Condiciones generales de contratación

Por tercera vez lo ha leído. Desde que un temblor leve ha hecho eco en su muslo y ha sacado el teléfono de modo casi clandestino, exponiéndose a alguna mirada de condena o advertencia de algún empleado o de algún otro viajero, ha leído el mensaje por tercera vez.

Como aún le tiembla la mano, tal si la vibración del aparato fuese un síntoma contagioso, y como si leer constituyese para ello algún remedio, un lenitivo, lo lee por cuarta vez. Y una vez concluye, y entre miradas a la ventana, el paisaje que oscila levemente mientras pasa como si alguien también lo empujase con los dedos sobre el cristal, remonta con un gesto de llamada, de invitación, toda la historia.

Cuando llegue al principio de la historia, datada en fechas y horas, la leerá otra vez toda; y el mensaje de hace un rato ya por quinta vez: en mitad del silencio contractual del vagón que flota sobre el camino, bajo una luz que confunde dentro y fuera a esas horas de viaje, ya por quinta vez.

Entonces aprieta la mano, la aprieta, los nudillos emblanquecen, hay un cruce de gruesas vías en el dorso de su mano, aprieta la mano libre y la mano que sostiene el teléfono, que no parece dar síntomas de ceder al apretón, hasta que la pantalla se oscurece. Mira a su derecha, al hombre que desde que salieron está abismado en un grueso libro de tapas verdes donde sólo ha podido reconocer el artículo La en la portada. Mira el espacio vacío a su lado. Aprieta y aprieta y aprieta las manos, el teléfono. Al sacar el billete le pareció buena idea lo del vagón silencioso. Ahora quisiera levantarse, dar un par de saltos, golpear quizás la pared o el techo, gritar.

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Una libra de carne (Derecho y Literatura)

(Prevención del autor: es una entrada larguísima)

Al final este lugar comienza a parecerse demasiado a un mueble que tenía mi padre y donde iba metiendo cosas sin son ni ton, supongo que porque no encontraba otro sitio donde ponerlas -pensar que pensaba que ese era o podía ser su sitio me preocupa más en términos genéticos, y no es momento, aunque quizás sí será sitio, para ese análisis-; un bajío, una desembocadura. Sedimentos.

Dentro de las muchas cosas a que se dedica nuestro personaje está la docencia, o una suerte de ella. Asociado a -mejor que de- Filosofía del Derecho, hacemos durante el año dentro de esa asignatura, la única importante e insustituible de los estudios de Derecho, y gracias a una idea maravillosa de mi maestro y amigo José Calvo González -su imprescindible blog: http://iurisdictio-lexmalacitana.blogspot.com.es -, diversos Seminarios de Derecho y Literatura. Este año el Área -no confundir con la 54- de Filosofía del Derecho ha decidido entregar Diplomas de Excelencia Académica por su participación en los mismos a algunos alumnos. Debo decir que no se hizo el año pasado, no se nos ocurrió, y me apena, porque también hubo entonces alumnos deslumbrantes -no me gusta el término alumno porque me coloca en una posición no merecida-.

Para entregar los Diplomas se organizó un pequeño acto en el Salón de Grados de la Facultad de Derecho de Málaga, con presencia del Catedrático Dr. D. José Calvo González -conste que me gusta más poner mi amigo y maestro que lo de Catedrático Dr.- y yo mismo, claro, y asistencia de los alumnos citados. Entrega de los certificados, fotos variadas, y palabras protocolarias que me tocó asumir esta vez dado que eran mis grupos. Para que a ellos les lleguen las fotos esencialmente construyo esta entrada, pero la construyo esencialmente para darles las gracias, tanto a los que recibieron diploma como que no -extendiendo el agradecimiento como he dicho a los alumnos del pasado año-, por su paciencia y ayuda y conocimiento y cariño. Qué no podrán hacer cuando tengan un buen maestro. He aprendido enormemente con todos ellos, con el privilegio de acompañarles. En un símil comparativo enormemente afín a la Filosofía del Derecho y que uso de continuo en las clases, el hecho de que te permitan (me permitan) hablar de lo que amas, en este caso Derecho y Literatura, hacerlo con y entre ciudadanos inteligentes y que albergan, aún y para fortuna del resto, esperanza, y con la guía docente y programa de, éste sí maestro, José Calvo, es aún mejor y pone más que un pase de backstage para el desfile de Navidad de Victoria´s Secret.

Va el pequeño texto que preparé para la ocasión, y el chorro de fotos. Gracias a todos.

