Comida bio (la pose, la pose)

Es guapo, y lo sabe. Diría que razonablemente alto, por el tramo de espalda que sobresale de la silla. Tiene los ojos grises grandes y claros, sabré después, la barba con ese desaliño de la barba de moda, y el pelo largo recogido con descuido, fingido descuido. Es aparente y guapo y lo sabe, porque de lo contrario no estaría sentado ahí. En mitad del restaurante, de espaldas a la puerta y alejado de las ventanas, en mitad también de una mesa para ocho, sólo él, él sólo, solo. He visto eso antes de comprobar que era guapo pero he sabido que era guapo ya antes de verle de frente sólo viendo el lugar que ocupaba.

Las mesas son de colores vivos, mis hijos hacen rechinar las sillas sobre el suelo, y él no se ha inmutado. Claro, no se ha inmutado. Y nos sentamos y estoy frente a él, y ahora ya sé lo que sabía nada más entrar.

Lo que pasa es que te haces viejo, me digo.

Está leyendo, no alcanzo a distinguir qué -eso es que te haces viejo, me digo-. Saco el teléfono para hacerle una foto, y cuando hago la foto no sale el libro, ocultan el libro un par de libretas y vasos y algún plato y una botella de aceite; y entonces borro la foto, borro la foto porque es mentira todo, compruebo mientras borro la foto y me repito que me hago viejo. Tiene los ojos grandes y claros llenando de mirada gris un libro y da igual qué libro sea: es mentira. Está sentado en mitad de todo, por si el mundo decidiese cambiar de lugar su eje y que girase entonces sobre el lugar en que está él, y está, simplemente, aguardando a que pase.

No va a pasar, idiota, eso no va a pasar. Es el primer insulto.

Pedimos la comida, nos traen la bebida, y entonces levanta los ojos y veo sus ojos tras el bloc de la camarera y miro sus ojos, y es mentira, ya está claro que es mentira viendo sus ojos claros. Eres mentira, hombre guapo, estás intentando mirar a ese lugar que suele estar oculto tras nosotros y es ficción, le digo mientras pido el salmón, es otro truco: estás mirando un espejo, y sonríes por eso. Sonríe, se acaricia la barba, y vuelve al libro, como si estuviera en el libro: como si estuviese.

Eres mentira, idiota. Es el segundo insulto. No será el último.

El mentiroso es un hombre joven, y no es de aquí, pero como si lo fuera. Su especie es una especie invasora que aspira a ser preponderante. Si el mundo ha cambiado el latín por el inglés y usa to be y to be es ser y estar, él es estar y no ser: no es. Pero no es éste un fenómeno nuevo, me digo, te haces viejo, me digo, esto lo estuve viendo ayer para hoy y mañana: cuando una madrugada de dolor de sofá cerré la ventana ya estaba viendo eso mañana. Si to be es ser y estar están muchos que no son, pero los que son no están ahí, no en ese lugar, sentados en mitad del restaurante, un restaurante en cierto modo de moda, de comida bio, en mitad de una mesa para ocho, de espaldas a la puerta, leyendo un libro que resbala sin calar por sus ojos grises y cae a la mesa y se derrama sobre el suelo gris sin que nadie lo limpie, porque esas manchas apenas manchan. Duelen pero no manchan, y lo que no se ve parece no existir.

Qué coño estarás leyendo, gilipollas. Es el tercer insulto.

Nos han traído ya la bebida y comienzan a traernos la comida: el tiempo se desenrolla. Sin embargo él parece ajeno. Juega con algo oscuro y fino en los dedos y como sin querer golpea el montón de papeles que tiene a su izquierda: varios mapas, un pasaporte. Golpea el documento de identidad como si lo señalase, como si se señalase o se diese golpes contra el pecho, como un gorila, como la especie colonial y colonialista que es; no por su nacionalidad, claro, no por su nacionalidad. Es la pose la especie a que pertenece.

La pose.

Pienso en los hombres que fueron Homero. Pienso en el hombre que ya dejó de ser Homero para que lo fuese otro en los caminos, sentado en el suelo del ágora oyendo la historia del hombre que dejó atrás la isla de las sirenas mientras el dolor con su uña larga abre en sus brazos un largo surco negro del que brota un líquido espeso y salado. Oyendo en silencio la historia que creó en parte y que olvidó para que otros la siguiesen y contasen, que olvidó hasta el punto de olvidarse escribiéndola, es un hombre que llora. En una esquina del ágora, casi fuera del círculo de hombres que escucha a otro contar la historia del marinero que insulta a sus compañeros que reman y reman mientras el mar parece tronar en su oídos cegados, un hombre llora. Es. No está. No lo parece, Es. Y traen una pizza de setas y mi hijo comienza a protestar porque no le gustan las setas y una de sus hermanas que está sentada junto a mí levanta la cabeza para reírse de su protesta y entonces lo ve, ve lo que yo estoy viendo y me dice: Mira, papá, ese hombre parece que está hipnotizado. Y ya no se ríe de su hermano. Ahora se ríe de él. Y yo me río con ella, nos reímos de él.

Reírse de alguien es un insulto, le tengo dicho a mis hijos: ya van cuatro.

