José Antonio, mi librero, sabe que me he llevado los libros anteriores de Luis G. -yo le voy a dejar el G. porque me da coraje que se le haya ocurrido algo tan buen como lo de Luisgé-, hace un par de días me regaló El amor del revés -aun tengo pendiente en casa La vida equivocada-, el ejemplar que a la librería ha mandado la editorial. Voy a hacerte un regalo, tú siempre te llevas los libros de Luisgé -como es él el que habla ahora sí pongo Luisgé- Martín, verdad, Claro, tío, me encanta Luis G. -ahora, como estoy hablando yo…-, Pues voy a bajarte su libro nuevo, espera un momento. Así me fui, más contento que nadie a casa, con un paquetón de libros y uno regalado, porque soy un hombre fácil de contentar, y más si tienes acceso a las facturas de mis compras de los últimos años. Me ha hecho mucha ilusión el regalo de José Antonio -si la librería Luces cerrase por el puto metro de mierda de Málaga os juro que hago estallar el túnel que hagan bajo la Alameda- como me han hecho mucha ilusión otros regalos anteriores suyos, como el ejemplar de promoción de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino, o las pruebas de imprenta sin corregir de Canadá, de Richard Ford; es como volver a tener el Canal Plus y ver la película en pre estreno antes de que llegue a los cines. Es un extraño privilegio hormigueante llegar el primero a ciertas formas de belleza, es como ser rico o como no tener alergias alimentarias o como tener el movistar plus pirateado. Como he dicho en el tercer párrafo, me he leído de un tirón El amor del revés. El amor del revés es el libro más hermoso de Luisgé -ahora ya le llamo así por respeto a su hallazgo, qué nombre tan bueno, coño- Martín. El amor del revés debería ser una lectura civil obligatoria. El amor del revés narra cómo un hombre, Luisgé Martín, descubre que es homosexual y qué pasa cuándo eso sucede en un país en el que con suerte tu padre apaga el video para que no se grabe una película de maricones -película, My Own etcétera, que por cierto no me gustó, me pareció un poco tostón tras el fogonazo de Drugstore Cowboy-, pero con mala suerte un puñado de malnacidos te apalea. Qué sucede cuando uno se contempla deforme, un monstruo, una versión irredimible y asquerosa del bicho llamado Gregor Samsa -aun cuando, como él, sea el único hombre real de la historia y no una ficción cercenada y sin sentimientos de un hombre-, qué sucede cuando uno se ve de ese modo porque todo y todos los que le rodean le dice que ser quién es, y cómo es, “eso”, es irredimible y asqueroso, y que lo que algunos llaman la normalidad, incluso la ley de dios, es el único ideal posible. Como si la normalidad admitiese una única definición, como si dios existiese y se ocupase de mandar mensajes a través de Al Yazira o Intereconomía. Qué sucede cuando uno nunca puede ir a una boda que protagonice pero sí a su funeral, como recuerda el narrador recordando la historia más hermosa de las que se cuentan en Cuatro bodas y un funeral. He dicho antes que recordar para contar la historia de mi padre no lo dejaba en buen lugar, pero no es cierto: mi padre es un hombre bueno que vive en una sociedad que sigue enferma. Cada vez menos, pero sigue enferma. En la que hasta hace tres días alguien que amase a otra persona no podía hacerlo público sin miedo ni asco ni vergüenza propios, inoculados, además del miedo y asco y vergüenza públicos. En la que, y ya que he citado a dios, algunos lo invocan para justificar actitudes que repugnarían a dios si existiese y mandase mensajes por Telemadrid. Dice al principio hermoso de su hermoso libro Luisgé Martín que se pone nombre a la sexualidad, pero todo lo que ocurre tiene siempre su principio en los sentimientos. Yo creo que hacer entender eso es esencial para que todo lo demás sea comprensible. No es cuestión de pollas o de coños sino de corazón, y eso o se tiene o se finge tener, pero si se tiene es imposible que pueda admitirse que un hombre tenga que convertir su vida en un solitario sufrimiento sin solución. Lo mismo que la historia que he contado de mi padre puede convertirse en categoría puede hacerlo la de Luisgé, por eso la literatura es más importante que la vida, porque si la vida admitiese lecciones corregiría su rumbo y evitaría que una persona tenga que someterse a la tensión narrativa de construir ficciones continuas para poder sobrevivir, y que ninguna de esas ficciones sea amable con él, con lo que siente, que le salve de un horror que no es suyo sino impuesto. Mi padre sólo lee prensa deportiva, pero si fuese capaz de leer otra cosa yo le obligaría a leer El amor del revés como terapia, para que vea que la realidad es más compleja y más apasionante y más hermosa. Y también obligaría a leer el libro de Luisgé a muchos de mis amigos, gente de la misma generación que Luisgé, que es casi la mía, y que son incapaces de entender que el corazón es más importante que los genitales -y yo a veces soy incapaz de entender por qué son entonces aún mis amigos-. Yo me fijo mucho en la última palabra de los libros, cuenta mucho la última palabra de un libro. Las palabras final y feliz aparecen en el último párrafo del libro. También aparece la palabra madre. La palabra amor aparece en muchas ocasiones en el libro, siquiera sea para hablar de su imposibilidad. También sale una boda; soy muy tradicional, me encantan las bodas. Me encanta que la gente se quiera porque es mucho más preferible a que se odie, a que se deje caer. La historia de Luisgé es la historia de un luchador que aprende a amarse, y cuando eso sucede los finales felices pretenden que lo demás llega por añadidura. No siempre es así, pero es mucho peor que encima uno no sea capaz de reconciliarse con quién es, con cómo es, de reconocerse tras las ficciones y las máscaras. Por eso El amor del revés además de su enorme calidad literaria es tan hermoso, porque la historia de ese hombre contada de manera hermosa es hermosa más allá de las palabras, porque un hombre aprende a cuidarse, y está bien que por ello los demás le amen. Porque es hermoso que a veces algunas historias, incluso las bodas, acaben bien.