UNA LIBRA DE CARNE: DERECHO Y LITERATURA

¿Puede ensayarse esta mañana una definición de Derecho? Tras decenas de ocasiones en las cuales alguien en un aula ha venido oyendo una respuesta similar a No es posible dar una definición única de Derecho, ¿sería posible que afrontando el encargo desde las puras misiones de la Filosofía, generar reflexión, engendrar un concepto, respondiésemos afirmativamente?

Una libra de carne. ¿Podría esa expresión alzarse como respuesta, puede ser el Derecho una medida exacta; la de una libra cabal de carne?

Una libra de carne forma parte de un contrato, un pacto privado entre nacionales de dos estados para el cual la amistad sale avalista. En El mercader de Venecia los hombres que fueron Shakespeare cuentan de qué modo el Derecho sale al paso en la comedia y en la tragedia y aun en casi cada paso que damos sale al paso; en la elección de un amor, de un destino. La apariencia no es siempre la verdad, al mundo lo engaña el oropel, dirá Basanio. Basanio ama a Porcia y para ese combate del amor pide prestado a Shylock y es Antonio, la amistad como arma en ese combate de terceros del amor, quien sale avalista con una pieza de carne de la zona más cercana al corazón. Basanio habla en cierto instante de la infame defensa que en un juicio encubre la maldad, sin saber aún que gracias a esa defensa, a la mixtificación de su ya esposa Porcia transformada en doctor en Leyes, recuperará no sólo Antonio la carne que presta aval al amor ajeno, sino él mismo hurtará la vergüenza de no haber sabido estar a la altura del favor pedido. No es una infame defensa esa.

Los Seminarios de Derecho y Literatura no reclaman defensa alguna. Si un pobre hombre lee a los hombres que fueron Shakespeare y puede contemplar en él también toda la belleza del Derecho, la defensa ya está completa, la interpretación hecha, la resolución motivada y dictada. Una de las grandes fortunas que me fueron dadas, además de la obra de Shakespeare, es haber sido ocasional partícipe de este empeño de mi amigo y maestro José Calvo en poner en funcionamiento estos Seminarios. A través de la Literatura contemplé los paisajes del Derecho con mirada de Moisés, incrédulo y algo idiota por no haber sabido ver en ocasiones los amaneceres tras las cordilleras de los códigos. Esta ocasión es una más y no será la última de agradecérselo públicamente, por haber salido mi fiador y confiado en mi solvencia futura en esta historia.

Vuelvo a Porcia. Porcia se convierte en Baltasar cerrando una cadena de amores, ella a Basanio, Basanio a Antonio, y afirmaría que Antonio no sólo a su amigo sino también a las leyes de la República de Venecia. Todos comparecen ante el Dux, y en ese espacio que en el exterior se refleja en aguas mansas y pierde el revoque – pues no hay fachada en Venecia que no pierda el revoque y que no resulta pese a ello la más hermosa de las fachadas- afirmo esta mañana que está contenido todo el Derecho: el público y el privado, el internacional, el administrativo, la potestad y la autoridad, la fe pública, el civil, el mercantil, el penal, el procesal; alegan las partes, brilla la defensa de Baltasar, intentan hacerse oír principios y valores -la incitación al perdón y a la clemencia y a la convivencia quiero yo leer en El mercader-; también comparecen en sala la cerrazón dogmática, la ceguera ante el brillo áureo de la literalidad de la norma. En ese campo de Marte aparece Baltasar, y rescata al Derecho para la Justicia, con todo lo que debe contener la Justicia, al menos para aquellos hombres que fueron Shakespeare, que es como decir para todos nosotros. Porcia por amor entona un canto de amor al Derecho, a la hermosa interpretación del Derecho, re-crea todo el paisaje que las partes y el tribunal ven en ese momento, y lo transforma: esa transformación en otra historia que será contada una y otra vez es siempre la victoria del Derecho. No es ésta una infame defensa, imaginamos que Porcia extramuros de Venecia, de la obra, se lo dirá a Basanio en campo de plumas, no hay infame defensa, es hermosa la defensa; la de abogado, le dirá Porcia extramuros de Venecia convocando a Voltaire, es una de las más hermosas profesiones de la tierra. Vuelvo a Porcia, Porcia, una mujer en un mundo de hombres ciegos, es la única que alcanza a ver la luz, como suele pasar; Porcia hecha Baltsar nos cuenta, esto es, la Literatura cuenta al Derecho, que el Derecho para ser Justicia debe ser como la Gran Literatura: preciso, exacto, milimétrico; no derramará una gota de sangre, ni pasará en más o en menos de la fracción de un vigésimo de gramo, ni inclinará el fiel de la balanza un pelo siquiera, la misma balanza que aparece en manos de Astraea en el relieve que ilustra el Diploma que ustedes han recibido.