Nos reímos de la pose. Mi hija por pura intuición, yo con deliberación y cierta tristeza, lo confieso, cierta tristeza. El hombre ha levantado la mirada del libro y mira tras de mí como si viese algo que yo no pueda ver pero me giro y veo exactamente lo mismo que él mientras una sonrisa leve le llena la cara y se pasa la pluma negra por la barbilla, se acaricia estudiadamente la barba con la pluma y mira y luego baja la cabeza y toma una nota en un cuaderno que exhibe, lo alza para pasar la página y anota algo como quien ha visto algo que exige explicación aunque lo sepa inefable y que anota para no morir, y no, es mentira, amigo mío, yo te diré lo que has visto, lo que has anotado, no puedes haber anotado sino esto, hay frente a ti un gran ventanal y en uno de los cuarterones transparentes han escrito en azul, como un poema: Sugerencias del día salmón marinado en limas ensalada de berenjenas brownie del abuelo; no tienes ni puta idea idea de español y has anotado eso: imbécil.

Cómputo de insultos: cinco.

Mastico un trozo de bacalao. Debo reconocerle, sin embargo, el coraje. La impostura lo exige tanto como la sinceridad. Pero nada más, nada más. Debiese levantarme y pedir la tiza azul y escribir frente a él, como un poema, Hierro, Berger, Gould, cierta hermandad del No. Pienso en José Hierro; Hierro sentado en la mesa de una cafetería junto a la ventana mientras suenan de fondo un televisor y una tragaperras y los golpes del portafiltros contra el filo de la máquina para que caigan los restos de café usado y las frases que el mundo utiliza para aparentar normalidad. Pienso en Hierro mirando la calle con la misma intención de que habla John Berger cuando habla de escultura -pero no sólo de escultura-, con disciplina en la observación y mucho amor. Pienso en Gould

(y me levanto ahora mientras escribo esto y pongo a Gould, pongo las Goldberg de 1981, cuando Bach fue la emoción y sólo la emoción)

dejando que llueva fuera mientras él se vuelca sobre sí mismo y no oye nada sino los martillos y cuerdas y pedales de su corazón, porque no puede hacer otra cosa sino eso, porque no tiene más remedio, no hay más remedio.

Está sonando el corazón de Glenn Gould mientras escribo esto intentando poner en presente legible el pasado y se me pasan las ganas de anotar un nuevo insulto al hombre guapo que sabe que es guapo: es bueno eso, no está bien reírse de nadie, le repito a mis hijos, es un hombre joven y el tiempo se le acumula aún desordenado en un cajón. Pienso en algunos amigos, en Hipólito G. Navarro, en Miguel Ángel Muñoz, en Paul Viejo, esa no declarada hermandad del No, personas que respetan y aman tanto lo que hacen como nadie que dejan de hacerlo porque prefieren ver cómo lo hacen otros, que han decidido -momentáneamente, aunque ese instante dure para siempre; es ese para siempre una suerte de ficción también, tiene siempre ese instante una orilla en la que muere- dejar de ser Homero para llorar felices en la sombra más alejada del ágora las imágenes que han añadido otros a la única historia que puede contarse: hay tanta ausencia de pose en todos ellos, hay tanta disciplina en ese apartamiento, hay tanto amor en esa esquina de cualquier lugar desde el que miren, que me entran ganas de levantarme de la silla y plantarme frente a él -sí, tú, estoy hablando contigo, ya sé que no hablas español, gilipollas (van seis)- y alzarlo de la silla por el pecho y decirle con la boca pegada al oído mientras lo fuerzo a bajar a mi altura y con ese bajo tono de quien no amenaza en falso, respeta lo que haces, no insultes; no nos insultes.

Y entonces me levanto. Me levanto, y voy hacia él.

Observación de y amor por son incompatibles con la pose. Quien ama a sus semejantes no se sienta en el centro sino en una esquina del bar, y mira desde allí pasar los trenes que llevan a otros de inmovilidad a inmovilidad, y pretende sin remedio y casi sin esperanza desentrañar esa ficción de movimiento; no se tapona con cera los oídos: se ata toscamente a la mesa mientras comienzan a cantar las sirenas que asoman sus cabezas por las ventanas de los viejos vagones y un aullido atraviesa su corazón de esquina a esquina y es todo tan insoportable, tan insoportable en esa esquina, es tanto el ruido junto, la máquina de café, la máquina tragaperras, la televisión, los cánticos. Me he levantado y estoy yendo hacia él; pero no temas, lector, no temas.

Es que tras él están los lavabos.

Y éste es guapo, y lo sabe, pero no es necesario. La pose no siempre exige ese precio. Los he visto en muchos lugares, con ese o parecido disfraz, sólo hace falta eso, algún disfraz, el que se tenga a mano. Vivo en un mundo alicatado de etiquetas junto a seres desvividos por estar cuando to be en el nuevo latín también es ser: qué deficiente es la enseñanza de los idiomas. Una camarera con pecas le trae un espreso y él sonríe, le miro de lado mientras espero que quede libre el baño, y el tipo alza la taza y la huele, deja caer los párpados y huele el café, y entonces me digo, no te libras, no se puede ser más tonto, ya no te libras. Pero se libra, se libra porque se abre la puerta del baño y entre derramarle de modo falsamente accidental el café sobre las piernas al pasar y mear, elijo faulknerianamente mear, llevo dos copas de vino blanco y elijo mear. Y estoy dentro y estoy meando y oigo de fondo las voces de mis hijos y su madre y me da por pensar, mira que si ese tipo es el nuevo Proust, y me río de lo absurdo de la idea, nunca se hubiese sentado Proust en el centro sino en esa mesa del rincón, junto a la ventana, la mesa en la que Gould y Hierro y Muñoz y Viejo y Berger y el Navarro bueno están sentados, y me río, yo solo me río de la ocurrencia, con cierta tristeza, con un fondo balsámico de ebriedad me río, y aún sonrío mientras me lavo las manos, y mientras las sacudo me veo en el espejo, me miro en el espejo, aún sonriendo solo: te haces mayor, me digo.