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Días para el huracán

Hay piedras que caen y rompen todos los cristales a su paso y piedras que ruedan blandamente por un lecho de arena hasta detenerse, y lo hacen despacio, sin ruido, sin que nadie lo advierta. El mismo día que ha muerto Leonard Cohen ha muerto también Perico Fernández, un hombre que fue campeón del mundo. Suenan y suenan las canciones y los poemas de Leonard Cohen, lo hacen también dentro de mí, se pierde su voz por los pasillos de mis arterias, se amplifica su eco en los espacios más amplios de mi cuerpo, su voz ha sonado tanto y tanto tiempo dentro de mí que a veces la he confundido con la mía y cuando lloraba esa música lloraba yo y cuando se alegraba o se enfierecía era yo quien lo hacía, y si camina alguno de mis dedos cerca de los ojos acaba húmedo, pero a la vez que todo eso sucede alguien baila y se ríe y lanza un golpe y luego canta como si fuese una broma y cuando habla se traba, tartamudea como sucede cuando uno no sabe qué decir o lo atenazan el miedo o la sorpresa, y levanta los brazos, y el mundo en blanco y negro ruge mientras le roba la bolsa al hombre que levanta los brazos, un hombre que como Cohen tampoco logro quitarme de la cabeza, un hombre que se llamaba Perico Fernández. Algunas veces las piedras ruedan con estrépito y se llevan todo por delante, otras caen por pendientes solitarias, ocultas a la vista, y si suenan da lo mismo porque nadie está oyendo, nadie oye ya.

El boxeo está muy ligado a mi familia, uno de mis sueños siempre fue boxear. No hay violencia en el boxeo sino un profundo orden civilizador, respeto a las reglas y al otro y a uno mismo. El ring nos explica, pensaba yo, nos explica y explica el mundo y por qué el mundo cae con estrépito rompiendo todo en esa caída rugiente sin dirección cierta. Perico Fernández fue campeón del mundo del peso superligero en dos ocasiones, y no sé bien si se entiende eso, la importancia inobjetable de eso: en un mundo obsesionado por la victoria aunque sea a todo costa, un huérfano hijo de puta -esa era creo la profesión de su madre cuando lo abandonó en el hospicio en el que lo apaleaban las monjas para que fuese entrenando para la vida- fue dos veces el mejor del mundo y dos veces también el subcampeón: en la cima estaba él sólo con un ancho cinturón dorado. Mi tío había sido boxeador amateur, y en mi familia se respetaba a los que se movían la nariz como si fuese de plastilina, se respetaban las horas de comba y de hacer sombra, de repetir golpes con una mano atrás, de ensayar esquivas, el olor a sudor y vaselina y linimento, los nombres de los grandes más allá de sus posibles parodias, se respetaba a Uzkudun, a Pedro Carrasco, a Evangelista, a los hermanos Bisbal que habían compartido lona y risas con mi familia, a Legrá, a Velázquez, a Perico Fernández. Perico, el campeón del mundo, era tartamudo y hacía chistes y soltaba barbaridades entrecortadas por repeticiones de sílabas y la gente se reía, se reía de él, pero cada vez que salía en la tele y montaba el número o le hacían montar el número yo pensaba lo mismo que he seguido pensando siempre: ese hombre ha sido campeón del mundo, no había nadie más grande que él, quién de esos que se ríen de él no ha querido alguna vez ser el más grande, quién ha sido capaz de soportar los golpes como él, no los golpes arriba en la lona, no los golpes de un igual que mete las manos con respeto, sino los golpes de un mundo repugnante hasta la náusea. Ser un huérfano apaleado que quizás alguna vez ha pensado que el amor es que algo o alguien no te golpee o te insulte, quién no ha sido o se ha sentido huérfano alguna vez o no ha sentido que ese golpe era bajo o que se lo daba alguien que no era de su peso y que abusaba de él: cuando la gente se reía y lo siguió haciendo mucho tiempo, y yo creo que Perico Fernández se defendía con bromas cuando ya no podía hacerlo con golpes, devolver golpes, porque él era superligero y el contrario, el mundo, era un peso pesado, yo pensaba siempre algo parecido: respetad a ese hombre, ese hombre es el campeón del mundo.