La balanza. La imagen de la Justicia. Un mundo exterior a veces, cada vez quizás más, sombrío; un mundo interior, el del Derecho, también sombrío y que parece ajeno a lo que suceda fuera de sus salas de vistas; aquel de pronto es iluminado desde una sala de juicios con una decisión, una interpretación jurídica. La resolución de Porcia consolida la República, las leyes de la República, la pública fe en la República. Uno aprende esto leyendo no un Código, no la norma a veces voluble y promiscua, cambiante, sino a Shakespeare. Aprende en una facultad de Derecho que la Literatura puede enseñar más leyes, y desde luego más a trabajar con las leyes, que muchos manuales; por eso estos Seminarios son imprescindibles, porque el conocimiento del mundo fuera de las salas, fuera del código, sólo es posible al jurista merecedor de tal nombre, a través de la Literatura, de las Humanidades. No podrá verterse una gota de sangre de más, no deberá; no deberá la balanza inclinarse perdiendo su equilibrio ni el grosor de un pelo. El empeño no está exento de enormes riesgos; en un previo pasaje, sobre el amor y que yo quiero interpretar, esto es, contar de este otro modo, Basanio lee en un rudo cofre de plomo: “Quién me elija debe darlo y arriesgarlo todo”. Dentro del cofre con menos aprecio -y fácilmente puede verse en ello una metáfora del escaso aprecio público al Derecho y del descrédito sin aval de la Justicia-, que es el cofre elegido por Basanio frente al oro y a la plata, está la imagen de la bella Porcia, la imagen de la belleza. No está exenta de riesgos la elección, para Basanio y para nosotros, pero el premio en este relato, en esta aventura, como en todas las historias que merecen ser narradas, es grande, como una cesta que fuese llenándose de las mejores mercaderías del mundo conocido y que brillasen bajo el sol otoñal en los puestos de Rialto: el amor de la dama; la utilidad del Derecho cuando emplea las armas de la Retórica; la victoria de las letras sobre las armas; la vida de un hombre, nada menos que la vida de un hombre; el triunfo, y hemos de creer que será posible siempre ese triunfo, de la Justicia.

Muchas gracias.

Málaga, 30 de junio de 2014

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Instrucciones para hacer un “selfie” (nuevos medios, viejos temas)

 

Selecciona el fondo idílico, la orientación de las sombras, la luz paradisíaca -o lo que dé de sí la escena-.

Los controles de la aplicación en automático; menos lío.

Toca el botón que hace cambiar a la cámara frontal.

Y que el rostro que observándote aparece en la pantalla no lo reconozcas.

 

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Cien

 

¿Y?

(Apóc.). adj. ciento.

Saber si estás haCIENdo lo correcto: sentarte a mirar hacia atrás. Mirar el tiempo detenido y el tiempo agotado, y no agotarte ahora, no detenerte más. Correr hacia el horizonte creCIENte; no agotarte, ni detenerte más, sólo lo justo, sólo recuperar, y avanzar de nuevo. Avanzar.

adj.ponder. Expresa una cantidad indeterminada.

Avanzar apurando el tiempo, coCIENdo el tiempo y el espacio en un recipiente pequeño, seguir una receta básica, antigua; exprimiendo posos de lo que no quedó y apenas hubo; decantando en una línea perdida, aislada, no sé si sola. Hundir las manos en el CIENo y rebuscar en él las gemas que nadie querría recobrar. Más allá de dolor y de cambio y de risas y de un paisaje que se desliza como seda ante los ojos, la seda del día naCIENte o del día que agoniza, corre entre los dedos y corta a veces y la sangre se diluye: no habrá o no hay quizás otros momentos.

~por~.1.loc. Adv. En su totalidad, del principio al fin.

No otros momentos, esos; el resto es avanzar, seguir haCIÉNdolo; no agotarte aun cuando notes que lo estés haCIENdo, dosificar el ritmo del latido mientras pasa ante ti la línea del cielo, para evitar que el latido se extinga.

adj. Diez veces diez.

Para que no se extinga mirar y tocar, y que duela, y aunque duela. Aunque duela. Aunque duela CIEN veces. La sangre se diluye, corre entre los dedos, cae a tierra. No la verás florecer.

adj. centésimo(‖ordinal).Número ciento. Año ciento.