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Llueve

 

Llueve. La lluvia crece negra bajo los neumáticos y sus salpicaduras cierran la tarde. El sonido de rodadura amortigua lo que digo:

-Siento vergüenza.

-¿Qué?

- Que siento vergüenza -repito -. Me da vergüenza esto, tener que hacer esto.

No alzo la voz, el giro de las ruedas centrifuga el sonido, lo lanza hacia afuera, golpea contra las cortinas translúcidas de la tarde, y me salpica. Me salpica los ojos, me naufragan los ojos en un exceso de agua en las cuencas.

- ¿Por qué?

-Siento vergüenza como español y como jurista. Que este país no sepa acoger a los suyos, que hayamos ido por ahí dando lecciones de convivencia y de democracia a los mismos países de la gente con la que voy a verme para pedirles ayuda…. Es una indecencia, es una puta vergüenza, coño.

Y no quiero seguir, porque alzo la voz y las niñas van detrás, y no puedo seguir, no puedo seguir, la voz se me acumula en la garganta igual que la humedad en los ojos y ya no sé qué hacer para detener la escena. Miro la carretera, las líneas que los faros blanquean bajo el agua acumulada, las luces rojas de los que van delante de mí, intento parar de pensar para no arrancar a llorar; no más metáforas: para que no me caigan las lágrimas por la cara más allá de las tres o cuatro que ya han caído.

No quiero seguir, porque ya he pensado en esto hace semanas, semanas en meses, meses en años. Porque de algún modo no he dejado de pensar nunca en ello, como en tantas cosas en las que no olvido pensar de vez en cuando para que no se me mueran. No se me mueran a mí: me importan una mierda los otros en esos momentos, una mierda. Pero si dejo de pensar dejaré de ser y entonces me moriré aunque siga en pie o coma paella o lea un libro, porque habré dejado que me apisone el olvido y yo no estoy preparado para el olvido, no estoy hecho para el olvido: no soy olvido. Mi huella genética es recordar cada minuto, cada momento, recordar aun sin quererlo, y me lleve donde me lleve eso, que sé, sé ya, que nunca será muy lejos. No estoy hecho para el olvido. No logro nunca olvidar. Conduzco y conduzco, siempre conduzco, voy de un lugar a otro y las carreteras están asfaltadas de recuerdo pegajoso y negro.

Noto que ella pone su mano sobre mi mano en el volante.

Conduzco, me muevo. Siempre me muevo. Algunas escuelas orientales, pienso ahora mientras escribo esto, hablan de que una cabeza sobreactivada presupone una vida desequilibrada y dividida, y hablan también de un movimiento que dimensione y sitúe al cuerpo para evitar ese desequilibrio. Lo mismo es eso lo que hago: me muevo, me muevo para poder no olvidar, para que circule el recuerdo, voy de un lugar a otro para aplacar esa furia que me arrasa ya, que ha acabado por arrasarme. Si me paro acabará conmigo, y entonces estoy conduciendo, sigo conduciendo, esto lo estoy pensando ayer y lo estoy pensando mañana, regreso a esa carretera y a las luces y a la lluvia que martillea y a las voces de las niñas que van felices porque van a quedarse dos días con sus primas mientras sus padres se divierten y ahí estoy yo, ahí estoy yo sin limitación de velocidad en la rodadura del pensamiento, los recuerdos que no van a irse cruzando bajo pasos y sobre puentes, asomados a cruces. Asomados a cruces: en cada una de las salidas asomados.

Nadie sabe que voy a ir; quiero decir de aquellos a los que esto aún, y así seguirá porque el dolor es persistente, es crónico, enronquece la garganta. Nadie me ha encargado que haga esto: no hace falta. No tengo peor enemigo que yo para no olvidar. Nadie me impone las tareas que acometo. Nadie me pide ordenar una frase, elegir una palabra, iniciar un gesto, nadie: eso es lo malo. Lo que nadie me pide. Voy a correr después una carrera, y luego beberé, comeré, reiré, pero no va esto a abandonarme ni a dejar de llenarme cada poco de sombras.

Llenarme cada poco de sombras.

Las luces se hacen ciudad. Remontó calles cegadas de lluvia y tráfico, voy, me pierdo, vengo, a punto de llegar tarde como siempre. No paran de arrojar agua. Repasamos antes de bajarme lo que haremos después. Abro la puerta del coche y me empapo, corro con la mochila hacia la protección algo lejana de la marquesina del hotel. Lo circunvalo mirando llover, mirando las farolas brillando en el suelo pulido y alcanzo la puerta. Una bofetada de calor me desconcierta; busco la recepción para preguntar por el lugar de la reunión. A ver, dice la chica, recorre con el dedo una lista y se detiene. Aquí está: Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias.

De pronto se me ocurre una gilipollez, a las puertas del salón: ¿llevarán cascos azules? Entro en él desde la luz tenue de los pasillos y una luz blanca y casi diurna alumbra las caras que esperaba que no iba a tener que ver: voy a una reunión para abogados, se supone que ya debiese haber acabado la reunión con las familias. Por un momento, cuando traduzco mentalmente las frases en inglés con acento del este que anuncian que van a ir concluyendo, temo haber llegado tarde. Tarde también esta vez, también para esto. Recorro el salón y me acerco a una mujer morena que está recogiendo unos auriculares de traducción simultánea y le pregunto, le pregunto si habla español y asiente, le digo mi nombre y que vengo para una reunión con juristas y me sonríe, empezaremos ahora, la reunión con familiares se ha alargado. No es española, su acento suena árabe.