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Cuando Perico fue campeón su país, el mío, España, era un lugar gobernado por la infamia, un país amaestrado, gris, feo, sucio, pequeño, lleno de huérfanos solitarios apaleados. Defenderte y salir y subir hacia la cima, eso era el boxeo, o lo eran los toros: un hombre contra fuerzas superiores que baila y golpea para intentar vencer una pelea, pero no la guerra, porque esa se pierde siempre, la guerra del tiempo y del respeto de los otros, porque la masa siempre respeta a los vencedores, los poderosos se rinden por momentos ante los vencedores y los adoran mientras los exprimen, y luego nada. Caída y nada, burla y nada, sordera, ceguera, y nada. Eso era el boxeo y era España y es España y es el mundo. La dignidad de uno solo frente a la indignidad de muchos por acción o indolencia: me temo que eso se parece demasiado a la vida que conozco. Yo veía boxear y leía sobre boxeo y oía sobre boxeo y soñaba con esquivar los golpes que suponía que me venían y con devolver algunos, y con que la pelea fuese entre iguales y que hubiese reglas y un árbitro, y en ello no hay violencia sino un profundísimo respeto a la idea de Justicia. Cuando por estupidez social se prohibió el boxeo en televisión no fue un momento para la esperanza: nadie dijo que ya no habría más peleas, nadie dijo No, los niños deben aprender bajo otras reglas. No. Lo que se dijo fue, La pelea será siempre desigual, habrá golpes bajos, no hay árbitro, no hay reglas, gana el de siempre, el de siempre pierde. Pierden los huérfanos hijos de puta, no hay esperanza para nosotros. La gente asciende sin méritos ni esfuerzo, pisotea a los débiles, abusa de los pequeños, la masa enfurecida adora a los vencedores y se burla de los caídos, pero no hay pesos que respetar y vale todo. No hay boxeo en televisión sino noticias de corazón y guerras y estupidez y comercio, y eso al parecer ha sido bueno porque gracias a eso al parecer ya no es el mundo ni es España un lugar gobernado por la infamia, un espacio amaestrado, gris, feo, sucio, pequeño, lleno de huérfanos solitarios apaleados de los que se ríe la masa cuando tartamudean por sorpresa pero sobre todo por puro horror.

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Si quieres un boxeador subiré al ring por ti, canta Cohen en I´m your man. Todo el mundo sabe que los dados están cargados, todo el mundo apuesta con los dedos cruzados, todo el mundo sabe que la guerra ha acabado, todo el mundo sabe que los buenos perdieron, todo el mundo sabe que la pelea está amañada, los pobres siguen pobres, los ricos siguen ricos, así es como va, todo el mundo lo sabe, canta o recita o constata o reza Leonard Cohen en Everybody Knows La poesía es ritmo y medida y emoción y selección de la palabra que te dejará k.o, y eso también es el boxeo. En mi casa se respetaba a los boxeadores y se respeta la poesía, y ambos asuntos se parecen demasiado como para que yo no piense que son lo mismo, y que en mi visión del mundo, ya que no es posible que no existan los combates, que estos se midan y ordenen, que se pelee entre iguales y sin trampas, ya sería un motivo para mantener cierta fe en la utopía. Perico Fernández era un poeta, un rimador, como Cohen, como tantos otros. Cuando cantaba no tartamudeaba. Quienes se rieron de él, quienes no lo recuerden, quienes no sepan oír esa música, feos, sucios, grises, pequeños, nunca fueron campeones del mundo.

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Un pequeño ensayo sobre la memoria como Exposición de Motivos

          Esta mañana nada más intentar abrir los ojos me he acordado del lechero que nos llevaba la leche a casa cuando yo era pequeño. Ni siquiera había abierto los ojos y seguía en la cama tratando de deshacerme de la sábana y la colcha cuando he visto la leche moverse dentro de la enorme cántara metálica en que nos la traía y cómo caía dentro de la lechera de casa mientras el hombre vaciaba a pulso y sin derramar nada el recipiente pesado; en la madrugada aún sin sonidos oía el rumor del líquido, en el que a veces flotaban algunas briznas de pasto seco, rozando y dando contra el metal. La oscuridad se aclaraba poco a poco en la habitación y estaba viendo a mi madre, cómo a veces mi madre bajaba la lechera y otras veces era el lechero el que subía a casa tirando de una lechera más grande que llenaba en la calle sacando la leche de otros cántaros aún mayores con un enorme cucharón. El lechero llegaba a la calle en carro, puesto en pie en él, en silencio, agarrando las riendas de un caballo sin lustre alguno. Yo no vivía en el campo sino en plena ciudad o mejor dicho en un margen de la plena ciudad, junto al mar, y veía llegar a veces si estaba jugando en la calle al lechero con su carro cargado de cántaras de latón grandes como hombres aburridos e inmóviles. No recuerdo su voz, no recuerdo su cara, pero sí la leche hirviendo luego en la cocina de casa y cómo mi madre me dejaba al cuidado de ver que no se fuese, y en ocasiones me despistaba y se producía un borboteo violento y repentino y una erupción blanca de espuma caía sobre el fuego. Yo miraba entonces aquel carro en la calle, aquel caballo inmóvil, solo mientras el lechero subía la leche, el brillo del latón alumbrando el crepúsculo de noviembre, sin saber que iba a estar acordándome de aquello mucho después, y tantas veces. Porque mientras me acordaba en el amanecer de hoy del lechero y del caballo tirando me he acordado también de que ya había tenido antes ese mismo recuerdo, y no había olores aún en la casa, lo que según Proust y las neurociencias habría hecho explicable esa persistencia del recuerdo y escribir varios tomos sobre él. Intentaba buscar la postura para incorporarme sin esfuerzo en la cama y he recordado que cuando dejamos aquella casa y nos fuimos a vivir al interior de la ciudad, también casi en otro confín de ella, el lechero estuvo viniendo una temporada a la nueva casa, pero ya no venía en el carro sino en una furgoneta blanca con las ruedas y los bajos siempre manchados de barro, y luego dejó de venir y mi madre comenzó a comprar la leche en bolsas, y a veces jugando en el recinto de los nuevos bloques me acordaba del caballo y del carro y de las cántaras y del lechero y de la leche subiendo en la olla sin que pudiese hacer nada para evitar que se desbordase en espumarajos. Y me he acordado de que hace veinte años también me acordé otra vez de todo esto y entonces escribí un texto sobre aquel caballo y aquel lechero y aquel olor a leche quemada. Estaba casi sentado ya en la cama intentando recomponer la postura para ponerme en pie, y he pensado que iba a escribir de nuevo unas líneas sobre el comercio de la leche en el barrio de Huelin de Málaga hace cuarenta años y sobre el sonido de la leche cambiando de recipiente, y me dolían al intentar levantarme las cicatrices y las fracturas ya acumuladas, eso que dicen que sucede con los cambios de tiempo, y es cierto, es cierto lo que dicen, cicatrices, fracturas recompuestas, todo duele precisamente por eso, por el cambio del tiempo, el cambio de tiempo, el tiempo.