No la verás. EnCIENdo una luz. He encendido una luz en la ventana. No ilumina, sólo permite volver. Permite el regreso. Un hombre perdido; haCIENdo lo correcto cuando lo correcto no era adecuado, no era lo que había que hacer, lo que tenía que hacerse.

m. Signo o conjunto de signos con que se representa el número ciento. En la pared había un ciento

medio borrado.

EnCIENdo una luz, para ese hombre, y en la tormenta un fulgor diminuto que viene y va tras las oscuras murallas de agua. La sombra va y viene por la pared del fondo, no sabría uno bien que está haCIENdo la sombra, ni de quién es.

m. pl. Juego de naipes que comúnmente se juega entre dos. Quien llega primero a hacer 100 puntos, según las leyes establecidas, gana la suerte.

Se confunden línea y horizonte. Pasando el dedo por el trazado recto descubres estar haCIENdo una curva. Desde el centro al exterior del paisaje, y vuelta atrás, giro hacia atrás, circunvalación para volver. Y no saber si había que salir, si había necesidad de salir, si no fue ello una trampa de la mirada, una sugestión, a la que se cedió por orgullo, vanidad, dolor, nada.

m.centena (‖ conjunto de 100 unidades). Un ciento de huevos, de agujas.

¿Es nada? ¿Acumular adjetivos sobre un sólo sustantivo, eso es lo que estás haCIENdo? ¿Eso fue, eso será, pese a todo, quizás?

m. pl. Tributo que llegó hasta el cuatro por ciento de las cosas que se vendían y pagaban alcabala.

Alguien está en algún lugar rehaCIENdo la contabilidad de los días perdidos. No cuadra. El resultado es la ausencia de resultado, una cifra en cambio permanente, sin identidad, ahora multiplicador, sustraendo, coCIENte. No admitirá prueba, no admitirá corrección, no admitirá adveración o certeza. Una operación condenada para una materia que no es CIENcia.

~ y la madre. 1. m. coloq. Muchas personas.

¿Qué es, entonces? ¿Paisaje, sólo paisaje? La disimulada reproducción del paisaje reCIENte, que no quisiéramos olvidar. La añoranza del paisaje futuro. Y entonces.

~ por~. 1. loc. Adv. cien por cien.

Y entonces esto lo estoy escribiendo mañana, lo estoy haCIENdo mañana. Lo sé y lo veo y no lo rozo, ni tan siquiera lo rozo, leve. Esto lo estoy haCIENdo mañana.

Dar alguien ~ y raya a otra persona. 1. loc. Verb. Coloq. dar quince y raya.

Lo estoy diCIENdo mañana. Todo lo estoy diCIENdo mañana.

Por ~. 1. loc. Adv. De cada ciento. Se representa con el signo %.

Perdiendo, venCIENdo, ir, venir, así, todo el tiempo, durante todo el tiempo, resumiendo. Resumiendo.

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Urbanizaciones

Se deshace el asfalto. Es una mancha borrada por la velocidad. Conduzco mirando a lado y lado: recorro la carretera de la Costa. De Málaga a Guadiaro, ir y venir, salir y regresar, vuelta, ida. Cruje el sol sobre las osamentas de las urbanizaciones que desordenan el paisaje.

Cruzo bajo falsos puentes. El resplandor en las carrocerías quema los postes indicadores. Crece el paisaje estéril, irreconocible, sembrado de calles vacías que remontan hacia ninguna parte y se pierden bajo sombras de hormigón.

Uno podría pensar que está en Málaga.

Uno podría pensar que está en mitad de ningún sitio sin nombre.

Urbanizaciones.

La soledad remonta las escaleras de los dúplex.

Una mujer mira sola las grietas de un porche.

Un hombre solo se limpia con los dedos los restos del desayuno.

Pienso en el Urbanismo.

Pienso en el Derecho de Familia.

Pienso en Richard Yates, en John Cheever, en Raymond Carver, en Richard Ford.

Quizás al final todo es un problema de falta de lectores.