Regreso al final del salón. Oigo las voces mientras examino los desmanes del agua en mi traje. Oigo las voces mientras afuera llueve, retumba la noche: la lluvia siempre cae en el pasado. Más allá del error de querer ver símbolos donde sólo hay accidentes la noche y el tiempo se acompasan con las voces y lo que cuentan las voces, porque siempre llueve en el pasado. Miro las caras, el salón está casi lleno, y me sorprende ver muchas personas jóvenes. Algunas en grupos y otras junto a los rostros mayores de otras veces, de siempre. Esto es cosa de viejos, he oído muchas veces. Pero el dolor se hereda. Por eso hay personas jóvenes. Gente que viene a recordar un nombre, sólo un nombre, un nombre que no disolverá el olvido en tanto el olvido no los devore a ellos. Y sonrío pensándolo, recuerdo que esa noche sonreí pensando esto, se me acercó el llanto a las esquinas del ojo no sé si por dolor o por esperanza o por ambos, y recuerdo que sonreí.

También recuerdo verlos salir a todos después y que el salón se pobló de silencio, y afuera tronaba y tronaba. A todos los quería devorar la lluvia, disolver la lluvia, y a mí me llovía por dentro, y si no lograba detener esa lluvia iba a ser una noche muy difícil porque no podrían salir las palabras, y yo tenía que hacer que saliesen esas palabras. Yo tenía que hacerlo.

Entonces ellos bajaron de la tarima y colocaron algunas mesas frente a la suya, se creó un círculo con las mesas, y nos sentamos. Y ella comenzó a hablar en inglés y a pedirnos que contásemos -alguien siempre nos pide que contemos y contamos; y aunque no nos lo pida nadie contamos: contamos siempre-. Sólo éramos cuatro abogados, y afuera se moría septiembre y se moría la noche, y creo que fui yo el primero que comenzó a hablar, me había yo impuesto esa tarea y no sé si la cumplí, pero comencé a hablar:

-Mi nombre es Felipe Navarro, soy abogado, vengo de Málaga, y represento a los familiares de Luis Dorado Luque, diputado socialista por Málaga, que fue asesinado en Córdoba el 30 de julio de 1936.

Y seguí hablando, seguí hablando, estaba contando y lo conté todo, lo hice sin llorar, sin que me temblase como temía la voz ni se me desencajase el gesto, fui contando sin dejarme nada desde la mañana en que recibí a Antonio en mi despacho casi a finales de 2005 y me habló de su abuelo, y hasta esa noche de septiembre de 2013 en la que no había avisado a nadie de la familia de Luis Dorado de que fuese a estar allí: contando. Luchando por no llorar mientras hablaba y contaba cada uno de los pasos que dimos, que di, las denuncias y demandas y explicaciones y reclamaciones, para obtener siempre la misma respuesta que sabía que obtendría porque yo había dicho a Antonio que no tenía esperanza pero era falso, yo sí tenía esperanza en que de pronto alguien realizase un gesto, un gesto mínimo, casi el vuelo de una hoja en un bosque vacío el gesto, y que ese gesto contuviese por fin el dolor que rueda y rueda por las carreteras y caminos y que se hereda, el dolor se hereda. Yo había dicho a Antonio que la respuesta sería no pero era falso que no mantuviese esperanza porque no puedo impedir no olvidar ni tampoco impedir que me concierna la justicia -sea lo que sea eso- ni que me importe la verdad -sea lo que sea eso- ni creer que la reparación -sea como sea que eso se produzca- es posible, de algún modo ha de ser es posible, es posible trabajar para que sea posible.

A creer sin ver creo que lo llaman fe. A confiar en lo por venir creo que lo llaman esperanza. A trabajar para que eso pueda tocarse lo llaman idiotez. Me temo que de todo ello soy culpable. La culpa es un concepto que también me interesa mucho; la culpa también es hereditaria.

El Grupo de Trabajo de Naciones Unidas para las Desapariciones Forzadas e Involuntarias me escuchó, mis compañeros me escucharon. Había un círculo. Terminé de contar ese muy largo itinerario, cómo cada instancia judicial y administrativa de Córdoba a Estrasburgo se había cerrado ante nosotros, cómo Carmen Dorado había muerto esperando una repuesta que seguía esa noche sin llegar y también sigue sin llegar en esta misma noche, tarde, madrugada, en la que alguien pueda leer estas palabras que escribo, porque mi huella genética es no olvidar y es contar y es creer y es la confianza y la esperanza, por más que me empeñe en negarlo esa es, y a todo eso lo llaman también idiotez. Presidía el Grupo Jasminka Dzumhur, la Defensora del Pueblo de Bosnia y Herzegovina; bosnios, argentinos, chilenos, argelinos,… Los miembros del Grupo de Trabajo vienen de lugares a los que hemos ido dando lecciones de democracia y reconciliación y convivencia mientras nuestras cunetas y tapias y llanuras y valles amarillean al sol que funde los cuerpos olvidados con la tierra. Olvidados y vueltos a arrojar a un agujero en cada postergación y en cada nuevo olvido. Las gentes de la reunión anterior y tantas otras que he visto y oído estos años son los únicos que recuerdan, llevan en su caras el nombre de otro que no está. Jasminka Dzumhur creo que vestía de malva y tiene los ojos grandes y el pelo rojizo, y comentó como estaban haciendo en Bosnia las cosas y en cierto momento creo que sugirió alguna actuación de amparo gubernamental que los cuatro abogados que estábamos allí, en aquella especie de círculo de mesas, sabíamos que no era posible porque también lo habíamos intentado ya sin éxito, y entonces se lo dije, era un círculo, rodaban las ruedas, rodaba la noche, era un círculo, no se para de rodar, es un movimiento perpetuo, perfecto si logras que siquiera adviertas la detención, vas y vienes con la cabeza sobreactivada y el cuerpo alineado, y lo dije:

-Siento vergüenza como ciudadano español y como jurista por tener que acudir a pedir ayuda fuera de mi país, porque los poderes de mi país no quieren darnos amparo, porque hay medios jurídicos posibles para hacerlo y no quieten darnos amparo, se nos niega el amparo, mi clienta ha muerto esperando ese amparo que aún no ha llegado.

No lloré al decirlo, no me sonó a quebrada la voz mientras la noche seguía rota por la tormenta y la lluvia en Sevilla no era una pura maravilla sino lluvia y más lluvia, lluvia que cae en el pasado y lo anega todo y se transforma en fango y ese fango llena las calles del presente y ensucia el futuro, cualquier futuro por el que caminen esas caras que había visto en la reunión anterior de familiares, que tantas veces he visto: mi propia cara. No lloré al decirlo aunque estaba anegado por dentro, oía las palabras sabias de dolor de mis compañeros, oía a aquella gente que viaja por el dolor de otros porque supongo que tienen cierta fe y cierta esperanza en la verdad y en la justicia y en la reparación, y se me hace raro, muy raro, ver todos esos términos juntos en el mismo párrafo y en la misma reunión, sentados en círculo, rodando y rodando en la noche negra y lluviosa que no abandonan los que van perdiendo el nombre mientras sus huesos se deshacen en la tierra y mueren quienes aún pronuncian un nombre que otros se empeñan en borrar, y la vergüenza también se hereda. Acabó la reunión, me despedí de aquel círculo de hombres buenos, y busqué los baños del hotel para cambiarme. Ahora iba a correr una carrera, ambas cosas habían coincidido, la reunión y la carrera, la cabeza sobreactivada y el cuerpo en movimiento. Me desnudé en los baños de un hotel en la planta menos uno, bajo la tierra, una caverna, una fosa bajo una plaza llamada de Armas -otro círculo: uno ve las cosas si se empeña en verlas, también a eso lo llaman idiotez-, cambié el traje y los zapatos de vestir por ropa de atletismo y zapatillas rápidas, el reloj por el cronómetro. Y estaba lloviendo en aquel baño, estaba lloviendo; o no, al carajo las metáforas: estaba llorando, estuve llorando mientras me cambiaba de ropa y conseguía sin saber bien cómo que cupiese la ropa de ciudadano y de abogado en la mochila de corredor. Me restregué la cara, el tiempo apremiaba, iba a llegar tarde, siempre llego tarde, salí de la tierra y crucé entre las mesas del bar del hotel y allí estaba sentada Jasminka Dzumhur en una mesa baja frente a una cerveza recién tirada, y me miró abriendo mucho sus grandes ojos y me preguntó si me volvía así a casa, y nos echamos a reír, y le expliqué que había una carrera nocturna esa noche, y que iba a correrla. Nos despedimos de nuevo y salí a la calle, había parado algo de llover, llamé para ver dónde estaban todos, encendí el gps, y arranqué a correr. Iba en dirección contraria esquivando charcos en el asfalto a la busca de la salida de la carrera nocturna. Lo pienso ahora mientras escribo esto y quiero seguir hallando falsos signos que cumplan la función de engañarme para creer, falsos símiles que permitan una luz tenue que me haga menos doloroso -pero nunca inocuo- el golpe al tropezar, lo pienso ahora, cabeza sobreactivada, y me parece que todo no es sino una carrera nocturna, un intento de equilibrio en el movimiento casi siempre fallido -pero no me voy a detener, ya no-, una carrera en la noche mientras llueve, siempre me llueve. Alcancé la cabeza de la carrera, a mis amigos, me coloqué junto a la mujer que amo y corrí junto a ella, no paró de llover durante más de una hora de carrera, el agua borraba el asfalto y las aceras y trepaba a los tobillos, no paró de llover mientras corría con una mochila a la espalda donde llevaba al ciudadano y al jurista y hubo momentos en que las gotas dolían mientras el cielo se iluminaba sobre las siluetas de la ciudad coronadas de relámpagos, pero por much agua que cayese yo ya no podía mojarme más, porque ya me llevaba y me lleva mucho lloviendo por dentro, y aún no ha escampado ese aguacero.

http://daccess-dds-ny.un.org/doc/UNDOC/GEN/G14/072/73/PDF/G1407273.pdf?OpenElement

http://hombresfelices.wordpress.com/2013/07/18/georadar/

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Una chispa

“La poesía es la esencia de todas las cosas. (…) La poesía contiene dos elementos que entran súbitamente en conflicto, es una chispa entre dos elementos. Pero se da raramente y uno no puede ir a buscarla. Es como buscar la inspiración. No. Eso sólo llega cuando uno se enriquece y vive plenamente inmerso en la realidad.”

Henri Cartier-Bresson. Entrevista con Sheila Turner-Seed.