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Pelos. Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván, Isabel Wageman. Ilustraciones de Virginia Pedrero.

Pelos. Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván, Isabel Wageman. Ilustraciones de Virginia Pedrero. Páginas de Espuma. 2016

Confieso que me acerqué con mucha prevención a a este libro, y ello por varios motivos, todos supongo que igualmente estúpidos e injustificados: microcuentos, a cuatro manos -a cuatro, a cuatro, si sólo fuera a cuatro, pues no hay gente ahí metiendo mano; esto es una frase hecha, vamos, que se meten mano lo justo, ahí, no entre ellas, que no sé,  metiendo mano lo que exija el guión, diría-, y con dibujos. De modo aislado sólo soporto alguna de esas cosas y según la dosis. Pero como conocía algunas de esas manos -pero de vista, eh, sólo de vista, nada de que me hubiesen metido mano- y como conocía al editor de primera mano, y sé que, salvo excepciones de escritores malagueños, no publica gilipolleces, me dije, ¡Pero qué coño! -pero es sólo una expresión, eh, nada que ver con que la portada esté llena de mujeres-, y me lleve el libro a casa, curiosamente el mismo día que fui por última vez a cortarme el pelo.

Pues ahí está ese libro, Pelos. Vaya tela. No es una ocurrencia, o no sólo, o si fue eso un día se les fue de las manos -pero yo sólo las conozco de vista-, no son aquellos Senos o aquellos Coños, sino Pelos, y yo los veo caer cuando me los cortan o cuando me arreglo la barba o -lo demás no os importa, qué coño- -otra vez lo de coño no tiene bada que ver con lo de la portada llena de mujeres, es sólo otra expresión parecida a la de antes, yo soy muy mal hablado, estoy todo el día con el coño en la boca y sé que eso ha sonado muy mal y no era mi intención o quizás sí, vete a saber-, y ahora regreso a la frase y ya están los pelos por el suelo esparcidos y no pienso en ellos sino en limpiar, y cojo el libro y lo abro y me caigo para atrás y menos mal que son cinco las mujeres de la portada, coño, porque si se cortasen a la vez el pelo y el pelo cayese todo junto al suelo formaría un buen colchón y así el guantazo no es muy gordo. Pelos es muy bueno porque í y porque a mí me vence mis reticencias sobre los microcuentos -en general me pasa con los micros igual que con las novelas, que prefiero esperar a que hagan la película-, y porque me coloca frente a un fenómeno para mi incomprensible e inasequible, la escritura compartida. Yo soy para todo un furibundo individualista, y no comprendiendo ni muy bien -ni muy ni bien ni poco, creo- cómo se desencadena en mí el mecanismo incontrolado de la escritura, entiendo aún menos cómo pueda hacerse eso junto a otros -porque yo me sentaría y me pondría a hablar de otra cosa y dejaría la escritura de lado, me pondría a hablar de manzanillas y amontillados o de atunes o de imanes y a la mierda la innecesaria escritura-. Comprender, esa es mi idea benjaminiana. Me puse a leer Pelos y dije, Coño -otra vez-, qué cuentos tan buenos -y me olvidé que podían ser micros- y luego me di cuenta que al pie de los cuentos venían firmas y entonces me puse a jugar, así como quien tiene melena y se enreda por matar el tiempo a hacerse bucles, rizos, trenzas, me puse a jugar a ver si adivinaba de quién era cada uno y nada, nada, como en los juegos a los que juego habitualmente -que es ninguno, lo anticipo, es una frase hecha, un recurso pobretón-, venga a perder, y eso aumentó mi estupefacción y mi admiración, cómo se hace para que cuatro escrituras converjan, se hagan trenza en una quinta cabeza mechones que vienen de ídems distintas. Y digo trenza y no postizo, esto no es un postizo: esto es verdad, o al menos esa apariencia de la misma que está en los cimientos de la literatura -llámala verosimilitud, llámala sinceridad, llámala trenza-. Los cuentos -que no digo micros por prejuicio- por chicos que sean están sembrados de verdad y no arruinados por los chistes y destellos que a mí como lector me molestan de los micros, son unos señores cuentazos y yo no entiendo como cuatro personas consiguen ser una quinta, no entiendo qué han puesto y sobre todo qué han dejado por el camino, no sé si cuando uno hace eso se deja de lado elegante y sinceramente -con la convicción humilde pero firme que está en los cimientos de la literatura- o intenta por el contrario que sean los demás los que se aparten -pero elegante y arteramente, con esas maquinaciones que quienes nos aman nos permiten a veces-. No sé cómo puede hacerse eso porque yo no concibo la escritura en compañía, pero acaban de darme una lección de cómo puede hacerse eso, acertaba un texto y fallaba seis, y yo decía, Coño, otra vez que fallo.