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Again

 

Entonces se topa con una sombra: la sombra pertenece a un bosque. La sombra le cierra el camino. Sin admitir ni permitirse una demora física, una reserva mental, extiende el hombre las manos, para asir y deshacer la sombra o apartar una rama o abrir un camino, o todo. Avanza tras las manos, acompasa las piernas a las manos equilibrando así el paso, se adentra y abre un surco en el obstáculo, va dejando atrás la sombra, sin medirse con la altura o el espesor de los árboles, sin impresionarse, acaba por dejar atrás el bosque, y de nuevo se topa con algo que ciega la luz del camino: es un muro. Estuvo encalado el muro; ahora sólo está sucio. Duda sí ahora sobre si saltar o rodear pero no alcanza a determinar dónde finaliza, y opta por el salto. Al primer intento araña con las yemas la mitad rugosa del muro; para el segundo toma carrerilla pero ni así logra asomar las uñas al otro lado. Antes del tercero ha vuelto atrás, y ha quebrado y arrastrado y apilado ramas; con las manos oliendo a savia recién vertida empieza a hacer equilibrios, y una vez alcanzada la cima del túmulo flexiona las piernas lo justo para que no se desmorone la construcción, y brinca. Los antebrazos se alzan iluminando el espacio sobre el muro, y en su caída acaban enganchados al borde superior del obstáculo: con un rumor de huerto agitado por un cachorro se ha deshecho la improvisada rampa y hay un desorden vegetal bajo los pies que cuelgan en el aire golpeando la cal sucia y crujiente, nieva cal sucia sobre las ramas rotas -sin duda, amigo mío, es excesivo esto, sobran tres líneas al menos, y me quedo corto. Pues la verdad, no te digo que no; es que los fines de semana se relaja uno un poco más-. Patalea como un ahorcado futuro para impulsarse, puntea contra el muro hasta hallar apoyo, y entonces, arañándose, quemándole los tendones de los hombros, va asiéndose y alzándose al remate hosco de la pared, hasta colocarse a horcajadas. Resopla, descansa brevemente, pasa ambas piernas a la cara interna, y, sin meditar ni mirar mucho, se deja caer; no es, en puridad, un salto, sino dejarse caer, levemente impulsado. Todo el esqueleto le retiembla con el impacto, flexiona las piernas para acoger el suelo hasta tocarlo con una mano. Se pone en pie, y cuando mira, hacia adelante tiene ante sí un pasillo, opacado por setos que conforman un bóveda fantasmagórica y vegetal. La luz en el pasillo es sólo un rastro, un encaje, las puñetas de una larga manga. Anda por él, acorta el espacio, acelera a veces, compite con la horadada oscuridad -madre mía, ni fin de semana ni nada, qué exceso retórico; luego mira si vas rajando de los atracones de adjetivación. Que te follen, capullo, déjame en paz-. De pronto el techo de arbusto se hace cubierta arquitectónica: está bajo un porche. Ante él, ahora, una puerta. Toma el pomo, lo gira, se alborotan las bisagras -¡se alborotan las bisagras, no me lo puedo creer, eres la pera, tío! Me cago en tu puta madre, desgraciao, déjame en paz-. Cuando tras un par de pasos se detiene está en una casa en sombras; no se diría abandonada, se diría solitaria, casi vacía; y en sombras. Camina a tientas -venga, por dios, menuda locución falsa, camina a tientas… Mira, paso de discutir contigo porque como me ponga vamos a acabar a ostias, y estoy cansado, tengo más cosas que hacer, vete por ahí, anda- cruza el vestíbulo, traspasa un dintel, dibuja o imagina los contornos de una estancia; luego de otra; luego de otra. Ésta en la que está ahora es la mayor de las conocidas, quizás la principal de la casa. Quizás por ello, al fondo, hay una débil luz, una lámpara cuyo filamento adelgazando rumbo a la fractura, a la extinción, aún tiene sentido aunque poco significado ofrezca. Avanzando hacia ella, hacia la débil luminiscencia -o quizás ya no luz sino su recuerdo sólo, el color que permanece bajo las párpados recién cerrados los ojos-, topa con algo: sin que los ojos hayan conseguido tener utilidad, y por el peso, si fuese un cortinaje es excesivamente pesado, si es un cuerpo es liviano, seco, se dice. Extiende el brazo izquierdo en diagonal, y para devolverlo a su lugar recoge el obstáculo, lo elimina, el obstáculo queda atrás, igual que la sombra, el bosque, el muro, el sendero, el túnel de estancias: el resto. Frente a él, la presencia continua de una pared, que desconoce si vacía, que desconoce si plagada de colgaduras y adornos y molduras y pinturas o dibujos o alguna foto, sólo presencia, y algo hacia la derecha, abandonada en el suelo, una tira más clara que el apagado gris marengo de ese espacio: la promesa de un vano, un paso, una puerta. Se acerca inseguro, por si tropezase, alarga la mano, el tacto es liso, da con una manilla, al girarla estará al otro lado de la casa. Y lo hace, avanza para salir por fin de allí, de eso, que se le cierren los ojos y se le emborrachen las células con una llamarada violenta de luz, son dos, tres pasos, y está fuera. Entonces se topa con una sombra.