Henri Cartier-Bresson

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Condiciones generales de contratación

Por tercera vez lo ha leído. Desde que un temblor leve ha hecho eco en su muslo y ha sacado el teléfono de modo casi clandestino, exponiéndose a alguna mirada de condena o advertencia de algún empleado o de algún otro viajero, ha leído el mensaje por tercera vez.

Como aún le tiembla la mano, tal si la vibración del aparato fuese un síntoma contagioso, y como si leer constituyese para ello algún remedio, un lenitivo, lo lee por cuarta vez. Y una vez concluye, y entre miradas a la ventana, el paisaje que oscila levemente mientras pasa como si alguien también lo empujase con los dedos sobre el cristal, remonta con un gesto de llamada, de invitación, toda la historia.

Cuando llegue al principio de la historia, datada en fechas y horas, la leerá otra vez toda; y el mensaje de hace un rato ya por quinta vez: en mitad del silencio contractual del vagón que flota sobre el camino, bajo una luz que confunde dentro y fuera a esas horas de viaje, ya por quinta vez.

Entonces aprieta la mano, la aprieta, los nudillos emblanquecen, hay un cruce de gruesas vías en el dorso de su mano, aprieta la mano libre y la mano que sostiene el teléfono, que no parece dar síntomas de ceder al apretón, hasta que la pantalla se oscurece. Mira a su derecha, al hombre que desde que salieron está abismado en un grueso libro de tapas verdes donde sólo ha podido reconocer el artículo La en la portada. Mira el espacio vacío a su lado. Aprieta y aprieta y aprieta las manos, el teléfono. Al sacar el billete le pareció buena idea lo del vagón silencioso. Ahora quisiera levantarse, dar un par de saltos, golpear quizás la pared o el techo, gritar.

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Una libra de carne (Derecho y Literatura)

(Prevención del autor: es una entrada larguísima)

Al final este lugar comienza a parecerse demasiado a un mueble que tenía mi padre y donde iba metiendo cosas sin son ni ton, supongo que porque no encontraba otro sitio donde ponerlas -pensar que pensaba que ese era o podía ser su sitio me preocupa más en términos genéticos, y no es momento, aunque quizás sí será sitio, para ese análisis-; un bajío, una desembocadura. Sedimentos.

Dentro de las muchas cosas a que se dedica nuestro personaje está la docencia, o una suerte de ella. Asociado a -mejor que de- Filosofía del Derecho, hacemos durante el año dentro de esa asignatura, la única importante e insustituible de los estudios de Derecho, y gracias a una idea maravillosa de mi maestro y amigo José Calvo González -su imprescindible blog: http://iurisdictio-lexmalacitana.blogspot.com.es -, diversos Seminarios de Derecho y Literatura. Este año el Área -no confundir con la 54- de Filosofía del Derecho ha decidido entregar Diplomas de Excelencia Académica por su participación en los mismos a algunos alumnos. Debo decir que no se hizo el año pasado, no se nos ocurrió, y me apena, porque también hubo entonces alumnos deslumbrantes -no me gusta el término alumno porque me coloca en una posición no merecida-.

Para entregar los Diplomas se organizó un pequeño acto en el Salón de Grados de la Facultad de Derecho de Málaga, con presencia del Catedrático Dr. D. José Calvo González -conste que me gusta más poner mi amigo y maestro que lo de Catedrático Dr.- y yo mismo, claro, y asistencia de los alumnos citados. Entrega de los certificados, fotos variadas, y palabras protocolarias que me tocó asumir esta vez dado que eran mis grupos. Para que a ellos les lleguen las fotos esencialmente construyo esta entrada, pero la construyo esencialmente para darles las gracias, tanto a los que recibieron diploma como que no -extendiendo el agradecimiento como he dicho a los alumnos del pasado año-, por su paciencia y ayuda y conocimiento y cariño. Qué no podrán hacer cuando tengan un buen maestro. He aprendido enormemente con todos ellos, con el privilegio de acompañarles. En un símil comparativo enormemente afín a la Filosofía del Derecho y que uso de continuo en las clases, el hecho de que te permitan (me permitan) hablar de lo que amas, en este caso Derecho y Literatura, hacerlo con y entre ciudadanos inteligentes y que albergan, aún y para fortuna del resto, esperanza, y con la guía docente y programa de, éste sí maestro, José Calvo, es aún mejor y pone más que un pase de backstage para el desfile de Navidad de Victoria´s Secret.

Va el pequeño texto que preparé para la ocasión, y el chorro de fotos. Gracias a todos.

UNA LIBRA DE CARNE: DERECHO Y LITERATURA

¿Puede ensayarse esta mañana una definición de Derecho? Tras decenas de ocasiones en las cuales alguien en un aula ha venido oyendo una respuesta similar a No es posible dar una definición única de Derecho, ¿sería posible que afrontando el encargo desde las puras misiones de la Filosofía, generar reflexión, engendrar un concepto, respondiésemos afirmativamente?

Una libra de carne. ¿Podría esa expresión alzarse como respuesta, puede ser el Derecho una medida exacta; la de una libra cabal de carne?