Enormes cuentos chicos cargados de verdad, como si cada pelo que cae al suelo nos contuviese por entero -y lo mismo las historias esas del ADN son verdad y es así-, y entonces llegan los dibujos, y yo la verdad es que a estas alturas ya no me fío de nadie, ni siquiera de que esos dibujos sean sólo de una, porque aquí hay gato peludo encerrado. Los dibujos tienen esa delicadeza de las manos bajo el cabello recién lavado, cuando la mano se desliza y cuando la mano se atranca con el pelo grueso y cuando la mano sale al raso y roza con la piel que es orilla del pelo. Yo pensaba que me estaban tomando el pelo las cinco de la portada, coño, de Pelos, que era un divertimento poderoso pero sólo eso -y estaba esperando a ver si hacían la película – y me he acabado Pelos y he tenido la sensación de ser como esos colonos incautos y sobradillos a los que los indios, esos indios de puños a lo alto y melenas al viento o largas trenzas y la piel vibrando al sol toda músculo, tensión y sangre, les acaban arrancando el cuero cabelludo.

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El jardín de la memoria. Lea Vélez.

El jardín de la memoria. Lea Vélez. Galaxia Gutenberg. 2014

Dice Imre Kertész -en una de las múltiples, casi infinitas respuestas a la pregunta- que se escribe para evitar que la historia nos despoje de nuestra personalidad y de nuestro destino. Eso hay muchas maneras de hacerlo, porque muchas son también las maneras de imponérsenos las historias. En el mismo texto en que parafraseo a Kertész, que es su discurso de aceptación del Nobel, él describe que tuvo algo así como la experiencia dionisíaca nietzscheana, la tentación de perderse en la masa, y que la eludió a través de la escritura. Creo que es obvio que existe un puente que tiembla mucho por el que se hace el tránsito de la experiencia a la escritura, y si hay un momento en que la pasarela cimbrea y marea pasar el puente es eso que se etiqueta como literatura del duelo.

Siento una extraña atracción por esa literatura confesional. Supongo que porque me paso el día anticipando catástrofes y disponiéndome para ellas, para llevarlas conmigo, a cuestas, en los bolsillos -esto eso, haciendo mala literatura-, me atrae del mismo modo que me repele. La abordo como un pez desconfiado, ya sé que es un cebo, ya sé que picaré, pero doy vueltas y vueltas hasta que me decido a dejarme pescar. Eso hice con El jardín de la memoria, de Lea Vélez, le di vueltas y lo fui dejando hasta que estuve seguro que iba a acabarlo del tirón, que es lo mejor que puede decirse a secas de los libros. Hay también en esas vueltas un cierto temor a penetrar en el pudor y la intimidad de los otros a través de la puerta más temible, la del dolor. Pero bueno, me digo, es la escritura la que lo ha puesto ahí, la necesidad de la escritura de quien se llena los bolsillos, y a su pesar, de eso, el dolor, la muerte. Su necesidad explicativa o comprensiva -y aunque no se logre, porque no se logra, es inconsolable esa necesidad-. Y entonces me pongo y me acabo los libros de un tirón como he dicho, como quien se toma una pastilla o una medicina, que pase pronto, Que me cure.

El jardín de la memoria es un relato administrativo, y creo que es la primera vez que asigno al adjetivo un significado elogioso. No existe en él ese llanto histriónico y gritón que tanto rechazo me produce en la vida real, porque creo que el dolor es tan poco describible que ciertos silencios se imponen, y cuando el griterío surge me produce la sensación de que en ello lo que late es una profunda ignorancia del lugar del dolor y la muerte en nuestras vidas, de la necesaria conciencia sobre ello. A poco que uno tenga años y haya visto morir a gente ha visto estas cosas: alguien grita y se araña y alguien llega, lo abraza, lo calma y donde lo conduce es al silencio, un silencio acompañado y acurrucado. Y luego está esa gente, la que prefiero, que llora a solas en los coches o los sofás o los baños, que digiere como puede, que regresa con los ojos hinchados y hace por sonreír porque el dolor mayor no es el propio, sino el del otro. Por eso digo que este libro es felizmente -dudo si escribir esta palabra- administrativo, porque la historia, que es una historia común como otras tantas a las que el paso del tiempo despoja de existencia, es conocida, tanto como pueda serlo cualquier otra, el marido de la narradora está muriendo de cáncer, muere de cáncer, y la narradora la cuenta para administrar su dolor, el propio y el de los otros, el de quien se va y el que queda guardado en cajas para ella, para sus hijos, y ello en una familia en la que la experiencia de ese paseo es repetida, a través de un antecedente familiar reconstruido a través de fotografías. La narradora, la narradora que es Lea Vélez, tiende puentes entre ambas historias y con una historia que marca el momento más doloroso de la civilización occidental, las fotografías de Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen, porque como dice Kertész, también refiriéndose al Holocausto, el dolor de los otros debe ser contado para que el tiempo y la historia no lo despojen de existencia y no sirva para nada. La narradora está obsesionada con escribir sobre Boix al tiempo que su historia personal se escribe a su pesar, y esa superposición de temas e imágenes, esa sedimentación, es la que nos define cuando decidimos sobrevivir contando.