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Quince

 

No podemos. Pero y si pudiésemos, y si pudiésemos…. Ver con los ojos de los otros. Narrar es el intento de hacer visible ese fenómeno; me digo esto cuando el crujido es rítmico y constante bajo las suelas y el final del día me llena los ojos y todo lo que cruzo y frente a lo que cruzo es una sombra ribeteada de dorado, y ya voy solo, voy de vuelta. Narrar es ver con los ojos de los otros y ver qué pasa, qué sucede, cuando los ojos de los otros se llenan de fenómenos procesados en imágenes y las ven, las ve tan sólo el otro que siempre somos, es ese extrañamiento narrar o lo que narra narrar, adoptar ese punto de vista, hacer propia esa mirada, me voy diciendo, me voy diciendo, hay un ritmo o pretendo que haya un ritmo en el fraseo del mismo modo que pretendo que lo haya en el braceo y que lo haya en cada paso, trabajo sobre el paso, la pisada, y voy pensando, y suena lejos la ciudad en ese instante, y alguien pasa a mi lado en ese instante y yo lo miro, y él me mira, y lo saludo y me llega su saludo y nos alejamos en sentido opuesto y no sé cuánto de opuesto pudiera ser ese sentido, y se lo pienso, pienso como él, dónde irá y para qué y dónde se encuentra el lugar desde el que parte, y bajo la mano que quedó en el aire como inmóvil, apenas una vibración muscular, tras el saludo y cuando nada queda ya de ese saludo.

Y al bajar la mano miro el reloj y veo un 35, y veo demasiado pequeño para adivinarlo el número que indica los kilómetros, me ciega el sol que se apoya en la barandilla de la sierra y me ciega el cansancio de años de letras y de imágenes corriendo por mis ojos. Apenas veo algunos fenómenos pequeños, pero eso no significa que no los advierta. Que no los pueda contar.

Puedo contarlo todo.

Y me lo digo, me lo repito, voy a contarlo todo. Que sea viernes y sea mayo y contra mi costumbre sea la tarde. Un hombre que corre en la tarde en la que suele escribir, probablemente porque para él ambas acciones son la misma: recorrer el mundo en un sentido. Adquirir ese sentido. Voy corriendo por una pista de tierra y huele el campo, antes me di cuenta de que olía el campo y lo dije en voz alta, no huele el campo como huele en las mañanas ni huelen las mañanas como lo hace esa tarde que se pierde pero no se pierde para siempre y para todos. A lo mejor narrar es impedir esa pérdida. Y me digo que la mala suerte es de los otros y la fortuna es mía porque es todo mío en ese instante.

Puedo contarlo todo.

No soy Flaubert, pero puedo contarlo todo.

Contar cómo comenzó la tarde, cuando antes de empezar a correr ya vimos esto

y me puso de buen humor la pintada. Ya antes estaba de buen humor, pero me puso de mucho más buen humor la pintada y pensé, qué bueno, qué bueno, todas las mujeres bonitas que conozco son así.

Y luego pulsamos los botones del reloj, y crucé la primera calle, y es una calle antigua. No me había dado cuenta hasta ese instante, pero estoy remontando el asfalto del pasado. Una calle en la que me cayó encima la tarde tantas tardes, en la que pasé horas y horas sucio y ensordecido y pensando que un día podría contarlo todo, contar que las gentes trabajan duro y se ensucian por un salario de miseria o por la miseria de un salario en lugares que ignoran los centros de las ciudades, y en los que el sol no toca el suelo sino que se queda en terrados mugrientos, en fachadas llenas de toldos multicolores arañadas por antenas, en aparatos de aire acondicionado que gotean sobre la acera. Yo trabajaba aquellas tardes rugientes entre las máquinas y pensaba entonces que necesitaba contarlo todo el resto de mi vida. Yo no era Flaubert, pero aún puedo intentar contarlo todo. Eso pienso ahora pensando en que hace unos kilómetros he corrido por esa calle y he salido de ella.

Lo correcto es, Hemos salido de ella. No corro solo.