Una libra de carne forma parte de un contrato, un pacto privado entre nacionales de dos estados para el cual la amistad sale avalista. En El mercader de Venecia los hombres que fueron Shakespeare cuentan de qué modo el Derecho sale al paso en la comedia y en la tragedia y aun en casi cada paso que damos sale al paso; en la elección de un amor, de un destino. La apariencia no es siempre la verdad, al mundo lo engaña el oropel, dirá Basanio. Basanio ama a Porcia y para ese combate del amor pide prestado a Shylock y es Antonio, la amistad como arma en ese combate de terceros del amor, quien sale avalista con una pieza de carne de la zona más cercana al corazón. Basanio habla en cierto instante de la infame defensa que en un juicio encubre la maldad, sin saber aún que gracias a esa defensa, a la mixtificación de su ya esposa Porcia transformada en doctor en Leyes, recuperará no sólo Antonio la carne que presta aval al amor ajeno, sino él mismo hurtará la vergüenza de no haber sabido estar a la altura del favor pedido. No es una infame defensa esa.

Los Seminarios de Derecho y Literatura no reclaman defensa alguna. Si un pobre hombre lee a los hombres que fueron Shakespeare y puede contemplar en él también toda la belleza del Derecho, la defensa ya está completa, la interpretación hecha, la resolución motivada y dictada. Una de las grandes fortunas que me fueron dadas, además de la obra de Shakespeare, es haber sido ocasional partícipe de este empeño de mi amigo y maestro José Calvo en poner en funcionamiento estos Seminarios. A través de la Literatura contemplé los paisajes del Derecho con mirada de Moisés, incrédulo y algo idiota por no haber sabido ver en ocasiones los amaneceres tras las cordilleras de los códigos. Esta ocasión es una más y no será la última de agradecérselo públicamente, por haber salido mi fiador y confiado en mi solvencia futura en esta historia.

Vuelvo a Porcia. Porcia se convierte en Baltasar cerrando una cadena de amores, ella a Basanio, Basanio a Antonio, y afirmaría que Antonio no sólo a su amigo sino también a las leyes de la República de Venecia. Todos comparecen ante el Dux, y en ese espacio que en el exterior se refleja en aguas mansas y pierde el revoque – pues no hay fachada en Venecia que no pierda el revoque y que no resulta pese a ello la más hermosa de las fachadas- afirmo esta mañana que está contenido todo el Derecho: el público y el privado, el internacional, el administrativo, la potestad y la autoridad, la fe pública, el civil, el mercantil, el penal, el procesal; alegan las partes, brilla la defensa de Baltasar, intentan hacerse oír principios y valores -la incitación al perdón y a la clemencia y a la convivencia quiero yo leer en El mercader-; también comparecen en sala la cerrazón dogmática, la ceguera ante el brillo áureo de la literalidad de la norma. En ese campo de Marte aparece Baltasar, y rescata al Derecho para la Justicia, con todo lo que debe contener la Justicia, al menos para aquellos hombres que fueron Shakespeare, que es como decir para todos nosotros. Porcia por amor entona un canto de amor al Derecho, a la hermosa interpretación del Derecho, re-crea todo el paisaje que las partes y el tribunal ven en ese momento, y lo transforma: esa transformación en otra historia que será contada una y otra vez es siempre la victoria del Derecho. No es ésta una infame defensa, imaginamos que Porcia extramuros de Venecia, de la obra, se lo dirá a Basanio en campo de plumas, no hay infame defensa, es hermosa la defensa; la de abogado, le dirá Porcia extramuros de Venecia convocando a Voltaire, es una de las más hermosas profesiones de la tierra. Vuelvo a Porcia, Porcia, una mujer en un mundo de hombres ciegos, es la única que alcanza a ver la luz, como suele pasar; Porcia hecha Baltsar nos cuenta, esto es, la Literatura cuenta al Derecho, que el Derecho para ser Justicia debe ser como la Gran Literatura: preciso, exacto, milimétrico; no derramará una gota de sangre, ni pasará en más o en menos de la fracción de un vigésimo de gramo, ni inclinará el fiel de la balanza un pelo siquiera, la misma balanza que aparece en manos de Astraea en el relieve que ilustra el Diploma que ustedes han recibido.

La balanza. La imagen de la Justicia. Un mundo exterior a veces, cada vez quizás más, sombrío; un mundo interior, el del Derecho, también sombrío y que parece ajeno a lo que suceda fuera de sus salas de vistas; aquel de pronto es iluminado desde una sala de juicios con una decisión, una interpretación jurídica. La resolución de Porcia consolida la República, las leyes de la República, la pública fe en la República. Uno aprende esto leyendo no un Código, no la norma a veces voluble y promiscua, cambiante, sino a Shakespeare. Aprende en una facultad de Derecho que la Literatura puede enseñar más leyes, y desde luego más a trabajar con las leyes, que muchos manuales; por eso estos Seminarios son imprescindibles, porque el conocimiento del mundo fuera de las salas, fuera del código, sólo es posible al jurista merecedor de tal nombre, a través de la Literatura, de las Humanidades. No podrá verterse una gota de sangre de más, no deberá; no deberá la balanza inclinarse perdiendo su equilibrio ni el grosor de un pelo. El empeño no está exento de enormes riesgos; en un previo pasaje, sobre el amor y que yo quiero interpretar, esto es, contar de este otro modo, Basanio lee en un rudo cofre de plomo: “Quién me elija debe darlo y arriesgarlo todo”. Dentro del cofre con menos aprecio -y fácilmente puede verse en ello una metáfora del escaso aprecio público al Derecho y del descrédito sin aval de la Justicia-, que es el cofre elegido por Basanio frente al oro y a la plata, está la imagen de la bella Porcia, la imagen de la belleza. No está exenta de riesgos la elección, para Basanio y para nosotros, pero el premio en este relato, en esta aventura, como en todas las historias que merecen ser narradas, es grande, como una cesta que fuese llenándose de las mejores mercaderías del mundo conocido y que brillasen bajo el sol otoñal en los puestos de Rialto: el amor de la dama; la utilidad del Derecho cuando emplea las armas de la Retórica; la victoria de las letras sobre las armas; la vida de un hombre, nada menos que la vida de un hombre; el triunfo, y hemos de creer que será posible siempre ese triunfo, de la Justicia.