No hay, como digo, un alarde de pirotecnia efectista, felizmente -dudo de nuevo si escribir la palabra-, sino un relato en el que una mujer va a la compra o al médico o cambia el estado de la casa para albergar una cama articulada. Hay un punto notarial en todo ello que me resulta más doloroso a mí como lector que si hubiesen volcado centenares de adjetivos huecos. Ese despojarse de adjetivos propios produce el relato de la marea en que flota el ir y venir de las historias que se cuentan, lo no dicho por indecible, porque para qué, si quien lee no sabe leer qué es eso aunque las palabras no estuviesen allí, para qué. Voy a regresar a Kertész. Determinados sucesos siempre están en presente, y este es uno de ellos. Uno los enfrentará siempre en presente. Los sucesos capitales, la muerte del otro, no pueden ser cambiados una vez que ocurren. Los contamos como una novela negra o los contamos como un folletín, pero hay una tercera vía, que es esta, la de Lea, la enumerativa, porque cuando uno cuenta, enumera, hace listas, advierte el mayor peso de lo que falta y siempre faltará en esa lista. Dice Kertész, que estoy seguro que se habría llevado estupendamente con Lea, que el duelo no solamente guarda amargura, sino unas reservas morales extraordinarias. Decía Kertész que es el amor lo que le ha salvado y le mantiene con vida. Eso es El jardín de la memoria, una carta de amor, un acto moral extraordinario. Lea Vélez, la autora, la narradora, se convierte sin querer en paradigma, el de las mujeres que lloran mientras arreglan una puerta y hacen la compra y que sostienen el mundo que los hombres creen haber construido. Y yo quisiera que ella jamás hubiese tenido que escribir ese libro.

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La hora violeta. Lo que a nadie le importa. La España vacía. Sergio del Molino.

La hora violeta. Sergio del Molino. Mondadori. 2013. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino. Random House.2014. La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. Sergio del Molino. Turner. 2016

 

Me había impuesto hablar de dos libros, uno de ellos una novela, entendiendo como novela todo lo que no sea un libro de cuentos o que no lleve los renglones con mucho sangrado -entonces se llama libro de poesía: es como un libro de cuentos, pero el tema de cada pieza se ve mucho menos-.

Yo hablo poco de novelas porque me gustan más los cuentos, pese a que he leído muchas novelas. Supongo que porque la mayoría de las novelas más contemporáneas me cansan, los personajes pasan mucho tiempo pensando en quién va a hacer su papel en la película -y eso, incluso hablando de literatura y no de subproductos de autoyudapseudohistóricosentimentosexualesmarcablanca-, y los autores dejan mucho espacio al estupendismo en sus páginas. Echo de menos mucha sinceridad en ellas, que la gente meta vida y se juegue la vida en ellas, cosa que sí encuentro con más frecuencia o en un mayor porcentaje en los cuentos: echo de menos que los textos tengan corazón. Cualquiera puede tener técnica, el oficio se aprende, las fórmulas son objeto de vending tallereto, con todo lo que hay ya escrito es fácil copiar o recrear hallazgos, pero amigo, tener corazón, poner corazón -y más aún, tener cojones, echarle cojones o coño al asunto- eso ya es más difícil. Tener raza, hostia, eso no se aprende ni de coña.

Hay un más allá: saber que la única salida que te queda, además de tener raza, además de tener corazón y escribir con corazón, con sinceridad, y con los dedos ensangrentados de vida, es hacerlo. Que no te queda más remedio que hacerlo. La inevitabilidad.

Yo creo que en esa categoría está Sergio del Molino.

Anticipo que no conozco a Sergio del Molino, aunque parte de esto, una parte chiquitilla, sí se lo he dicho en un par de mensajes que le he mandado, por si me daba un infarto corriendo y se me quedaba esto sin decir y mi cadáver era menos bello por eso -una mierda me va a dar un infarto corriendo, que estáis chalaos (y algunos gordos); eso da por quedarse en el sofá-. Es más, yo llevaba un año evitando a Sergio del Molino, porque sabía que podía pasar esto.

Y ha pasado.

Yo había leído de Sergio del Molino sólo un cuento, en Madrid-Nebraska, la antología del viajero Sergi Bellver, que tampoco me entusiasmó. Y ya está, no había leído nada más; porque me había recetado: del Molino, ni de lejos, y tenía yo mis motivos. Pero mi amigo José Antonio, de la librería Luces -Luces es como mi salón pero sin tele y por tanto sin el disneichanel: vamos, como debería ser mi salón- me cazó llenando la bolsa de provisiones para el mes de agosto -digresión uno: pensaba pagarlos- -digresión dos: provisiones para agosto de 2063, hasta entonces tengo cubiertas las necesidades con las compras anteriores- y me dijo: ¿si te hago un regalo te lo lees? Y yo que soy agradecido le dije que Claro.

Pa rechazar regalos de libros está la cosa.

Y va el tío y me trae una novela de Sergio del Molino: Lo que a nadie le importa. Y le dije: hostia -lo sé, uso muchos tacos: los tacos evitan que se me salgan de la pared los argumentos cuando los cuelgo ahí; sin tacos va Chéjov y saca un clavo para usarlo al final de un cuento que acabará traducido por Paul Viejo, y cuelga al personaje del clavo, y se sale el clavo de la pared por no llevar taco y el personaje sobrevive al suicidio y se le jode el cuento a Chéjov, pero no la traducción porque Paul lo traduce todo, y lo mete en una adenda final en el cuarto tomo de los cuentos completos. Y todo esto por poner hostia, si fuese menos mal hablado una digresión menos: cosas del uso excesivo de los tacos como recurso estilístico -. Ahora tengo que retomar la frase sin digresión: hostia, le dije a JA, Sergio del Molino, ¿tú has leído La hora violeta? Yo no tengo cojones de acercarme a ese libro.