Pero es que nunca corro solo, creo. Voy ahora acomodando mis zancadas a Jose Cervi, que a veces cuando sale a correr mira el cielo y ve en el cielo las mismas señales que casi nadie ve, y que antes me ha dicho algo así como Creo que sólo aprendo a base de caídas: corriendo también encuentra uno a sus semejantes. Atravesamos otra calle entre solares, tapias pintorreadas, alguna chabola, y llegamos a la desembocadura del río.

O también: Atravesamos otra calle entre solares, tapias pintorreadas, alguna chabola, y llegamos al nacimiento del mar.

Corremos por una lengua de tierra arrastrada, que ha acopiado el tiempo, que es una línea en el tiempo. Nos mira el mar correr, o mira al sol, y somos nosotros un obstáculo, un accidente en el paisaje. Cruza uno

cruza otro

Y es tontería, claro, claro, somos dos, nos hemos parado a hacer las fotos, pero es que cuando no es un entrenamiento planificado casi siempre corro ya así: me detengo a mirar. Y hemos cruzado un brazo del río, y ya remontamos hacia una de las pasarelas

Desde ahí será correr y correr por los carriles, y charlar sobre el tiempo y otro tiempo y el futuro y los olores y las familias, y parar a mear, y seguir un camino o inventar un camino cuando aparentemente uno se encuentra en pérdida y nada, ninguna señal, marca el terreno, porque es fácil caer en la pérdida y siempre es posible hallar un camino, un modo, uno siempre debe seguir hacia el sur, porque allá al fondo siempre estará el mar. Uno sigue siempre hacia el sur que es un concepto, un ideal, más que un fragmento de horizonte. Si uno parte rumbo al norte siempre acaba por alcanzar el sur, estar al sur de algo.

Al cabo de un rato nos separamos. En la Biblia hay historias en las que los hermanos se separan y uno corre a una esquina del mundo y otro hacia la otra y luego alguno regresa y lo cuenta, y hay señales en los cielos y las entrañas de los animales. Se abre el mundo como una mariposa entre ellos y cuando cierra la mariposa están de nuevo juntos y todas las señales han adquirido sentido o sólo adquieren sentido ahora que están juntos de nuevo y todo lo anterior no es sino una reflexión sobre el anhelo de esperanza.

Y a todo esto estoy corriendo, sigo corriendo; mirando, a veces sin ver

Yo corro así, a ratos me desvinculo de mí mismo y sólo piso y piso y piso y a ratos apenas advierto el desplazamiento porque no hago más que contarme cosas. No soy Flaubert, me dije un día, me digo ahora.

Pero puedo contarlo todo.

Puedo contar que los ríos me atraviesan

de lado a lado, y corren de mí, no sé si huyen de mí o huyen de todos, o nos ignoran. Corren al sur. Atravesado por el río en la tarde que me traspasa hay un crujido de arena y piedrecillas y goma bajo mis pies, y todo lo que creen el mundo sigue allá fuera de este camino. Remonto y bajo y llaneo. Miro ya llegar la ciudad al borde del camino, me dejo caer hacia ella por la pendiente y lo primero que veo al caer es esto, pienso en Albert Camus, claro, cuándo no pienso yo en Camus, cuando ya al pisar el asfalto veo esto

SAMSUNG

y me detengo a mirar unos momentos, acordándome de aquello que decía Camus sobre que lo que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Hay números y reglas y hay orden en las cosas y en los hombres y uno cae mientras otro detiene la pelea para asirlo de un brazo y seguir peleando juntos. Se me ocurre, detenido, que un día esos niños crecerán y no sé si será posible la esperanza y si quienes les hablan en ese momento más allá de tácticas de guerra estarán hablándoles de tácticas sobre la felicidad. Es simplista esto, es simplistamente bondadoso, es banal, pero me hace feliz pensar en Camus mientras corro en la tarde y veo un campo de fútbol recién regado y pintado y veo que siempre corre al sur el río y corre el hombre y hay señales en las tripas de un gato atropellado, nos atraviesa el sentido del mundo y le prestamos el nuestro, y creo que algo pueda al final salvarnos del rugido. Arranco a correr, claro, corro otra vez, sigo adelante, ya siempre sigo adelante, es una euforia esto, es un proceso químico, somos química y somos la deliberación sobre la química, es simplista, es simplistamente bondadoso, hay señales en las señalesSAMSUNG

Puedo contarlo todo, me digo, voy a contarlo todo, me digo, voy a derrotar este silencio que se impuso, voy a reconstruir cada fenómeno, cada gesto. Lo que se cuente de nosotros aún no está escrito y no sabemos, es un anverso en blanco esta carrera