Muchas gracias.

Málaga, 30 de junio de 2014

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Instrucciones para hacer un “selfie” (nuevos medios, viejos temas)

 

Selecciona el fondo idílico, la orientación de las sombras, la luz paradisíaca -o lo que dé de sí la escena-.

Los controles de la aplicación en automático; menos lío.

Toca el botón que hace cambiar a la cámara frontal.

Y que el rostro que observándote aparece en la pantalla no lo reconozcas.

 

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Cien

 

¿Y?

(Apóc.). adj. ciento.

Saber si estás haCIENdo lo correcto: sentarte a mirar hacia atrás. Mirar el tiempo detenido y el tiempo agotado, y no agotarte ahora, no detenerte más. Correr hacia el horizonte creCIENte; no agotarte, ni detenerte más, sólo lo justo, sólo recuperar, y avanzar de nuevo. Avanzar.

adj.ponder. Expresa una cantidad indeterminada.

Avanzar apurando el tiempo, coCIENdo el tiempo y el espacio en un recipiente pequeño, seguir una receta básica, antigua; exprimiendo posos de lo que no quedó y apenas hubo; decantando en una línea perdida, aislada, no sé si sola. Hundir las manos en el CIENo y rebuscar en él las gemas que nadie querría recobrar. Más allá de dolor y de cambio y de risas y de un paisaje que se desliza como seda ante los ojos, la seda del día naCIENte o del día que agoniza, corre entre los dedos y corta a veces y la sangre se diluye: no habrá o no hay quizás otros momentos.

~por~.1.loc. Adv. En su totalidad, del principio al fin.

No otros momentos, esos; el resto es avanzar, seguir haCIÉNdolo; no agotarte aun cuando notes que lo estés haCIENdo, dosificar el ritmo del latido mientras pasa ante ti la línea del cielo, para evitar que el latido se extinga.

adj. Diez veces diez.

Para que no se extinga mirar y tocar, y que duela, y aunque duela. Aunque duela. Aunque duela CIEN veces. La sangre se diluye, corre entre los dedos, cae a tierra. No la verás florecer.

adj. centésimo(‖ordinal).Número ciento. Año ciento.

No la verás. EnCIENdo una luz. He encendido una luz en la ventana. No ilumina, sólo permite volver. Permite el regreso. Un hombre perdido; haCIENdo lo correcto cuando lo correcto no era adecuado, no era lo que había que hacer, lo que tenía que hacerse.

m. Signo o conjunto de signos con que se representa el número ciento. En la pared había un ciento

medio borrado.

EnCIENdo una luz, para ese hombre, y en la tormenta un fulgor diminuto que viene y va tras las oscuras murallas de agua. La sombra va y viene por la pared del fondo, no sabría uno bien que está haCIENdo la sombra, ni de quién es.

m. pl. Juego de naipes que comúnmente se juega entre dos. Quien llega primero a hacer 100 puntos, según las leyes establecidas, gana la suerte.

Se confunden línea y horizonte. Pasando el dedo por el trazado recto descubres estar haCIENdo una curva. Desde el centro al exterior del paisaje, y vuelta atrás, giro hacia atrás, circunvalación para volver. Y no saber si había que salir, si había necesidad de salir, si no fue ello una trampa de la mirada, una sugestión, a la que se cedió por orgullo, vanidad, dolor, nada.

m.centena (‖ conjunto de 100 unidades). Un ciento de huevos, de agujas.

¿Es nada? ¿Acumular adjetivos sobre un sólo sustantivo, eso es lo que estás haCIENdo? ¿Eso fue, eso será, pese a todo, quizás?

m. pl. Tributo que llegó hasta el cuatro por ciento de las cosas que se vendían y pagaban alcabala.

Alguien está en algún lugar rehaCIENdo la contabilidad de los días perdidos. No cuadra. El resultado es la ausencia de resultado, una cifra en cambio permanente, sin identidad, ahora multiplicador, sustraendo, coCIENte. No admitirá prueba, no admitirá corrección, no admitirá adveración o certeza. Una operación condenada para una materia que no es CIENcia.

~ y la madre. 1. m. coloq. Muchas personas.

¿Qué es, entonces? ¿Paisaje, sólo paisaje? La disimulada reproducción del paisaje reCIENte, que no quisiéramos olvidar. La añoranza del paisaje futuro. Y entonces.

~ por~. 1. loc. Adv. cien por cien.

Y entonces esto lo estoy escribiendo mañana, lo estoy haCIENdo mañana. Lo sé y lo veo y no lo rozo, ni tan siquiera lo rozo, leve. Esto lo estoy haCIENdo mañana.

Dar alguien ~ y raya a otra persona. 1. loc. Verb. Coloq. dar quince y raya.

Lo estoy diCIENdo mañana. Todo lo estoy diCIENdo mañana.

Por ~. 1. loc. Adv. De cada ciento. Se representa con el signo %.

Perdiendo, venCIENdo, ir, venir, así, todo el tiempo, durante todo el tiempo, resumiendo. Resumiendo.

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