Pero vayamos por partes, Jack the Ripper said. Allá que me fui yo con las provisiones y la novela de Sergio del Molino. Leí la contra y salía la guerra civil -la pongo con minúsculas- y eso me mosqueó porque forma parte del manual de estilo novelero postcontemporáneoespañol la obrita sobre la guerra civil. Pero luego leí que salía El Corte Inglés y eso me animó, porque ECI es la maría y la cocaína y el alcohol y los productos terminados en zepán, todo junto y legal, del capitalismo español, el cóctel verdiblanco de la felicidad de la clase media y media alta, la ilusión de fugarnos de la eterna provincia en que agoniza España.

Pasaba agosto y leía a John Berger y a otros amigos y corría en las madrugadas y nadaba de boya a boya y me negaba a escribir más en mi vida, y eso se parecía a la felicidad. Y entonces abrí el libro de del Molino y leí: Éramos pobres, pero teníamos Francia.

Y se armó, vaya si se armó.

Lo que a nadie le importa es la novela que yo quisiera escribir si no me quedase más remedio que escribir una novela. Así lo digo. Escrita desde una mirada radicalmente individual, una novela sentimental sobre cómo pueda ser el dolor oculto de un hombre que quiso ser otro, reconstruido por quien apenas nada sabe de él -como pasa siempre en las familias-, y precisamente por eso la novela más universal que se ha escrito sobre la guerra civil y sobre la cultura de hacer colas que este país arrastra desde Lepanto. Los libros te atrapan por varias vísceras, pero sólo me interesan, ahora que me hago viejo y guapo, los que te cazan desde esa apuesta emocional de alto riesgo. Ese es un libro que tarda años en larvarse, en crecer, en construirse, como todos los excepcionales. Y si hablo de estructura, hombre, ponedlo en los cursos esos que hay por ahí de termomix literaria, esa aparente facilidad de planos permeables es orfebrería pura. No decae, no se acaba la fiesta citable, y uno está leyendo entre espejos que le explican quién es y qué somos y qué es esto. Si las bandas de desgraciados que cobran por representar la soberanía popular leyesen libros como éste, si las bandas de desgraciados que votan a esas bandas de desgraciados -no hago exclusiones, no tomo prisioneros- leyesen libros como éste, no hablaríamos de España sino construiríamos España, porque hablaríamos de decencia en un país indecente, de moralidad en un país inmoral, no haríamos colas de izquierdas o de derechas sólo porque ya hay un tipo ahí y no nos gusta señalarnos y es mejor ir detrás y por eso siempre vamos a la cola en una cola y no asumimos el riesgo de ser el primero en el peligro de llevarte la guantá. Yo creo que Lo que a nadie le importa es un gran libro de historia, de Historia, sonrojante. También es eso.

Yo leí hipnotizado Lo que a nadie le importa. Luego le puse un mensaje pequeñito de hombre pequeñito como soy yo a Sergio, que es un gran hombre. Esas cosas, gran hombre, buena persona, apenas se dicen, y yo creo que no se puede aspirar a nada más ni mejor.

Y luego dije, bueno, de perdidos al río. Ya intuyes por dónde va a ir esto y cómo acabarás. Pero hay que hacerlo. Y me hice con La hora violeta.

La hora violeta es el libro que nadie debería tener que escribir, el peor libro que nadie debería tener que escribir cuando esto de escribir es irreductible inevitabilidad -si no lo es, mejor dejarlo pronto-. Yo soy incapaz de describir para quien no sepa qué es La hora violeta qué libro es: usad gúgel. Es un himalaya de amor y de dolor, y no siento que yo sea capaz ni adecuado ni digno para resumir más ese libro terrible y hermoso. Sólo apuntaré que Mortal y rosa no me pareció tan mortal como lo es La hora violeta, quizás por una cuestión de disposición personal -no era padre ni pensaba serlo cuando leí Mortal y rosa-, pero también porque hay un despojamiento, una limpieza de adjetivos en La hora violeta que no hay en el libro de Umbral. Cómo adjetivar cuando estás frente algo que ya como sustantivo seco contiene una adjetivación tan apabullante como para fundir una supernova. Yo no quería leer La hora violeta porque presumía que me arrastraría a una oscuridad donde ni quise pensar como sería estar cuando intuí de lejos que quizás podía estar, pero Sergio del Molino es tan elegante que no lo permite, y te tiene en pie mientras él está de pie. Y al final no, claro, al final hay que caer, y llegué a la página 188 y tuve que salirme del salón e irme a la cocina a oscuras a respirar y llorar, porque nada hay más radical ni hermoso, no hay amor más grande, que el final de esa página.

Así que ya está hecho, ya está leído el libro que yo no quería leer por muchas razones, algunas evidentes y otras privadas, uno de esos de los que uno nunca sale igual que entró y que cuando te hacen una resonancia y te sale una mancha en el corazón y amplían mucho la imagen de la mancha para saber qué es eso resulta que es ese libro. Hay que tener raza y todo lo demás, hay que ser un corazón que palpita y palpita para tener los cojones de, cuando uno está ante ese abismo y la escritura le es inevitable, y pese a eso, ponerse y escribir un libro así. Ese es el genuino más allá.