Y entonces siento pena; quizás la ha traído algún olor, la mezcla del campo y del salitre. Hace rato paré a mear. Otras veces lloro y debo parar porque un puño me ciega la garganta, y me ahogo, es un llanto como un ataque de tos seca. Otras veces lloro mientras corro, me cuento algo y acabo así. Remonto una cuesta para mirar y siento pena, porque veo un ir y venir bajo mis pies pero mi sensación es que sólo yo soy quien se desplaza en ese punto de la tarde y no los otros, que fingen y que están sólo y sin embargo detenidos, que están incluso solos,

y miro al horizonte y una poderosa maquinaria rastrea el mundo,

rastrea el tiempo, gira bajo el sol una potente maquinaria que yo creo que busca y busca si aún quedan en el mundo hombres hermosos y sencillos que abran primeros surcos en el campo que luego puedan acabar transformados en caminos, hombres a quienes nada importe el olvido sino la memoria; que puedan contarlo todo aun a sí mismos, aun de modo sencillo, preferentemente de modo bien sencillo. Aunque no sean Flaubert. No sé qué dirán las pantallas de la maquinaria; si aún es posible encontrar a alguien; y dónde.

Flaubert era gordo, yo peso 66 kilos. Puedo contarlo todo. Puedo seguir corriendo hasta extenuarme y aún no habrá acabado el mundo. Así que bajo la cuesta y sigo adelante, invado el asfalto, derroto al tráfico, rescato el asfalto para el hombre que sudó poniéndolo. Enfilo mi recta favorita

Sé que tras esa recta y algo más está ya el sur; el mar. Girasoles decapitados me contemplan o me ignoran, no lo sé, no les pregunto

Nada importan las respuestas de los otros, sino el mar. No puede pronunciarse el nombre del mar en vano. Corro entre gentes y no las miro, porque son girasoles decapitados esas gentes siempre detenidas. Las atravieso como antes fui atravesado por el río y fui atravesado por la tarde, huye la tarde, deja de existir esa tarde y va quedando un perfil rosado en el cielo. No sé si en todo ello hay o no filosofía, o más bien supervivencia.

Puedo contarlo todo para sobrevivir. Si no lo cuento todo moriré. Como Flaubert, como cuando Flaubert dice me parece que no tengo nada que no posean los demás, o que no haya sido bien dicho, o que no pueda decirse mejor, y pese a ello…. Aunque no sea Flaubert, y aunque muera de todos modos. Pero si no lo cuento sí que ya habré muerto. Habré muerto en aquella calle que rugía triste y sucia, y no me recordaré nunca, y es eso lo importante.

No que no me recuerden, eso qué más da: recordarme yo. Un camino que abre en dos mitades el campo sin horizontes.

Acelero el ritmo. He mirado el reloj, acelero el ritmo, queda algo más de un kilómetro, y hago que las piernas quemen y queme el pecho, no cuento los latidos porque corro sin contar; por sensaciones. En ello sí hay filosofía. Aprieto y jadeo y braceo y cabeceo y me falta aire y me faltan piernas, aprieto, aprieto, y sonrío, y sonrío, ya acabo, ya acabo. Ahí estoy, otra vez,

en el lugar en que empiezan las mañanas acaba la tarde y acaba el camino y hay sur y hay mar, y sonrío, sonrío, ya acabé, miro el reloj, lo detengo, quince kilómetros, salí hacia el norte y llegó el sur, y ya acabé, cayó, murió la tarde.

Regreso. Es simplista todo, simplistamente bondadosa a ratos la mirada. Pienso en la tristeza de los girasoles, en las señales. Contar es divertir: llevar por varios lados la vida. Es un juego. Pienso en Macbeth: Life’s but a walking shadow, a poor player that struts and frets his hour upon the stage. And then is heard no more. It is a tale told by an idiot, full of sound and fury. Signifying nothing. Player, play, papel, rol, cuento, juego. Un cuento idiota o de un idiota, que nada significa. Un juego, sólo un juego si lo piensas, me digo, me digo, como Flaubert, que todo esto, que el Arte, después de todo, no es más serio que un juego de bolos. Tal vez todo sea una inmensa broma. Una broma, un juego, un juego algo idiota. Como si uno fuese un niño, como si nunca dejase de ser un niño, para no dejar de ser un niño. Estoy estirando y veo el cartelSAMSUNG

y me da la risa, me río solo en mitad de la calle, solo entre la gente, me río, me vuelvo a casa, sólo un cuento, una broma, algo idiota, sin aparente significado, un juego.

Un juego.

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