Al haber leído los dos libros en orden inverso a cómo se han escrito uno puede concluir, no hay que ser muy listo y yo no lo soy, y sin haber leído otra cosa más que aquel cuento en Madrid-Nebraska, que obviamente nada va ser igual ya en la literatura de Sergio. Yo creo que la mirada que -iba a escribir por desgracia, pero no estoy seguro de que deba escribirlo- ha encontrado y afinado en esos dos libros no va a abandonarlo ya nunca, se ha colocado en ese no lugar donde sólo están los que, como decía Gil de Biedma, han amado mucho. Un lugar de enorme riesgo, pero es que no hay otro lugar ya en este sucedáneo de la vida que es la vida.

Y voy a atreverme a aventurar algo más, desde esas dos lecturas: Sergio del Molino es un escritor de los que merecen ese nombre porque lleva barba, y como Poli G. Navarro me dijo un día, los escritores llevan barba -véase la pestaña de Imágenes en gúgel también-; pero además, dejándome llevar por un prejuicio ignorante y mercadonero sobre las contaminaciones de la biografía, me parece Sergio del Molino una buena persona, de los que honra conocer. Después que dicen de uno que es una buena persona ya no se puede decir nada más.

Adenda.

Escribí las líneas anteriores en septiembre de 2014, tras leer esos dos libros y antes de conocer brevemente en persona a Sergio del Molino. Luego el tiempo cobra piezas, y una de ella ha sido el nuevo libro de Sergio, un ensayo literario -es decir, no es aburrimiento mortal de datos, cifras y frases ampulosas-, La España vacía. Viaje por un país que nunca fue. La España vacía incluso ha creado una categoría periodística, la de esa España vaciada con la huida a la ciudad que ya sólo se llena a veces en puentes y vacaciones rurales -crear una categoría es propio de gente con talento desbordante, gente que no tiene más remedio que hacer eso, que casi diría que tiene la obligación moral de hacer eso-. De nuevo una historia de dos Españas, un mantra en el tiempo de un país cosido de mala manera por quienes tenían asignado hacer que esas costuras se viesen lo menos posible. Ese ensayo es el relato de un viaje, el viaje de la mirada de Sergio por carreteras bacheadas que te transportan en el tiempo y en en el espacio a la España que a (casi)nadie le importa. Y es igual, es igual, es la mirada reconocible y afinada de un hombre que cuenta el lugar que habita, como antes ha contado el cuerpo y el tiempo. Tres libros corriendo en la misma dirección, escritos engranados, piezas de un montaje identitario, el propio, el de los otros, el de nuestra relación con el otro y los otros. Tres libros de un escritor que merece el nombre, un hombre que merece el nombre, una muy buena persona.

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Carta a Javier Morales sobre sus OCHO CUENTOS Y MEDIO.

Ocho cuentos y medio. Javier Morales. Editorial Baile del Sol. 2014.

Yo no creo, caro Javier, que vaya a completar ningún medio cuento más a cuenta de tus “Ocho cuentos y medio”, como pides en la Nota del Autor al inicio de tu libro; no. Sabes, yo -que soy un hombre pequeño que corre por sensaciones y apenas sabe decir nada inteligente sobre sus lecturas o sus entrenamientos-, no voy a hacerlo, porque nunca lo he hecho. Cuando oigo a esa gente que a veces lee quejarse con cierto gozo de que los personajes y las historias se separen de ellos, la mayor parte de las ocasiones no entiendo de que están hablando; yo no querría todo y a todo y a todos todo el tiempo junto a mí, y nunca me pregunto a dónde van o qué harán las gentes y las historias cuando no estén conmigo, si desaparecen o si aspiran a permanecer en el aire como el salitre y como las piedras en la playa. Lo más que yo hago, Javier, es recoger a veces piedras en la playa; uno de los porqués de esa conducta es una historia que no es de esta carta, pero baste decir que recojo una piedra blanca, lo más pulida y perfecta como piedra que vea, y la guardo, la hago pesar en la mano a veces, la miro algo de lejos, y luego, un día, la tiro, me olvido de ella y la tiro o la tira alguien por mí cansado de verla por ahí, molestando. Por un algún motivo ha sido estar leyéndote y acabar pensando en esas piedras que recojo en la playa a veces. Ocho cuentos y medio, ya lo han dicho otros a los que no soy digno de atar la sandalia, es un libro honesto; iba leyendo y ese era el sustantivo que tenía en la cabeza, honestidad, y quizás por eso me acordé de esas piedras. Me gusta que me coja la historia en medio, y no saber de dónde ni hacia dónde sino sólo eso: creo que eso es un cuento, ese estar en medio de la nada e improvisar la obra, y creo que los cuentos, como la vida, no tienen un final sino que sufren un apagón, y esa oscuridad, incluso esa elipsis, la desnudez, son el cuento y son la vida. Pero como no me importa nada de lo que suceda antes sino sólo ese momento de deslumbramiento, de cierta epifanía de barrio, ni en tus cuentos ni en los de nadie, yo no hago nunca por continuarlos, no quiero saber nada de a dónde van las gentes a los que les han tomado la casa. Por eso, amigo mío,no puedo hacer nada por ese medio cuento: no sé hacerlo, ni quiero hacerlo. Sólo puedo darte las gracias por haber escrito ese libro y haber hecho que lo hiciese pesar en las manos, y pedirte disculpas por si en mi ejemplar tacho lo de “y medio”, y lo dejo en “Ocho cuentos”, nada menos, tan salingeriano pero uno menos en Canarias, y vuelvo a como hago siempre dejar la cosas importantes sin hacer.

Un abrazo grande

Felipe R. Navarro

P.S. ¿Sabes si al corrector de la editorial le quedan muchos más días de vacaciones acumulados?

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